¿Sueñan los androides con usar traje y corbata?

José Luis Llorente Álvarez
Ingeniero Superior de Minas y Arquitecto de Tecnologías de la Información

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El mecanismo de Anticitera se considera la primera computadora de la historia y fue construida hace unos 2.200 años. Descubierta a comienzos del siglo pasado en un pecio próximo a la isla griega que le da nombre, permitía calcular distintas fechas asociadas a posiciones astronómicas, por ejemplo, eclipses y eventos como los Juegos de Olimpia o los Juegos Píticos, entre otros.

Mecanismos de automatización más complejos se introdujeron con la revolución industrial y un ejemplo del máximo desarrollo de la automatización analógica en nuestro país puede encontrarse en la central térmica de ENSIDESA (Empresa Nacional Siderúrgica, S.A.), inaugurada en 1957 en Avilés (Asturias), y cuyo sistema de regulación caldera-turbina era enteramente electromecánico.

A partir de los años 60 se introducen las computadoras digitales y la automatización transforma enteramente los procesos industriales, cambiando la configuración de las empresas. El siguiente salto se produce en los años 90, con la introducción masiva en todas las industrias de los ordenadores personales y (no menos importante) la telefonía móvil.

Estas distintas etapas de automatización consiguen, en general, alcanzar mayores niveles de precisión, calidad, velocidad y seguridad en la ejecución de los procesos repetitivos, y tienen como contrapartida el coste de inversión, la falta de flexibilidad y el incremento y encarecimiento de las actividades de mantenimiento.

La decisión sobre su implantación o no, siempre se hace ponderando las variables anteriormente descritas con la reducción de puestos de trabajo “de menor cualificación” que se obtiene con la automatización.

El término “de menor cualificación” se refiere a distintos colectivos laborales según el contexto, pero en los estadios de la automatización descritos hasta ahora son en su mayor parte obreros manuales: los “cuellos azules” (por el color de la camisa que usan), en la terminología estadounidense puesta de moda por las escuelas de negocios. No se trataría únicamente de ellos en todos los casos, ya que también tendríamos calculistas y delineantes suprimidos por la introducción de sistemas CAD (Computer-Aided Design), o contables innecesarios con un sistema ERP (Enterprise Resource Planning), por no mencionar a los geómetras sustituidos por la máquina de Anticitera.

La presente década ha traído una nueva promesa en automatización, en dos áreas en las que no se habían conseguido avances sustanciales hasta ahora: reconocimiento y producción del lenguaje, y aprendizaje automatizado (más conocido por su término inglés: machine learning).

No voy a entrar en los detalles de lo que consisten estas nuevas técnicas de automatización, pero sí en el objetivo que pretenden alcanzar, y que es la sustitución de un personal más especializado que habitualmente resuelve problemas complejos, pero con una adecuada repetitividad, y en los que también puede ser necesaria la interacción a través del lenguaje: los “cuellos blancos”. El primer ejemplo planteado es su aplicación en el diagnóstico y tratamiento médico de pacientes, y se plantea su utilización en investigaciones legales. Médicos y abogados, pero también ingenieros de planificación, asesores de inversión o, ¿por qué no?, controladores aéreos.

La pregunta es obvia: ¿está la sociedad preparada para dejar todas estas profesiones en manos de sistemas automatizados, con una voz más o menos aterciopelada? La respuesta también: ¿Por qué no? Al fin y al cabo, mientras que hay una generación que aún es renuente a sacar sus ahorros del colchón de su casa, y que necesita un oficinista bancario que le actualice la libreta de ahorros, sus nietos sólo emplean la banca telefónica. En este sentido, mi opinión es que sólo es necesaria una buena campaña de marketing.

Otra cosa distinta es que las empresas estén dispuestas a asumir estos costes. Y el problema principal se encuentra en la flexibilidad. Como comenté anteriormente, la reducción de flexibilidad es una de las principales contrapartidas de la automatización, y debe ser ponderada con la reducción de costes a obtener. Y en este caso los números no cuadran, ni ahora, ni en el futuro previsible. Porque los nuevos sistemas de automatización, pese a entrar en la categoría de inteligencia artificial, no son en absoluto comparables a la capacidad de toma de decisiones de un profesional humano. Por ello, sólo pueden tener una función de apoyo a éste; una función complementaria, subsidiaria o a un nivel equivalente como mucho. Y esto es muy caro. Es, de hecho, un lujo si no incluye la reducción de puestos de trabajo.

En conclusión, los nuevos androides pueden soñar con ocupar puestos de profesionales cualificados, y con usar traje y corbata (aunque cada vez se llevan menos). Pero, sólo eso, soñar.

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