Y Dios en la de todos

Las religiones aspiran a definir la realidad para así poder controlarla

Penitente de la Hermandad de Las Cigarreras en la procesión de ayer en Sevilla. CRISTINA QUICLER AFP PHOTO

 

Hoy, como tantos otros días, la religión entra en nuestras casas. No siempre lo hace de manera solícita, y no en todas ocasiones podemos optar por esquivarla. Las religiones, particularmente las monoteístas, han sido siempre un proyecto de hegemonía cultural. Aspiran a definir la realidad para así poder controlarla. En no poca medida, la modernidad consistió en una lucha contra esa intención. Es una lucha que no ha terminado todavía, y por eso la religión aún se cuela en nuestros hogares. Ahora, convertida más bien en un lobby, pelea por mantener su espacio en la batalla simbólica que caracteriza a las sociedades abiertas.

Era ésta una guerra que el cristianismo ha venido perdiendo poco a poco, siglo a siglo, hasta que en las últimas décadas se ha topado con la posibilidad inesperada de aplicar una nueva estrategia: atarse a sus viejos enemigos, herederos de la Ilustración, afirmándose aliados de Occidente (¡incluso piedra angular!) frente a la supuesta amenaza que viene de Oriente. Es paradójico, pero al mismo tiempo es casi su única vía de salvación. Y mientras el ala conservadora se siente cómoda en esta defensa de un conjunto de valores inamovible, el liberalismo debería desconfiar de sus antiguos adversarios.

Frente a los intentos del cristianismo por sobrevivir, la actual vanguardia de la izquierda ha decidido conformar una nueva cosmovisión con aspiraciones hegemónicas. Para ello, entran de lleno en la batalla simbólica sin tener en cuenta que la religión iba perdiendo hasta ahora porque, si en algo ha sido eficaz el proyecto occidental, ha sido precisamente en romper el monopolio de la verdad. De hecho, su efectividad ha sido tal que ahora mismo cada individuo tiende a encerrarse en su cámara de eco particular, donde tiende a recibir mensajes que confirman su punto de vista.

Por eso, quizás la nueva izquierda sólo desea mantener un feudo con su propia verdad y un cierto número de acólitos, defendiéndose a ultranza de los ataques externos. Como el cristianismo en su ocaso, más o menos. Porque lo más probable es que ni Dios ni nadie esté ya en todas nuestras casas al mismo tiempo.

JORGE GALINDO

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