Ortopedia

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, noté un movimiento de pánico en los intestinos

Una madre caminando con su hija por el parque © GETTY IMAGES

 

A mi hija, que tiene cinco años, la llevo siempre de la mano por miedo a que la gravedad desaparezca debajo de sus pies y salga volando, me dijo la mujer.

Creía, pobre, que el mundo estaba lleno de espacios libres de gravedad, agujeros inversos en los que uno podía caer hacia arriba y perderse. Habíamos entablado conversación en el parque, cuando descansábamos del paseo matinal en los dos extremos del mismo banco. Todo empezó al solicitarme ella que le atara el cordón de una de las zapatillas, que se le había soltado. Me pareció un pedido extraño, pero luego, mientras la complacía, me explicó que no podía agacharse porque una de sus piernas era ortopédica y tenía un problema mecánico en la articulación de la rodilla. No dijo qué pierna y tampoco me atreví a preguntarle. Hacía fresco, por la hora, pero habían anunciado un día de calor. Pensé que el sol empezaría a calentar antes de que me diera tiempo a llegar a casa. Por decir algo, hice un comentario casual sobre el alboroto que organizaban los pájaros a nuestro alrededor. Entonces ella dijo que su hija creía que las moscas eran pájaros pequeños. La idea me sobrecogió. ¿Y las patas?, pregunté. ¿Qué pasa con las patas?, dijo ella. ¿A su hija no le extraña que tengan seis?, dije yo. A veces, les quita cuatro, dijo ella.

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, noté un movimiento de pánico en los intestinos. Entonces pasó corriendo, en pantalón corto y camiseta, una pareja y luego otra. Bueno, dije incorporándome, voy a ver si me pongo en marcha. La mujer, por fortuna, no intentó retenerme, y yo me dirigí a la salida sin mirar atrás, pero con miedo a que me siguiera, y también a caer en un espacio sin gravedad.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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