Parques, qué lugares

  Había tantos niños en el parque que volví a casa con uno que no era elmío. Éste traía a un padre de la mano y un par de palomas pegadas a las migas de la cazadora. Entre baños y prisas cuando me quise dar cuenta ya era tarde, una se encariña enseguida y además este crío dormía mejor que el mío. El padre cocinaba, hacía unos masajes de pies que me quitaban los atisbos incómodos de la conciencia y las dos palomas, instaladas junto a los geranios, cagaban sin cesar a la vecina antipática del tercero. La situación era perfecta, ellos no parecían haber cambiado de madre y daban a la vida un aspecto de continuidad natural y desenvuelta. Tanto, que me pareció extraño, pero cuando quise volver al parque para dejarlos de nuevo en su sitio no hubo forma de darles esquinazo. Ni ese día, ni los siguientes, y así llevamos quince años.

María Fraile

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