Sonrisa

Manuela sonreía de tal manera a Agustín que él llegó a pensar que ella utilizaba su sonrisa para comunicarse con él a través de un lenguaje cifrado, secreto.

 
La sonrisa de Manuela. | SARA FUENTES
La sonrisa de Manuela. | SARA FUENTES

 

Cuando Agustín se mudó al complejo lo hizo sin saber que Manuela vivía allí. Le costó reconocerla. Había envejecido, claro, aunque el tiempo no la había tratado tan mal. Estaba encogida y arrugada, sí, pero caminaba todavía con soltura y en su forma elegante de moverse reconoció algunos gestos, cierta forma de ladear la cabeza y una determinada manera de sonreír. Manuela sonreía  pero tras su sonrisa se adivinaba, o Agustín creía adivinar, una especie de melancolía que a él, cuando eran poco más que unos niños, le despertaba una ternura difícil de definir. Esa sonrisa, un poco resignada a veces, había sido para él un enigma, un misterio que le había acompañado desde que se conocieron.

Agustín siempre había pensado que esa sonrisa ocultaba una insatisfacción, un deseo. Manuela sonreía de tal manera a Agustín que él llegó a pensar que ella utilizaba su sonrisa para comunicarse con él a través de un lenguaje cifrado, secreto,  con el que le decía cosas que sólo él podía intentar comprender. Nunca supo qué era lo que ella quería decir porque nunca hablaron de ello. En realidad, nunca hablaron de nada porque eran demasiado jóvenes y los padres de ambos eran unos vecinos mal avenidos. Agustín se tuvo que mudar precipitadamente a otro país y ni siquiera pudo despedirse de Manuela. Cincuenta años después regresó impulsado por un primitivo deseo de morir en el mismo lugar en el que había nacido.

El complejo no admitía a personas dependientes así que todos los ancianos que estaban alojados allí se encontraban razonablemente bien. Cuando Agustín firmó el contrato aceptó las normas del centro, en las que se estipulaba que ante un deterioro físico o cognitivo los usuarios serían trasladados a otras residencias. El personal médico del complejo los evaluaba regularmente y decidía si eran aptos o no para alojarse allí. El objetivo era propiciar un entorno alegre y positivo, con gente saludable que pudiera pasear, bañarse en la piscina y conversar con lucidez.

Ninguno de los usuarios quería marcharse, así que los días de las evaluaciones había cierta ansiedad entre aquellos que comenzaban a caminar con dificultad o que manifestaban ciertas lagunas mentales porque temían ser expulsados. Corría el rumor de que algunos residentes habían sido trasladados tras recibir la dirección del complejo informaciones de otros usuarios en las que denunciaban que disimulaban sus problemas de salud: pérdidas de memoria, dificultad para expresarse, incapacidad para mantener conversaciones coherentes, incontinencias urinarias o trastornos depresivos. Cuando una persona acumulaba varias protestas acababa desapareciendo discretamente para que la reputación del centro no se viera afectada.

Agustín esperó unos días antes de hablar con Manuela. Se sentía raro. Se miró al espejo y vio a un anciano y dentro del anciano estaba él. Hizo lo que pudo. Se afeitó, se cortó el pelo, se puso unos vaqueros azules, una camiseta negra y unas deportivas blancas para intentar tener un aspecto un poco más vigoroso y desenfadado. Aprovechó un momento en el que ella estaba sentada en un banco del jardín. ¿Manuela? Ella lo miró un poco desconcertada al principio pero se recompuso enseguida ¡Hola!, exclamó. Y luego inclinó un poco la cabeza y le sonrió lánguidamente. ¿Cómo estás?, preguntó ella. ¿No te acuerdas de mí?, interrogó él. Soy Agustín, el pequeño Agustín ¿No te acuerdas? Claro que me acuerdo, respondió Manuela un tanto contrariada pero sin dejar de sonreír.  ¡Qué buen aspecto tienes!, exclamó un tanto exagerada.  Ella intentó disimular, fingir desesperadamente que sabía con quién estaba hablando aunque Agustín tuvo pronto la certeza de que lo veía como a un extraño. Él no dijo nada, le siguió la corriente y conversó con ella mientras ella le sonreía misteriosamente como si le quisiera decir algo sólo a él aunque él ya sabía que no le quería decir nada en absoluto.

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