Tercera Tenochtitlan

que ha mirado conmigo crecer esta ciudad y este poema

     Este poema crece y se deforma como la ciudad,
     como ella se degrada y se envilece,
     se excede y descoyunta acaso en gusto y en carácter,
     y gime a su pesar en público,
     contra la clásica consigna,
     como nuestra más gloriada y vieja
     filmografía de la llamada edad de oro,
     donde menos cine había que estrellas.
    
     Hay poemas que rondan, en la noche, en el día,
     que zumban y que azotan, dípteros invisibles,
     que irritan, descomponen a las almas pequeñas
     y a las grandes, en tanto no logramos escribirlos
     o cazarlos, destruirlos contra el pecho o la mejilla.
     Son los poemas cortos, dolorosos y agudos
     como el aguijón del abejorro, el brazo del limón,
     el canto puro de una diva mayúscula.
     Pero los otros, los largos, los caudalosos ríos
     mayores, los ensordecedores, los que nos arrastran,
     desbordan —los que no deberíamos intentar—,
     los que nos trauman por meses o por años,
     y por siglos, si vivirlos pudiéramos,
     los que nos ahogan en sus aguas sin fondo
     y en sus aires sin cielo;
     ésos, los tumultuosos, los inaudibles, los irrealizables,
     los que no van del pie al cabello que nos resta,
     de la uña al diente roto,
     del callo a la verruga,
     dejan dormir a veces, pero nunca morirse al soñador.
    
    
     A la mitad del sueño, siempre, se rompen las esclusas,
     se desgarran los libros del librero central,
     se despellejan, cambian de piel, de pie de imprenta
     las pastas de las ediciones olvidadas,
     y llega sordo, desatado, ciclónico,
     sin tino y tono, abstruso, limpio, sucio, el canto.
    
     Los dos éramos niños, la ciudad y yo,
     desde que andábamos, de barrio en barrio al sur,
     donde pastaban vacas peripatéticas y monumentales
     que no miraban nunca hacia el azul, siempre hacia el verde,
     y que nutrían —blancas fuentes brotantes—,
     embarnecidos manantiales cuadrúpedos,
     de leche pura el valle entero, los establos, raramente salubres,
     los recipientes de metal de los lecheros de ciclista reparto,
     las tazas y las mesas campiranas de todos los vecinos,
     pese al fantasma de la fiebre aftosa, los colmillos del tifus
     o del cólera morbus y la propaganda seductora de la leche Nestlé.
    
     Había también en esos llanos de fibrudo zacate
     cabras golosas y borregos bravos
     con los que realizaban sus riesgosas ilusiones taurinas
     los muchachos del rumbo, garbosos y catárticos,
     para calmar sus ansias de ardientes novilleros,
     decían el Flaco de Oro y sus anónimos letristas.1999

     Eduardo Lizalde— Fragmento del poema Tercera Tenochtitlan  

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