Derrota

La cultura de Estado es hoy el Día del Orgullo Gay, la Liga, o la Diada Nacional. Diversiones para gente persuadida de ser inmortal

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André Malraux en una fotografía de la exposición “El món i la meva càmera Gisèle Freund” en el CCCB © CARLES RIBAS

 

Es bien sabido, pero conviene recordárselo a los jóvenes, que De Gaulle nombró ministro de Cultura a Malraux en 1958. En aquel momento, lo de poner a un ministro al frente de algo llamado “cultura” era una excentricidad. De hecho (y aunque los jóvenes no lo crean) por entonces la cultura no era un asunto de Estado.

La rareza se duplicaba al considerar la persona elegida para el cargo. Malraux era un novelista de éxito, muy celebrado por una vida aventurera que le había llevado de la antigua Indochina, a la Guerra Civil española, la Resistencia y las repúblicas soviéticas. Nadie entendía para qué se necesitaba el nuevo ministerio, ni mucho menos que lo dirigiera un tipo tan singular. Desde el primer momento los altos funcionarios de la Administración francesa se dedicaron a boicotearlo. No podían tragar a un autodidacta que no sabía redactar informes debidamente refitoleros. También la izquierda cargó contra él porque, decían, una cultura de Estado es una cultura dirigida y por tanto fascistoide. Sólo admitían el fascismo de Moscú. Pero es que Malraux tenía una idea elevada de la cultura, la cual no era ni una diversión para las masas, ni un sermón ideológico. La cultura era, dijo, “el conjunto de misteriosas respuestas que puede darse un hombre cuando contempla en el espejo lo que será su rostro tras la muerte”. Algo difícil de entender por funcionarios y comunistas.

La generación de Malraux, como la mía, aún no había pintado a la muerte de purpurina. Los años transcurridos desde entonces han eliminado cualquier tentación de darle un significado a la nada, de “arrancarle algo a la muerte”. Y la cultura de Estado es hoy el Día del Orgullo Gay, la Liga, o la Diada Nacional. Diversiones para gente persuadida de ser inmortal.

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