Adelanto: Arsénico [Graciela Olave Ramos]

Dormito como caracol ahogado por la tela áspera de las sábanas. La sangre corre por mi dedo índice como un hilo de plata que intento amarrarme al cuello. Aún no supero no poder manejar el líquido, las aguas. Apunto firme: el niño ya no existe. Con voz suave de mamá, intento imponer autoridad ridícula y le digo que se duerma, que apague la tele de una vez porque estoy harta de escuchar las voces melosas de Discovery Kids. Pero no hay ningún niño, ningún televisor. La habitación está a oscuras, las luces de la ciudad se dejan entrever por las cortinas abiertas y una ventana se mueve levemente con el viento escaso que corre. Afuera llueve y, para sentir el agua, he puesto una toalla húmeda sobre mi cuerpo desnudo. Pretendo —inocentemente— enfriarme la rabia, salvarme del incendio fortuito que ha ocasionado el hombre. El hombre siempre incendiando casas matando, golpeando, destruyendo —a lo largo de la historia— todo tipo de insectos y dioses para saciar el hambre. Y yo acá, piernas abiertas para dejar entrar la lluvia, el aire frío, una neumonía tranquilizadora que anestesie el dolor, dejándome dormir por todos los animales del mundo como si dentro de mi vagina navegara el arca de Noé.

Suena Porque te vas de Jeanette una y otra vez desde mi teléfono en el velador, como soundtrack que acompaña al pequeño calcetín amarillo de humedad. La canción se acaba, de nuevo play y jamás dejo de escucharla como el réquiem de un zombie.  Mamá ha muerto hace poco y el departamento parece que fuera a reventar de tanta cosa guardada. Cosas y cositas, cositas de bebé, de gato. Bola de lana, juguete, ratón y muerte de mentira. Aún ronda el nombre de Cristóbal, es decir, el nombre de Uriel, es decir, el nombre de mamá, es decir: Familia. Mi gato se me acurruca buscando mi humedad corporal y lame un seno que se escapa de mi toalla. Es un seno triste, parece caer resignado levemente sobre mi costilla. Un seno que apunta hacia afuera, hacia el ventanal descubierto. El pezón observa la lluvia y se deja acariciar por la lengua felina, áspera, con olor al tarrito de Whiskas que se ha robado de la cocina porque ya nadie vigila, ya nadie cuida la despensa, ya nadie deja con doble llave la puerta principal. El gato intenta despejar las lenguas masculinas que mordieron alguna vez este sitio exuberante. El pezón, erecto, sigue mirando la ciudad acuática, desecha entre calles envidiosas que se visten de río, queriendo ocultar el artificio de cemento. Intentan hacer florecer alguna magnolia, algún pedazo de pasto que adorne lo grisáceo. Pero sólo se acumula la suciedad de las cañerías sobre el agua atascada, el olor a carroña que dejan los animales muertos por la inundación. No hay pureza. Sólo barro.

Escucho los maullidos que como susurros ficticios. Me acunan.  Ante mi indiferencia, se  me duerme el gato sobre el cuello y al fin cierro los ojos, apaciguada por la voz suave de la música y el silencio de la calle: la sirenas de las ambulancias al fin han dejado de sonar. Este es un lugar del que hay que escapar. Sólo afuera el incendio se apagaría, en cualquier punto de la ciudad amplia. Porque acá dentro, el leño jamás se consume. Nunca paran de arder las paredes de esta casa.

*Extraído de Arsénico, de próxima aparición por Narrativa Punto Aparte.

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