APUNTES DE UN VENDEDOR DE MUJERES

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PRÓLOGO

Me llamo Bravo y no tengo picha.
Así podría presentarme. Llevar un
apodo en lugar del nombre verdadero no
quiere decir nada. Cada cual es quien
es, por muchas estelas burocráticas que
arrastre como serpentinas tras una noche
de Carnaval. Mi vida no habría
cambiado un ápice de haber dado
cualquier otro nombre junto con la mano
que estrechar. Ni más ni menos. Ni
subidas ni bajadas, ni mares en calma o
agitados en los que bregar o añorar
haber bregado. Carecer de nombre era
como un generoso rincón de sombra en
el que esconderme, como tener un rostro
que apenas se ve, un cuerpo que apenas
se percibe, era no ser nada, era no ser
nadie. Siendo yo quien era, esta
condición me ofrecía todo lo que
necesitaba en lo práctico, sin opciones
ni excepciones.
En cuanto a lo otro, al detalle
anatómico, merece la pena que nos
detengamos.
No nací así.
No hubo en su día ninguna mirada
atónita de médico que me viera salir de
la raja en cuestión enteramente
desguarnecido, ni ojeada perpleja a una
madre sacudida aún por el último y
definitivo espasmo del parto. No hubo
ternezas para un niño lisiado de tan
singular miembro y que podía ser objeto
de sangrientas burlas en el futuro. Ni
hubo tremendas confesiones de
adolescente con la cabeza gacha y los
ojos clavados en la punta de los zapatos.
Cuando vine al mundo todo estaba
en su lugar. Incluso demasiado en su
lugar, a juzgar por lo que había de
ocurrir. Y, hasta cierto día, todo eso que
estaba en su lugar causó diversas
desazones a una serie de señoras y
señoritas más bien ligeras de cascos que
no deseaban otra cosa. Yo siempre
pensé que era problema de ellas.
Pero un día el problema de una de
ellas se convirtió en mi problema.
Cómo, cuándo y por qué ocurrió esto
no ha de constituir objeto de estudio
para los historiadores. Ocurrió
sencillamente que conocí a la persona
equivocada y me di cuenta en el
momento equivocado. Me declaro
culpable, por si sirve de algo. Lo
admito, no me lo recrimino. Las cosas
son como son en la vida de cada cual y
punto. A veces no tenemos opción ni
motivos para comportarnos de otro
modo. O si los tenemos, yo no acabé de
verlos. Tratar hoy de explicarlo no sería
más que clavar otra aguja en un muñeco
de vudú con mi cara.
Una noche de ésas en que el tiempo
se apunta un tanto, alguien con una
afilada cuchilla de afeitar y no poca
rabia y sadismo me dejó en la condición
en que me hallo. Quedé tirado en el
suelo, con una mancha de sangre que se
expandía por los pantalones y un hilo de
voz que se apagaba a medida que la
mancha clamaba más y más alto. Me
echaron del escenario y tuve que pasar
del palco al patio de butacas. A la
última fila, de hecho. Pero el dolor de
aquel tajo no fue nada comparado con el
dolor del aplauso.
Hasta aquel día yo hablaba de amor
por conveniencia y practicaba sexo por
placer. A partir de entonces no tuve que
volver a prometer amor porque a
cambio no podía recibir su trasunto en
especie, o sea, sexo.
El cuerpo de un hombre nada me
decía y yo nada tenía que decir al
cuerpo de una mujer.
Y, de pronto, sobrevino la paz. Ya no
hubo ni subidas ni bajadas, ya sólo hubo
llanura. Ni más mares en calma o
agitados, sólo el escarnio de la bonanza
que no infla ni rompe velas. Ahora que
no tenía ya por qué correr, podía mirar
alrededor y ver cómo funciona el
mundo.
Amor y sexo.
Mentira e ilusiones.
Un poco de lo uno y otro poco de lo
otro. Y siempre en busca del siguiente
puerto, de la siguiente dirección, que
apuntamos en la mente como pudimos:
oliendo, husmeando, tanteando. Todos
ciegos, sordos y mudos, y sin más
recurso que el tacto y el olfato, la última
frontera del instinto.
Cuando recobré la vista, el oído y la
palabra, reflexioné y comprendí.
Y acepté.
Y actué.
Y entonces empezaron los
derramamientos de sangre, materia
prima que en ninguna parte del mundo
vale mucho. Y murió gente que quizá
valía menos. Algunos responsables
pagaron, otros se libraron. Como todas
las cosas que acaban en muerte, también
ésta tuvo su inicio.
Todo empezó cuando comprendí que
había mujeres dispuestas a vender su
cuerpo y hombres dispuestos a pagar por
él.
Hay que ser codicioso, o rencoroso
o cínico para mediar en este comercio.
Yo era las tres cosas

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