Fotografías detrás de la monstruosidad de 25 fenómenos

 Lejos estamos de pensar al circo como un espacio de bestialidad, burla, misticismo y entretenimiento basado en “lo otro”. Hoy creemos que estos espacios deben ser dedicados a la artisticidad del cuerpo humano y al juego intelectual que proponen espectáculos como el Cirque du Soleil. Nos parece extraño, incluso escandaloso en términos de derechos humanos o animales, que a principios del siglo XX las carpas no hayan albergado a la belleza –o a minorías elitistas, no lo sé– y, en contraposición, hayan nacido como el habitáculo perfecto para rituales de lo sobrenatural, símbolos de la condición humana, ratificaciones del antropocentrismo y destrezas que seducían a la muerte. Nos cuesta trabajo pensar que la razón no lo es todo y que, en esa necesidad por lo sacrificial o aquello que escapa del entendimiento, los circos se hubieran dado como portales para eso que también compone al hombre y a la mujer, aunque malgastemos saliva en negarlo: violencia, muerte, dolor y futilidad.

Es incluso irónico –si es que no un tanto hipócrita–, que el discurso en contra de los espectáculos circenses de antes se acompañen hoy por un show igual de cruel o sensacionalista llamado Facebook; una plataforma que permite la visibilidad del horror humano o la teatralidad exuberante de nuestras vidas, así como posibilita la indignación y desagrado pasajeros para después perderse en la tierra de las pesadillas. Exactamente como sucedió en 1932 cuando Tod Browning estrenó su película Freaks, la cual causó tanta fascinación “malsana” como revuelos llenos de ira, la cual fue necesaria su retirada de circulación. Esta aclamada sinfonía de horror cimbró los cimientos de la sociedad y erigió una suerte de elogio a la diferencia, que nos hizo advertir a todos la importancia de tratar a todo ser humano como tal, pero también de ensalzar lo disímil como vehículo de

Plantando el punto de arranque para Burton, Lynch o la producción de American Horror Story, Browning formó un equipo de verdaderos fenómenos de la naturaleza –antes él ya había trabajado en uno de esos teatros de la crueldad– y comenzó una polémica que hasta nuestros días sigue vigente. Con personajes que entremezclan en el espectador tanto ternura como asco, el director inauguró a su vez un concepto que marcaría a la época y a quienes le seguimos en el análisis de estos eventos: Freaks. Un despliegue de rarezas que causan asombro, horror, pero sobre todo, un sensacionalismo que con la mentalidad del siglo XXI, no sabemos si es permitida o brutal.

Más allá de la trama, que muestra la importancia de una comunidad y sus códigos de pertenencia, o que revela los giros de tuerca que puede tomar la supuesta normalidad, Browning –muy al estilo Diane Arbus– logró la absoluta representación sin máscaras de lo que se esconde en los shows de antaño.

En el registro de lo sucedido detrás de cámara, puede notarse el discurso principal, mismo que abre el filme, de cómo ellos no debieron haber nacido pero lo han hecho, por un azar de la naturaleza pudimos haber sido como ellos.

A través de los ojos de la gente “normal y privilegiada”, nuestra mirada se cruza con la licencia que Browning nos da para averiguar (por nosotros mismos) cómo son estas personas sin la necesidad de comentarios innecesarios.

Partiendo de las fotografías backstage, los llamados fenómenos se muestran de manera natural, sin esconder sus malformaciones o características del desorden, pero tampoco en el traje suculento de la víctima. Son amenazantes y conscientes de su monstruosidad, no como si esto fuese algo malo, sino sólo como una aceptación y abrazo a su realidad.

Incluso fuera de escena, la película y sus personajes adquieren ese tono heredero del expresionismo alemán y se aceptan como agentes de lo tenebroso, lo que marca la “regularidad” y se enorgullece de su distopía.

En el vestigio de este supuesto fracaso comercial que resurgió como una película con tanta fuerza y verdad, la cual es incapaz de pasar desapercibida entre el público, es posible no sólo incorporar en el público un sentimiento de lástima o empatía, sino de un ensordecedor conocimiento sobre lo que somos y lo que no queremos ser. De la extrañeza, la bestialidad, lo uniforme y lo humano.

La película supone una visión pesimista de la naturaleza humana –como bien se muestra en estas fotografías–, y aunque propugna la belleza de lo monstruoso, la monstruosidad de la belleza o de aquello que consideramos normal (justo la trama del filme), lo interesante de estas imágenes es que aportan un discurso en el que no podemos hablar sobre términos absolutos de las condiciones del ser humano.

En estas tomas subyace el que artistas como Diane Arbus y Andy Warhol hayan reconocido en Browning un precursor para su obra; el trabajo de la fotógrafa se inundó de estas imágenes grotescas, mismas que proliferaron en los años sesenta, así como lo hicieron también las modelos “decadentes” de Warhol, por no mencionar los evidentes impactos en el Satyricon de Fellini o El Topo de Jodorowsky.

Freaks, tanto en la ficción de la narrativa como en la veracidad de sus protagonistas –y las fotos que les constatan–, son quizás el más mordaz antídoto en la historia del cine contra el culto a la perfección física, además de una oda u homenaje a la monstruosidad de aquello que llamamos fenómeno. Un canto a eso que necesitamos las personas “normales” o no, para abrazar lo que somos en sentido humano y condición monstruosa.

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