Verano

En nuestra lista de movimientos reflejos debe de haber uno que dice que ante cualquier gesto inesperado la reacción es matar

Atascos y retenciones, lo habitual en verano en los accesos a las playas.
Atascos y retenciones, lo habitual en verano en los accesos a las playas. SANTIAGO CARREGUI

 

Este sábado nos fuimos de la playa antes de lo normal. En realidad siempre nos vamos de la playa antes de lo normal, creyéndonos más listos que nadie, y el resultado es que hay playas vacías un sábado a las seis de la tarde porque los más inteligentes del mundo están en la carretera atrapados en la típica caravana de listos. El fenómeno es curioso: abandonar una playa debe de ser como abandonar un país. Empieza con un señor que levanta la toalla sólo para sacudirla y se acaba rodando Dunkerque.

Ese día, durante la evacuación, un niño se cruzó en mi camino. Yo ya estaba conduciendo por una vía secundaria y el chaval —unos 10 años— subía caminando la cuesta con la toalla al hombro. Yo reduje la velocidad esperando a que se apartase a uno de los arcenes. Fue la clásica reducción de velocidad sobreactuada, a 600 metros del niño, hasta casi frenar el coche con una sonrisa de condescendencia muy miserable, en plan “freno así porque yo también tengo un hijo”, como si el hecho de no tenerlo permitiese conducir puesto de MDMA.

Pues bien, el niño no solo no se echó a un lado sino que hizo algo incomprensible: se puso a correr. Miró atrás, vio que venía un coche a cierta distancia y echó a correr como si estuviese en San Fermín. Lo hizo completamente por sorpresa, tanto que a mí me puso tan nervioso esa reacción estúpida que yo a mi vez pisé el acelerador. En nuestra lista de movimientos reflejos debe de haber uno que dice que ante cualquier gesto inesperado la reacción es matar. Porque si no, no lo entiendo.

Como además la pista estaba llena de piedritas y arena, el acelerón hizo que las ruedas chirriasen y formasen una nube de polvo, lo cual acabó por llamar la atención de todo el mundo. Al escuchar el estruendo, el niño corrió aún más rápido, así que para entonces el espectáculo ya tenía a todos con la boca abierta. Intenté frenar bajando de marcha para que el coche no se deslizase con un derrape y atropellar al crío (de atropellarlo, atropellarlo al menos adaptándome a un canon), aunque esa maniobra prolongó el suspense pues en un primer momento podría parecer —pareció, de hecho— que me interesaba muchísimo cogerlo.

 

Cuando todo terminó hubo gente que se interesó por mis razones para querer asesinar a un niño. Observé un fenómeno curioso: la presunción de culpabilidad descansaba en el que escapaba del coche (“pero hombre, qué te hizo”), no en mí. Cosa que me tranquilizó mucho con vistas a nuevas y excitantes persecuciones.

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