Continuará…

Al acabarse el verano, te preguntas cómo todo esto se puede desvanecer

El diario italiano La Repubblica ha estado publicando por capítulos Equatoria, la nueva aventura de Corto Maltés, firmada otra vez por Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero, a quienes siempre agradeceremos haberle resucitado como si nunca se hubiera ido. Ha sido un placer leerlo cada día en páginas grandes de periódico, viajar con él a África, pegar cortes a oficiales mandones, liarse a puñetazos con bandidos, fumar al atardecer mirando el mar y encontrarse siempre al final una promesa y un misterio: “Continuará…”. Qué palabras tan mágicas, saber que la aventura seguirá. Al día siguiente corrías al quiosco como un niño. En realidad, esa es la promesa del verano, que quizá no es un paréntesis en el año, sino al revés, la continuación de algo que habíamos dejado interrumpido y volvemos a retomar donde estaba. Como si las vacaciones fueran la auténtica vida, y no la otra. Porque lo cierto es que en verano tenemos una edad indefinida constante, la de cuando éramos más jóvenes, y cada año emerge esa corriente subterránea que viene de los veranos anteriores y vuelves a embarcarte en ella. Es entonces cuando recuperas cosas que te preguntas cómo demonios habías sido capaz de dejar de hacer o incluso olvidar. Ver las estrellas, pasar el día descalzo, mirar bichos, no saber la hora, el siseo de la cadena de la bici al dejar de pedalear, y también comer sandía, el picor del sol en el tobillo, donde nunca te echas crema.

Semidesnudo, sin grandes aspiraciones, el verano te quita importancia. Lo ves en las fotos antiguas de escritores, artistas, políticos, tomadas en un momento de vacaciones en una playa, en un paseo por el campo: no parecen ellos porque no están siendo ellos; están descansando momentáneamente de lo que son. Están siendo ellos mismos, es decir, nadie, porque el verano es una feliz disipación. A veces, aparecen en la imagen con desconocidos, personas sin identificar, perdidas ya en el tiempo, quizá sus verdaderos amigos. El verano no lo pasas con cualquiera, no es trabajo. Y en esas viejas fotos se ve también lo más imperceptible, que ahora también nos resulta casi invisible, pero es lo más importante, tan huidizo y esencial como el verano: era un tiempo de paz, era un tiempo de salud. El reto al final de cada verano es llegar al siguiente para reencontrarnos con nuestra vocación más genuina, que es no hacer nada, ni siquiera fotos. Ahora que se acaba, te preguntas cómo todo esto se puede desvanecer, donde irá, dónde irás tú. Pero continuará, continuará…

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