Tercer acto

El mausoleo del Valle de los Caídos es un problema para la credibilidad de quienes aspiran a cerrar los atajos hacia ese adjetivo de franquistas que nos cae encima de tanto en tanto

Valle de los Caídos. rn rn Valle de los Caídos. © CLAUDIO ÁLVAREZ

 Ha vuelto a ocurrir. No importa el motivo por el que alguien se enfrente al Estado español que siempre terminará por tildarlo de franquista. La desgracia mayor no es que nuestras instituciones democráticas, todas, sean en cierto momento catalogadas como franquistas, sino que, por extensión, todo español hemos sido en algún momento de nuestra vida llamado franquista. Esto no pasa en otros sitios, porque si alguien se atreve a llamar nazi a un berlinés que le anda tocando las narices o mussoliniano a un juez italiano sería obligado a rectificar de inmediato. A los españoles esto les cae encima como una especie de tinta que llueve del cielo. Podríamos pasarnos horas tratando de hacer entender a quien nos pinta así que llamarnos franquistas es insultar a los muchos que se esforzaron y se esfuerzan por ejercer exactamente de lo contrario en España.

El mausoleo del Valle de los Caídos es un problema para la credibilidad de quienes aspiran a cerrar los atajos hacia ese adjetivo de franquistas que nos cae encima de tanto en tanto. Se entiende incluso que un intelectual gijonés haya propuesto la idea de trasladar los cadáveres de Chiquito de la Calzada y su esposa Pepita al Valle de los Caídos. La sepultura de ese talento popular agitador de nuestro lenguaje cotidiano en un lugar tan icónico permitiría empezar a vaciar de sabor franquista nuestro paisaje natural. No en vano, Chiquito evoca la dureza de una vida esforzada de humilde palmero, sometida y precaria, que recibió el premio de un tercer acto gozoso, risueño y de amable felicidad en el que la caspa del chiste malo fue elevada a rango de arte del humor. España, como país, también se merece ese tercer acto.

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