Los peligros de los gigantes tecnológicos

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SAN FRANCISCO — Al inicio de esta década, la Primavera Árabe prosperó con la ayuda de las redes sociales. Ese es el tipo de historia que le encanta a la industria de la tecnología: les gusta demostrar que contribuyen a que exista más libertad, progreso y un mejor futuro para toda la humanidad.

Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, proclamó que esa era precisamente la razón por la que existía su red social. En un manifiesto para inversionistas de 2012, dijo que Facebook era una herramienta para crear “un diálogo más honesto y transparente en torno al gobierno”. El resultado, dijo, serían “mejores soluciones para algunos de los problemas más grandes de nuestra época”.

Ahora, las empresas de la tecnología son criticadas por crear problemas en vez de solucionarlos. El problema número uno en la lista es la interferencia rusa en la elección presidencial de Estados Unidos el año pasado. Las redes sociales quizá prometieron libertad al principio, pero resultaron ser unas herramientas muy útiles para avivar el enojo. La manipulación fue tan eficiente y tan carente de transparencia que las empresas apenas se dieron cuenta de que eso estaba ocurriendo.

La elección no es la única preocupación. Las empresas de tecnología han acumulado una cantidad tremenda de poder e influencia. Amazon determina cómo la gente compra; Google, cómo adquiere conocimiento; Facebook, cómo se comunica. Todos están tomando decisiones acerca de quién tiene acceso al megáfono digital y quién debe desconectarse de la red.

Su gran concentración de autoridad se parece al derecho divino de los reyes, y despierta un rechazo que está en pleno desarrollo.

“Durante diez años, los argumentos en la tecnología tenían que ver con cuál director ejecutivo se parecía más a Jesucristo. Cuál se postularía a la presidencia. Quién convencía mejor a los trabajadores para que lo apoyen”, dijo Scott Galloway, un profesor de la Escuela Stern de Negocios de la Universidad de Nueva York. “Ahora los sentimientos están cambiando. La víctima se rebela”.

En Facebook, Twitter y ahora Google, se está divulgando la noticia de cómo los rusos se aprovecharon de sus sistemas de publicidad y publicaciones. El 1 de noviembre, el Comité de Inteligencia del Senado realizará una audiencia al respecto. No es probable que eso mejore la reputación de las empresas.

Con el aumento de la presión, las empresas están lidiando con un ataque de relaciones públicas. Sheryl Sandberg, la directora de operaciones de Facebook, estuvo en Washington esta semana reuniéndose con legisladores y reconociendo públicamente los errores sobre lo que pasó durante la elección y dijo que “no debieron suceder”. Sundar Pichai, el director ejecutivo de Google, estuvo en Pittsburgh el jueves hablando acerca de “las grandes brechas de oportunidades en todo Estados Unidos” y anunciando un programa de subsidios de 1000 millones de dólares para promover empleos.

En el trasfondo de estas reuniones se encuentra la realidad de que internet se convirtió desde hace mucho tiempo en un negocio, lo cual implica que la prioridad de las empresas es complacer a sus accionistas.

Ross Baird, presidente de la firma de capital de riesgo Village Capital, señaló que cuando ProPublica intentó comprar anuncios publicitarios dirigidos a antisemitas el mes pasado en Facebook, la plataforma no cuestionó si esa era una mala idea: les preguntó a los compradores cómo les gustaría pagar.

“A pesar de toda la habladuría de Silicon Valley en torno a cambiar el mundo, su principal enfoque ha estado en lo que puede monetizar”, dijo Baird.

Desde luego, las críticas a la tecnología no son nada nuevo. En una exagerada lamentación publicada en Newsweek en 1995, “Why the Web Won’t Be Nirvana” (¿Por qué la web no será el Nirvana?), el astrónomo Clifford Stoll señaló que “cada voz puede escucharse sin costo e instantáneamente” en los tableros de boletines de Usenet, el Twitter y Facebook de esa época.

“¿El resultado?”, escribió. “Cada voz es escuchada. La cacofonía se parece más a la onda de radio civil, con todo y nombres clave, acoso y amenazas anónimas. Cuando casi todos gritan, pocos escuchan”.

 
Justin Rosenstein, un exingeniero de Facebook, dijo recientemente que él había programado su teléfono para evitar usar la red social en el dispositivo. CreditStephen McCarthy/Sportsfile para Web Summit

Si las redes sociales están a la defensiva, Zuckerberg es quien está en el centro de todo: un suceso extraño en una carrera impecable que lo ha convertido, a los 33 años, en una de las personas más ricas e influyentes del mundo.

“Tenemos un dicho: ‘Muévete rápidamente y rompe cosas’”, escribió en su manifiesto de 2012. “La idea es que, si nunca rompes nada, quizá no te estás moviendo con la velocidad necesaria”.

Facebook abandonó ese lema dos años después, pero los críticos dicen que ha conservado mucho de esa arrogancia. Galloway, cuyo nuevo libro, The Four, analiza el poder de Facebook, Amazon, Google y Apple, dijo que la red social aún estaba preparando su respuesta.

“Zuckerberg y Facebook están violando la regla número uno de la gestión de crisis: la hipercorrección del problema”, dijo. “Su actitud es que les resulta imposible hacer cualquier cosa que afecte sus ganancias”.

Joel Kaplan, el vicepresidente de políticas públicas globales de Facebook, dijo que la red estaba haciendo su mejor esfuerzo.

“Facebook es una parte importante de la vida de muchas personas”, dijo. “Esa es una responsabilidad enorme, una que nos tomamos muy en serio”.

Algunos emprendedores de las redes sociales reconocen que están enfrentando problemas que jamás imaginaron como empleados de empresas emergentes que luchaban por sobrevivir.

“No había tiempo para pensar en la repercusiones de todo lo que hacíamos”, dijo en una entrevista Biz Stone, un cofundador de Twitter, poco antes de volver a la empresa la primavera pasada.

Sostuvo que Twitter estaba adquiriendo una reputación injusta: “Por cada cosa mala, hay miles buenas”. Sin embargo, reconoció que a veces “las cosas se complican”.

A pesar de las crecientes críticas, la gran mayoría de los inversionistas, consumidores y reguladores parecen no haber cambiado su comportamiento. La gente aún espera con ansias el nuevo iPhone. Facebook tiene más de 2000 millones de usuarios. Al presidente Donald Trump le gusta criticar a Amazon en Twitter, pero su administración ignoró las peticiones de una revisión rigurosa de la compra de Whole Foods por parte de Amazon.

Sin embargo, en Europa, el terreno está cambiando. La participación de Google en el mercado de los motores de búsqueda del continente es del 92 por ciento, de acuerdo con StatCounter. Pero eso no evitó que la Unión Europea lo multara con 2700 millones de dólares en junio por darles prioridad a sus propios productos por encima de los de sus rivales.

Una nueva ley alemana que multa con grandes sumas a las redes sociales por no eliminar el discurso de odio entró en vigor este mes. El martes, un portavoz de Theresa May, la primera ministra de Reino Unido, dijo que el gobierno estaba revisando “con cuidado los papeles, la responsabilidad y el estatus legal”, de Google y Facebook, con miras a regularlos como editores de noticias en vez de plataformas.

“Esta guerra, como muchas otras, comenzará en Europa”, dijo Galloway, el profesor de la Universidad de Nueva York.

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Un relato de España

El sí a la independencia supone rechazar el vínculo entre los pueblos de España, que tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde una articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar

Un relato de España
NICOLÁS AZNÁREZ

 

En 1937 se publicó Viento del pueblo,el poemario del alicantino Miguel Hernández, que cuenta entre sus poesías con la que da título al libro. “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta” es el célebre comienzo de un texto empeñado en mostrar que no es ése un pueblo de bueyes, dispuestos a doblar la cerviz, sino ansioso de libertad y señorío. ¿Quiénes componen el pueblo? Miguel Hernández va desgranando los nombres de todos los pueblos de España y caracteriza a cada uno de ellos con un rasgo alentador. “Asturianos de braveza, vascos de piedra blindada…” y así hasta haber nombrado a todos los que componen el conjunto de esa España, en que, según él, nunca medraron los bueyes.

Hace algunos días, en las páginas de este diario, José Juan Toharia lamentaba que en el conflicto territorial que estamos viviendo en nuestro país sólo los independentistas hayan contado un relato, que se ha ido imponiendo por sintonizar con los sentimientos de una parte de la población, y sobre todo por falta de alternativa. No parecen existir otras narraciones, capaces de ilusionar a las gentes en otro sentido, y eso favorece la causa independentista.

Y es verdad que las personas interpretamos los hechos desde los relatos que se han ido inscribiendo en nuestro cerebro desde la infancia y que se encuentran muy próximos a las emociones. Es verdad que las narraciones son indispensables para llegar al sentimiento, por eso todas las culturas educan a sus miembros contando cuentos y parábolas, que hunden sus raíces en el pasado y proyectan el futuro. Pero también es cierto que, como decía Lakoff, las historias para ser fecundas, no sólo tienen que ser atractivas, sino sobre todo tienen que ser verdaderas. Tienen que unir —añadiría yo— sentimientos y razón, convencer con argumentos, y no sólo persuadir con recursos emotivos, porque deben llegar a la razón de las personas concretas, que es una razón cordial. Y no es de recibo distorsionar los hechos para acoplarlos a una historia que puede ser eficaz en movilizar sentimientos, pero falsa. La posverdad es sencillamente mentira, y rompe el vínculo humano de la comunicación en provecho de quien la cuenta, se mida ese provecho en votos o en dinero.

El relato de España en que creímos muchos de nosotros es el de Miguel Hernández, el de un conjunto de pueblos a los que la historia, con sus avances y retrocesos, ha ido uniendo, y que pueden aportar cada uno mucho de positivo al acervo común; una aportación que, afortunadamente, no siempre se mide en dinero, como querría una sociedad mercantilizada.

Creímos en un conjunto de pueblos, con sus peculiares historias y tradiciones, pero con una historia y una lengua compartidas, que nos ligaba a nuestra América, situada al otro lado del Océano Atlántico, y entre los que podía existir el proyecto compartido de organizar una sociedad más justa, tanto en la propia casa, como en el concierto de los países. Podíamos hacerlo precisamente porque había un vínculo cultural y a la vez peculiaridades diversas, pero además porque existían diferencias económicas entre las regiones, y la solidaridad entre ellas podía propiciar esa reducción de las desigualdades entre los ciudadanos que es la marca de cualquier proyecto progresista. Tal vez los términos “izquierda” y “derecha” oscurecen la realidad más que iluminarla, y habría que sustituirlos por “progreso” y “regreso”, denunciando por regresivo cualquier intento de quebrar una unidad en lo diverso que ya existe.

Sin embargo, en el actual debate sobre la organización territorial de España se ha producido un inmisericorde empobrecimiento de aquella perspectiva amplia. El número de protagonistas del relato parece haberse reducido a dos: el Gobierno de Mariano Rajoy en el marco del Estado y la Generalitat de Cataluña y quienes salen a las calles pidiendo la independencia. Han desaparecido del horizonte los “extremeños de centeno, aragoneses de casta” y cuantos intervenían en nuestra historia común, junto a los “catalanes de firmeza”, y ha quedado en la desoladora escena un enfrentamiento entre una entelequia llamada “Madrid” y otra, igual de difusa, llamada “Cataluña”. Ninguna de ellas corresponde a una realidad social de carne y hueso, ninguna de ellas tiene verdadera encarnadura social.

Y no sólo porque la mayoría de los catalanes no son independentistas, y habría que decir en el mejor de los casos “una parte de los catalanes”, sino porque apostar por la independencia de Cataluña no es decir no a Rajoy y a un “Madrid” inventado. Tampoco es decir no al Partido Popular. El  a la independencia supone rechazar el vínculo con las gentes de esos pueblos de España, que tal vez no sean tan bravíos como los soñaba Miguel Hernández, pero tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde esa articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar con tanto respeto, si es que hablamos de cultura, tradiciones o lengua. Baste comprobar la diferencia con otros países, por otra parte espléndidos como Alemania o Francia, bastante menos sensibles al cuidado de lo diverso. Si en nuestro caso hablamos de desigualdad económica, no de diversidad cultural, entonces entramos en la discusión sobre la justicia distributiva y la solidaridad, no sobre cuestiones de identidad.

Sin embargo, como los relatos arrancan del pasado y sobre todo han de proyectarse al futuro, a las altura del siglo XXI, en el horizonte de un mundo global, no creo que haya proyecto más ilusionante y atractivo que el que esbozaron los ilustrados en el siglo XVIII, haciendo pie en el estoicismo y el cristianismo: el de construir una sociedad cosmopolita, en que sea posible erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, conseguir que ningún ser humano se vea obligado a emigrar, porque todos son ciudadanos de ese mundo. La globalización ha traído recursos que nunca pudimos soñar para ir adensando el grado de democratización de los distintos países, reforzando los vínculos legales y éticos con otras comunidades, que hoy en día ya comparten soberanía gracias a las uniones supranacionales, como la Unión Europea, y a la multiplicación de entidades internacionales, que podrían ser el germen de una gobernanza mundial. Es sin duda un proyecto y un relato que une los sentimientos a la razón.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Directora de la Fundación ÉTNOR.

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La guerra de las banderas

Vivimos una vuelta atrás, el fracaso de la integración y el triunfo del imperio del miedo

Banderas espanola, catalana y la estelada, en Gran Via de les Corts, en Barcelona.
Banderas espanola, catalana y la estelada, en Gran Via de les Corts, en Barcelona. © SAMUEL SANCHEZ

 

Los años siguientes a la II Guerra Mundial sirvieron no solo para reconstruir los antídotos democráticos contra la tentación totalitaria, sino para ampliar las fronteras con nuevos organismos internacionales. Fue un largo camino el que se tuvo que recorrer desde 1951, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), hasta la triunfal, democrática y hoy tan cuestionada Unión Europea. Fueron muchos años de tratados comerciales y de sacar ventaja del poderío estadounidense para que se fuese creando un planeta cada vez más intercomunicado en el que la desaparición de los aranceles y la caída de las banderas proteccionistas permitieran soñar con el éxito del comercio internacional.

Pero ha pasado ya mucho tiempo de todo aquello y ahora vemos cómo hay policías que recorren las calles de España vigilando el uso que se le da a la bandera o a quienes muestran con exagerado orgullo la enseña del lugar donde nacieron. Parecen ejemplos banales, pero llevan implícito no solo el germen de la destrucción, sino que son también la prueba del paso atrás que estamos viviendo. Me explico.

Paradoja y humanidad son dos conceptos que están ligados. Pero ahora también están unidos al escalofriante desarrollo de las comunicaciones, a la uniformidad de la información, a la transmisión inmediata de los valores de aceptación o de rechazo, lo que ha desencadenado una particular guerra de banderas en la que conviene no perder la perspectiva.

 

Ahora el Brexit, la falta de seriedad en el proceso de independencia de Cataluña, el posible fin del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el levantamiento del muro de Donald Trump en la frontera de EE UU con México son otras señales de que —así como sucedió en el pasado— estamos otra vez en una guerra de banderas. Pero esos estandartes que representan el sentimiento de los pueblos, sean racionales o irracionales, también pueden y deben representar elementos que, por intereses comunes y por la madurez de la conquista de las libertades, sirvan para consolidar la paz y la colaboración entre las naciones.

Paradójicamente, esta peligrosa guerra de las banderas nos va colocando, sin darnos cuenta, en un mundo cada vez más pequeño, en dirección contraria a la lógica del mundo sin fronteras del siglo XXI. El Brexit, que se muestra casi imposible para los británicos y su compleja negociación para que entre en vigor, está destruyendo un Partido Conservador casi sin programa y a una primera ministra, Theresa May, incapaz de enfrentarse al auge de un Partido Laborista que hace tan sólo dos años tenía un papel testimonial.

En el caso del proceso independentista de Cataluña y la quiebra de España, siempre me ha molestado que el uso de la bandera española se identificase con una tendencia conservadora y, en algunos casos, hasta con la ultraderecha. Ante la irrupción de la estelada catalana en la conformación del nuevo mundo, muchas banderas españolas se han sacado del baúl de los recuerdos para quitarles la nostalgia y usarse como acto de afirmación nacional contra un movimiento separatista.

Y por último, como si no fuera suficiente, el presidente de Estados Unidos da un salto hacia el pasado, nada menos que hasta el final de la Primera Guerra Mundial, con la intención de cerrar fronteras, reiterar que América es lo primero y prometer que los estadounidenses pueden defender su sentimiento de identidad, ignorando el melting pot, fundamento de su sociedad, utilizando también las banderas como un elemento de separación y no de unificación.

La guerra de las banderas solo muestra una vuelta atrás, el fracaso de la integración y el triunfo del imperio del miedo por el que los pueblos se defienden, pero no se unen.

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¿Por qué se ha disparado el bitcoin?

La criptomoneda ha alcanzado este viernes su máximo histórico, al superar los 5.000 dólares

El bitcoin ya multiplica por cuatro el valor del oro
El bitcoin ya multiplica por cuatro el valor del oro – REUTERS
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La criptomoneda digital bitcóin está fuera de control. Tras superar ayer los 5.000 dólares, el ansia entre los traders por meter en su cartera el activo de moda ha llevado a Bitcoin a marcar un récord intradía hoy de 5.866 dólares, desde donde ha corregido hasta los 5.658 dólares en que se mueve poco después de las once de la mañana.

La escalada de bitcoin es estratosférica. En diciembre, valía poco más de 1.000 dólares y ahora corre dispara hacia los 6.000 dólares, o seis veces más. Tanto es así que su valor multiplica por cuatro el de la onza de oro al contado, que cerró hoy en el mercado de Londres en 1.290,25 dólares.

En este rally, bitcoin ha tenido que esquivar toda suerte de obstáculos, desde acusaciones de poca transparencia, hasta regulaciones más estrictas, pasando por un importante cisma entre los ‘mineros’ de la moneda o las advertencias de posible colapso por parte de primeros espadas de Wall Street, como el presiente de JP Morgan, Jamie Dimon. Algunos expertos, como el prestigioso economista Ken Rogoff, han advertido de que la moneda digital está inmersa en una burbuja que podría explotar pronto, mientras que otros consideran que todavía tiene recorrido para aumentar su valor.

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Las amenazas de Trump de acabar con el TLCAN pueden hacerse realidad

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El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el cual lleva tiempo siendo un saco de boxeo para el presidente Donald Trump, se estará acercando al colapso en las reuniones para la cuarta ronda de negociaciones.

En las últimas semanas, aseguran los negociadores de México y Canadá, la Casa Blanca de Trump se ha enfrentado con las empresas estadounidenses que respaldan el TLCAN y ha presionado para que haya cambios drásticos que son imposibles de cumplir. Mientras tanto, Trump ha seguido con las amenazas de retirar a Estados Unidos del acuerdo comercial, al que ha calificado como el peor de la historia.

“Si lo vamos a hacer bien, yo creo que el TLCAN debe terminar. De otra manera, no creo que se pueda negociar un buen acuerdo”, afirmó Trump en una entrevista con Forbes que se publicó el 10 de octubre.

“Es posible que no alcancemos un acuerdo y es posible que lo hagamos”, dijo Trump después de una reunión con el primer ministro canadiense Justin Trudeau. “Entonces veremos qué pasa con el TLCAN”.

El fin del acuerdo comercial de 1994 enviaría ondas sísmicas por toda la economía global, pues provocaría un daño económico mucho más allá de México, Canadá y Estados Unidos, e impactaría a varias industrias: desde la manufacturera hasta la energética, pasando por la agrícola. Al menos en el corto plazo, también sembraría el caos en las empresas —incluidas las de la industria automotriz— que han organizado sus cadenas de suministro en América del Norte alrededor de los términos del acuerdo, lo que provocaría una disminución del crecimiento y el aumento del desempleo.

La reacción en cadena también podría obstaculizar otros aspectos de la agenda presidencial estadounidense; por ejemplo, solidificar la oposición política entre los republicanos de estados agrícolas que apoyan el pacto, lo cual pondría en peligro prioridades legislativas como la reforma fiscal. Además, podría tener consecuencias políticas de mayor alcance, desde las elecciones generales de México en julio de 2018 hasta la propia reelección de Trump hacia 2020.

 
El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se reunió el miércoles con integrantes del comité encargado de alas renegociaciones del TLCAN, en Washington. CreditSaul Loeb/Agence France-Presse — Getty Images

El medio empresarial se ha atemorizado pues cada vez hay más posibilidades de que desaparezca el acuerdo comercial. El lunes, más de 310 cámaras de comercio estatales y locales enviaron una carta a la Casa Blanca en la que la exhortaban a permanecer en el TLCAN. El martes, desde México, Tom Donohue, el presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, afirmó que las negociaciones habían “alcanzado un momento crítico, y la Cámara de Comercio no tiene otra opción más que tocar las campanas de alarma”.

“Permítanme ser contundente y directo. Todavía hay sobre la mesa varias propuestas que son ‘veneno puro’ y que podrían hundir todo el acuerdo”, señaló Donohue.

Si el acuerdo sucumbe, Estados Unidos, Canadá y México volverían a tarifas arancelarias promedio, las cuales son relativamente bajas: apenas unos puntos porcentuales en la mayoría de los casos. Sin embargo, varios productos agrícolas enfrentarían aranceles mucho más altos. Para enviar sus productos a México, los agricultores estadounidenses tendrían que pagar 25 por ciento de impuestos por la carne de res; 45 por ciento por el pavo y algunos productos lácteos, y 75 por ciento por el pollo, las papas y el jarabe de maíz de alta fructosa.

Durante meses, algunos de los líderes empresariales más poderosos de los países involurados —y los cabilderos y políticos que los representan— habían esperado que la retórica del presidente estadounidense fuera más una táctica de negociación que una amenaza verdadera y pensaban que al final aceptaría su agenda de modernización. El TLCAN tiene casi un cuarto de siglo de vida y la gente de todo el espectro político asegura que debería actualizarse para el siglo XXI y preservar el sistema de libre comercio que ha vinculado la economía de Norteamérica.

El pacto ha permitido que las industrias reorganicen sus cadenas de suministro en toda la región para aprovechar los recursos y fortalezas distintivas de los tres países, lo cual estimuló las economías del área y generó un incremento de más del triple en el comercio de Estados Unidos con Canadá y México desde sus inicios. Los economistas sostienen que estos cambios han beneficiado a muchos trabajadores ofreciéndoles salarios más altos y más empleos, pero muchos trabajadores quedaron sin empleo cuando las fábricas se reubicaron en México o Canadá, y esto provocó que el TLCAN se volviera el blanco de ataque de sindicatos, muchos demócratas y algunas industrias.

No obstante, la mayoría de los líderes empresariales mantenían la esperanza de que Trump, quien ha criticado el TLCAN de forma constante, quedaría satisfecho con supervisar modificaciones para modernizar el acuerdo y después proclamar el resultado como una “transformación política”.

Hubo ocasiones en que parecía que así iba a ser. El nombramiento de Robert Lighthizer como representante comercial de Estados Unidos, quien en su audiencia de confirmación prometió que “no dañaría” el TLCAN, reconfortó a muchos en el Capitolio, donde Lighthizer trabajó durante mucho tiempo. Y cuando la administración divulgó sus metas de negociación para el acuerdo en julio, hicieron eco muchas de las prioridades de administraciones pasadas.

Con todo, después de ocho semanas de pláticas sobre el acuerdo —las cuales en un inicio iban a concluir a finales de año—, la administración Trump continúa presionando para que se hagan concesiones que en esencia socavarían el pacto, según advierten los círculos empresariales, y que pocos observadores creen que Canadá y México podrían aceptar políticamente.

“Todos saben que una gran parte de lo que se está proponiendo en áreas clave es en realidad imposible de lograr, lo cual genera la siguiente pregunta: ¿qué está intentando obtener la administración de Trump exactamente?”, mencionó en un correo electrónico Michael Camunez, quien fue asistente del secretario de Comercio de Estados Unidos durante la presidencia de Obama. No es descabellado pensar que al admitir las posturas más extremas del presidente, los negociadores estadounidenses estén “simplemente dando espacio a Trump para que haga lo que en verdad quiere hacer: retirarse del acuerdo”, afirmó Camunez.

“Todos saben que una gran parte de lo que se está proponiendo en áreas clave es en realidad imposible de lograr, lo cual genera la siguiente pregunta: ¿qué está intentando obtener la administración de Trump exactamente?”.

MICHAEL CAMUNEZ, ASISTENTE DEL EXSECRETARIO DE COMERCIO DE EE. UU.

Phil Levy, quien fue asesor comercial durante el mandato de George W. Bush, señaló que lo más probable es que el presidente Trump esté buscando un pretexto para eliminar el TLCAN.

“Encuentren el último acuerdo comercial que haya aprobado Estados Unidos con la Cámara de Comercio en contra”, desafió Levy. “No lo hallarán. Ya es bastante difícil con la Cámara a favor”.

Las propuestas más controvertidas de la administración, las cuales presentó el secretario de Comercio, Wilbur Ross, incorporarían una cláusula de suspensión al acuerdo, lo cual provocaría que el TLCAN expirara de forma automática a menos que los tres países votaran periódicamente por mantenerlo. Esta disposición ha provocado una condena temprana del medio empresarial, el cual argumenta que establecería tanta incertidumbre en el futuro del TLCAN que, en esencia, anularía el acuerdo comercial.

Otra iniciativa polémica de Estados Unidos se centra en cambiar las reglas del TLCAN que rigen qué porcentaje de un producto debe haberse fabricado en Estados Unidos para poderse comercializar libre de impuestos en los países que integran el tratado. La administración de Trump está presionando para que el porcentaje sea mayor, incluyendo el requisito de que se fabrique el 85 por ciento del valor de los automóviles y de las autopartes en Estados Unidos —en contraste con el 62,5 por ciento actual— y un requisito adicional de que el 50 por ciento del valor provenga de ese país.

 
Trabajadores en una planta nueva de Honda en México CreditEduardo Verdugo/Associated Press

Esto ha confrontado a algunas de las empresas de autos más importantes del mundo con la Casa Blanca. Los representantes de la industria afirman que semejantes barreras tan altas y complejas podrían disuadir por completo a las empresas de fabricar en Estados Unidos.

El gobierno estadounidense también ha propuesto límites sobre la cantidad de contratos a nivel federal que pueden ganar las empresas mexicanas y canadienses, así como cambios drásticos en la manera en que se resuelven las disputas en el TLCAN.

Los grupos comerciales aseguran que se oponen firmemente a la iniciativa que propone Estados Unidos de restringir una cláusula llamada “solución de diferencias inversionista-Estado”, la cual permite a las empresas demandar a Canadá, México y Estados Unidos por tratos injustos en el TLCAN. Mientras tanto, Canadá ha señalado que no considerará prescindir de otra cláusula, el capítulo 19 del TLCAN, el cual permite a los países desafiar las decisiones de cualquiera de las otras naciones respecto del derecho contra la competencia desleal y los derechos compensatorios ante un pánel independiente.

En sus declaraciones del martes, Donohue dijo que los cambios que proponía la administración a estas cláusulas eran “innecesarios e inaceptables”.

Donohue hizo estos comentarios después de un intenso intercambio de palabras que tuvo lugar el viernes entre la Cámara de Comercio, el grupo de presión empresarial más poderoso de Estados Unidos, y la administración de Trump.

El 6 de octubre, John Murphy, vicepresidente sénior de política internacional de la Cámara de Comercio, señaló que las propuestas de la administración “no tenían una base que las apoyara”, y que habían detonado “un grado sorprendente de unidad en su rechazo”. Agregó que los círculos empresariales tal vez nunca habían estado en desacuerdo en tantos frentes con una administración respecto de una negociación comercial.

Unas horas más tarde, la Casa Blanca contratacó.

“El presidente ha sido claro en que el TLCAN ha sido un desastre para muchos estadounidenses y en que para lograr sus objetivos se requieren cambios sustanciales”, mencionó Emily Davis, vocera de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, encabezada por Lighthizer. “Por supuesto que estos cambios generarán oposición de los cabilderos en Washington y las asociaciones comerciales. Siempre hemos sabido que secar el pantano sería controvertido para Washington”.

Mientras algunos de los congresistas republicanos más poderosos guardaron silencio, sindicatos como AFL-CIO y United Steelworkers, al igual que algunos demócratas, emitieron mensajes de apoyo.

“Cualquier propuesta comercial que ponga nerviosos a los corporativos multinacionales es una buena señal de que apunta hacia la dirección correcta para los trabajadores”, señaló Sherrod Brown, senador demócrata por Ohio.

Trump es famoso por adoptar una postura fuerte al momento de negociar y los analistas señalaron que la administración tal vez considera que sus ambiciosas solicitudes iniciales son una manera de ganar más influencia en las negociaciones del TLCAN.

Sin embargo, Murphy y otros miembros del medio empresarial advirtieron que lo más probable era que ese tipo de estrategia estuviera destinada al fracaso. Trump es impopular tanto en Canadá como en México, y ceder antes sus demandas podría acarrear consecuencias devastadoras para los políticos locales. Los funcionarios del gobierno mexicano han dicho en repetidas ocasiones que no van a negociar con una pistola en la cabeza.

“Hay un viejo adagio en el mundo de las negociaciones: nunca tomes de rehén a alguien a quien no le dispararías”, sentenció Murphy.

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Actualidad insaciable

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La actualidad es insaciable. Aunque con mi mala conciencia habitual, pues sé que no me faltan cosas mejores que hacer, llevo muchas horas de la tarde y de la noche mirando las noticias de las cadenas televisivas y leyendo titulares y artículos en la pantalla de mi ordenador. Cataluña preocupa; se presiente la agonía y el desgarro, el vértigo y el precipicio, la incertidumbre, el abismo. La actualidad es acaso la más insana de las distracciones, pero también la más golosa.

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Polariza y conquista: ¿por qué Trump ataca a todos?

AMHERST, Massachusetts — Ahora está claro que el presidente de Estados Unidos es el “odiador en jefe”. Atacar a la gente verbalmente parece ser lo que mejor hace y lo que más disfruta. Twitter, como sabemos, es su arma favorita. Lo utiliza para ir tras gente e instituciones que salen en las noticias. Apenas el jueves, tuiteó para criticar al Comité de Inteligencia del Senado por investigarlo a él en vez de a los medios. Antes de eso, atacó a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, por su “débil liderazgo”. Días antes, su blanco fueron los jugadores de fútbol americano y los propietarios de los equipos de la NFL. Antes de eso, fue Stephen Colbert, y antes de eso, el senador John McCain, y antes de eso, el senador Mitch McConnell. La lista continúa.

Pelearse con la gente que sale en las noticias tiene una lógica política: profundiza la polarización del país y eso puede ser una ventaja para el presidente. Diseminar odio hacia las celebridades es parte de su plan de juego.

El principal objetivo de detestar públicamente a alguien es encolerizar a tus críticos para que te odien aún más. Los insultos tienden a provocar posturas más extremas. Un resultado es que Trump convierte a los blancos de su odio, y a quienes los defienden, en una imagen todavía más extrema de lo que las bases del presidente de por sí ya desprecia.

Puede que el uso del odio como una táctica de provocación no sea tan común entre los presidentes estadounidenses, pero sí lo es en otros casos. Los presidentes marxistas son especialmente famosos por eso. Cuando adoptan la lucha de clases, básicamente están adoptando una política de odio hacia un sector de la sociedad, el sector privado. Si el sector privado responde defendiéndose, los presidentes marxistas ganan políticamente porque ahora tienen pruebas de lo que han estado arguyendo desde un principio: que los capitalistas son malvados.

Los presidentes populistas con frecuencia también emplean el odio como táctica política. Para ellos, el blanco siempre es una figura de autoridad. No tiene que ser un capitalista. Puede ser cualquier élite: políticos experimentados, periodistas respetados, profesores ilustres, miembros del clero, celebridades, atletas profesionales y —¿por qué no?— alcaldes de islas pequeñas.

Algunos de los populistas más famosos del mundo durante la última década han sido maestros de este juego del odio. Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Viktor Orban en Hungría y Hugo Chávez en Venezuela han utilizado el odio como una manera de polarizar y, por lo tanto, sobrevivir en el cargo.

En algún momento, los tres estuvieron abajo en las encuestas y resurgieron radicalizándose. La radicalización significó adoptar las mismas políticas que la oposición temía más: antisecularismo en Turquía, antieuropismo en Hungría y antipluralismo en Venezuela. Pero también implicó diseminar insultos épicos contra figuras clave en sus países, entre ellos respetadas figuras públicas y celebridades. La lógica tras estos ataques era hacer que la oposición también se volviera extrema.

Cuando la oposición adopta posturas extremas, paradójicamente puede expandir la base electoral del presidente porque provoca una integración de los simpatizantes más fanáticos y los moderados ambivalentes. Los de línea dura responden diciendo: por malos que sean los defectos de nuestro presidente, no son nada comparados con los excesos del otro bando. Los moderados, siendo testigos de los excesos dentro de la oposición, comienzan a estar de acuerdo con ellos.

Mientras que un presidente no polarizador podría pedirles a sus seguidores más extremos que se tranquilicen, un presidente polarizador necesita que enloquezcan. Así puede ofrecerse como protección para sus bases. Por lo tanto, es importante siempre asociar a sus blancos con la ideología del enemigo. Así que cuando Trump atacó a la alcaldesa Cruz, se aseguró de añadir que ella estaba respondiendo a dictados de los demócratas.

Trump ha descubierto los beneficios de hacer que la oposición grite. Y puesto que sabe que sus bases, en el fondo, son una coalición antiélite, entiende que tiene luz verde de su parte para convertirse en el principal iconoclasta de Estados Unidos. Cuanto más desacredite a la gente y a las instituciones de buena reputación, sus bases se sentirán más políticamente satisfechas. Ese es el alimento que se le da a todas las coaliciones populistas antiélites.

Desde luego, la polarización produce una animosidad intensa del otro lado, y eso es riesgoso para cualquier presidente. Al enfrentar este riesgo, un presidente puede cambiar de la dirección de las políticas o cultivar la antidisidencia. Trump está eligiendo lo último.

La antidisidencia requiere exagerar lo infundada que es la disidencia. Por eso es que, en sus tuits de odio, al presidente le gusta invocar el argumento de “Cómo te atreves”. Con la alcaldesa Cruz, Trump preguntó cómo se atrevía a criticarlo con todo lo que estaban haciendo los empleados federales por Puerto Rico. Con los jugadores de la NFL, se aseguró de recordarles su “privilegio de ganar millones de dólares” en la NFL.

Dado que la estrategia de supervivencia de Trump es polarizar, sus críticos deben aprender a participar en su guerra de palabras con cuidado. Deben tomar una postura, y al mismo tiempo protegerse de emular la táctica de intensificación del presidente para no validar la imagen que este quiere presentar de ellos.

Sin embargo, la moderación es difícil de mantener, sobre todo si el presidente es el principal polarizador. En determinados momentos, algunos de sus blancos también harán algo imprudente o incluso extremo. Si eso sucede, el ganador más probable será Trump.

 

Estrellas

¿A qué clase de agujero negro nos aboca esa luz confusa y vertiginosa de la estrella de la bandera cuatribarrada?

Una inmensa bandera estelada pasa entre las manos de los participantes en una celebración de la Diada.
Una inmensa bandera estelada pasa entre las manos de los participantes en una celebración de la Diada. ALBERT GARCÍA

 

Si los peregrinos jacobeos medievales hubieran sabido que la Vía Láctea o Camino de Santiago lejos de señalar una ruta mágica hacia el fin de la tierra, realmente tenía la forma helicoidal, como de un platillo volante giratorio, nunca habrían acometido ese viaje iniciático ante el temor al vértigo y a la desorientación. Si aun hoy los peregrinos europeos que atraviesan Roncesvalles o los ibéricos que transitan por la Ruta de la Plata o el Camino Portugués supieran que la Vía Láctea pudiera ya no existir en la realidad, tal vez no se moverían de casa. De hecho, pese a que la seguimos contemplando con emoción en las noches claras puede que la Vía Láctea se haya extinguido hace muchos años, el tiempo en que su luz ha tardado en llegar a la Tierra aun cuando su combustible se haya agotado y esa parte del universo esté ya a oscuras. Esa es la posible ficción cósmica en que vivimos. Si la Vía Láctea puede que ya no exista y todas las luces que observamos en el cielo de noche son ilusorias, ¿qué pasa con esa estrella de la bandera cuatribarrada que marca la ruta delirante de los peregrinos catalanes hacia la independencia? Hay que preguntarse a qué clase de agujero negro nos aboca esa luz confusa y vertiginosa. Si mañana se declarara la república independiente de Cataluña muchos catalanes, creyéndose libres y soberanos, se levantarían de la cama confiados en que la independencia iba a mejorar sus vidas, pero la mente deslumbrada y el corazón inflamado de amor a su patria les impediría saber que detrás de ese sueño solo existe la oscuridad, y al final, llenos de frustración y melancolía en medio de una violenta fractura social entre hermanos, deberían enfrentarse a la rutina gris de todos los días, mientras el Sol, la única verdad que da la vida, saldría en punto como siempre por el Empurdá y se pondría por Finisterre.

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El sol oscuro

La invocación del ‘Cara al sol’ atenta de manera directa con la concordia que se puso en marcha en 1978

Manifestación contra la independencia de Cataluña.
Manifestación contra la independencia de Cataluña. VINCENT WEST REUTERS

 

Hay en la historia reciente de España un sol oscuro y hay el sol de Machado, aquella infancia. El sol oscuro fue vendido a los jóvenes como la metralla, en pedazos engañosos, resbaladizos y crueles; el sol que animaba a las patrullas del amanecer a amedrentar a los enemigos, con el señuelo fascista de entonces: el mañana te pertenece. Tomorrow belongs to me. Esa arena negra sobre la que transitó parte de la juventud de la preguerra y de la guerra se escondió luego en la mazmorra de los objetos que nunca debieron ser puestos en las manos de los jóvenes españoles, pues sirvió en su día para alquilar el desprecio, para vender lo peor de las almas que habitan este país, marcadas por el odio, ese aliento negro de las guerras.

Al principio de la manifestación de Barcelona, que se convoca para juntar a unos con otros, a los que ya no se saludan con aquellos que fueron sus paisanos de barrio, sus amigos de escuela y de jarana, pudo verse a algunos grupos de abanderados que llevaban en la boca, además, aquella ponzoña, el Cara al sol; la invocación de aquel himno tiene que herir hoy los propósitos de la manifestación, porque atenta de manera directa con la concordia que se puso en marcha en 1978 y que ahora por tantas razones, no solo catalanas, o de los catalanes de la escisión, parece romperse o ya parece rota. Nada hay peor que ese himno para alertar a lo peor de nosotros, de nuestra historia, y despertar el espíritu de vencedores y vencidos, de enfrentamiento civil, que esa canción y los gestos de esa canción suponen como metáfora de lo que jamás debe cantarse de nuevo.

Decía Bertolt Brecht que debía cantarse también en los tiempos sombríos. Cantarse, buscar voz para aquello que una a los hombres en la dificultad o el desamparo; esa canción de victoria flatulenta que cantaban al principio de la manifestación estos ciudadanos es una cruel desavenencia con el espíritu con que fue convocada esa marcha en Barcelona. Pedir que cese esa canción y lo que ella supone no es tan solo pedir una canción distinta, es una apelación también al buen gusto con que los españoles debemos conducirnos ahora para que diciendo que queremos estar juntos estemos de veras juntos. Cantar el Cara al sol es un retraso tan grosero que nos lleva a los tiempos en que tan solo podían aspirar al mañana los que levantaban el brazo para señalar el futuro que querían solo para ellos y para denunciar con el dedo a aquellos que no tenían su propio pensamiento único.

Cantar, sí, pero no cantar viejas melodías que ya hicieron suficiente daño. Entonces lo fue y ahora lo es también: el Cara al sol es el sonido del sol oscuro de la historia.

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La viñeta de Malagón

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