La prisa de unos, la desgracia de todos

La vida siempre tiene prisa. Hace 24 horas que las banderas del PRI ondeaban sobre cada rincón del país, y hace 20 que Cuauhtémoc Cárdenas ponía a temblar al sistema político mexicano. Hace 16 horas que una erupción tímida desde Chihuahua sacudía a los priistas y hace 15 que Ernesto Ruffo Appel ganaba la primera gubernatura, Baja California, para la oposición. Hace ocho horas que Vicente Fox Quesada arrebataba la presidencia de la República al partidazo y hace apenas unos minutos que el PRI la volvió a ganar. Y en el camino, puras traiciones. Unos a otros: traiciones.

Cambios de bando, de ideologías, de partidos, de objetivos. Traición tras traición y mientras, los pobres siguieron siendo pobres y las reformas “estructurales”, vendidas con millones de pesos en publicidad, mostraron su rotundo fracaso. Promesas y promesas: sacaremos a la economía del abismo, la prioridad son los pobres, la clase media tiene que resurgir, defenderé la democracia como un perro, para vivir mejor, la solución son ustedes.

La vida tiene prisa, pero sobre todo para los que esperan. Los que vieron, hace 30 años, los primeros brotes de insurrección contra el PRI, ahora pintan canas. Los padres de familia que creían que con mayor competencia política por fin vendría la justicia social, ahora son abuelos. Los que juraban que la llegada de Fox significaría un cambio para bien, rumian su propia desgracia. Pero Carlos Slim Helú ahora es millones de veces más rico que hace 24 horas.

Carlos Salinas de Gortari está de regreso en el poder. Los pobres (de acuerdo con Coneval) son muchos y la economía suma 30 años de estancamiento (según el mismo Secretario de Hacienda, Luis Videgaray). Ahora nos venden que “hay prisa” con las nuevas reformas. Y las reformas, implican que nosotros, usted y yo y el resto de los ciudadanos, paguemos más. Que les demos más impuestos y que les entreguemos el petróleo ya, ahora mismo, de inmediato, sin preguntar y sin opinar. Ah, tiznao, ¿y como por qué? ¿Más impuestos? ¿Darles el petróleo? ¿Ahora mismo, ya, de inmediato, sin preguntar, sin opinar? Jodidos estamos, mexicanos, si se los aprobamos ya, ahora mismo, de inmediato, sin preguntar y sin opinar. ***

Claro que quiero pagar impuestos. Y no sólo quiero: lo hago. Me sale caro y ni modo: este año, fuera de mis aportaciones regulares como empleado, le di al Estado mexicano y a mi contadora más dinero del que me metí a la bolsa por esa vía. Es decir: sólo por tener recibos a la mano y estar dado de alta, pago. Y mi pago es mayor a lo que ingreso.

Eso no tendría ninguna importancia, digamos. Mientras tenga los huesos fuertes y la mente clara, lo haré. Lo he hecho durante 25 años consecutivos desde distintos empleos. He aportado, peso tras peso, lo que me corresponde. No me quejo. No lloriqueo. Lo que es terrible es pagar y que te roben. Cada vez que un funcionario público no hace su trabajo, nos roba. Cada vez que usa su puesto para corromper a otros o para dejarse sobornar, nos roba. Cada vez que incumplen una promesa, nos roban. Cada una de las ocasiones en donde operan los intereses de grupo y no los nacionales, nos roban. Cada vez que llegan al poder comprando votos con despensas o con chequeras, nos roban.

Uso otra vez esa palabra, en pleno uso de mi derecho a recurrir al español para hablar con propiedad: esas son fregaderas. Y de que nos roban, nos roban: una parte importante de lo que aporto y aportamos se va a los bolsillos de alguien más. Allí están los indicadores de corrupción: México –según la última medición publicada por Maplecroft– está entre los cuatro países de América Latina más corruptos. Y es uno de los líderes mundiales en ese deshonroso ranking.

Pero no necesitamos, como mexicanos, indicador alguno. Lo vivimos a diario: nos roban Carlos Romero Deschamps, el ex “niño verde” Emilio González, los partidos-satélite como Nueva Alianza o “Partido” “Verde” “Ecologista” (sí, las tres palabras entre comillas). Nos robó Elba Esther Gordillo y ahora nos roba Juan Díaz de la Torre, el nuevo dirigente sindical de los maestros.

Nos roban los que crean políticas públicas para beneficiar a otros; nos roban las megaempresas que tienen impuestos especiales. Nos roban los ex presidentes, que cobran millones de pesos anuales a pesar de que han hecho esta hermosa Nación, sexenio tras sexenio, más inviable para un alto porcentaje de mexicanos que vive en la miseria. Nos roban los policías que cometen secuestros, los que asaltan, los que trabajan con las mafias. Nos roban los diputados y senadores que sólo van a levantar el dedo a las sesiones. Nos roban los jueces cuando les pagamos para impartir justicia y dictan lo que les ordenan quienes les pagan mordida.

Todo mundo nos hinca el diente: Carlos Slim, los bancos, todos. Y además, el gobierno. Le arrebatan a uno el dinero de las manos. Y quieren más, ahora mismo, de inmediato, sin preguntar y sin opinar. Hay que pagar impuestos porque si yo no pago, ¿quién sí lo hará? El problema es lo que hacen con nuestro dinero. El problema es que le pagamos a nuestros políticos sus aviones, sus fiestas y las de sus hijos, sus trajes, sus mansiones. Les pagamos para que nos escupan con menosprecio. ¿Más impuestos? ¿Todo el petróleo y ahora mismo, de inmediato, sin preguntar y sin opinar? Por eso, por primera vez en muchos años coincido con el PAN: que el Congreso NO apruebe ninguna de las reformas de Enrique Peña Nieto si primero no se impone una Reforma Político-Electoral que le amarre las uñas a los gobernadores y a todos aquellos que se sirven de sus cargos con un solo objetivo: robar más. Y coincido con Cuauhtémoc Cárdenas, con Marcelo Ebrard y con Andrés Manuel López Obrador en que el petróleo es de todos y mínimo, mínimo se requiere de una Consulta Nacional para saber qué vamos a hacer con este recurso.

Porque la vida siempre tiene prisa, sí. Pero en México, la prisa de unos es la desgracia de todos los demás. Una y otra vez les hemos dado todo en cuanto lo han pedido. Todo. Porque “el país no puede esperar más” y bla, bla, bla. ¿También ahora les vamos a dar todo, ya, de inmediato, sin preguntar, sin opinar? No me parece, ciudadanos. De verdad, simplemente no me parece. Y recurro al buen español, al que usamos los mexicanos a diario: si a pesar de todo lo que nos han hecho los dejamos disponer de nuestro dinero y nuestro petróleo sin siquiera tomar la palabra, estamos de la fregada.

Alejandro Paez Varela

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/14-10-2013/18147. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. SINEMBARGO.MX

 

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Quadri: Pequeño prostituto de la política

Por: Alejandro Páez Varela

 

No me hago tonto, y tampoco estoy para andarme con rodeos: si veo a Gabriel Quadri, veo al hombre que ya está negociando –y que aceptará– un cargo con Enrique Peña Nieto, si es que el candidato del PRI gana.

Veo a un porro, a un golpeador emulando ser ciudadano; veo a un arribista. Y veo, por sobre todas las cosas, a Elba Esther Gordillo, en donde la neblina de la corrupción que agobia a México se condensa en un cristal negro.

¿Para qué se las disfrazo? Si veo a Quadri, veo a un pequeño prostituto de la política. ¿Está mal que lo diga así, con esas palabras?

¿Está mal llamar a las cosas por su nombre? Porque eso veo. Y lamento si ofendo a alguien –y no he terminado–, aunque no lo lamento por él: este “ex asesor” del gobierno de Felipe Calderón habrá imaginado que si daba un paso a esta candidatura se enfrentaría a este o a juicios más severos.

–Peor: Quadri es esa serpiente llamada Elba Esther Gordillo, pero con lentes de pasta –me dijo un amigo.

Qué hipster ni qué hipster (si insisten las redes sociales en llamarlo así, claro que lo volverán). Qué ciudadano ni qué ciudadano; los ciudadanos no cobramos tres millones de pesos a Los Pinos por un proyecto que sepa Dios cuál es y qué produjo. O por lo menos yo no, ni otro 99.99% de los mexicanos.

Qué alternativa “inteligente” ni qué ocho cuartos: inteligente él, sí, en los cánones de la política –que tanto menosprecia y de la que tanto echa mano–: “inteligente” lanzarse por la presidencia de México como un culto a él mismo, “inteligente” porque dará 3, 4 o 5 puntos (en las últimas encuestas ronda por esos porcentajes) con los que él y Elba Esther Gordillo negociarán con Peña Nieto. “Inteligente”, sí, entre comillas. Pero no es una opción “inteligente”, como se ha querido vender.

Alternativa verde, quizás; o debo reconocer. Verde sí, pero verde billetes. Y yo me pregunto, una vez y otra también: ¿Pues qué tiene en la cabeza ese 3, 4 o 5 por ciento que piensa votar por él? Con todo respeto lo escribo. No quiero ofender a nadie. Pero cada voto que le den a Quadri, uno sobre el otro, será utilizado para darle más poder y más dinero a “la maestra”. ¿Y nos preguntamos por qué estamos tan mal los mexicanos?

¿Y todavía queremos quejarnos o echarle la culpa al otro? Caray: ¡El Partido Nueva Alianza es de Elba Esther! ¿Qué no lo sabe la gente? ¿Qué no sabe que su hija es la presidenta de ese partido que sirvió en 2006 para consolidad el cochinero que llevó a Felipe Calderón a la presidencia de la República? ¿Qué no tiene claro la gente, a estas alturas, quién es esa mujer y en qué se convierte todo lo que toca? Si creemos que este país es insalvable; si creemos que es mejor tocar fondo porque nos gusta tocar fondo –no creo que vayamos a rebotar desde el fondo–, votemos por Quadri. Tiremos los votos al foso maloliente y en donde no se pierden: le dan más poder a Elba Esther Gordillo, ese monstruo de letrinas. ¿Votar por Quadri? Pues órale: abrámosle la cartera, nuestra casa; démosle todo a Elba Esther. Porque con ese 5 por ciento o con menos, esa mujer y ese hombre poco éticos tienen suficiente para colgarse del dinero de la gente y ganar impunidad otros seis años más. O una eternidad. ¿Está mal que lo diga así, con esas palabras? ¿Está mal que lo crea un pequeño –la inmoralidad no dará nunca altura– prostituto de la política?

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DESGRACIAS DE LA SOBRIEDAD

So please, please, please
let me, let me, let me,
let me get what I want
this time
–Steven Patrick Morrissey

Sobrio me levanto. Sobrio voy al Seven Eleven y me desayuno una bolsa de papas fritas, una jarra de café, un chocolate Larín de envoltura azulosa o plateada (porque tampoco importa: todos saben igual). Sobrio retomé el auto con la excusa de las lluvias y dejé de caminar. Sobrio tengo cinco kilos más, fumo dos cajetillas diarias y me dejo crecer la barba sin mirarme al espejo.
Sobrio acumulo todo tipo de manías. La última, darle F5 al teclado de la computadora esperando a que el siguiente correo no sea el de la viuda africana que me ofrece 50 millones de euros. Un F5 para que aparezca una noticia impactante, fantástica: Que arrestaron a Elba Esther Gordillo; que Humberto Moreira vuelve a dar clases en una primaria; que Enrique Peña Nieto olvida el copete en una cafetería y lo derrotan en 2012; que Andrés Manuel López Obrador pierde el habla en un mitin y regresa a Macuspana. Pero el F5 tiene sus limitaciones, sabemos.
Sobrio regreso a casa cada día de la semana y me acuesto temprano. Simone y Niño, mis dos chiquitos, me lamen la palma y sobrio les doy las gracias por estar conmigo. Y los sábados, como recompensa por su lealtad, vamos juntos al súper a surtirme de cigarros, salchichas de pavo y pan para hotdog, yogurt para beber que ya no bebo, Tostitos para hacerme nachos sin queso. Sobrio voy el domingo a trabajar con ellos a la oficina –cuando no hay nadie y le ladran a una mosca–, y por la noche veo Padre de Familia, luego Los Simpson, después Seinfeld, y Will and Grace, y al final una película que no sea de amor o de espanto, por favor, sino del espacio, de balazos laser con pistolas transparentes y morsas con cascos blancos que toman Martini como James Bond.
Sobrio acomodé los bookmarks del Chrome en orden de importancia: Facebook, Twitter, cinco portales de noticias, cinco de revistas, unos de diseño, mi correo electrónico y contadores de hits con los que verifico que a pesar de que ya casi no escribo cosas personales y hablo de puras pedanterías políticas hay algunos lectores fieles. Sobrio veo cómo el mundo se está descomponiendo y he perdido la esperanza de que este país tenga remedio. Sobrio he vuelto a ver mi colección de películas de virus de laboratorios que se escapan por un error y salen zombis de debajo de las coladeras y acaban con la humanidad.
Me duermo sobrio y tengo sueños extraños, también. Pesadillas. Hace unos días era recolector de basura en los callejones del centro de Ciudad Juárez. Hace semanas estuve en Shanghái y escuché una conferencia impartida por don Porfirio Díaz. He llegado a ser mimo, maestro de manejo, y una vez desperté casi llorando cuando soñé que era Legionario de Cristo.
Sobrio me despierto y siento que los perros no duermen por verme roncar inquieto. No sabrán qué hacer.
“Mañana será otro día; quizás uno mejor”, digo cuando paso por enfrente de mis cantinas favoritas y veo por las ventana que los meseros, el bartender, los que fuman a la entrada y los que piden la siguiente ronda no han bajado la guardia y construyen, para los que estamos afuera y para los que están adentro, un mundo mejor. Aunque sea un mundo de ilusiones.
Un hombre sobrio carga las montañas; uno que bebe, las construye a diario.

Alejandro Páez Varela/http://www.alejandropaez.net/

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UN PEQUEÑO TUMOR

Este día observé pedazos de mí en una charola metálica; eran sangre, piel, grasa, carne. El médico se lavó las manos; la enfermera se escapó y dejó el batido deplorable a un lado del cubo de la basura, y lo observé. Dije: aquí también estoy yo. Dije: debería darle sepultura a estos despojos porque no puedo garantizar una sepultura digna para lo que resta. Y ya lejos del consultorio pensé en cómo volveré, cuando vuelva a casa. Hace 20 años que me fui y me quedan menos muelas, menos risa, menos piel, menos cabello, menos llanto, menos tumores, menos ganas. Me queda menos fuerza, también. Queda menos de mí.
Cuando vuelva a casa procuraré quitarme los zapatos para no enlodar el piso; me tiraré en la sala con la ropa limpia porque los sillones se ensucian con facilidad; abandonaré la fea costumbre de tomar la leche del pico o dejar la jarra del agua fría afuera del refrigerador. Saludaré si hay invitados. No me encerraré en los audífonos ni pondré discos a todo volumen para que se escuchen mientas me baño (y que no se escuche lo que hago cuando hago como que me baño).
Cuando vuelva a casa regaré la higuera, el nogal que sembramos papá y yo y las parras que se llenan de uvas en el verano (y que tapizan mi otoño de mosto). Contestaré el teléfono aunque no esté esperando una llamada, bajaré los pies de la silla, seré tolerante con mi tía enferma e iré al supermercado con mamá aunque no sea el de la esquina sino el del centro, donde los precios son más bajos y con los mismos billetes se compra más; somos muchos hermanos; debemos contener el gasto.
Cuando vuelva a casa procuraré no soñar con ser periodista, o escritor, o músico, o Fantomas, o Kalimán, o camarada Lenin (entiende –me convenceré–, no sirve de nada): veré la cara de mi suerte y le diré que haga de mí lo que quiera pero que no me deje vivir tanto por ese tanto que no quiero ver. Tenderé la cama, ahogaré los fantasmas del clóset, esconderé bien mis revistas con chicas que enseñan los senos, subiré el asiento del baño para no orinarlo y si por casualidad anda mi abuelo por allí, le diré te quiero, te quiero, te quiero, antes de que empiece a borrárseme de la memoria.
Cuando vuelva a casa buscaré una guía para entender el futbol y otra para saber por qué no puedo quitarme los lentes como Supermán y tomar de la cintura a esa niña que me mira al pasar y que hace que sienta calientes la cara y la nuca. No arrastraré los pies en la alfombra, no me esconderé tras las cortinas del cuarto y procuraré tener amigos. Invitaré a mis vecinos a no morirse o desaparecer. Sacaré la basura antes del miércoles por la mañana. Le diré desde mi recámara al país que no se desmorone antes que cumpla los 100.
Cuando vuelva a casa sembraré las flores de mi funeral y usaré un machete para liberarnos de las yerbas: yerbas que crecen en un matrimonio viejo, yerbas que destruyen el jardín y el futuro de un adolescente, yerbas que convierten cualquier corazón en sangre, piel, grasa y carne de desecho.
Cuando vuelva a casa me quitaré los ojos para no ver la oscuridad. Andaré a tientas para enterarme a tiempo que la vida es el vacío.
Cuando vuelva a casa seré menos yo, quizás, no sé. A la mejor ya no estén mis viejos. A la mejor he perdido uno o más hermanos, como he perdido un tumor esta tarde que fui al médico y me sacaron podredumbre que era parte de mí.
Al paso que voy, para cuando vuelva a casa seré un pequeño tumor en vías de ser extirpado. Volveré como un hijo pródigo dado al traste, quizás, no sé.

Alejandro Paez Varela

http://www.alejandropaez.net/


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Doña Ana y la ortodoxia

Este texto tiene ya dedicatoria. Si se me permite, la extiendo a miWanda Landowska, a quien es posible ver y escuchar en este filme casero de 1927. Anexo, más abajo, dos fotos increíbles de ella misma.

(Ay, Wanda: ser tu amante me habría facilitado las cosas. Para estas fechas ambos estaríamos bien muertos).

El cine no me cambió la vida.

Nos conocimos después de la infancia, algo inimaginable para las varias generaciones que me preceden. Tengo espacios blancos en la memoria, pero se mantienen intactos el cómo y el dónde nos tomamos de la mano por primera vez, en lo oscurito, y nos hicimos los primeros gestos amables, y nos acariciamos –el cine y yo–, y entendimos que seríamos amantes especiales, de esos que se dan muy de vez en cuando.
Sufro el cine. (Aquí marco una primera diferencia con casi la mayoría del auditorio, al que admiro como a una “mayoría feliz”). Cada descalabro de mi vida está acompañado de enormes ayunos de películas. Y luego regreso a sus brazos furioso, eufórico, como el deseo que se guardan dos amantes a los que imagino en su luna de miel tomando cada quien, por error, un vuelo equivocado hacia destinos distantes. Será que asistir a las salas siempre fue, en un principio, una transgresión excitante y dolorosa. Era abandonar la escuela, o desobedecer la instrucción de mi madre. No era feliz, en el cine; no lo soy del todo ahora. Si no, ¿por qué he llorado más en las salas que por cualquier mujer, por más difícil que fuera la ruptura?
landowska02.jpgSaludo cuando me someto a la disciplina de pararme en la cola. Compro palomitas, un hot dog, un gusano de chile y como, durante la película como, y en parte me gusta hacerlo porque sé que por allí estará, en un rincón, ese individuo ortodoxo que no mueve los párpados ni con los balazos. Desoigo las quejas. Suena la bolsa de las palomitas un chasquido y me río porque muchos creen, mientras me piden silencio, que el cine está hecho para estar inmóviles. Río entonces y me pregunto: ¿qué diría doña Ana si viera estas salas llenas de estatuas, que por respeto al derecho ajeno dejaron de comentarse las películas a susurros porque alguien más se molesta y está en su derecho y es políticamente correcto no hacer un solo ruido?
Doña Ana Páez (1894-1993) tocaba el piano en el cine mudo, en los años de oro de Parral, Chihuahua. Atestiguó cuando Nacho Páez resistió a los villistas con un rifle viejo (y huyó a la rendición escondido en una cueva a la que su familia le llevaba comida), y llegó el cine sonoro y luego el de colores y ella se casó con un saxofonista rechazado porque era eso: saxofonista, músico fuera de los cánones clásicos. En esos años, el sax no era parte de una sinfónica que se preciara de ortodoxa, y no era bien visto que una niña virtuosa, aunque tuviera 40, se casara con un fuereño de instrumento extravagante. Mucho menos porque en la foto del orgullo familiar (que sobrevivió a una Revolución) estaba ella, la hermosa Anita, de 15 años, tocando zarzuela para un general, Porfirio, ya avejentado en 1909.
landowska03.jpgLa ortodoxia. Un individuo gruñe porque mastico palomitas. Doña Ana es enterrada lejos de la cripta familiar porque a sus 40 años se enamoró de un saxofonista. La ortodoxia. Un adolescente de 12, 14 años (yo) que recién conoce el cine y ya se sabe la historia de una mujer de lentes de fondo de botella que en las mañanas cantaba y tocaba sonatas o el Tancredo de Rossini, y en las tardes usaba pautas de la Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni para simular los caballos del cine mudo (mientras, creo ahora, se burlaba por el desencanto de Jean-Baptiste Lully por los plebeyos que lo tarareaban en voz alta y tragaban durante sus conciertos, en presencia de su amado Luis XIV, a quien lo que realmente le importaba era bailar, deslizarse frente a la corte con sus trapos afeminados al ritmo del ballet y sí, con música de Lully en el fondo).
No, el cine no cambió mi vida. En todo caso me hizo sensible a ver la vida como un cortometraje, que en mi caso quiero acompañar con palomitas crujientes y lejos de esa ortodoxia que tanto daño hizo a doña Ana y que terminará por devolver las películas al chasquido y los susurros, a las salas y las recámaras escandalosas de cada casa, en cada ciudad.

Alejandro Paez Varela/www.alejandropaez.net

 

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DARDOS: PRESIDENTE SORDO

“El Presidente me oyó pero no me escuchó. Parece que no entendió, que está mal informado. No estamos contra el gobierno, es mala lectura”
–Javier Sicilia, 5 de mayo de 2011
“El Gobierno mexicano debe escuchar el clamor social”
–Amnistía Internacional, 4 de mayo de 2011

La guerra contra las drogas de Felipe Calderón ha desgastado a los mexicanos de manera excepcional. Por la guerra en sí, pero más por una ausencia de resultados que golpea el ánimo, que aniquila las ganas. Que no permite divisar el final del túnel. Yo creo que entre los más cansados debe estar el mismo presidente de México.
Ah, Calderón. Cuatro años y medio de lo mismo. Imagínense: Tener que organizar foros y foros cada dos o tres meses; cada vez que la lumbre toca la burbuja en la que vive. Asistir a ellos, plantarse frente a sus asistentes. Y luego ignorar lo que le dicen. Qué hartazgo. Foros y foros –organizados o no por él mismo– que le dicen lo mismo: La estrategia está equivocada; si no, ¿por qué 40 mil muertos, por qué los líderes de los cárteles siguen libres, por qué el consumo se mantiene elevado y por qué los civiles siguen pagado con su sangre por la inseguridad?
Qué cansado debe estar Calderón; harto. Tener qué organizar eventos para simular que escucha; soportar que le expliquen con peras, manzanas y sangre que la estrategia no funciona. Y tener que responder con los ojos cerrados y los oídos tapiados: “Dar marcha atrás significa empeorar las cosas”. Nadie le pide dar marcha atrás, dejar de pelear contra los criminales como es su obligación. Lo que sí se le plantea es revisar la estrategia. Pero él lo ignora. “Quieren que saque al Ejército de las calles”, responde. No, eso ya no se puede; eso era al principio; hacerlo hoy sería entregar el país a los criminales. Qué cansado: Foros, individuos, especialistas y ciudadanos le dicen otra cosa que él no oye. Le piden cambio de estrategia. Y su respuesta es la misma. Qué cansado le resultará hacerse el ciego, el sordo.
Los Pinos, 4 de mayo de 2011: “Tenemos que hacerlo [la guerra], porque es el único camino para vivir en libertad. Ningún gobierno debe hacerse de la vista gorda. Eso fue, precisamente, lo que nos llevó a la situación que hoy vivimos. No es opción retirarse de la lucha. Al contrario. Hay que redoblar el esfuerzo, porque si dejamos de luchar, ellos van a secuestrar, a extorsionar y matar por todo el país. Porque dar marcha atrás significa empeorar las cosas. Si nos retiramos, vamos a dejar que gavillas de criminales anden impunemente en todas las calles de México, agrediendo a la gente, y sin que nadie los detenga”, dice Calderón.
Cuatro años y medio de lo mismo. Imagínense: Tener que organizarse mensajes oficiales en cadena nacional cada dos o tres meses; cada vez que la lumbre toca la burbuja en la que vive. Dar la cara, plantarse frente a los que lo escuchan atónitos. Tener que repetirnos una y otra vez un discurso salido del que no pone atención. Qué hartazgo. Mensajes y mensajes a nivel nacional –organizados por él mismo– frente a cuestionamientos que son los mismos siempre: Que la estrategia está equivocada, presidente; y si no, ¿por qué 40 mil muertos, por qué los líderes de los cárteles siguen libres, por qué el consumo se mantiene elevado y por qué los civiles siguen pagado con su sangre por la inseguridad? ¿Por qué no caen los empresarios y banqueros que lavan las ganancias del tráfico de drogas? ¿Por qué?
La guerra contra las drogas de Felipe Calderón ha desgastado a los mexicanos de manera excepcional. Yo creo que entre los más cansados debe estar el mismo presidente de México. Debe ser un ejercicio harto abrumador despertarse todos los días, ponerse tapones en los oídos y vendas en los ojos y aún así tener que salir a la calle. Deprimente. Depresivo. Cansado.
Cuando me lo imagino, me confirmo que un individuo como Felipe Calderón sólo puede sobrevivir a tanta presión encerrándose en una burbuja. Imagino su cápsula de confort, llena de incondicionales y mentirosos que le dirán, desde el desayuno: “Vamos bien, presidente”. “Los criminales quieren que acabe con la guerra; sígale, su estrategia funciona”. “Qué lección les da cada vez que habla, presidente”. “Lea aquí, vea Televisa y Azteca”. “Vamos ganando”.
Cuando lo imagino encerrado en su burbuja entiendo su necedad, su obcecación, su empecinamiento (que no justifico, por supuesto). Y entiendo por qué el presidente se ve cada vez más solo con su estrategia derrotada, vencida, inútil.

Mi fuente: http://www.alejandropaez.net/





 

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Cada Lluvia Tiene Personalidad

Ha comenzado a llover en la Ciudad de México. El aire mueve deliciosas oleadas de un fresco que huele a tierra, a plantas y a cemento. Siempre he creído que, así como los copos de nieve jamás se parecen entre sí, tampoco la lluvia cae igual en un sitio que en otro. La del monte es diferente a la de las azoteas, pienso. La del sur no tiene nada que ver con la de occidente. De allí que esta lluvia, y cada lluvia, tengan un toque especial para mí.

Cuando era niño, la lluvia era una bendición. Me pasaba horas mirando por la ventana cómo arrastraba piedritas del techo y las depositaba, muy ordenadas, sobre la banqueta. Me gustaba cuando se inundaba la ciudad, porque entonces uno tenía justificación para andar con el agua puerca a la cintura, chapoteando mugre democráticamente e inventando juegos de peces gigantes que son posibles sólo una vez al año, si se vive en el desierto.

Quizá porque soy del desierto me gusta tanto la lluvia. Cada vez que la veo venir –como dice la canción– me agarra “de sorpresa” y me da un chapuzón. Van 10 días lluviosos; llevo cuatro remojones.

Cada lluvia, creo, tiene su personalidad. La lluvia que cae en el norte es una pelirroja impaciente; la del occidente, bonachona y maternal; la del Distrito Federal es hermosa y calculadora. Y cada una es diferente a la otra; la de Chihuahua, la de Yucatán, la de Tijuana o la de San Luis. Ninguna es igual.

Sé de pocas mujeres que parecen lluvia. Cuando me cruzo con ellas, les digo que las entiendo. Las mujeres-lluvia son tristes y enamoradizas, y arrastran las culpas en camiones. Pierden: el amor las maltrata.

Y si se llegan a alegrar, ¡uy!, caen tormentas largas y estruendosas, como trompetas anunciando el Armagedón. No lo cuentan; lo expresan en silencio. A una mujer-lluvia no se le conoce llanto, por ejemplo; pero se sabe que se encierra para llorar cascadas, ríos, trombas y huracanes que después vemos en el noticiario.

***

(Huele a tierra con asfalto, a lodo sucio, a plantas y a ladrillo remojado. Suenan las ventanas; esa lluvia fuerte. Bien. Ya mero se va la luz. Terminé.)

Pertenece al disco: Paracaidas que no abre

– Voz: Patricia LLaca
– Música: Polka Madre
– Coros: Laura De Ita, Eric Bergman

Lo pueden escuchar en la página de: http://paracaidasquenoabre.com y/o en: http://www.alejandropaez.net/

 

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DARDOS: ME GUSTA ESTE PAÍS

Pintura de Rufino Tamayo

Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? No me gustan sus políticos rastreros y depredadores, ni los monopolios insultantes, ni la falta de oportunidades para los más jodidos y para los jóvenes. Pero me gusta el espíritu de su gente, el calor que veo en el otro y ver, también en el otro, mi retrato.
Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? Aunque no resista verle la cara a los que lo mal dirigen desde el gobierno; a pesar de que me resisto a que unos cuantos controlen y manipulen todo, y todo es todo: la educación, las comunicaciones (televisión, radio, teléfonos fijos, celulares, Internet), la producción, el acceso al poder, las oportunidades, el progreso, la riqueza.
Me gusta este país y no me gusta en manos de quiénes estamos. Vomito en los partidos políticos porque son nidos de ladrones y oportunistas. Vomito en sus sindicatos corruptos y en sus líderes-alacranes. Vomito las oficinas de gobierno porque yo no recuerdo un solo trato amable a pesar de que esos que maltratan viven de nuestro salario. Vomito en los grandes empresarios, gente tan poco solidaria, que sacian su hambre de ganancias a costa de los más vulnerables: le venden alimentos chatarra a los niños; ceban a la gente con educación basura desde la televisión; chupan la sangre de la clase media con contratos de por vida para darles migajas a cambio de su derecho a una vivienda digna. Y tienen todo, y quieren más, y aunque me guste tanto este país (¿por qué no habría de decirlo?) sé que lo tendrán.
Me gusta este país: mi madre y mi padre, mis hermanos, mis amigos; mis perros, esos valles, esos cielos, esos mares; los desiertos, las montañas. Pero no soporto a sus magnates, a sus banqueros, a sus gobernantes, a sus líderes charros, a sus empresarios voraces, a sus políticos y sus campañas. No soporto las promesas, los engaños. No soporto la falta de oportunidades, una guerra idiota, tantos miserables, tanto abandonado.
Me gusta este país, ¿por qué no habría de decirlo? Lástima que esté en manos de unos cuantos que lo dirigen con los güevotes de quien se siente mayoría.
Me gusta este país aunque ya lo dejamos sin campo, sin agua, sin petróleo, sin bosques, sin llanos, sin árboles, sin pájaros. Y con el futuro, eso sí, comprometido para unos cuantos.

Alejandro Páez Varela/http://www.alejandropaez.net/


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DARDOS: ESCRIBIR DEL NARCO

Defiendo a los que dicen que escriben “narcoliteratura” porque están en su derecho, pero me opongo al término y me separo de él. No critico a los reporteros que recientemente adoptaron el crimen organizado como especialidad; qué bueno que lo hagan, pero yo siento que hablar tanto de los jefes del narco construye menos (aunque genere tanta atención) que denunciar los efectos de esta guerra idiota e infame, escribir sobre las causas que provocan que generaciones de mexicanos se vinculen a las actividades criminales: la falta de educación, la pobreza extrema, la inequidad en el reparto de la riqueza, la ausencia de oportunidades, la corrupción gubernamental y todos los colaterales.
Me preguntaba hace unos meses la periodista argentina Mónica Maristáin (y así se publicó en el diario bonaerense Página/12): “Más allá de negar que exista una ‘narcoliteratura’, ¿cree que el tema del narco es insoslayable en la literatura mexicana?”
Le respondí: “Respeto a quienes lo usan o lo aceptan [el término ‘narcoliteratura’], pero no creo en él. Me parece que la literatura es una sola e indivisible. Por lo regular escribimos de lo que conocemos, de lo que sabemos. La literatura no viene de la nada. En mi caso, provengo de una ciudad que ha convivido ya un siglo con traficantes de heroína, candelilla, licor, cigarros. Viví entre narcos, fueron mis vecinos. Mi generación quedó destruida por contacto directo o como víctima colateral. Entonces, en cierto momento, cuando me di el tiempo y me senté a escribir ficción, no pude sino recurrir a las figuras que me eran comunes. ‘Corazón de Kalashnikov’ recurre a narcos, sí, pero también a mujeres: Ciudad Juárez es una comunidad en la que las mujeres juegan un papel central. La fuerza laboral de esa frontera fue de 400 mil durante el boom maquilador, en la década de 1990. Los hombres fueron reducidos a un papel secundario y eso generó un drama que no viene al caso contar aquí, pero que se expresó en maltrato y, en algunos casos, en homicidios”.
Le dije que el narcotráfico tiene una presencia tan brutal en México que ha marcado muchas formas del arte, entre ellas la literatura. “Si este sexenio terminará con cerca de 60 mil muertes, uno de nosotros tendrá que contarlo, seguramente. Cito a Julio Cortázar. Está el narco porque debe estar. Este trauma trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella…”
El hecho de que tenga libros que se ligan al tema del narcotráfico es circunstancial. Diría que es un malentendido. “La Guerra por Juárez” (Planeta, 2009) tuvo la intención de denunciar la matanza sistemática de mexicanos en la frontera, la cual alcanzó a un amigo los que colaboramos en ese libro: Armando Rodríguez “El Choco”, periodista. “Corazón de Kaláshnikov” (Planeta, 2009), mi primera novela, es en realidad una historia de amor a la que la editorial le agregó: “El amor en los tiempos del narco” seguramente para vender más; está en su derecho; no me quejo. “No incluye baterías” (Cal y Arena, 2010), que presento el próximo miércoles 23 de marzo a las 7pm en la Casa del Refugio Citlatépetl del DF, es una especie diario de dos años en los que denuncié desde lejos y con horror cómo la estrategia contra las drogas de Felipe Calderón convertía mi sufrida Ciudad Juárez en un abismo. Pero están “Paracaídas que no abre” (2008) y otros libros colectivos, en los que toco los temas que me realmente me interesan: las relaciones entre las personas, casi siempre tortuosas. O los libros de periodismo puro y duro, en los que el autor es un simple reportero, como “Los Amos de México” (Planeta, 2007), “Los Suspirantes” (Planeta, 2005) y “Los Intocables” (Planeta, 2007).
¿Hay, en mis textos, muchas referencias sobre el narco? Pues sí. Nací en una ciudad corrompida por funcionarios públicos que sacaban provecho de los cárteles allí establecidos. Crecí en barrios en los que era más fácil conseguir heroína o cocaína que una beca para estudiar. Fui reportero policiaco y cubrí “la guardia” en los periódicos y en ese ambiente no hay sino luto humano, muerte, dolor, drogas, dinero fácil, corrupción, porquería.
Algo similar le pasa a Felipe Calderón. Después de dos años de hablar y hablar y hablar sobre narcotráfico, y después de lanzar una guerra idiota con consecuencias nefastas, ahora intenta referirse al turismo, a la economía, a política o a otros temas. Imposible. Será el único tema “importante” de su administración. Le será imposible sustraerse porque ya hizo añicos el país y generaciones completas de individuos seguirán hablando de esto y no porque quieran, sino porque hemos sido testigos y actores, los mexicanos, de un sexenio sangriento provocado por un político insensible que privilegió el uso de las armas sobre un problema sí de gobernabilidad, pero también de salud pública. Sobre esto he escrito ríos. Recomiendo a los interesados leer mi bitácora personal, mi blog. No agrego más.
En fin. Sólo quería decir que no creo en la “narcoliteratura” y que espero que muy pronto las editoriales paguen el costo de publicar tantos libros sobre los narcos. Que los lectores desistan. No digo, insisto, que debemos abandonar el tema. Creo, sin embargo, que poco se está hablando del drama social que generó esta guerra inútil o que obligó y obliga a los mexicanos a vincularse con el crimen organizado. Ojalá y todos los que estamos atentos a lo que sucede en México y escribimos, empecemos a darle cuerpo a un siguiente paso en la literatura y el periodismo: ir a fondo no de los cárteles, sino de los problemas que padecen los mexicanos y que desataron estos días amargos que vivimos hoy.

Alejandro Páez Varela



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DARDOS: EL MÉXICO QUE VEO


¿Qué es amor a la Patria?, pregunta el video “Valores” difundido por el Ejército mexicano en Youtube (la verdad veo poca tele mexicana; no sé qué tanto se transmita allí). Y lo que se ve en las siguientes escenas es estremecedor: soldados que cargan féretros, coronas para oficiales muertos, guardias militares, madres que lloran, rostros duros y un redoble de tambores mientras en el fondo se escucha música de cuerdas de película de drama. “¿Qué es amor a la Patria? Saber que tu honor es más fuerte que tus enemigos”, dice en un segundo segmento el mismo video. Y luego soldados que gritan a México mientras aprietan el paso; otros que cargan niños; y helicópteros artillados, y los de tropa atendiendo a necesitados, instalando cocinas, ofreciendo servicios de salud: todas esas tareas que correspondían en el pasado al Ejército también, pero principalmente a las fuerzas civiles. “No es la fuerza la que nos hace diferentes”, dice el tercer mensaje; “es el amor a la patria”, y soldados corren armados con fusiles, vuelan con paracaídas y caminan en las sierras con camuflaje, en campaña. “Sólo ellos tienen el coraje”, dice, “para hacerlo bien hoy, para hacerlo bien mañana. Ese es su destino: el amor a la patria”. Son 3.33 segundos que estremecen.
Ya he escrito en el pasado que simpatizo con el Ejército mexicano aunque me opongo a la guerra de Felipe Calderón. A diferencia de casi cualquier ejército, lo tengo por escrito, no se forma de élites privilegiadas sino del pueblo sufrido, muchas veces sin opciones. También he dicho que por razones políticas y morales fue llevado a una guerra idiota sin que estuviera listo. Y sabemos las consecuencias.
No me gusta este México que veo, donde los valores están relacionados con el dolor, con la pólvora, con las armas. Eso es amor a la Patria, dicen. No me gusta este México que veo porque estoy convencido de que este país entró a una guerra cuando Felipe Calderón tenía la necesidad de legitimarse luego del proceso electoral del 2006, del que no sabemos si ganó por la buena o por la mala. No me gusta que “sólo ellos tienen el coraje”, los soldados –y sin un solo menosprecio a ellos, a los soldados–, porque muchos como usted y como yo tenemos la misma rabia para luchar por México desde nuestra trinchera civil, sin más tanques y balas que las ganas de salir adelante. Y no somos pocos. Y no somos menos.
No me gusta este México, perdónenme. No coincido por ese furor por los balazos que nos inyecta a diario Presidencia desde cualquier evento público o por televisión. No me gusta y no lo compro. Ese no es un país para dejar a los niños correr por las calles, llenar los parques, acudir a la escuela o al doctor. No es un país para sanar heridas: es uno que las abrirá, y serán más profundas.
Lo lamento, pero mi idea para un Siglo XXI mexicano era más educación y menos monopolios; más salud y menos persecución; más desarrollo y progreso y menos colgados y descabezados. Esa era mi idea.
Ahora tendrá que esperar, y sepa Dios por cuanto tiempo.

Alejandro Páez Varela/http://www.alejandropaez.net/

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