El Perro Morao
23nov/110

Metástasis

Más de trescientos mil vascos han votado a la huella del terrorismo. Lo que fue un tumor se ha extendido por la sociedad vascongada y se ha convertido en una devoradora metástasis. Son votos sin memoria, o lo que es peor, votos con la memoria de la sangre, presente y gélida. Todo viene de lejos y se hicieron muy mal las cosas en los primeros pasos de la democracia. Complejos de UCD e inteligente cinismo del PNV con la ayuda inestimable del PSOE y el PSE. Los socialistas han resultado excesivamente infecciosos en los nacionalismos periféricos. Siempre han elegido la opción de la concordia con quienes deseaban el debilitamiento de España a la armonía con UCD, AP, y el PP. El pacto de López con Basagoiti tiene un valor inestimable, pero tardío. Se trataba de debilitar a un sistema establecido, y en efecto, los creadores y guardianes del sistema, el PNV, ha pasado a ser la segunda fuerza política en Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, dejando el campo libre a los recopiladores del horror, al que no han renunciado ni por el que han pedido perdón.Los seis magistrados sumisos del Tribunal Constitucional abrieron de par en par la puerta de las instituciones democráticas a los herederos de la ETA. A los herederos y a los cómplices y a los mismos etarras. Los documentos gráficos y las presencias allí reflejadas no mienten. Cometida la ignominia, nadie puede discutir que la gran vencedora en las elecciones en el País Vasco ha sido Amaiur. Más de trescientos mil votos. Una sociedad que concede trescientos mil votos a los que representan los aledaños del terrorismo es, en principio, una sociedad ética y moralmente agónica.
Pero los votos de la agonía moral, de la amoralidad extendida, son válidos, y aunque el objetivo de «Amaiur» es la independencia y la implantación de una dictadura estalinista en las Vascongadas, juegan con las ventajas y libertades que la democracia les cede para alcanzar su objetivo. De conseguirlo, que lo estimo improbable, ya pueden los nacionalistas del PNV darse prisa antes de que los detengan por burgueses cristianazos, para alcanzar el límite con Navarra, La Rioja o Castilla y librarse de la quema.Los derechos históricos no existen y se los han inventado. La colonización de España de las tierras vascas no ha existido nunca, y se la han inventado. Vizcaya, Guipúzcoa y Álava fueron fundadoras de España. El franquismo no colaboró en la recuperación de la confianza de los vascos hacia el resto de los españoles. Pero el tumor es consecuencia de un ayer cercanísimo. Apenas un siglo. Y en las últimas décadas, entre la épica sangrienta del terrorismo, los complejos de la Derecha, la cobardía aduladora de la Izquierda, la insensatez racista del PNV, y el silencio manso de una sociedad cobarde, se ha culminado el proceso de putrefacción que hoy nos muestra el que fue un pueblo ejemplar, emprendedor, riguroso con sus raíces y abierto al resto de los españoles.

No hay democracia en el mundo que acepte en sus instituciones a quienes no han pedido perdón por el terrorismo. En su programa no existe otro objetivo que el de alcanzar las exigencias expuestas durante décadas por las pistolas, las bombas y, los secuestros  y los chantajes. Vestido de otra manera, el fin es el mismo. Difícil arreglo para todos. Los españoles no vamos a permitir que nos desgajen nuestro mapa. Y los trescientos mil votantes de «Amaiur», sumados a los del PNV, ya han preparado el cuchillo para darle el tajo. Metástasis incurable.

Alfonso Ussía/larazon.es

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3sep/110

Mujeres

Nathalie Clifford Barney lo dejó clarísimo con su brillante sentencia: «Ni la feminidad ni el feminismo es cuestión de sexo, porque un francés es siempre más mujer que una inglesa». Lo mismo sucede con la masculinidad y el machismo. No por acostarse con mil mujeres se demuestra la hombría. Otra cosa es la virilidad. Don Gregorio Marañón puso en duda en un interesante ensayo la hombría de don Juan Tenorio, ya fuera el de Tirso de Molina o el de José Zorrilla. Aprovechando el debate, don Pedro Muñoz-Seca y su colaborador don Pedro Pérez Fernández estrenaron con gran éxito su comedia «La Plasmatoria», cuyo protagonista era un extraño instrumento que devolvía la  vida a los muertos. El primer aparecido era el Tenorio, que se dirigía al patio de butacas, y bastante airado, preguntaba al público: «¿Dónde vive Marañón?».

He leído el último mensaje de Gadafi. «No vamos a rendirnos. No somos mujeres». Gadafi demuestra una mariconería elemental con su desprecio a las mujeres. Las sociedades islámicas y musulmanas tienen muy difícil su desarrollo social mientras se mantenga en la ley y en la costumbre el desprecio hacia la mujer. Las mujeres han sido, son y serán mucho más valientes que los hombres a lo largo de la Historia. El propio Gadafi encomendó su seguridad a unas centurias de mujeres durante sus cuarenta años de tiranía. Ahora empiezan a contar lo que antes callaron, y ya le  han señalado dos de ellas de violador. Pero un hombre que desprecia a las mujeres no es un hombre. Para mí, que Gadafi le da al pelo y a la pluma, y más a la pluma que al pelo. Ese bótox, esas cremas, esos atavíos, esos movimientos, ese travestismo, ese histerismo de gacela herida, ensucia el paisaje de la hombría. Si estuvieran con él, allá donde se esconda, sus fieles mujeres guardianas, sus cobras leales, se sentiría más seguro y mejor defendido. Gadafi es más hiena que león, pero tiene de este último la melena y su dependencia de las leonas para sobrevivir.

Alfonso Ussía: http://www.larazon.es

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25ago/110

Papá…

La playa no es un premio, sino un durísimo castigo. Un niño normal odia la playa desde que tiene uso de razón

 

Viñeta: Barca

En la década de los setenta del pasado siglo se puso de moda hortera un artilugio estremecedor. En el llamado salpicadero de los coches, a la izquierda del volante, se adhería una ristra de cuero con fotografías de niño y una leyenda solícita: «Papá, no corras». Era una manera de recordar a los padres que sus hijos los esperaban en casa, y que por pisar el acelerador apenas se ganaba tiempo. Existían variedades al respecto, porque el mercado aprovecha las circunstancias hasta extremos inauditos. «Papá, ten cuidado», «Papá, prudencia», «Papá, una Nochebuena sería sin ti muy triste», etcétera. En los ambientes golfos se instituyó un artilugio similar nada recomendable. Los hijos le decían a su padre desde la cándida e inocente sonrisa de sus fotografías: «Papá, no te corras». Estos objetos, prohibidos expresamente por las autoridades, conllevaban el riesgo de una sanción más que considerable.

No tiene sentido en el Norte, pero en los lugares de la costa permanentemente soleados durante el verano, podría comercializarse un objeto similar con la siguiente petición: «Papá, estoy harto de la playa». En efecto, ningún sitio produce más daños, fiebres, confusiones intestinales y toda suerte de males a los niños que las playas un día sí y el otro también. La playa no es un premio, sino un durísimo castigo. A los niños que se portan mal y son desobedientes habría de amenazarlos con la siguiente y contundente advertencia: «Como no obedezcas, mañana a la playa». Obedecerían todos. Un niño normal odia la playa desde que tiene uso de razón. La playa es un volcán de gérmenes, virus y bacterias. La playa achicharra los pies. Una playa abarrotada de bañistas, sombrillas, toldos y toallas es más nociva para la salud de los niños que una central nuclear pachucha. En las playas se come fatal y se pisan estiércoles humanos. El agua que rompe en las arenas está contaminada de toda suerte de líquidos nada recomendables. Y a los dos días de ir a la playa, culminadas las obras de los castillos de arena obligatorios, los niños no quieren saber nada de ellas. La alegría de la madre al abrir las ventanas por la mañana con el alarido: «¡Niños, hace un día estupendo, vamos, vamos que nos espera la playa!» produce en los pequeños seres humanos una consternación profunda. Crecen y se convierten en asesinos. El doctor Malanfré de From, en su libro «¿Por qué soy un criminal?» escribe: «La mayoría de los asesinos son niños a los que obligaron durante los treinta y un días de agosto a ir a la playa». Sucede que es cómodo y barato para los padres. Una playa no pide pan, como diría el gran Tip. 

Una vez a la semana, playa. No más. La playa es escuela retardada de asesinos en serie.

Alfonso Ussía/larazon.es

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7ago/110

El pelmazo

En bares y chiringuitos habitan estos ejemplares dañinos que interrumpen el desahogo intelectual.

No está en peligro de extinción. Abunda en todas las costas. Se mueve como pez en el agua en los restaurantes, bares, chiringuitos y clubes de nuestros litorales. Son ejemplares dañinos que interrumpen el desahogo intelectual propio de los veraneos. En verano, entre amigos de verdad, nadie pretende la búsqueda de lo trascendental. Además, que no es fácil afirmar lo que es trascendente y lo que no lo es. Para mí, que en una reunión de hombres es fundamental y trascendente una conversación en torno a las mujeres, y en una de mujeres, en sentido contrario.

El pelmazo estival aguarda a su presa. Su presa llega y se sienta con los periódicos para tomar una copa tranquilo y sosegado. El pelmazo, sin pedir venia o permiso, se sienta en la mesa de la presa, su víctima. Y sin dar tiempo a la reacción, le pregunta: «¿Tú crees realmente que en 2012 en España se va a producir un repunte económico?». Ante tan desagradable pregunta, ante tan grosera invasión de la intimidad ajena, ante tan inconmensurable coñazo, la respuesta no puede ser otra que la siguiente: «Lo siento, pero estoy veraneando».

El pelmazo estival frecuenta las playas. Y pasea frenéticamente por ellas para encontrar víctimas distraídas. En este caso, el pelmazo estival convierte las playas en un dominó. A medida que se va acercando a sus presas, si éstas se encuentran sentadas sobre la toalla, van cayendo como si fueran fichas de dominó para no ser sorprendidas por el pelmazo. Una figura tumbada es más difícil de reconocer que una sentada, o de pie o en la orilla. Que así se hallaba, en la orilla, un buen amigo mío, cuando fue atacado por la espalda y a traición por el pelmazo estival más temido de la zona. «¿Consideras adecuadas las últimas medidas económicas del Gobierno?» «Lo siento, pero estoy veraneando».

Este tipo de primate adquiere una desproporcionada pesadez si además cree que una charla cultural es aceptable en situaciones tan simples y respetables como las que procura el veraneo. Un pelmazo estival convenció a su presa para descender el Sella en una piragua. Ahí no hay escapatoria. En la mitad del trayecto, con la víctima remando y disfrutando del prodigioso encanto del río, el pelmazo comentó: «No entiendo las críticas de muchos al ‘‘Ulises” de Joyce. Para mí, es una obra fundamental de la Literatura. ¿Has leído el “Ulises”?». Algo sucedió en el río. La piragua dio la vuelta y el pelmazo quedó a merced de la posibilidad de ahogarse. La víctima alcanzó la orilla y se refugió entre la fronda. El pelmazo no consiguió enderezar la piragua. Cuando acudieron otros piragüistas a rescatarlo, había fallecido. La víctima declaró que no había podido socorrerlo por su falta de pericia en la natación. Fue puesto en libertad. Se le tributó un multitudinario homenaje. Matar a un pelmazo estival es dificilísimo.

Alfonso Ussía/larazon.es

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12jun/110

El peor dia

Hoy pienso en muchos seres queridos que estarían con nosotros. En mil inocentes enterrados y dispersos por los cementerios de España. En el vuelo de las cenizas de los asesinados por ETA posándose en sus lugares arraigados. Hoy pienso en los heridos, los familiares y los amigos de todos aquellos que callaron para siempre por el disparo en la nuca o la explosión traidora. Hoy pienso en la desesperación de los padres que despidieron a sus hijos camino del colegio y pocos minutos después los recogían, ya sin vida, ya sin nada, de los charcos tremendos de sus sangres. Hoy pienso en el sufrimiento insuperable de los secuestrados, en los «zulos» de la ignominia, en las celdas de castigo de quienes eran encerrados de acuerdo a la ley de los criminales con el precio de sus vidas marcados en su terror. Hoy me acuerdo de los vascos que día tras día, amenazados, insultados, golpeados y humillados, han resistido la brutalidad y la chulería de quienes de nuevo, gracias a seis dóciles, ocuparán un lugar en las instituciones democráticas de un Estado de Derecho que ellos pretenden pulverizar. Hoy me acuerdo de los navarros, también amenazados y controlados por los sicarios de la ETA. Hoy me acuerdo de Alfredo Pérez-Rubalcaba, el ministro del Interior que ha ayudado desde las sombras, como siempre hace, el retorno a las instituciones de los compañeros de los asesinos. Hoy me acuerdo de José Luis Rodríguez Zapatero, la mayor calamidad política que ha gobernado España en su periodo de libertad, el iluminado tonto que ha aplaudido sin reservas la presencia de «Bildu» en las elecciones. Hoy me acuerdo de todos los periodistas del pesebre, que desde sus medios afines al Gobierno, se han traicionado a sí mismos defediendo lo indefendible. Hoy me acuerdo de los doscientos mil vascos que han tenido que abandonar, sólo para disfrutar la seguridad de la supervivencia, la tierra de sus antepasados, su propia tierra. Hoy me acuerdo de los políticos que alcanzaron un acuerdo histórico y echaron de las instituciones a los asesinos. Y hoy me acuerdo de los que han abierto las puertas a los mismos que antaño expulsaron. Hoy me acuerdo de los jueces, fiscales y magistrados asesinados por la ETA. De los militares. De los guardias civiles y policías nacionales. De los miembros de la «Ertzantza», de los empresarios, de los obreros, de los civiles, de los niños quebrados por la barbarie del terrorismo. Hoy, que tendría que ser un día normal y alegre para España con la formación de los nuevos parlamentos autonómicos y ayuntamientos, es un día trágico y nauseabundo. Hoy, entre los socialistas y sus mandados del Tribunal Constitucional han levantado en España un monumento al terrorismo. No a las víctimas del terrorismo, sino a los terroristas. Cuando Irene Villa, recién casada, se quite esta noche sus dos piernas de mentira, se acordará como tantos otros de los seis nombres de la vergüenza. Pascual Sala, Eugeni Gay, Elisa Pérez Vera, Luis Ignacio Ortega, Pablo Pérez Tremps y Adela Asúa. Nada malo les deseo. Me gustaría saber que vivirán en paz y armonía si logran superar los cuchillos de sus conciencias. Pero hoy tendrían que abandonar todos ellos sus cómodos sillones del Tribunal Constitucional. Por decencia y por penitencia. Y renunciar a sus escoltas y sus coches oficiales. Nada tienen que temer. Hoy les exijo, sólo desde mi voz, que se vayan, como se irán en pocas semanas los que les indujeron u ordenaron culminar la traición a nuestras víctimas y nuestro futuro.

Alfonso Ussia/larazon.es

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7jun/110

Nadal

Ha ganado diez grandísimos, diez torneos de «Grand Slam». Ha ganado dieciocho grandes del «Master 1.000», y muchos medianos, como el lamentablemente rebajado Conde de Godó. Tiene la medalla de oro olímpica, y tres ensaladeras de la Copa Davis. Veinticinco años. Una familia ejemplar, una novia normal y guapísima, una formación humana extraordinaria. De los diez grandísimos, seis en París. Una delicia. Nada molesta y humilla más al parcial y antipático público de «Roland Garros» que una victoria de Rafa. Le disputa la final a un hijo de Gadafi, y los parisinos se vuelcan con Gadafi. Complejo se llama eso. Ahora viene la etapa de la hierba. El «Queen’s» y Wimbledon. Otra cosa. Un público educado e imparcial que aplaude los aciertos y silencia los errores. El tenis de verdad. Hace cincuenta años que Manolo Santana ganó su primer Internacional de París a Nicola Pietrángeli. Despúes de don Manuel ha habido grandes tenistas en España. Él abrió la espita. Pero su heredero es Rafael Nadal. En talento y en talante. Viendo su superación en este «Roland Garros» no resulta exagerado soñar con su tercer Wimbledon. Allí lo adoran. Como en Australia y Estados Unidos. Sólo en Francia desean su derrota, y tararí que te ví.

Décadas llevan sin un francés en los tramos finales de su torneo. No es culpa de Nadal. Y Nadal cuenta con otros enemigos en España. Los españoles que no quieren serlo. No deja pasar ocasión Rafa de abrigarse con la Bandera de España en cada ocasión que triunfa. Y claro, los rebaños del retroprogresismo rebuznan. Rubalcaba no se ha atrevido con Rafa como con Marta Domínguez. Rafa Nadal representa todo lo contrario que el agonizante socialismo. La honradez, el trabajo, el talento y el patriotismo. Sí, he escrito patriotismo, eso tan anticuado para muchos. En ese aspecto, los franceses son ejemplares y envidiables. Brindo por ellos. Tengo escrito, y repetidas veces, que una tribuna de Wimbledon se reserva para los buenos aficionados fallecidos. Wimbledon es lo más. El formidable actor Arturo Fernández fue sorprendido por Antonio Mingote vestido de tenista y ligando con una americana. Cuando se encontraron a solas Antonio se interesó por el atuendo. «Es muy aficionada al tenis y está loca por mí. Me preguntó qué campeonato habia ganado y me abrazó emocionada cuando le respondí: Wimbledon».

A Rafael Nadal le queda por delante mucha cancha y más futuro. Nos hace felices, y esa felicidad que nos regala con sus victorias hay que agradecérsela públicamente, a viva voz, sin complejos. Con el permiso de otros inmensos deportistas españoles como el recientemente fallecido Seve, o Pau Gasol, a Manolo Santana, o Fernando Alonso, o Ángel Nieto –todos ellos pioneros de la excelencia–, creo que Rafael Nadal ocupa la cima. Un dato para la curiosidad. Los seis han roto todas las barreras establecidas y han sido, sobre todo, orgullosos embajadores de España. Los mejores. Y los seis, fuera del deporte, son personas formidables, sencillas y contrarias al divismo y la prepotencia. -¡Roger, Roger, Roger, Roger!- Pues nada. Otro año será. La Copa de los Mosqueteros, por sexta vez, a Manacor. Bueno, una réplica de menor tamaño, porque la original se la quedan en París. ¿Y para qué? Para entregársela a Rafael Nadal por séptima vez en el próximo junio. Voilà.

Alfonso Ussia/larazon.es

 

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7may/110

«El Toro de la Vega»

Al fin, los partidos socialista y popular se han puesto de acuerdo en algo. Mejor que no insistan en la coincidencia. En Tordesillas, la monumental e histórica ciudad vallisoletana, los concejales conservadores y los retroprogresistas han acordado designar «Bien Cultural Inmaterial» a la fiesta del «Toro de la Vega». Soy un enamorado, estética, artística y culturalmente de la Fiesta de los Toros, y respeto a los que no lo son. Pero me repugnan las aglomeraciones festivas humanas que maltratan a los animales, sean toros, cabras o gansos. En la plaza, el torero se enfrenta a su propia muerte a través del arte, el valor y la soledad. Prodigio y misterio. Prueba de ello es la fuente de arte plástico, de poesía, de literatura, de música que ese encuentro entre hombre y toro ha producido en el mundo. El arte efímero, del momento, irrepetible, fuera de lugar cuando ya se ha creado, porque no hay grabación, ni fotografía, ni pintura, ni escultura capaz de mantener intacta la armonía del arte ante la posibilidad de la muerte. Pero este tipo de festejos populares que reúnen a centenares de personas en torno a la soledad de un animal, me estremecen. Lo mismo el «Toro de la Vega» en Tordesillas, que el lanzamiento de una cabra desde un campanario, que la perplejidad de un toro fogueado –cultura en Cataluña–, que la decapitación de un ganso a manos de cuadrillas enfrentadas que ríen ante la barbarie. Tengo que reconocer que no soy partidario de un amplio porcentaje de las costumbres festivas populares, los vinos a destiempo, las carcajadas de encía, los tomatazos agrestes, las tajadas obligadas, la pólvora derrochada y los gigantes y cabezudos. Pero en muchas localidades de España se suceden las aglomeraciones etílicas y amenazantes contra un animal. No culpo a Tordesillas, faltaría más. Culpo a la decisión de sus concejales, porque el «Toro de la Vega», con todos los respetos que me merecen sus partidarios, es una barbaridad. No entra en mi intención el intento de cambiar o quebrar tradiciones. Sí el de adecuarlas a tiempos menos ásperos y más abrazados a la sensibilidad y la Cultura, con mayúscula. En Cataluña prohíben con cinismo el arte taurino, apoyan la tortura del toro fogueado entregado a la barbarie y bailan la sardana. Lo mejor, esto último, aunque la sardana sea como un dormitorio canadiense, es decir, un lugar en donde lo más divertido e interesante que puede suceder es que se caiga al suelo el edredón.

Pero la sardana es civilizada y austera, aunque más aburrida que ir a una boda y bailar toda la noche con la propia madre. Sucede que los ecologistas coñazo, los «sandías», confunden las situaciones. El toreo es arte en soledad y riesgo inmediato si se ejecuta con hondura y cadencia. Lo otro es diferente. En el desencuentro con este tipo de festejos tradicionalmente crueles me sumo a los ecologistas, sean científicos o coñazos. Y me abruma pensar que una celebración tradicional tan escasamente artística sea capaz de unir al PP y al PSOE más que la lucha contra el terrorismo, en la cual el PP tiene la intención compacta y el PSOE excesivamente líquida. No puede considerarse respetable la andadura de un toro azuzado que camina entre miles de personas que lo acribillan a lanzazos arteros. No puedo interpretar, y mucho que lo siento, la belleza de esa tradición. Como tantas otras de las que se cumplen cada año en España. Y precisamente en eso, el PSOE y el PP se ponen de acuerdo. Vaya por Dios.

Alfonso Ussía/larazon.es


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22abr/110

La costumbre

El presidente del «Barça», señor Rosell, haciendo uso de su elegancia innata, adelantó que el resultado de la final de la Copa del Rey –de España o de Espanya según el gusto de cada cual–, sería un 5-0 a favor del Barcelona «para no perder la costumbre». A su lado se hallaba el muy Honorable Presidente de la Generalidad de Cataluña –o Catalunya, según el gusto de cada cual–, algo más modesto. Su pronóstico se inspiró en la grímpola cuatribarrada del Reino de Aragón. «Será un 4-0 en homenaje a las cuatro barras de nuestra bandera». Es decir, un vaticinio bastante paleto y ajustado a la aldea. Ni costumbre ni bandera. Creo recordar que al final ganó la Copa de Su Majestad el Rey el Real Madrid por un gol a cero. No puedo asegurarlo, pero mis informadores futbolísticos así me lo dicen, no tengo motivos para sospechar de sus buenas fuentes.

Una buena parte de la masa futbolera proveniente de Barcelona abucheó a los Reyes. Está en el guión. Y una buena parte de la masa madridista ovacionó a los Reyes, que también se contempla en el argumento. Para mí, que es más lógico el aplauso que el berrido, por respeto a las personas y a la Institución que encarnan, además de la razón de sus presencias. Se disputaba al final de su Copa, de la Copa del Rey que ha impulsado la descentralización del Reino y el establecimiento de las autonomías, y ese detalle, por lo menos, merecía la venia de la cortesía. Sucede que la aldea anda últimamente un celemín airada. Todavía se recuerda la pregunta que le formuló el preanterior Presidente de la Generalidad, Pascual Maragall, a uno de los arquitectos de la bellísima Torre Agbar el día de su inauguración. «¿Se trabajaba en catalán o en español?». El arquitecto le respondió que en catalán y Maragall se puso muy contento, aunque era mentira. En esas minucias pierden el tiempo, como les dijo Esperanza Aguirre a los empresarios catalanes en Barcelona cuando uno de ellos le preguntó por las causas del gran desarrollo industrial en la provincia de Madrid. «Sinceramente, porque allí nos dedicamos sólo a trabajar y a no perder el tiempo discutiendo por cosas secundarias».

Asumo que este artículo va a sentar con un zumo de naranja de los que ofrece «Iberia» en el desayuno a muchos de mis lectores. No lo pretendo. Cataluña en general y Barcelona en particular están en mi corazón y mi alma profundamente arraigadas. Siempre han sido un modelo de buena educación y cortesía. Pero el nacionalismo –mejor escrito, el independentismo– ha quebrado su antigua armonía. Los mesetarios acudíamos a Barcelona con la admiración clavada en la mirada. Y en Cataluña, donde siempre se habló su cultísima lengua, se practicaba el bilingüismo con absoluta naturalidad. De joven, y para no perder matices del original, leí a Salvador Espriú en catalán ayudado de un diccionario. No me resultó fácil, pero me compensó el esfuerzo, aunque sólo fuera para corresponder a la amabilidad y el cariño que siempre había recibido de Cataluña y los catalanes. En la actualidad, y es de esperar que pase la nube de la absurda singularidad, muchos catalanes han confundido el apego a su lengua y sus tradiciones con el odio a España, que es también su Patria, y al español, que es también su lengua, y a sus tradiciones, que son también  sus tradiciones, porque un catalán en Canarias es tan canario como el que más, y en Madrid tan madrileño como este servidor de ustedes. Cataluña no merece destacar en la antipatía. Menos arrogancia. Lo de menos es un resultado de fútbol. Lo grave está en la trastienda anímica.

Alfonso Ussía/larazon.es

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21abr/110

El Raro

Todos tenemos algún amigo raro. El mío me viene desde la infancia. Colecciona ciprinos dorados naturalizados. En su despacho, las paredes están ocupadas por decenas de tablas con ciprinos disecados. Un pez disecado no es como un pato mandarín en la misma situación. La taxidermia no ha conseguido dominar la belleza del pez. El ciprino dorado, por otra parte, es un pez absurdo que no es dorado, sino rojo. Vive en los estanques. Existen numerosas variaciones, pero todas carecen de interés. Mi amigo los busca en Japón y China, y está encantado con ellos. Sus viejos compañeros le decimos «El raro», y está acostumbrado. Nos lo tolera por el enraizado afecto que nos une desde los años del colegio. Pero el pasado martes se agrietó su paciencia. Hablábamos de los planes de cada uno para la Semana Santa. El mío, como revelé dos días atrás, se chafó por culpa del cartel de Tomás Gómez, el «Invictus», del que dice Lucía Figar que habría de denominarse «el Ridiculus». Ya estaba en Benidorm aguardando con impaciencia que llegara la hora de acudir a una de las casas de los Pajín para saborear su arroz con bogavante cuando tuve que retornar a Madrid para contemplar a Gómez vestido de guerrero medieval cubriendo todo el Palacio de la Prensa. Confieso que me compensó el esfuerzo y la renuncia a la paella de los Pajín. En mi vida había visto cosa igual. Pero a lo que iba. «El raro», al que le salen los euros por las orejas, nos dio a conocer su destino. Las islas de Ryu-Kyu, sitas en el mar de la China, donde habita el más espectacular ciprino dorado del mundo. El ciprino dorado de Kyu, cuya cola triplica en tamaño al resto del cuerpo. Fue cuando otro amigo común le soltó la frase hiriente. «Eres más raro que la guerra de Libia». Entonces, se incorporó enfadadísimo y fuese.

La guerra de Libia es consecuencia de un calentón de Sarkozy, una chorrada de Obama y un pelotilleo de Zapatero. No es necesario –insisto– que pasen cuarenta años para que los dirigentes occidentales se aperciban de la calaña del pájaro de Gadafi. No peor calaña que la de los tiranos de Siria e Irán, a los que nadie se atreve ni a soplarles en los bigotes. Y para colmo, nuestras ministras de Defensa y Asuntos Exteriores, la inteligente Carmen Chacón y la sonriente Trinidad Jiménez, la quieren hacer más rara aún ampliando los cometidos de nuestras tropas hasta allí desplazadas. La guerra de Libia es tan rarísima que nadie habla de ella en sus conversaciones de barra, peluquería o casino provinciano, que son los tres bastiones parlamentarios de España. Más de un mes se lleva guerreando en Libia, y al personal le importa un bledo donde están los rebeldes que nadie sabe que rebeldía representan, ni que ciudades han recuperado los leales a Gadafi, ni qué operaciones llevan a cabo los aviones occidentales, ni que pamplinas más. Para mí, que todos están deseando encontrar la conveniente excusa para dejar que los libios se entiendan o machaquen entre ellos, exceptuando a nuestras aguerridas ministras, tan empecinadas en aumentar la presión combativa y combatiente. Nos está saliendo el calentón de Sarkozy, la chorrada de Obama y el pelotilleo de Zapatero por un ojo de la cara, y hasta la fecha, no ha servido para nada la intervención occidental, que no es de paz sino de guerra. En lugar de incrementar objetivos, lo que hay que hacer es recuperar a nuestros soldados, depositarlos en España y permitir que esa guerra extrañísima la libren los interesados, es decir, los partidarios del canalla de Gadafi y los partidarios de los rebeldes apoyados por Al Qaida, que están recibiendo nuestro apoyo. Raro, raro y raro.

Alfonso Ussia/larazon.es

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1abr/110

El estiércol

No vivo en mis tiempos y huyo de Internet. Si algo tengo que consultar, me cobijo en mi biblioteca, que me ha costado más de cincuenta años de dedicación, esfuerzo y trabajo. Me preguntan si leo los comentarios que generan mis artículos, y los de otros foros, que creo los llaman así. Mi respuesta es contundente. No. No los leo porque, según me dicen, Internet es el reino de la cobardía, la calumnia y el anonimato. Puedo mantener una correspondencia –lo he hecho en centenares de ocasiones–, con mis críticos más feroces, siempre que sepa quiénes son. Las opiniones se firman, que ya somos mayores para insultar o elogiar desde los escondites miserables de lo incógnito. De ahí que me haya interesado el inteligente artículo, publicado en LA RAZÓN de Pedro A. Cruz Sánchez titulado «Las cloacas de Internet». En «las cartas al Director» que se publican en los periódicos, se exige la identificación del comunicante. Pero en Internet, de acuerdo con lo que me cuentan, el insulto, la calumnia e incluso la amenaza, salen gratis. Ignoro si técnicamente es posible establecer un control de acuerdo con las leyes vigentes. Ignoro si en otros países sucede lo mismo. Ignoro si los parlamentos tienen mimbres y músculos parta legislar al respecto. Claro, que el origen de ese campo abierto al anonimato, no es otro que los «Confidenciales», donde todo puede decirse, e incluso inventarse, desde el amparo de las nubes. No quiero decir con esto que todos los confidenciales sean iguales. Los hay serios, y los hay chungos. Pero en un periódico, en una radio o en una televisión, las opiniones que se vierten tienen firma, voz o imagen.

El anónimo más tonto que he recibido en mi ya larga vida de opiniones firmadas, y que guardo como un tesoro de la cobardía, lo recibí cuando escribía en ABC. Se trata de la carta de un batasuno indignado. Me adelantaba su intención de hacerme picadillo cuando me viera, amenazaba a mi familia, y me dedicaba una interminable cadena de insultos barriobajeros. Como buen cobarde, no firmaba. Y como buen cretino, no fue cuidadoso con su secreta y abominable identidad. Metió el escrito en un sobre timbrado, con su nombre, apellidos y dirección impresos. Con ayuda de la Telefónica di con su número de teléfono y llamé al cobarde. Se estercoló. –¿Cómo ha dado con mi teléfono?–; –porque usted es tan imbécil que envía un escrito sin firmar en un sobre timbrado–. Colgó como una nena asustada. Un valiente «gudari» de la «Lucha Armada».

La libertad, como todo bien democrático, se ejerce con nombre y apellidos, como bien resalta Cruz Sánchez. «Si no es así –prosigue–, se transforma en vandalismo, una variante del fascismo más virulento, que evita la posibilidad de la disensión en convivencia, para optar por la agresión o por la calumnia diseñada en laboratorio para favorecer el linchamiento moral y físico. ¿Quién está dispuesto a amparar por más tiempo toda esa red de cloacas, encargada de canalizar el detritus más hediondo de nuestra sociedad?». Así finaliza Cruz Sánchez su inteligente y valiente comentario. Los legisladores tienen que actuar, entre otras razones para que este humilde servidor se divierta con los comentarios acerca de sus artículos. Mientras se oculten en el podrido anonimato, no merecen la pena. Y me dicen que también los hay inteligentes, educados y discrepantes desde la medida y la sabiduría. También me informan que resultan desconsoladoras las faltas de ortografía. Legislen, por favor, que estoy deseando conocerlos. Siempre que firmen, claro.

Alfonso Ussia/larazon.es

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