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23nov/120

Arturo Pérez-Reverte: «Los españoles somos especialistas en suicidarnos históricamente»

Aborda el amor y el sexo turbio en su nueva novela, «El tango de la Guardia Vieja»

«El tango de la guardia vieja»
Arturo Pérez-Reverte

ARrturo Pérez-Reverte

ARrturo Pérez-Reverte - Foto: Gonzalo Pérez

Pérez-Reverte escribe para no envejecer. Para él, cada novela es una partida, otra batalla contra el tiempo, una manera de perpetuarse joven y  demorar la  regla más elemental de la vida. «Otros prefieren viajar, las aventuras», comenta. El autor, académico de la RAE, regresa con una historia que ha reposado en su cabeza durante veinte años. Reconoce    que le faltaba  experiencia, que es el nombre que él usa para las canas y las arrugas que van desbrozando el retrato de juventud. También llama a eso mirada. El resultado es «El tango de la Guardia Vieja». Una historia entre un bailarín y una dama de la alta sociedad a través de tres encuentros y varias décadas. Una narración donde las conversaciones, los encuentros y el sexo sustituyen a las espadas, coletos y vizcaínas de su Diego Alatriste.   «Es la confrontación entre dos mundos. Aborda el fracaso, el resentimiento social. Si la tuviera que resumir, la definiría como la elegancia del fracaso».

–En el tango, hoy mandarían las mujeres.  

–La mujer siempre ha mandado en el tango, pero los hombres no nos hemos dado cuenta. La mujer es el elemento principal del mundo en el que vivimos. Ha pasado muchos siglos siendo el botín del vencedor, pariendo hijos... en ese tiempo de esclavitud han desarrollado la inteligencia y la observación. Al hombre se le ha ido la fuerza en la guerra, el fútbol y la caza; a la mujer en mirar. Eso ha creado en ella una inteligencia especial, una intuición genética que la hace superior.

–Y está relevando al hombre.

–El protagonista del siglo XXI es la mujer. El hombre lleva 3.000 años de memoria histórica, literaria y artística. La mujer comienza ahora a ser protagonista individual de los acontecimientos. Y eso creará un montón de posibilidades que no se han dado hasta ahora, tanto sociales como políticas y económicas. El personaje que va a dar momentos de gloria en el futuro será la mujer. El hombre ya no es interesante.
–Y le han tildado de machista...

–Si alguien dice que soy machista,  que lea «La reina del sur» o esta novela. Tengo 60 años y soy lúcido. La única cosa que me pone fuera de sí es la estupidez. Cuando el feminismo radical cae en la estupidez, me río. Eso lo interpretan como machismo. El mundo es injustamente masculino y esa estupidez perjudica más que beneficia a la causa. La peor carcoma del mundo no es el mal, es la estupidez.

–¿Le costó describir las escenas de sexo?

–Una escena de sexo es un campo de minas en una novela. Porque el lector es muy amplio. Hay que tener cuidado y contarlo con elegancia para no caer en la vulgaridad con el sexo turbio, complejo y con complicaciones como el que aparece aquí. Ha sido un desafío.

 –La vejez, otro protagonista aquí.

–Con la edad pierdes certezas.  La vida te las quita. Cuando eres joven tienes más.  A mí me quedan pocas. El resto son incertidumbres. Los años van despojándote de causas,  banderas, principios, y te deja una forma de mirar el mundo. El botín de una existencia es esa mirada. A cambio de certezas, he obtenido serenidad.

–Sus personajes tienen un sentido de derrota incluso en la victoria. 

–La vida es una derrota continua. Es un campo de batalla, lo que pasa es que la gente no se da cuenta. Cada victoria es una derrota porque lo que te mantiene joven es la víspera de la batalla. La juventud está antes de la batalla, cuando afilas las armas, fumas los cigarrillos y piensas qué pasara mañana. Eso lo he vivido figurada y realmente. Después de la batalla ya no eres joven. Has perdido esa curiosidad, esa incertidumbre que te hacía sentirte vivo. Entonces puedes recrearte en la victoria o la derrota, y te haces viejo;  o dices cuál es el siguiente combate para vivir de nuevo esa noche de espera. Lo bueno de escribir novelas es que cada una es una batalla. Cuando deje de escribirlas envejeceré.

–El individuo traicionado por el gobernante es común en su obra. 

–Vivir es estar sometido a constante traición. No sólo por los gobernantes y los políticos. La vida misma te traiciona. Y los seres humanos, no te digo, y más en una situación como la de ahora, en que esta Europa que era referente moral de Occidente es una parodia en manos de payasos analfabetos en Bruselas. El mundo es una continua traición y el único analgésico es la cultura.

–Ya no está esa Europa de antes.

–Era una Europa injusta y clasista, pero tenía formas. Se ha perdido lo bueno y lo malo. Ésta es la Europa de los berlusconis.

–¿Qué ha pasado? 

–Es un cuestión de cultura. Estamos dejando de ser cultos, de usar la historia como maestra. Ignoramos que todo ha ocurrido ya, que las respuestas están en Suetonio, Jenofonte, Sócrates... No sabemos dónde consolarnos o buscar vías de escape porque las hemos borrado de nosotros mismos, de los planes de estudio, de nuestros hijos. Lo único que consuela en momentos de desgracia es un libro como símbolo al privarnos de eso, nos hemos convertido en huérfanos indefensos. Nos faltan los mecanismos culturales que antes nos consolaban.

–Ahora mandan las finanzas. 

–Europa siempre estuvo en manos de los ricos, pero antes los ricos generaban cultura. Un rico, aunque fuera analfabeto, se creía en la obligación social de parecer culto. Fundaba bibliotecas, hacía a sus hijos cultos. Hoy el rico no siente esa necesidad porque todo vale, y alardea de su vulgaridad y su incultura. Y es ejemplo social. Esa parte positiva del rico como mecenas ha desaparecido. Estamos en manos de ricos analfabetos.

–España no le invita al optimismo.

–Nadie que lea historia de España puede hacerse ilusiones respecto a nuestro país. Leer historia siendo español produce amargura. Esa falta de respeto hacia nosotros es histórica. Esa vileza inquisitorial, basada en la envidia y en la mala fe,  nos siguen marcado. Los españoles somos especialistas en suicidarnos históricamente. Cada vez que tenemos una oportunidad con una monarquía o república nueva, nos la cargamos sistemáticamente. Eso me hace ser profundamente pesimista. Pero tengo los libros para consolarme.

http://www.larazon.es/noticia/950

El detalle
AUTORES QUE QUEDAN Y OTROS QUE SE VAN

Arturo Pérez-Reverte lo reconoce casi con pesar y, sobre todo, con respeto, sin alardes ni jactancia. «Hay novelistas que hace treinta o cuarenta años eran imprescindibles para mí, como Melville o Balzac. Me marcaron, pero han ido quedando atrás porque ya te han dado lo que tenían que dar. Conrad es el único de ellos que envejece conmigo. Cuando lo leo, aún encuentro cosas nuevas en él que antes no había visto».

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26sep/110

El tío Gilito y sus secuaces

Ni un duro menos, dijeron. Y lo que ocurrió, y ocurre, es que el Estado mira y consiente

Decía Unamuno que, cuando en España se habla de honra, un hombre honrado debe ponerse a temblar. Más de uno debió de temblar el otro día, escuchando decir a un poderoso banquero que ahora los bancos serán más compasivos con sus clientes. Es hecho probado que a ningún banquero, de aquí o de afuera, le da acidez de estómago la ruina ajena. Un banquero es un depredador social con esposa en el Hola, un Danglars que traiciona a cuanto Edmundo Dantés cruza su camino, un Scrooge al que se la traen floja los espectros de las navidades pasadas, presentes y venideras, un tío Gilito que hasta con su sobrino el pato Donald —los que leíamos tebeos lo calamos desde niños—, ignora la piedad. Y ni falta que le hace.

De economía no tengo ni idea; pero lo que no soy es completamente gilipollas. Por eso me toca la flor, corneta, que los banqueros maltraten mi sentido común a semejantes alturas de la feria, en esta España donde no hay monumento al sinvergüenza desconocido porque aquí nos conocemos todos. Un infeliz país donde la gente puede verse obligada a cerrar tienda o negocio por equivocarse en su gestión; pero donde ningún banco ni banquero, que llevan años equivocándose en la gestión irresponsable de un dinero que ni siquiera es suyo, pagan el precio de sus errores. Nunca.

Durante mucho tiempo, al socaire ladrillero que el Pepé del amigo Aznar nos legó por sucia herencia, esa panda de golfos, que igual engorda con unos que con otros, concedió préstamos a todo cristo, sin importar la capacidad de devolución de la clientela. A mi hija, por ejemplo, cuando cumplió dieciocho años, le mandaron seductoras cartas ofreciendo créditos para coches, videoconsolas y ordenadores, los hijos de la gran puta. En vez de centrarse en su trabajo de captar dinero y prestarlo bien, los bancos inundaron España de créditos que rozaban lo fraudulento. Lo usual era hipotecar la casa, en un ambiente de euforia que llevó hasta conceder el precio total de la vivienda, tasada por encima de su valor real, a veces con una cantidad suplementaria, también a sugerencia del propio banco. Y esto fue Disneylandia. Alentada, naturalmente, por la estúpida condición humana; por nuestra criminal simpleza, capaz de tragarse que alguien vendiera duros a cuatro pesetas, y que un empleado que ganaba mil quinientos euros al mes pudiera permitirse —“yo también tengo derecho” fue la frase de moda, como si tener derecho equivaliese a tener posibilidades- hipotecarse en una casa de medio millón, coche para el niño y vacaciones en el Caribe.

Al fin, como era de esperar —aunque nadie parecía esperarlo—, todo se fue al carajo, y los bancos quedaron saturados de garantías que no garantizaban nada. De casas que no valían lo que los tasadores de esos mismos bancos dijeron que iban a valer. El resto lo conocemos: los bancos no quisieron asumir las pérdidas. En cuanto al Gobierno, en vez de decirles oye, cabrón, te has equivocado, así que ahora paga por ello, lo que hizo fue darles dinero. Pero, en vez de destinar esa viruta a proteger a sus clientes, lo que hicieron los bancos fue trincarla para mantener su beneficio. Ni un duro menos, dijeron. Y lo que ocurrió, y ocurre, es que el Estado mira y consiente. Un Gobierno tan aficionado a gobernar por decreto como éste podría limitar las comisiones que cobran los bancos en tarjetas, transferencias, cuentas y cosas así. O los sueldos y beneficios de los banqueros. Pero eso, dicen, conculca los principios del Estado liberal. Obviando, claro, que más liberales son Gran Bretaña y Estados Unidos, donde sí han limitado los ingresos de los banqueros. Allí, cuando el Estado da dinero, vigila qué se hace con él. Por eso se ha metido en los consejos de administración de los bancos y ahora vigila desde dentro. Si piden mi apoyo, exijo. Y cuidado conmigo.

Pero esto es España, y los políticos evitan meter mano. Lo hicieron con las cajas de ahorro cuando todo era ya tan disparatado que no quedaba más remedio. Es el lobby bancario quien decide y el Estado el que babea. Nada raro, si consideramos que los principales deudores de los bancos son los sindicatos y los partidos políticos; y que, tanto a esos dos payasos que salen en la tele con pancartas llenas de siglas como a los de corbata y coche oficial, los bancos los tienen agarrados por las pelotas, o —seamos paritarios— por el folifofó. Y mientras el tendero, el del bar, yo mismo si no vendo libros, asumimos nuestras pérdidas y nos vamos a tomar por saco, nuestro banco se las endosa a otros, sin despeinarse. Y tan amigos. Ahora, para más recochineo, están saliendo a bolsa entre sus mismos depositarios. A sacar más dinero de aquellos a quienes ya se lo sacaron. Haciendo la bola más grande todavía. Y lo que dure, pues oigan. Dura.

Arturo Pérez-Reverte/mileniodiario

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24jul/110

El iceberg del Titanic

Llevo la cartera llena de plástico con chips, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que nos zambullimos de cabeza.

Ayer entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla. La dueña hablaba español con acento entre chino y de Lavapiés. Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto.

Mientras me alejaba, pensé más cosas. En cómo nos gusta apretar un botón y tener la vida resuelta. En los peligrosos atajos suicidas por donde nos deslizamos sin vuelta atrás, por la cuerda floja. En cómo hacemos el mundo cada vez más vulnerable, sujeto al chispazo más tonto, al fallo inevitable, al iceberg puesto por el Destino en el rumbo del frágil barco en el que navegamos a toda máquina, a ciegas en la noche. En los millones de cuentas bancarias y tarjetas de crédito, por ejemplo, que unos piratas informáticos destriparon hace unos días, al meterse en unas plataformas de juegos electrónicos. O en el amigo contándome hace poco que durante un viaje a Nueva York perdió su teléfono móvil y con él toda su agenda; y cuando le pregunté por qué no tenía una libreta de teléfonos anotados, como yo, me dijo: “Hala, antiguo”, como si yo fuera el abuelo Cebolleta.

Recordé también cuando fui a echar una carta a Correos y se había ido la luz, y el de la ventanilla dijo que verdes las iban a segar, porque la máquina de franquear era electrónica. Y cuando pedí un sello de siempre, de aquellos con el careto del rey, se tronchó de risa y dijo que de eso no tenían ya. Que probara suerte en un estanco. También recordé cuando en un restaurante no funcionó el chisme de las tarjetas y el camarero dijo que esperase a que volviera la línea, y yo respondí que me hicieran una copia manual de la tarjeta o me iba a esperar a la calle, y entonces me hicieron la copia. Aunque la culpa fue mía; porque, como todos, llevo la cartera llena de plástico con claves y chips, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que, en nombre del confort y el mínimo esfuerzo, nos zambullimos de cabeza. Entre otras cosas —lo digo como descargo—, porque a quien no acepta lo dejan fuera. Hace tiempo, por ejemplo, que Iberia no vende billetes fuera del aeropuerto, y te obliga a pasar por una agencia de viajes o a buscarte la vida en internet. Un día sólo podrán sacarse de este modo; y el que no sepa manejarse así, o no le apetezca, o sea un carcamal alérgico a teclas, pantallas de ordenador y tarjetas de crédito en la red, que se fastidie. Que trague, o que no viaje.

Y así, unos sinvergüenzas ahorran personal y sueldos, y otros idiotas nos vamos al diablo. Resolver cualquier problema nos cuesta horas de teléfono frente a voces enlatadas, marcando tal para esto o cual para lo otro. Todo cristo se ha puesto contestador automático en el móvil, en vez de la antigua señal de estar comunicando sale un buzón de voz, y ahora llamamos cinco veces a quien llamábamos una. Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electrónico. O nos vemos sin teléfono, sin ordenador portátil, sin tableta electrónica o sin lo que sea, porque se escachifolla el cargador y la tienda de repuestos no abre hasta mañana. O no hay tienda. Yo mismo, el idiota al que mejor conozco, dependo cada día de que haya electricidad para que funcionen el teclado y la pantalla con que me gano la vida. De nada me sirve haber tenido la precaución de conservar dos viejas Olivetti, por si acaso, pues ya no venden en ningún sitio las cintas de máquina de escribir que las alimentan.

Hay un consuelo: así lo hemos querido. Nadie nos obligaba, pero todos hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imbécil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente específico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradisiaca su ola gigante. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos. Ya nos están dando. Y déjenme que les diga algo: a veces, incluso cuando palmo yo, me alegro. O casi. Hay siglos en que simpatizo con el profesor Moriarty. El Napoleón del crimen.

Arturo Pérez Reverte/mileniodiario

 

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15may/110

Echando pan a los patos

Ilustración: Jorge Moch

Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto. A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos.

Hace un par de meses, una editorial gringa publicó ediciones políticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer, de Mark Twain, en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro. Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter —Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus—, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela.

Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés, confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo —como, por otra parte, miles de compatriotas suyos—, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria. Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros. En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias.

Así que, españoles todos, oído al parche. Suponiendo —tal vez sea mucho suponer— que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones… ¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?... ¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?... ¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?… ¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?... ¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?... ¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?... ¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?... ¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?... Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?... ¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?... ¿Cómo un machista, homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?... En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?... ¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada?

Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan. Tranquilos. El peligro es mínimo. Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida.

Arturo Pérez Reverte/mileniodiario

 

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25abr/111

Otra vez ganan los malos

En España, establecer si el uso del masculino genérico discrimina en un anuncio al sexo femenino, es algo que la ley no deja a los lingüistas.

Al principio creí que era simple estupidez; pero rectifico. Es prepotencia, vileza y mala leche. Es la imbecilidad de unos pocos visionarios analfabetos, aceptada con entusiasmo formal por los clientes y en silencio cómplice por los cobardes. Como se veía venir, aquel artículo 22 bis de la ley 56/2003, creado a partir del artículo 5 de la ley de Igualdad, ha conseguido el sueño perfecto de todo gobernante totalitario: reprimir en España hasta el uso de la lengua hablada y escrita cuando no se ajusta a su concepción del mundo, por muy limitada, inculta o cantamañanas que ésta sea. Rebajar por decreto, imponiendo el uso irracional de la fuerza del Estado, la libertad y dignidad del idioma español hasta el triste nivel de su propia estupidez. De su mezquino oportunismo político. Ya no es anécdota suelta, como la que les contaba aquí el año pasado —“Chantaje en Vigo”—. Ya es violencia sistemática, de Estado, contra el uso correcto de la lengua española. Penúltimo caso: una empresa de Sevilla que, recurriendo con naturalidad al uso genérico del masculino —consagrado por el uso, el sentido común y la Gramática—, puso un anuncio para cubrir “una plaza de programador” en vez de “una plaza de programadorprogramadora”, fue obligada por la Inspección de Trabajo a modificar el texto, bajo amenaza de una multa de 6.250 euros. El argumento diabólico es que, según la ley, “se considerarán discriminatorias las ofertas referidas a uno de los sexos”. La pregunta es: ¿se considerarán, por parte de quién? Y también, ¿qué entendemos por “uno de los sexos? Porque ahí está el truco infernal. Establecer si el uso del masculino genérico discrimina en un anuncio al sexo femenino, es algo que la ley no deja a los lingüistas, que saben de eso. Ni siquiera a los jueces y su presunta ecuánime sabiduría. Quien decide es cada inspector de Trabajo, según su particular criterio. Como le salga. Y aunque no dudo que entre los inspectores de ambos sexos —que a su vez tienen órdenes que vienen de arriba— haya dignos y cultos funcionarios capaces de distinguir entre incorrección gramatical, uso machista de la lengua, abuso de poder y simple gilipollez, nadie discutirá, supongo, que de ahí a convertirlos en policías e inquisidores de la lengua española, usada por 450 millones de personas en todo el mundo, dista un buen trecho. Es aquí donde entramos en la parte diabólica del negocio. Son varios los empresarios españoles que se han dirigido a la Real Academia denunciando situaciones parecidas, en demanda de argumentos o amparo. Y la RAE, que en tales cosas está obligada a mantener una exquisita prudencia oficial, responde siempre lo mismo: el uso genérico del masculino es correcto y aconsejable, la lengua pertenece a quienes la hablan, no se puede forzar por decreto, y no hay ley de Igualdad que pueda imponerse sobre la autoridad de la Gramática ni violentar el uso correcto del castellano. Incluso algunos académicos, a título particular, nos hemos ofrecido a dar dictámenes técnicos en favor de los empresarios acosados, e incluso a acudir a los tribunales en defensa de quien nos pida consejo para defenderse de la desmesura y el chantaje lingüístico de que es víctima. Pero claro. Ahí está la trampa ineludible. Eso habría que solventarlo ante un juez, y a ver qué empresario amenazado por una inspección de Trabajo se atreve a litigar contra quien puede convertir su vida y su empresa en un infierno. Sólo de imaginar un juicio, largo y de resultado incierto, les dan sudores fríos. Y más con la que está cayendo. De manera que el apoyo de autoridad que la Academia puede dar ante tales abusos no sirve para nada, pues el empresario indefenso nunca llegará a exponer su caso ante un juez: se resigna, modifica lo que le piden, y traga. Qué remedio. Y así, irremediablemente, la Inspección de Trabajo y los analfabetos —incluidas analfabetas con nombre y apellidos— que redactaron el artículo 22 bis de la ley de Igualdad, se apuntan muescas en infame navaja, mientras la imbecilidad que tanta risa nos daba hace tiempo en boca políticos cantamañanas —aquel ridículo “vascos y vascas”, por ejemplo”— se convierte, al fin, en chantaje impune, sueño anhelado de ultrafeminazis talibanes y sus mariachis. En infame norma inquisitorial contraria a la lengua, la razón y la justicia. Así que vamos listos, me temo. Imaginen qué ocurrirá cuando, por ejemplo, un empresario publique un anuncio pidiendo un cantante, y al inspector/a de Trabajo de su pueblo se le ocurra ley en mano, porque le da la gana y para chulo él, que el anuncio debe añadir “o cantanta”; y, si hay disponible una plaza de taxista, se especificará también “o taxisto”, so pena de inspección laboral y multa. Por la cara. A veces me pregunto si de verdad nos damos cuenta de lo que nos están haciendo en España. De lo que, borregos resignados y sumisos, permitimos que nos hagan.

Arturo Pérez Reverte/mileniodiario

 

Hago la aclaración de que la foto que inserté no pertenece al árticulo de Pérez Reverte. No me considero machista y estoy a favor de la igualdad de sexos en todos los ámbitos de la sociedad, pero la verdad es que se han aprobado leyes estúpidas que parecen una especie de venganza contra ese machismo atroz que tiene su origen desde los albores de la humanidad y que ha sido avalado y fomentado sobre todo  dentro de todas las instituciones religiosas.

El Perro Morao

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4abr/110

Sobre violaciones y fascistas

Alguien que se peine con fijador o vista con corrección puede ser calificado de fascista, igual que el aficionado a los toros, quien enciende un cigarrillo o el que ejerce violencia doméstica.

Ilustración: Jorge Moch

Si algo desvirtúa y ahueca las palabras, vaciándolas de significado, es la estupidez de quienes abusan de ellas. Me refiero a esos que entran a saco en el diccionario —que encima no consultan jamás— y, con la ausencia de complejos del analfabeto o el capullo en flor, machacan un término al que convierten en perejil de todas las salas, retorciendo su sentido original hasta que no puede reconocerlo ni la madre que lo parió. Y al cabo, cuando la gente seria necesita esa palabra para usarla en su sentido exacto, se encuentra con que la infeliz comparece tan ajada y maltrecha que no sirve para nada. Los que cada día trabajamos dándole a la tecla, eso lo notamos mucho. Como también lo aprecia cualquiera que tenga sentido común y se fije. Puesto en verso, es lo que le ocurre al pobre Luis Mejías con doña Ana de Pantoja, en elTenorio, cuando dice aquello de: “Don Juan, yo la amaba, sí./ Mas con lo que hais osado/ imposible la hais dejado/ para vos y para mí

Un ejemplo, entre muchos, es la palabra fascista; que, de aludir al movimiento nacionalista surgido en Italia después de la Primera Guerra Mundial, con su encarnación hispana en el falangismo y otras tendencias hermanas, pasó a definir durante la Guerra Civil, en boca de la izquierda radical, al bando nacional e incluso a los republicanos moderados. Heredada por el franquismo, la palabra fue patrimonio de la ultraderecha durante la Transición, antes de verse felizmente olvidada durante veinte años. Pero en los últimos tiempos ha vuelto a ponerse de moda en España. La necesidad, a falta de coherencia ideológica propia de los partidos —que se han convertido en cuadrillas de simples funcionarios oportunistas—, de poner etiquetas simples al adversario, hace que ahora se aplique a cualquier persona o situación que se aparte, no ya de una posición de izquierda, sino de lo social y políticamente correcto, e incluso de la más fresca tontería de moda. Así, alguien que se peine con fijador o vista con corrección puede ser calificado de fascista, igual que el aficionado a los toros, quien enciende un cigarrillo o el que ejerce violencia doméstica. Todo se presenta en el mismo paquete, el de fascistas o fachas, como si fuera improbable que alguien de izquierdas se peine con raya, fume, le guste ir a los toros o le pegue a una mujer. Por supuesto, quien más jugo saca al término es la clase política: ni los del Pepé de Murcia se cortaron llamando fascistas —en vez de animales miserables y cobardes, que es lo adecuado— a unos que apalearon hace unos días a un consejero suyo de Cultura, ni un consejero de la Junta andaluza llamado Pizarro se privó de llamar fascistas a los funcionarios, algunos afiliados a su mismo partido, o votantes de él, que boicotean los actos del Pesoe porque les han rebajado el sueldo.

La cosa no se limita a España, claro. Con los tiempos que corren y los que van a correr, la tontería es internacional. Pensaba en eso leyendo las manifestaciones de unas ecologistas inglesas que aseguraban “sentirse violadas” porque el compañero de lucha con el que se dieron muchos, repetidos y voluntarios homenajes carnales, resultó ser un policía infiltrado. Y claro. La diferencia entre irse a la cama con un ecologista o con un policía es que el policía te viola. Tú puede que no te percates; pero él, en su fuero interno, sabe que te viola. El fascista. Frente a eso, ya me dirán ustedes qué palabra reservamos al violador de verdad; al que fuerza sexualmente a una mujer —o a un hombre, que siempre olvidamos ese detalle— abusando de su vigor físico, de la amenaza, del estatus económico o social. Al auténtico hijo de puta de toda la vida. Pues, si de violar en serio hablamos, les aseguro que ni idea tienen ciertos gilipollas y ciertas gilipollos. Pregúntenle a las pobres chicas de Ciudad Juárez, si pudieran contarlo, o a las mujeres de los Balcanes a principios de los años 90, lo que es violar de verdad. A lo mejor las pillan relajadas, a las que siguen vivas, y se lo detallan. Mujeres entre los escombros de sus casas, degolladas después de pasarles por encima docenas de serbios o croatas. Hoteles llenos de jóvenes apresadas para disfrute de la tropa, a las que se pegaba un tiro cuando quedaban preñadas. O aquella ciudad de Eritrea, abril de 1977, cuando un jovencísimo reportero que ustedes conocen tuvo el amargo privilegio de asistir, impotente, a la caza de cuanta mujer de nacionalidad etíope quedaba a mano. Igual un día les cuento con detalle cómo gritan, primero, y luego, al quinto o sexto golpe, se callan y aguantan resignadas, gimiendo como animales. Supongo que para individuas como Pilar Rahola, María Antonia Iglesias y otras joyas españolas de la telemierda, que tras vivir de la política viven ahora de la demagogia seudofeminista facilona e imbécil, el arriba firmante tendría que haber evitado aquello: persuadir a mil quinientos tíos con escopetas de que lo que hacían estaba feo. Seguro que las antedichas y otros cantamañanas de ambos sexos lo habrían evitado, con dos cojones. Interponiéndose. Así que seguramente me llamarán violador pasivo, por defecto, como a los que inhalan humo de tabaco sin fumar. Y fascista.

Arturo Pérez Reverte/mileniodiario

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21ene/110

Sobre mujeres y héroes

Estoy de acuerdo, señora mía. Fui injusto cuando dije que madame Bovary era idiota. O cuando lo dijo uno de mis personajes; que es lo mismo, aunque no del todo. Se lo dijo Makarova, la lesbiana dueña de un bar, al cazador de libros Lucas Corso, en El club Dumas. Y como digo, tal vez sea verdad lo de injusto. O cruel. Puede que mi capacidad de compasión disminuya con los años y con el espectáculo -grotesco, inagotable- de la nunca sorprendente estupidez humana, incluida la mía. Y es cierto. Quizá sea injusto enternecerse con don Quijote y despreciar a Emma Bovary. A los dos se les fue la olla creyendo que la vida podía ser como en las novelas baratas; y es verdad que late el mismo idealismo trágico en salir a deshacer entuertos que a buscar una pasión amorosa en un pueblecito de provincias. Hasta ahí, estamos de acuerdo.

Sin duda la peor idiotez de madame Bovary fue el dinero.Entramparse hasta el corsé. Si hubiera tenido sentido común, o recursos económicos, otro habría sido su destino. Pero ni el estatus social ni el momento eran adecuados para una pobre soñadora provinciana. Cuanto tuvo en su vida fueron dos imbéciles y medio: sus dos amantes y el marido. Y por supuesto: si hubieran sido treinta los hombres de su vida, habrían sido treinta imbéciles. También reconozco que es difícil arreglárselas cuando no sólo la satisfacción sexual, sino las posibilidades de sentirse amada y acompañada, dependen de un mundo de hombres que te acusan de puta si lo intentas y de idiota si fracasas. Hay poco espacio ahí para los héroes, en efecto. Para las heroínas. Y resulta una soberbia injusticia pedir a todas las mujeres que se curtan para sobrevivir. Que sean hembras fatales o chicas duras. Que sean Tánger Soto, Lolita Palma o Macarena Bruner; o la Reina del Sur después de haber sido Teresita Mendoza en Culiacán. Es injusto, desde luego, sentir simpatía por Homer Simpson, o por cualquier Manolo de barriga cervecera, y despreciar a doña Maruja por no ser capaz de escupir a la cara y hacerse matar -o matarlo ella a él- por un varón miserable que no le llega ni a la altura del chichi.

Pero ojo. Tampoco admiro a Penélope. Su absurda fidelidad -veinte años de abstinencia y mojama entre las piernas- me saca de quicio; y también me repatea el hígado ese palacio lleno de cortejadores gorrones y abúlicos que ni la violan, ni saquean la casa, ni hacen otra cosa que tumbarse a la bartola mientras ella deshoja la margarita. Creyendo esperar a que la presunta viuda escoja, los cretinos, cuando en realidad lo que hacen es dar tiempo a que Ulises llegue, lo reconozca su perro y tense el arco. Y ella, mientras, tejiendo y destejiendo en plan melindres calientapollas, en vez de llevarse al más guapo o al más rico al catre, o agarrar una escopeta con posta lobera, o lo que usaran en el siglo VIII antes de Cristo, y correrlos a todos a fogonazos hasta la orilla del mar color de vino. Hay muchas cosas notables que se han perdido en la historia de la Humanidad porque las mujeres que habrían podido hacerlas, crearlas, se negaron a acostarse con hombres que les daban asco. Pero también, gracias a esas mujeres que no transigieron -vaya una cosa por la otra-, se han evitado muchas infamias y muchos prescindibles hijos de puta.

Sin duda soy injusto con Penélope, como lo fui con Emma Bovary.Sólo soy un hombre torpe que mira, y que escribe sobre eso. Que tantea intentando comprender, haciendo frente a su estupidez y sus remordimientos de varón con los personajes femeninos que, mejor o peor logrados, habitan el mundo que narro. Pero de algo estoy seguro. A la hora de escoger héroes para mis novelas, prefiero ser injusto a complaciente. Quiero lobas y no ovejas. En tal sentido, estoy seguro de que la mujer lúcida es el único personaje literario apasionante que nos queda, el único héroe posible en el siglo XXI: soldado perdido en un territorio enemigo, de reglas hechas por los hombres. Mujeres intentando sobrevivir, llegar al mar y volver a casa. O encontrarla, al fin. Una casa propia, una vida normal. Heroínas a su pesar, luchando por el derecho, luego, a ser vulgares. Creo que la capacidad de sorpresa que ofrece el héroe masculino está agotada tras veintinueve siglos de literatura. El hombre se repite a sí mismo, o lo que resta de él, mientras que la mujer entró en esta centuria haciendo frente a desafíos nuevos, todavía no escritos. Arriesgándose como los exploradores que antaño se adentraban por la tierra incógnita dibujada en los espacios en blanco de los mapas. Por eso no son tiempos, los míos, de compasión literaria ni de justicia narrativa. A estas alturas, madame Bovary me importa un carajo. Existe, sin duda. Con sus tres o sus treinta imbéciles. Y seguirá existiendo. Pero no pienso escribir sobre ella. Que la compadezcan otros.

Arturo Pérez Reverte

Leido en:http://carmenlobo.blogcindario.com

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21nov/100

Secadores de aire y otras sevicias

No sé quién es el maquiavélico hijo de puta que diseña los servicios públicos de bares, cafeterías y restaurantes modernos. No puede ser casualidad. Rara es la vez que no salgo blasfemando en arameo. Antes, uno abría el grifo del agua, se lavaba las manos con una pastilla de jabón y las secaba con una toalla más o menos mugrienta, puesta en un toallero o en uno de aquellos chismes donde corría por tramos, o en un servidor de toallas de papel de esos que hacen clic-clac y sale una. Estaba chupado.
Ya no es así. En algunas viejas tabernas con serrín en el suelo y borracho en la barra, todavía. En locales modernos, ni de coña. Si llegas a un restaurante y sale una pava sofisticada que te tutea, precediéndote hasta una mesa donde, gentileza de la casa, ponen una espuma de erizo deconstruida al jarabe de grosella con virutas de morcilla ibérica, sabes que cuando vayas a lavarte las manos puedes darte por jodido. Siempre que voy al servicio de un restaurante supermegapijo me detengo cauto en el umbral, mirándolo todo como cuando en Sarajevo iba a cruzar con mi cámara Márquez u otros colegas una calle bajo fuego de los malos. A ver dónde están las trampas, me digo. Dónde se esconde el profesor Moriarty: el Napoleón del mal de la fontanería moderna. Diseño incómodo aliado con mínimo esfuerzo y poco desembolso por parte del propietario. Así que, suspicaz, antes de avanzar estudio el lavabo, el toallero, el dispensador de jabón, los pulsadores, y sobre todo las células fotoeléctricas, fotosensibles o como carajo se llamen. Dónde acechan esas malas zorras, considero. Hay días en que me veo como aquel espía de la película Bajo diez banderas, dispuesto a sortear los haces de rayos invisibles que protegían la caja fuerte donde la Kriegsmarine guardaba los secretos del corsario Atlantis.
La luz es lo primero: ese dispositivo que en teoría se enciende cuando entras y se apaga cuando sales, automáticamente, y que en realidad lo hace cuando le sale de los cojones. Entras a oscuras buscando el interruptor de la luz, pero no lo hay. Te paras, sales a explorar, preguntas al camarero, entras de nuevo y pasas un rato moviendo el cuerpo como un idiota hasta que se enciende, o no. Eso, cuando no se apaga a media faena dejándote sin saber a dónde dirigir el chorro. Que levante la mano el lector varón que no ha tenido que abrirse la bragueta a oscuras, apuntando al buen tuntún en la noche procelosa de un restaurante pijo, o miccionar con un mechero Bic quemándole el pulgar de la otra mano. Porca miseria.
Lo del agua es otra. Ahora los grifos son automáticos. O sea, que llegas, pones las manos debajo, y teóricamente sale agua. En realidad, cuatro de cada cinco veces no sale una puñetera mierda. Te quedas esperando en seco, a veces con un poco de jabón líquido que tuviste la imprevisión de ponerte antes, moviendo las manos en vaivén, mientras te miras la cara de gilipollas en el espejo, hasta que descubres que si colocas la muñeca izquierda exactamente a 48 grados de latitud norte del puto grifo, sale un chorro. Con el emocionante plus de que, si el lavabo es de diseño moderno, ese chorro de agua rebotará en el borde y se proyectará fuera alegremente, salpicándote de cintura para abajo.
Lo mismo pasa con los secadores de manos con aire caliente. Lo de menos no es que el aire no salga caliente jamás —aunque algún modelo inesperado puede abrasarte el pellejo en tres segundos—, sino que éste funcione, o no. Por lo general es que no. Como en el grifo, pones las manos mojadas debajo, las mueves de un lado a otro, y verdes las han segado. Otra posibilidad es que haga puuuf cuatro segundos y se apague, y no vuelva a hacer puuuf hasta medio minuto más tarde, tras varios movimientos de manos y atroces juramentos por tu parte. Además, como ya nunca hay toallas para secarte si te refrescas la cara, una bonita variante es cuando te contorsionas con crujido de vértebras para situar el careto bajo el chorro. Ahí pueden darse dos casos: el del chorro abrasador que despelleja, o el intermitente flojito que sale frío. Con lo que sueles volver a tu mesa con las manos y la cara mojadas, y una llamativa mancha de humedad en la salpicada bragueta. La última vez vestía yo chaqueta, corbata y camisa de puños con gemelos; y al presionar con la palma de la mano el dispensador de jabón, éste me proyectó un chorro de gel verde, no sobre la palma, sino sobre el puño blanco de la camisa. Cuando zanjé aquello tenía el puño chorreando; y por supuesto, el secador de aire dijo si te he visto no me acuerdo. Y así volví a mi mesa: secándome las manos con disimulo en el mantel, un puño de camisa mojado y otro no, goteándome la cara y con la bragueta salpicada de agua. Como esos abueletes que no se la sacuden bien al acabar, o tienen el muelle flojo.

Arturo Pérez Reverte

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8nov/100

Una historia de guerra

Alguien escribió en cierta ocasión que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repetí yo mismo. Pero eso no es del todo cierto. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Ésta de hoy es una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como algunos amigos míos me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.
Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la policía afgana. Cinco guardias de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún gobierno llamó guerra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.
Ellos y sus compañeros habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápido, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.
Un triste día se enteraron de la muerte de sus dos compañeros en Qualinao. De la pérdida de dos guardias civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos. Así que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.
A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capitán Rafa y el sargento José arriaron despacio la bandera.
Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.

Arturo Pérez Reverte/mileniodiario

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26sep/100

Manolo, la bala y el talibán

Me llama la atención algún comentario reciente en la prensa española sobre la nueva bala con que los ejércitos de la OTAN pretenden sustituir la del calibre 5.56, que está en servicio desde que los norteamericanos empezaron a utilizarla en Vietnam, hacia 1964. Cuando esta munición fue presentada en sociedad, se planteó como una de sus principales ventajas que era más ligera y podía transportarse en mayor cantidad que el antiguo calibre 7.62. También que, al ser más pequeña, en ciertos impactos no producía la muerte instantánea, sino heridas que complicaban la logística del adversario con mutilaciones, evacuaciones, hospitales llenos y cosas así. En lo de matar del todo, tampoco se quedaba corta: otra ventaja —como ven, era una bala muy ventajosa, según para quién— consistía en que, al viajar en el límite de su equilibrio, cuando entraba en un cuerpo supuestamente enemigo seguía una trayectoria irregular, provocaba el estallido de vísceras y dejaba al receptor hecho un Ecce Homo.

Este último aspecto, el de la bala tonta que entra por un pulmón y sale por la rabadilla, parece la pega principal que le encuentran en las guerras de ahora. En Afganistán, por ejemplo, resulta que los talibanes son demasiado flacos. Están más desnutridos y delgaduchos de lo normal, y al proyectil no le da tiempo de fragmentarse si toca hueso, o de zigzaguear como Dios manda: hace chas y atraviesa los cuerpos con facilidad, en vez de hacer chof, quedarse dentro y cumplir su obligación de reventar al prójimo. A eso hay que añadir que los afganos son duros que te rilas, y mientras les vacías un cargador en la tripa son capaces de comerte los hígados y marcarse una jota baturra camino del Paraíso. Hace un siglo, en la guerra de los norteamericanos contra los rebeldes moros en Filipinas —los gringos acababan de anexionarse aquello por la patilla, después de echarnos a los españoles en nombre de la libertad, como suelen—, hubo un problema parecido con los fanáticos que iban drogados y blandiendo machetes: no había forma de pararlos con balas normales. Y del mismo modo que eso dio lugar a la invención del Colt 45 —con bellotas de plomo capaces de tumbar a la madre que te parió—, los ingenieros de ahora han puesto a punto una munición nueva con proyectil de acero, menos contaminante que el plomo —bala ecológica, la llaman los muy cachondos—, que lo mismo ponga mirando a Triana a un talibán desnutrido que a un chino, a un negro, a un ruski o a un narcobien cebados.

Hasta ahí, todo parece lógico. Las balas están para eso. Bang. Otra cosa es que se utilicen, o no. Por esto llama la atención que algún cantamañanas de los que confunden buen rollito con demagogia chunga ponga el grito en el cielo, criticando que ahora se quiera matar mejor a los afganos flaquitos. Como si morir escurrido de carnes empeorase que te aligeren. Pero claro. Para el pacifismo barato y elemental, querido Watson, es demasiado tentadora la imagen de un talibán desnutrido, famélico, atravesado por una perversa bala de la OTAN; y no menos irresistible denunciar cómo el malvado Occidente se las ingenia para que el afgano que hasta ahora se libraba de refilón, por estrecho de pecho, también se lleve lo suyo. ¿Importa tanto la anatomía del soldado contrario?, preguntan. Cuando es evidente que la respuesta es sí. Que igual peligro tiene un armario de cuatro por cuatro que un Giacometti artillado. Que metidos en faena, la anatomía importa, y mucho. Que en la vida estamos, como en el chiste, a setas o a Rolex. Y que mejor no tener que hacerlo. Preferiría que no, como decía el amigo Bartleby en el relato de Melville. Pero cuando no hay otra, y en un momento dado tienes que pegarle un tiro a un talibán afgano, a un pirata somalí o a un pigmeo de treinta y cinco kilos que se te arrima de malas, aunque tenga menos carne que el manillar de una bicicleta, lo que necesitas es algo que lo ponga patas arriba de la manera más eficaz posible. Stop. Punto. Otra cosa es que las guerras sean malas, Pascuala. Que disparar sea un acto fascista, que los ejércitos los inventara Franco y toda la parafernalia al uso. En esto no me meto. Si no queremos guerras ni soldados, o creemos más cómodo y barato que otros den la cara por nosotros, pues vale. Me parecerá muy bien, entonces, que al cabo Manolo lo saquemos de Afganistán para reciclarlo a corderito de Norit sin fronteras: biberón en una cartuchera y chocolatinas en la otra. Pero mientras siga allí, jugándosela, prefiero que, cuando se arrime un talibán con Kalashnikov, Manolo le endiñe un bellotazo que lo deje seco a la primera. Con balas convencionales, ecológicas o de hilo musical. Eso me importa un huevo. Con lo que sea.

Arturo Pérez Reverte/mileniodiario

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