El Lobito Ferocito…

  Una Caperucita Roja _ 3

El Lobito Ferocito se quejaba de dolor de panza. “¿Qué le pasa?”, le preguntó el Lobo Feroz a la Loba Feroza. “¡Comió Caperucitas Verdes!”

Carlos Pos

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LOS CABALLOS SALVAJES

De pronto cuidas a tu madre y no te reconoce. Tu madre quiere leche. Le da miedo tu figura y te llama Ernestina. Los caballos salvajes son tan solo una bonita ilusión. Nunca serás uno de ellos. Dios no existe y los santos ahora son hombres locos que aprenden con maestría a querer a los extraños. Ese extraño ahora eres tú, que sonríes y quieres a tu madre enferma. Porque solo un personaje se ilumina la cara y comprende que nada existe. Y que las madres, se supone, quieren a los hijos. Y que los hijos, se supone, deben adorar a las madres. Y que las madres deben adorar a otras madres y confundir sus manos con manojos de llaves. Por eso las madres siempre encuentran lo que se te ha perdido más rápido que tú. Porque dios ha muerto, y los caballos corren en círculos, engañados en su propia libertad. Ahora te sientes normal, no eres un dios, ni un hombre ni un personaje, ni una mujer que no existe sino en la imaginación de tu madre enferma. Al fin. Eres tú y caminas siendo tú, envolviendo tus pies en oscuras esferas para no volverte uno con el cemento. Pero extrañas la colilla, la ceniza del odio. Estás solo. Realmente solo. Tu amigo duerme en el sofá. Y tienes la certeza de una herencia. Pero aun así estás – solo – No le dices a nadie de tu soledad, es inútil. Oyes el relincho en la voz de una amiga. Reconstruyes paredes con la ayuda de una mosca. Duermes en el callado suelo de una habitación sin puerta. Ernestina ha quedado en llevarle la leche a tu madre. Vuelves del lugar de los vivos, subes los peldaños como pisando sarcófagos, porque sabes que te acercas a algo que ha dejado de existir. Iluminas de a poco la habitación. Sostienes la leche en la mano que no está enferma como un premio, como si tu mano fuese responsable de un deseo, un deseo tal vez inútil que no significa nada, pero un deseo que palpita. Y caminas hacia el último peldaño de la escalera. Ahora eres Ernestina, cumples tu papel. Sonríes con una sonrisa de mujer extraña que no conoces, de ángel asexual, con tus ojos oscuros como monitores apagados. Y con el vaso frío de leche en tu mano derecha, inhalas el cigarrillo. Lanzas la ceniza en los zapatos de tu madre. Aplastas la colilla cerca de su sábana blanca. Y te acercas a ella. De pronto tu madre te reconoce, pero le pide un abrazo a Ernestina. Sabe que su muerte es también la suya. Te reconoce en el cristal del vidrio, pero prefiere callar. Sus ojos lánguidos fijos en el vaso de leche helada, acercan sus brazos a Ernestina. Buscan en algún lugar de su memoria la forma de un abrazo.

Pamela Rahn

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Todo pasa

   En la cena, el mexicano cuenta anécdotas sobre el tránsito de aduana. Solamente una interesante: la del norteamericano en México quien, después de un accidente, quiso regresar llevando su pierna difunta en una caja de cristal. Tres días de discusiones para aclarar si la pierna estaba o no en la categoría de importación restringida como material que podría desatar una epidemia. Habiendo asegurado el norteamericano que permanecería en México antes que ser separado de su pierna, los estados Unidos determinaron no perder a un ciudadano honorable.

Albert Camus

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Al caer la noche

    Al caer la noche los fantasmas salen a pasear. Ya no arrastran cadenas. Ni siquiera llevan ropa pasada de moda. No pretenden revivir ningún pasado traumático, ninguna infancia angustiosa. Al contrario, visten según los usos del momento y cuando toca acuden con entusiasmo a las rebajas, lo revuelven todo y ocupan esos probadores que tienen las cortinas siempre echadas. 

   En el presente se encuentran como en casa. Disfrutan realizando todo tipo de transacciones comerciales sin necesidad de dinero, sin necesidad de mercancías, sin necesidad. No viven, pero se actualizan. 

   En lugar de sábanas, tejen telarañas de palabras en las que se envuelven y que hacen desaparecer con un gesto de su dedo índice. De vez en cuando se reúnen para ver quién es capaz de lanzar una opinión más lejos. Con los resultados confeccionan estadísticas. 

   Cuando se aburren, algunos proclaman repúblicas, otros las niegan y todos toman sin cesar fotos de si mismos sin lograrlo nunca. No son discretos pero su ruido es un ruido de fondo que hace más liviano nuestro silencio. Esto es de agradecer. 

   Lo cierto es que andan tan atareados que han perdido el interés por nosotros. En ocasiones nos asustan con los cuentos de siempre, pero se les nota la desgana y pronto vuelven a lo suyo. En los parques, cines y trenes ocupan esos asientos en los que nunca se sienta nadie. A veces son vagones enteros. 

   Al caer la noche los fantasmas salen a pasear y mientras pasean se atraviesan sin tocarse.

Publicado por XuanRata 

 

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Angustia

Dice que es el resultado del miedo, que le da miedo todo, desde encender la tele a poner la radio, incluso enchufar la cafetera u hojear el periódico

Angustia

En la mesa de al lado alguien acaba de decir “tengo miedo”. Finjo que continúo concentrado en el periódico, pero vuelvo unos milímetros la cabeza para colocar el oído derecho en línea con la conversación. La que tiene miedo es una mujer de treinta y pocos años que acaba de dejar a sus hijos en un colegio público de los alrededores. He coincidido en otras ocasiones con ella y con su amiga, cuyos hijos van al mismo centro. Las dos están en el paro y hablan con frecuencia de las dificultades de reintegrarse al mundo laboral tras la interrupción que supuso la llegada de los críos. He intentado averiguar sin éxito qué formación tienen, aunque sospecho, por el modo en que se expresan, que las dos son universitarias.

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Anochece

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Se encienden las farolas. La calle resuena con el ruido de los cubos de basura vacíos que deja el camión. Hacen un ruido hueco, de cubos vacíos. Los basureros reflectantes los golpean contra el suelo para separarlos, los tratan con dureza. Dentro de unas horas estarán llenos de bolsas de plástico llenas de desperdicios y algún tesoro sin brillo. De madrugada los recogerán, pesados, sin sonar a hueco. Ahora un niño, del otro lado de la calle, contagiado de ruido, da patadas a uno de los cubos huecos.

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Sueños breves

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Los espejos funcionan mal. Sin una razón aparente, sin una explicación que satisficiera a todo el mundo, sucedía sin más. Te detenías frente a uno de ellos y no veías la imagen a la que estabas acostumbrado; veías otra cosa, algo diferente, algo extraño.
   Sin saber muy bien por qué, se decía que los espejos, cansados como nosotros mismos de las apariencias, ya no mostraban lo que queríamos enseñar, eso había quedado en el pasado. Ahora se dedicaban a mostrar (nos) lo que realmente éramos (somos).
   Reflejos terribles pero sinceros, de aquello que ocultamos a simple vista.
   Por eso mismo los tapábamos para no vernos, para no conocernos, para no saber lo que éramos sin lugar a dudas.
   El problema era que si los espejos fueron las primeras superficies en reflejamos de ese modo no serían, por supuesto, las únicas.
   Salgo a la calle dejando mi teléfono celular en la casa y lo primero que veo es mi reflejo en la ventana de un automóvil detenido en la calle.
   Sé que eso que veo debo de ser yo, pero no me reconozco.
   Creo que siento miedo.
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Adelanto: La guerra de los zorros [Richard Siken]

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Dos conejos fueron perseguidos por un zorro, además de toda la mierda que pasa en el mundo, y el zorro continuó la persecución, dando vueltas al mundo hasta que el mundo los alcanzó en algún lugar derrumbado en una metrópolis céntrica. En el interior de la madriguera, los conejos piensan rápido. Pip toca al único conejo que escucha.

Pip: Estamos condenados.
Flip: No.
Pip: ¿Estás seguro?
Flip: Sí. Aquí, escóndete dentro de mí.

Esta es la historia de Pip y Flip, los conejos gemelos. Nosotros decimos que había una vez dos y ahora hay uno solo. Cuando el zorro vea pasar a Pip corriendo, no sabrá que uno está adentro del otro. Pensará bueno, al menos hay un conejo más en la madriguera. Pero no queda ninguno. Tú sabes esto y yo también lo sé. Juntos trazamos el sendero que aleja de la condena. No hay esperanza, hay un sendero. Te sigo.

Cuando un conejo se encuentra con otro conejo, se toma el tiempo para contarle esta historia. Entonces los conejos acuerdan que deben ser dos conejos, al menos dos conejos, y que a su vez existe un rastro. Solo repito lo que he oído. Este es un amor. Existen muchos amores pero solo una guerra.

Pájaro 1: Esta es la misma historia.
Pájaro 2: No, este es el resto de la historia.

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Déjame contarte una historia acerca de la guerra:

Un niño derrama un vaso de leche y su padre lo levanta por el cuello de la polera y lo lanza contra la pared. Mataste a mi esposa y ni siquiera puedes sostener un vaso sobre la mesa. La esposa había muerto de tristeza por su propia mano. El padre sale de la habitación y la habitación está casi vacía.

La calle afuera de la casa yace plana en la tierra. La tierra se rinde.

El padre trabaja hasta tarde. La mano de la esposa muerta hace croquetas de pescado apanado mientras el niño se sienta en la esquina donde antes se había caído. Los pescados dentro de las croquetas piensan esto no es lo que debimos ser.

Sus raíces en la tierra y sus ramas en el aire, un árbol es empujado en dos direcciones.

La esposa tiene una mano muerta. Esto es anterior. Está viva y su mano muerta la alimenta de píldoras que no funcionan. El niño duerme encima del techo o se cae de los árboles. El padre trabaja hasta tarde. La mujer mira por la ventana y piensa esto no.

El niño es un pájaro, un mal pájaro. Se cae de los árboles.

RICHARD SIKEN

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Hay amores que matan*

    Ante lo sublime del paisaje él sintió la necesidad de expresar sin palabras lo que resonaba en su corazón desde que la conoció. Estaban en lo más alto del monte, a sus pies se encadenaban los lagos y frente a ellos, tras los lagos, la cordillera se erguía majestuosa y nevada.
Él buscó por el suelo rocoso alguna mínima flor, no digamos ya un edelweiss, y sólo encontró una varita de plástico verde flúo, de esas que se usan para revolver el trago. Se la brindó a ella como una ofrenda: es mágica, le dijo.
Y ella, que compartía sus sentimientos, la aceptó como tal y para demostrárselo elevó la varita mágica en el aire y con gracioso gesto señaló el pico más alto que asomaba inmaculado a través de las azules transparencias pintadas por la lejanía.
—Quiero una mancha roja allá, conminó.
Y ambos rieron.
Quien no pudo reír en absoluto fue el alpinista solitario que perdió pie en ese preciso instante y se desplomó sobre las afiladas aristas del barranco, poniendo una mancha roja precisamente allá, en el pico más alto.
Allá donde ni los dos enamorados ni nadie lograrían jamás verla.

*Para Claude Bowald

Luisa Valenzuela
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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LA HERENCIA

Por: Guillermo Fadanelli

 

—¿Cuántos millones heredaste, cabrón? En verdad que te comportas de manera misteriosa. Estoy a punto de creer que es verdad —dijo Herbert y su pregunta provocó el silencio y la curiosidad del resto de los amigos.

—El tequila es lo que te hace hablar así, Herbert —dijo el anfitrión. Y se hundió en su antiguo sillón, la única pieza de la sala que parecía tener una historia.

 

—¿Cuántos millones?

 

—El tequila te hace intempestivo e imprudente, Herbert; la bestia que escapa de su jaula; un canalla valiente —y después de haber dicho lo anterior el anfitrión agregó en tono cansado—: treinta millones, nada en verdad.

 

—¿Y qué harás con todo ese dinero? —añadió una voz tímida. La de Hinojosa.

 

—Dejar de escribir, abandonar la literatura. Ya he tenido suficiente de esa tontería —dijo el anfitrión y sirvió más whisky de malta en su vaso cristalino.

 

—El whisky no es más que agua depresiva —dijo Herbert, tomó una botella y sirvió, también, otro chorro de tequila en su vaso.

 

—No, Herbert, te equivocas. El whisky, sólo si es de malta, claro, un Glenfiddich como éste, ha venido a rescatarme de mi vida miserable. Ha sido mi bebida la que ha traído a mí ese dinero.

 

—Yo prefiero el ron —musitó Trujillo, como charlando consigo mismo, aunque en realidad pensaba en los treinta millones que había heredado su amigo. Trujillo era un hombre joven y de un humor apreciable.

 

   —¿Ron? —el anfitrión bajó el tono de su voz— Deja esa bebida para los pescadores que celebran una buena jornada, para los jóvenes que no han leído literatura inglesa. Lee El diario del ron, de Hunter S. Thompson, y verás la caterva de malos periodistas aficionados a esa bebida. No, las aguas, los manantiales de Escocia poseen secretos que sólo algunos podemos compartir.

 

 El anfitrión alardeaba; mas su arrogancia no era tal. Él se dedicaba a provocar a sus invitados, y se divertía.

 

—¿Qué hay con el vino? Tu bebida es brusca y carente de bemoles junto a la variedad de la uva y sus bienes —habló nada menos que Montiel, quizás el más viejo amigo del anfitrión y quien seguramente se beneficiaría de la actual herencia de su añeja y cercana amistad.

 

   —No, no, no… —el anfitrión se exasperó por primera vez en la noche, ¡cómo odiaba que compararan las uvas a los cereales!—. El vino es la cultura, las letras, la literatura. Todo eso que quiero dejar en el pasado. Un engaño de la imaginación, una alucinación culta, nada; ahora me concentraré en el whisky de malta, fino y prudente, alejado de los aspavientos y pretensiones del vino o la literatura. Tú sigue leyendo novelitas. Yo me concentraré en esta sagrada biblia y sus hielos.

 

—Pinche bebida depresiva —dijo Herbert—. El buen bebedor de tequila no es un mariachi. Sabe elegir.

 

—Yo me conformo con un vaso de cerveza clara y fría todos los días —se atrevió a comentar Esquinca—. No podría vivir sin eso. Y por cierto, tus cervezas no están lo suficientemente frías. No somos alemanes para beber cerveza tibia, carajo. Ya metí varias en el congelador.

 

—¿En verdad dejarás la literatura? —pregunto, tímidamente, Hinojosa. Estaba preocupado por el dinero y sus consecuencias.

 

—Sí, y me dedicaré a un deporte fuera de lo común. Se los confieso ahora con la única condición de que no lo tomen como una broma.

 

—No, de ninguna manera, ¿de qué se trata? —respondimos todos a la vez. Los treinta millones dotaban a nuestro anfitrión de una aura de respeto de la que antes carecía.

 

—Voy a acostarme con una mujer cercana a cada uno de ustedes. El whisky me ha despertado nuevas ideas y retos.

 

Los postigos de la ventana dejaron de temblar y un silencio opaco se expandió en la amplia sala que cobijaba a los amigos. La cantina, hecha de madera tallada y que el anfitrión presumía haber traído desde Bretaña, se vio abordada de repente por los invitados que, ante aquella declaración descabellada, se dedicaron a llenar sus vasos. El huesudo perro, propiedad del anfitrión, dio un lánguido ladrido desde su lugar bajo la mesa. Un ladrido triste y desahuciado.

 

—No se escandalicen, será una forma de hacer más sólida nuestra amistad. Ustedes no van a enterarse, por lo demás. Serán mujeres que lleven su sangre y la mayoría de ellas ni siquiera les será importante, una prima, una sobrina, una tía hirviendo de pasión y deseo. Mis treinta millones y mi Glenfiddich me dan derecho a ello. Será una manera de compartir mi dinero con ustedes.

 

—¿Te vas a tirar a mi abuela? —dijo Herbert, y lanzó al aire una explosiva carcajada. El perro se asustó y dio de nuevo un lánguido ladrido—. No cabe duda, pinche agua depresiva. Deberías cambiar al bourbon, es menos tétrico.

 

—¿Bourbon? Eso es perfume; abandonen el maíz y los magueyes, mis amigos.

 

—¿Y tú qué? Eres… como un bisonte trastornado —dijo Trujillo, algo alterado por la proposición de nuestro anfitrión—; y si te coges a alguien de mi familia tendrás que beber yogurt con popote, en vez de whisky.

 

—¿Lo ves? El ron te lleva a la celebración o a la violencia, es una bebida de mercado. Ninguno de ustedes va a enterarse, y si lo hacen no pasará nada. Estaremos más unidos.

 

—Treinta millones es mucho dinero —musitó otra vez Hinojosa.

 

—Dejarás la literatura, serás libre al fin —hablé yo que me había mantenido ajeno a la conversación amarrado a mi copa de brandy. Me incliné y puse la copa bajo el hocico del perro. Me encaminaría a un bar donde me esperaba otra conversación absurda: el brandy te desata la lengua, tarde o temprano. El perro olisqueó el contenido de la copa y volvió a ladrar lánguidamente. Yo no tenía opiniones sobre el alcohol, sólo tenía vicios y me entregaba a ellos. Si hubiera heredado treinta millones es posible que también abandonara mis vicios, me dedicaría al alpinismo o al coleccionismo de arte. Y eso sí, dejaría en paz a las mujeres de mis amigos. A fin de cuentas, Herbert tenía razón cuando desconfiaba del whisky, es una bebida que llama al cinismo y a la maldad, agua para delincuentes refinados. Me marché sin más ademanes que un tímido movimiento de cabeza. En la acera, fuera de la casa de nuestro anfitrión, encontré una moneda y me la eché al bolsillo. Era probable que esa noche me deparara alguna sorpresa agradable y que aquellos diez pesos fueran el comienzo de una futura herencia. Con ánimos renovados seguí el perfil de la calle y me perdí en mis sueños

Ilustración: Santiago Solís

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