Las Tres Batallas De Puebla
Juan Miguel Zunzunegui
En un país donde la historia se reinventa para moldear héroes y villanos según las necesidades del régimen, y se escribe como verdad absoluta en un libro de texto gratuito y obligatorio con el que se adoctrina a la inmensa mayoría de la población, todos conocemos el efímero triunfo del 5 de mayo y la falsa victoria contra el invasor, pero casi nadie conoce la historia completa; la historia no contada de las tres batallas de Puebla.
En un país donde la historia se enseña dogmáticamente y el sistema de educación no enseña a pensar, sino a repetir, casi nadie se cuestiona por qué, si supuestamente ganamos contra los franceses en la Batalla de Puebla, la bandera francesa ondeaba once meses después en la Ciudad de México y nuestro país estaba dominado por las tropas de Napoleón III. La cuestión es simple, no hay nada que festejar el 5 de mayo, se ganó una batalla pero no la guerra.
La primera batalla de Puebla se llevó a cabo el 5 de mayo de 1862 contra las tropas francesas que avanzaban desde Córdoba hacia la Ciudad de México. Fue una avanzada del ejército francés, recibidos por el ejército de los Zacapoaxtlas, que efectivamente vencieron a la avanzada francesa y los obligaron a replegarse a Córdoba. Un verdadero triunfo hubiera significado ir tras ellos y hacerlos volver hasta el mar; en vez de eso, una vez que las tropas invasoras huyeron, las tropas nacionales suspendieron el ataque, por orden, por cierto, de Ignacio Zaragoza; el general que no supo, quiso o pudo consolidar el triunfo, el general que desde una casa de campaña y en una mesa de estrategia cantó la retirada, a pesar del empeño de continuar el ataque por parte del general de brigada que comandó a las tropas del 5 de mayo en el campo de batalla: Porfirio Díaz.
Las tropas invasoras se replegaron, se reagruparon, se recuperaron y se triplicaron. Una vez hecho todo esto, volvieron al ataque y se enfrentaron de nuevo al ejército mexicano en la segunda batalla de Puebla, esa de la que no hablan ni media palabra los libros de historia por una razón muy simple; porque se perdió. En marzo de 1863 los franceses marcharon sobre Puebla, tomaron la ciudad y siguieron su avance hasta la capital, que fue tomada el 7 de julio de 1863.
Esta ocupación francesa dio lugar al corto Imperio de Maximiliano, quien aceptó el “Trono de Moctezuma” el 10 de abril de 1864. Los pormenores del austriaco y su imperio son otra historia digna de otro artículo; bástenos recordar que en marzo de 1866, tras apenas dos años de gobierno, Maximiliano perdió el apoyo de Napoleón III, quién mandó que sus tropas se fueran retirando del país y selló con ello la suerte del emperador. Juárez permanecía en la frontera con su gobierno republicano, y dos generales mexicanos comenzaron la reconquista del territorio, Mariano Escobedo al norte y Porfirio Díaz al sur.
Para marzo de 1867 el Imperio sólo controlaba Querétaro, donde habían instalado la capital, más Puebla y la Ciudad de México. Mariano Escobedo tomó Querétaro, mientras por otro lado se llevó a cabo la tercera batalla de Puebla; el 2 de abril de 1867 Porfirio Díaz derrotó a los franceses, los expulsó de la ciudad y los replegó hasta el Golfo de México. Después de eso, marchó sobre la Ciudad de México, donde derrotó a las últimas tropas enemigas, perdonó a los franceses y fusiló a los mexicanos traidores. El 15 de julio de 1867, el triunfante Díaz licenció a sus tropas y entregó la capital al presidente Benito Juárez.
¿Por qué nuestra historia ignora los triunfos de Díaz y las otras dos batallas de Puebla? Simplemente porque nuestro discurso histórico hizo de Juárez un héroe y de Díaz un tirano, y al maniqueo estilo de nuestra historia; los buenos son absolutamente buenos y los malos absolutamente malos. Es imposible entonces hablar de los aspectos negativos de Juárez, tema de otro artículo; y es prohibido hablar de los hechos heroicos de Díaz, como su participación en la primera Batalla de Puebla, donde todo el crédito se lo queda Ignacio Zaragoza, sus más de 30 batallas victoriosas contra los franceses; y mucho menos de su apabullante triunfo en la tercera batalla de Puebla, de la que poco cuentan nuestros libros pero que fue vital para el restablecimiento de la República.
Poco ganamos los mexicanos el 5 de mayo de 1862 en Puebla; un efímero laurel que, debido a la desunión del pueblo, no cristalizó y se convirtió en derrota y conquista. Mucho ganamos en la olvidada fecha del 2 de abril de 1867, cuando un olvidado y denostado héroe derrotó a los invasores del país. Independientemente de aquellos hechos del pasado; el mexicano de hoy sigue quizás tan desunido como en aquella intervención francesa o como en la tan mentada invasión gringa. En el siglo XXI somos aún incapaces de construir puentes para dialogar…, pero para vagar ni se diga. Una semana de trabajo derrochada en honor de una batalla perdida.
Fuente: http://www.lacavernadezunzu.com
En el día del trabajo, tres elogios: a la pereza, a la ociosidad y a la servidumbre voluntaria
Libros descargables en formato PDF: El derecho a la pereza de Paul Lafargue, el Elogio a la ociosidad de Bertrand Russell y el Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie; como pretexto a las celebraciones del Día del Trabajo.
Este 1 de mayo se conmemora en todo el mundo el Día del Trabajo, una fecha inicialmente señalada para recordar a los llamados Mártires de Chicago, trabajadores en huelga solidaria que un 4 de mayo de 1886 protestaban para obtener una jornada laboral de 8 horas y cuyo encuentro terminó trágicamente por la acción de la policía, que disparó contra la multitud luego de que alguien detonara un cartucho de dinamita.
La fecha, así, ha tenido desde su origen un carácter combativo, en el cual se hace notar la situación desventajosa en la que casi por definición vive la llamada clase obrera, la mano de obra que al parecer no tiene otro destino más que la explotación, fuente irremisible de la ganancia económica.
Para recordar este día compartimos 3 libros en formato PDF que posiblemente hagan eco de dicho rasgo:El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (1883); el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell (1932) y elDiscurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie (1549).
En cierta forma los dos primeros textos buscan un propósito similar: la reducción del trabajo gracias al aprovechamiento del desarrollo tecnológico y, en consecuencia, la llegada a un estilo de vida notablemente más humano, en el que las personas no dediquen su tiempo a trabajar sino al cultivo de su espíritu, una suerte de estadio cuasi bucólico o utópico de regocijo intelectual.
La perspectiva de Lafargue se enmarca en las teorías marxistas del sistema económico y posee cierto tono apocalíptico con respecto a la dinámica inherente del capital, la cual tiende inevitablemente al colapso sobre sí mismo. El hombre, por cierto, era yerno de Marx (estaba casado con Laura, la segunda hija de este) y algunos le disputan la autoría del Derecho, otorgándosela a Laura.
El Elogio de Russell es, en contraste, un tanto más mesurado, más cercano al humanismo pero sin olvidar las condiciones fácticas. El centro de su argumentación es la reducción de la jornada laboral a 4 horas, también aprovechando la “técnica moderna”, y conseguir así espacio y tiempo para actividades de otro carácter. Escribe el filósofo inglés:
En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.
Finalmente el Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie es, posiblemente, uno de los panfletos políticos más estimulantes jamás escritos, una prosa enardecida (La Boétie lo escribió a los 18 años) que presenta una faceta totalmente inquietante de la libertad, proponiendo algo que más tarde los pensadores existencialistas redescubrirían: que el hombre común, el hombre promedio, tiene miedo de ser libre, y por ello abraza gustoso la esclavitud. Sea por pensamiento, palabra, obra u omisión (parafraseando la salmodia católica) la mayoría de los seres humanos son siervos voluntarios que hacen suya las ficciones de la autoridad y el poder, ilusiones vanas en las que bastaría dejar de creer para que perdieran sentido y desaparecieran: “Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres. No pretendo que os enfrentéis a él [el tirano], o que lo tambaleéis, sino simplemente que dejéis de sostenerlo, escribe La Boétie.
Se trata, en suma, de tres títulos compartidos con el ánimo de reflexionar en torno al trabajo y sus implicaciones, las nociones sociales en las que se encuentra imbricado y, sí, la posibilidad de transformar dicha realidad para provecho propio.
El derecho a la pereza, Paul Lafargue (1883)
Fuente: http://pijamasurf.com
Robot descubre 3 pasajes secretos debajo del templo de Quetzalcóatl, en Teotihuacán
Tláloc II-TC, un pequeño robot de exploración arqueológica, descubrió tres pasajes hasta ahora desconocidos debajo del Templo de Quetzalcóatl, en Teotihuacán, un hallazgo promisorio que podría develar algunos misterios que aún persisten en torno a esta civilización.
El complejo arqueológico de Teotihuacán, y la civilización que ahí habitó, es una de las más misteriosas de la historia precolombina, en especial porque alguna vez floreciente y magna, en cierto momento la ciudad fue abandonada y sus habitantes se dispersaron hacia otras zonas, abandonando las portentosas construcciones, entre las cuales las más emblemáticas son las pirámides del Sol y de la Luna.
Hace unos días en una de estas edificaciones un pequeño robot de exploración descubrió los que parecen ser tres pequeños pasajes hasta ahora desconocidos, los cuales se encuentran debajo del Templo de Quetzalcóatl, cercano a la Pirámide del Sol.
Luego de varios meses deambulando por los sótanos del templo, el robot Tláloc II-TC se encontró con lo que podrían ser los accesos a sendas cámaras subterránea de aproximadamente 2 mil años de antigüedad.
Entre otros motivos el hallazgo parece promisorio porque, de tratarse en alguno de los casos de una tumba, las reliquias ahí conservadas podrían arrojar luz sobre la estructura social de Teotihuacán, la cual hasta la fecha permanece como uno de los grandes misterios de aquella civilización.
Ahorititita
Una de las cosas que he aprendido en España es que la expresión “ahora mismo” significa “ya”, “sobre la marcha” y “de inmediato”, y así he ido olvidando ciertos modismos de mi tierra que –sin embargo– vienen a significar cuestiones completamente distintas. Es el caso de “ahorititita”, palabra que no necesariamente supone una acción que abarque una expresión de tiempo más breve que “ipso facto”.
Evidentemente, “ahorititita” viene de “ahora”, pero entre “ahora” y “ahorititita” existen “ahorita” y “ahoritita”, dos instancias temporales más bien separadas por horas que por nanosegundos. Por lo tanto, cuando uno se constituye en una ventanilla y el funcionario nos dice muy suelto de huesos: “Ahorititita le atiendo, señor”, más vale montar la tienda de campaña porque la vaina tiene para largo.
Como todo el mundo sabe, el castellano de América propende al diminutivo, de modo que nadie toma cervezas sino “cervecitas”, no se juega fútbol sino “fulbito” y nadie echa polvos sino “polvitos”. No obstante, el diminutivo en América es algo más que una alusión a la brevedad, pues la mayoría de diminutivos connotan cariño, confianza y respeto. Así, a la oficina del profesor universitario a quien se debe pedir una revisión de la nota final del curso hay que entrar con “permisito”, llamarle “doctorcito”, solicitarle un “ratito”, exponerle nuestro “casito”, pedirle dos “puntitos” y despedirse diciendo “adiosito”.
Y es que los diminutivos son la expresión más genuina de eso que en Lima llamamos huachafería y que en España viene a ser lo hortera, pues no hay nada más cursi y rechinante que ese empalagoso proceso de achicamiento del que no se salva ni Dios, porque en Hispanoamérica los ángeles son “angelitos”, la Virgen es “la Virgencita” y Dios es “Diosito”. Y aunque no hay diminutivo de Cristo, la huachafería popular ha acuñado “Papá Lindo”.
Sin embargo, la originalidad de los diminutivos hispanoamericanos consiste en que a veces significan lo contrario y en que son gramaticalmente rocambolescos. Tal es el caso de “ahorititita”, un diminutivo de adverbio que en realidad quiere decir “espera que termine lo que estoy haciendo y cuando tenga tiempo me ocupo de lo tuyo”, pero como es muy feo desentenderse así del personal, uno queda como más diligente si responde “ahorititita”.
Pasa lo mismo con “aquisito”, otro adverbio comprimido que se usa para decir a los incautos que todavía tienen que andar un huevo, aunque siempre quedando de lujo.
Uno había olvidado las acepciones vernáculas de los diminutivos de “ahora”, pues en España “ahora” es “ahora”; es decir, mismamente y no más tarde. Pero en Lima he advertido la importancia que me concedían según me despacharan “ahora”, “ahorita”, “ahoritita” y “ahorititita”. De hecho, no hay nada peor que recibir un relamido: “Espérese un ratitito, señor, que ahorititita lo atiendo”. Obviamente el enfoscado de diminutivos lo reduce a uno a la mínima expresión.
Por lo tanto, “ahorititita” es un diminutivo de adverbio de tiempo lleno de conservantes, pero de
conservantes de tiempo que dilatan la acción por minutos, por horas y hasta por días. “Ahorititita” es una suerte de anestesia semántica que inoculamos a nuestro impaciente interlocutor para que no perciba el transcurrir del tiempo y de paso nuestro ninguneo. “Ahorititita” es un concepto inversamente proporcional a su connotación temporal. “Ahorititita” –en suma– no tiene nada que ver con “ahora”.
Si hay una palabra del acervo de mi tierra que me gustaría introducir en Andalucía, esa palabra es precisamente “ahorititita”, pues es más amable y querendona que la expresión “está reunido”, otro eufemismo del ninguneo.
Teoria del Atomo segun Cantinflas
Cantinflas muriò hace 20 años, el origen del nombre lo describe el tambièn fallecido Carlos Monsivais:
De joven, realizaba una variedad de actos en carpas rodantes, y fue en ellas donde recibió el apodo de Cantinflas; sin embargo, el origen del nombre se pierde en la leyenda. Según un obituario, es un nombre sin significado alguno, que fue inventado a fin de evitar que sus padres se enteraran que trabajaba en el negocio del espectáculo, al que consideraban una ocupación vergonzosa. En otra versión, el ensayista mexicano Carlos Monsiváis cita el legendario origen del discurso del personaje:
De acuerdo a una leyenda con la que él está de acuerdo, el joven Mario Moreno, intimidado por el pánico escénico, una vez en la carpa Ofelia olvidó su monólogo original. Comenzó a decir lo primero que le viene a la mente en una completa emancipación de palabras y frases y lo que sale es una brillante incoherencia. Los asistentes lo atacan con la sintaxis y él se da cuenta: el destino ha puesto en sus manos la característica distintiva, el estilo que es la manipulación del caos. Semanas después, se inventa el nombre que marcará la invención. Alguien, molesto por las frases sin sentido grita: «Cuánto inflas» o «en la cantina inflas», la contracción se crea y se convierte en la prueba del bautismo que el personaje necesita.
Carlos Monsiváis
La palabra Cantinflear està avalada y registrada en el Diccionario por la Real Academia de la Lengua, quizà como todas las palabras o modismos que tienen un uso habitual, tal vez inspirada en el lenguaje habitual de nuestros politicos....¡quien sabe?
El Perro Morao
La educación, como factor de recuperación social
Decía Gabriel Celaya que “la poesía es un arma cargada de futuro”, y en los albores del siglo XXI, cuando esta sociedad ha tocado fondo, y necesita además de lo básico, saber las preguntas y las respuestas, el conocimiento como aprendizaje social se convierte en un arma cargada de liberación.
La docencia es posiblemente la profesión más arriesgada en esta civilización, trabaja con material humano en estado puro o en posición de desaprender. El alumnado es influenciable, cincelable e indefenso, hambriento de conocer los centros de interés marcados por su entorno, su familia y su escuela o universidad.
Tal como nos recordaba Paulo Freire en la Pedagogía del oprimido, “no se trata de una inmersión en la cultura letrada”, que se aprende memorísticamente en los libros, que también, exclusivamente tecnologizada o adaptada al mercado, estamos dando una vuelta más a la tuerca, que consiste en dar herramientas sin oxidar, para poder ser capaces de desenvolverse en un mundo de altísima complejidad, con un gran desinterés por la formación interdisciplinar, cuyos receptores terminan siendo exportados, y con una desinformación codificadora del pensamiento único.
Constatada la teoría de VigostsKy, de que el ser humano ya trae consigo un código genético, pero que se desarrolla en función de su aprendizaje,
cuando interactúa con su medio sociocultural, nos emplaza a involucrarnos para desarrollar una labor docente de facilitadores de dicho proceso.
Por eso, aunque sería un error construir estrategias en base a alarmas sociales, igualmente irresponsables serían las personas si se acomodan a la tolerancia cero frente a la ignorancia, como parte de un pensamiento débil, por eso la quiebra del sistema educativo puede venir de sus demoras para incorporarse a los cambios, agudizándose con las ofensivas, que rayan el escrache, por señalarnos como “adoctrinadores” a quienes tratamos de hacer ciudadanía libre y critica en nuestras aulas.
Pero siguiendo la línea Kantiana, compartiré que la razón educativa debe comprender sus límites y sus posibilidades, no somos los enseñantes salvadores de nadie, pero sí podemos acompañar a los actores de esta sociedad en el recorrido del fracaso o el éxito, porque nadie aprende a andar sin antes haber gateado.
COREA: VESTIGIOS DE GUERRA FRÍA
Juan Miguel Zunzunegui
Algunos camaradas no se han enterado de que el 31 de diciembre de 1991 a media noche la Unión Soviética dejó oficialmente de existir. Para bien o para mal terminó con ello el llamado mundo bipolar, la llamada guerra fría y el enfrentamiento ideológico entre capitalismo y comunismo. Pero en un pequeño rincón del planeta olvidado por el tiempo, llamado Corea del Norte, los camaradas y el Tío Sam siguen en eterno conflicto.
Nuestra historia comienza casi con el siglo XX, en 1905, cuando Japón invadió la Península que se había autodenominado como Imperio de Corea, que había sido parte tradicional del imperio chino. Corea y Manchuria habían sido motivo de conflicto entre Japón, China y el Imperio Ruso, pero estos últimos eran potencias en declive, mientras Japón comenzaba su apogeo industrial y bélico, lo que demostró al ganar una guerra a China en 1895 y otra a Rusia una década después.
Durante el periodo entreguerras y hasta 1942, Japón invadió gran parte del Asia Pacífico, pero fue obligado a retirarse de todo territorio ocupado tras la rendición incondicional de 1945 ante Estados Unidos, después de las bombas atómicas. Esto incluía desde luego a la península coreana…, pero otras dos fuerzas más importantes, e ideológicamente antagonistas, ya habían tomado posesión de la zona y preparaban el escenario de lo que fue la primera paranoia mundial sobre una Tercera Guerra Mundial de carácter nuclear: Estados Unidos y la Unión Soviética.
No hay que olvidar que durante la Segunda Guerra Mundial, la URSS y los Estados Unidos eran aliados en contra de Hitler; una alianza causada por la coyuntura mundial, ya que el distanciamiento ideológico era evidente desde entonces. En 1943 se reunieron los llamados “Tres Grandes”, Churchill, Roosevelt y Stalin, para planear el curso de la guerra en Europa, pero en aquella reunión de Teherán, Stalin también se comprometió con Roosevelt a apoyar a Estados Unidos contra Japón en cuanto los nazis fueran derrotados. En esos tiempos hasta Churchill trataba con deferencia al camarada, pues era el único tenía la posibilidad de derrotar a la máquina de guerra alemana.
En abril de 1945 los soviéticos, los reales ganadores de la Segunda Guerra Mundial, entraron a Berlín, y en mayo las tropas comunistas ya viajaban en el ferrocarril transiberiano rumbo a Vladivostok para entrar a Corea y
atacar a Japón, tal y como habían acordado desde 1943. Pero para ese momento, Harry Truman, presidente tras la muerte de Roosevelt, ya no quería ni necesitaba el apoyo de Stalin, y las dos nuevas potencias ya habían entrado en conflicto por la ocupación de Alemania, y querían evitar que lo ocurrido en Europa se repitiera en el Pacífico.
Lo ocurrido en Europa fue simple; el ejército rojo, en su paso de la frontera soviética a Alemania, ocupó toda la Europa Oriental y Stalin no pretendía retirar sus tropas. Peor aún, al no haber acuerdos sobre Alemania, tanto el Tío Sam como los camaradas ocuparon el país y su capital. Ambos querían una sola Alemania, pero ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre el régimen económico y político, el país derrotado fue dividido.
Las cosas ya estaban así cuando las tropas soviéticas comenzaron a llegar a las costas del Pacífico en junio de 1945. En su camino, el ejército rojo aprovechó para armar a las tropas comunistas rebeldes de Mao Tse Tung, y contactaron también con Kim Il Sung, que era ya un guerrillero comunista coreano que luchaba en China contra la ocupación japonesa. A él y a otros líderes les dio también su apoyo el gobierno soviético al tiempo que las tropas rojas comenzaban a entrar por el norte a la península de Corea. La historia de Alemania amenazaba con repetirse en Asia. Para el 6 de agosto de 1945 las filas soviéticas habían avanzado ya hasta la mitad norte de Corea…, entonces estalló una bomba atómica en Hiroshima...........................
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editorial/264-corea.html
Doce diseños para una nueva Bandera de España: ¿y si fuera como la de Noruega?
En 1785 Carlos III convocó un «concurso» para elegir nuevo pabellón de la Armada, que se confundía con el de otras marinas... con el tiempo se convirtió en la Bandera Nacional

De un trágico percance entre la Armada española y la inglesa surge el origen de los colores de la actual bandera de España que la Constitución de 1978 consagra finalmente (Art. 4.1) como «tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas».
Pero esos colores tan característicos de lo español (rojo y amarillo) bien pudieran haber sido blanco y rojo (parecida a la bandera de Austria ahora), rojo con cruz azul (similar a Noruega) u otro tipo de combinación. Y es que en 1785 se convocó un «concurso» en España para decidir cuál iba a ser el pabellón que se izaría en los buques de guerra españoles, una «lluvia de ideas» que consistía en 12 propuestas de banderas presentadas por el marino Antonio Valdés y Fernández Bazán(4º capitán general de la Real Armada) al Rey Carlos III. También se eligieron propuestas para los pabellones de los buques mercantes.
El origen de ese «concurso» lo encontramos en el trágico percance en la Mar por el cual un buque inglés confundió a un español por otro de nacionalidad diferente (verdadero objetivo militar éste último de la acción inglesa). Y es que en aquellos tiempos todos los países bajo gobierno de la Dinastía de los Borbones -España, Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia- lucían parecido pabellón izado en sus buques de guerra:las armas reales sobre paño blanco, propio de la Casa de Borbón. Solo se distinguía en el escudo de armas y a escasa distancia. Y sin viento era imposible la distinción.
Carlos III decidió poner fin a esa confusión en 1785. Y eligió el primero de los diseños que se le presentaron, «con alguna variación sobre el ancho de las franjas para que pudiera caber el escudo de armas», nos explica Pilar del Campo, responsable del Archivo del Museo Naval, en cuya sala V se exhibe el original del expediente de creación de la Bandera.
«Carlos III insistió en que la faja central fuese el doble que las rojas, ocupando con ello la mitad de la bandera y que sus Armas Reales se redujeran a un castillo y un león, sustituyendo a los mismos acuartelados, que figuraban en el proyecto inicial presentado» (ver foto superior).
Esta bandera, ya muy parecida a la actual de España que consagra la Constitución de 1978, solo se aplicaría a los buques de la Armada. En 1793 se ordenó que este pabellón ondeara también en los puertos y fuertes de la Marina. En 1843, por Real Decreto de 13 de octubre, sancionado por la Reina Isabel II se ordenó que todas las unidades militares españolas utilizaran la misma bandera. Su usó se generalizó en 1908, cuando un Real Decreto estableció la obligatoriedad de que ondeara en todos los edificios públicos en los días de fiesta nacional. De ahí el origen de la bandera española, un origen enraizado en la Historia Militar, más concretamente de la Armada.
Decreto del Rey Carlos III sobre el nuevo pabellón español en buques de guerra (1785)
«Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la bandera nacional de que usa Mi Armada Naval y demás Embarcaciones Españolas,equivocándose a largas distancias ó con vientos calmosos con la de otras Naciones, he resuelto que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de enmedio, amarilla, colocándose en ésta el Escudo de mis Reales Armas, reducido a los dos quarteles de Castilla y León, con la Corona Real encima; y el Gallardete en las mismas tres listas y el Escudo a lo largo, sobre Quadrado amarillo en la parte superior. Y que las demás Embarcaciones usen, sin Escudo, los mismo colores, debiendo ser la lista de enmedio amarilla y del ancho de la tercera parte de la bandera, y cada una de las partes dividida en dos partes iguales encarnada y amarilla alternativamente, todo con arreglo al adjunto diseño. No podrá usarse de otros Pavellones en los Mares del Norte por lo respectivo a Europa hasta el paralelo de Tenerife en el Oceáno, y en el Mediterráneo desde el primero de año de mil setecientos ochenta y seis; en la América Septentrional desde principio de julio siguiente; y en los demás Mares desde primero del año mil setecientos ochenta y siete. Tendréislo entendido para su cumplimiento.
Señalado de mano de S.M. en Aranjuez, a veinte y ocho de Mayo de mil setecientos ochenta y cinco.
A. D. Antonio Valdés. Es copia del Decreto original.
Valdés.»
http://www.abc.es/historia-militar
Billetes
¿Quién inventó el dinero? Dicen que apareció hacia el siglo VII a. d. C., en varios sitios a la vez, allí donde el grado de conocimiento permitía producir metales y acuñar monedas. El papel moneda, sin embargo, es una invención (sinónimos: ficción, artificio, solución...) bastante reciente. En Europa, John Law of Lauriston, un arrojado escocés que aprendió el negocio bancario en Holanda e Italia, obtuvo en 1716 un privilegio de Felipe de Orleans para fundar en Francia una «Banca privada de emisión». Así nació el papel moneda, una orden de pago, o especie de cheque, que se puso en circulación y complació a todos. Hasta que al de Orleans –bastante avaricioso–, se le ocurrió imprimir una cantidad descomunal de aquellos estupendos papelitos, lo que no tardó en provocar la primera y devastadora inflación de la historia. Law terminó sus días exiliado y mísero, como un desdichado delincuente. ¡Qué irónico final para el inventor de los billetes!
La economía es, quizás, la disciplina que estudia las relaciones sentimentales que mantenemos con el dinero. En general, las personas ambicionan tener dinero sin saber muy bien qué es. La gente conocía antiguamente qué cosa era el ganado que le servía para hacer sus trueques; qué eran las conchas preciosas o colmillos de marfil..., cualquier cosa que le valiera de moneda de cambio; aprendía el importe de una moneda de oro, plata, cobre o de hierro (los espartanos las forjaban en ese metal, al que profesaban una gran confianza). Hoy, no sabemos qué simboliza el dinero porque es una abstracción. Nuestra economía no se basa en el valor del papel moneda, sino en la promesa del pago de nuestras deudas. Nuestra cultura está fundada en el préstamo. Hemos edificado todo nuestro progreso contrayendo deudas. ¿Por qué nos extrañamos ahora ante la situación creada...?
Ángela Vallvey/larazon.es






