Apología del cerdo, el animal del que se aprovecha todo

carne de cerdo

Cebón, chancho, chocho, cochinillo, cochino, coche, cuche, cuino, gocho, gorrín, gorrino, gruñete, guarro, lechón, marrano, porquezuelo, puerco, suido, tocino, verraco, verriondo y verrón son solo algunas de las diversas formas de referirse al cerdo en la lengua española. Esta cantidad de sinónimos es, sin duda, reflejo de lo importante que es este gordito animal rosado para nuestra cultura.

No cabe duda que el cerdo es uno de los animales domésticos más útiles para el ser humano. De él se aprovecha todo, desde las orejas hasta las pezuñas. Dicen, además, que es una bestia sumamente inteligente y, de no ser por su forma choncha y chaparrita que le impide voltear al cielo, bien podría ser entrenado como se entrena a los chimpancés.

En muchos ámbitos, el cerdo resulta utilizable y provechoso, como es el caso de la medicina, porque su anatomía es muy similar a la humana. Mucho hemos oído hablar de «injertos de piel de cochino» o de experimentos en los que se utiliza «hipófisis o páncreas de cerdo», por poner solo un ejemplo.

El que se use hasta la última de sus partes no le impide ser vilipendiado. Tan es así que su nombre es adjetivo para definir deleznables cualidades y esto ocurre en gran cantidad de lenguas y países. Las personas sucias no pueden ser sino unas puercas, cochinas o marranas y su casa no es otra cosa que una pocilga, un chiquero o —si se tiene ascendencia española— una zahúrda. Cualquier cosa chueca es una cochinada y quien la hace, un cerdo. Quienes comen sin educación son y siempre serán unos puercos.

Esta valoración no impide que existan casos como el de Butch y Sundance, dos cochinitos ingleses que, tras fugarse del matadero poco antes de ser sacrificados, fueron indultados; o que Suede, uno de los grupos pop más cotizados, encaramase hace algunos años su «We are the pigs» a los primeros puestos de las listas británicas.

Los cuentos y cómics son un caldo de cultivo para los cerdos. Los tres cochinitos es la más divulgada de todas las historias, recogida y reinterpretada por Walt Disney, lo mismo que la canción de Cri-Cri, en donde el más pequeño de los tres era un «cochinito lindo y cortés».

De manera recurrente, los cerdos alcanzan la categoría de héroes, como Miss Piggy, la de los Muppets, o el famosísimo Porky, quien debutó en el lejano 1941 junto al conejo Bugs Bunny con un tartamudeo —original y en el doblaje— que aún hace reír a muchos, y más recientemente Babe, el puerquito valiente. Por su parte, en la publicidad, cada vez más, los medios usan la figura del cerdo para anunciar desde entidades bancarias hasta casas de interés social.

«No era un cerdo, pero casi: Adonis, el mito griego de la belleza más perfecta, murió por las tarascadas de un jabalí, representación de la fealdad. Síntesis de la renovación de la vida, los antiguos griegos representaban al héroe con la contundente cabeza de un puerco salvaje. A mucha distancia de tiempo, espacio y cultura, en la mitología escandinava, el Valhalla narra la existencia del feroz Saerhrimnir, un jabalí que vuelve a la vida para ser cazado por los héroes nórdicos y cumplir los ciclos de la vida. Pero no hace falta irse tan atrás para encontrar a marranos inmortales. En Rebelión en la granja de George Orwell, Napoleón, el cochino, personifica todo lo que de malo y cruel tiene el hombre, y un inolvidable cerdo blanco protagoniza La muerte de la temporada de trufas, un relato de Patricia Highsmith en el que la ignorancia animal de unos seres humanos es controlada por la voluntad de un intrigante puerco.

En Oriente, el cerdo se asocia a los ciclos de la vida y es señal de buenos augurios. La cultura melanesia de Malekula representa a los dioses benignos con largos colmillos blancos, similares al jabalí. Su color blanco y su forma curva es la imagen de la luna creciente, símbolo de la vida tras la muerte. La rueda budista de la existencia representa con el cerdo la ignorancia y su papel es vincular al hombre con el deseo carnal».

Muestra de la evidente preponderancia del puerco en la cultura hispánica son algunos refranes o dichos en los que el choncho hace de las suyas: como aquel de los gallegos que dice: «non haipexecomo o porco» —no hay pescado como el cerdo—, el tan conocido: «no arrojes margaritas a los puercos», el muy atinado de «carne de cochino pide vino», el existencial que dice: «quien nace lechón, muere cochino» y, por último, el muy mexicano: «aquí fue donde la puerca torció el rabo».

Pero lo más preciado de ese verrondo animal es su carne, pieza fundamental de la cultura culinaria de muchos países. En especial, el cerdo es todo un ícono en la cocina española, que mezclada con las cocinas aborígenes de diferentes partes de América, lo heredó a la vida diaria y a la cocina de casi todos los países de Hispanoamérica, entre ellos México.

El cerdo tiene una carne casi blanca —a veces sonrosada— la cual encuentra lugar en casi cualquier preparación; si a esto le sumamos elementos, como las variedades que resultan de procesar su piel, su grasa y las alternativas de preparación, el resultado es una gama muy atractiva de sabores. Algunos más, algunos menos, conviene reconocer la variedad de gustos ofrecidos por el cerdo, de ahí su éxito en el área del mundo no prejuiciada.

Recordemos: el jamón —serrano, sobre todo, o ibérico, mucho mejor—, el lomo de cerdo, la longaniza, las butifarras, las salchichas, las morcillas de cebolla o arroz, la sobrasada, los diferentes chorizos —Cantimpalo, Pamplona, Salamanca—, el tocino ahumado, el tocino blanco y salado, las manitas de cerdo, el lomo, el salami, las carnitas, los tacos al pastor, las chuletas ahumadas, las tortas de pierna, el frijol con puerco, el pozole, los tamales, el chicharrón, el espinazo en verdolagas, las patitas en vinagre, los cueritos, las chalupitas, el pipián, las gorditas de chicharrón, el picadillo, los chiles rellenos, la cochinita pibil y muchas otras delicias hechas de puerco o, en donde él, es el principal protagonista.

Dentro de los innumerables productos porcinos, algunos alcanzan las cotizadas denominaciones de origen, como los jamones de jabugo, evaluados en varios miles de pesos y que tienen una denominación de origen muy específica debido a la estricta crianza de los cerdos, que son alimentados con bellotas, trufas y otras exquisiteces.

Durante la Edad Media, el mundo quedó partido en dos por una especie de telón de cerdo. Del lado de allá, estaban el islam y el judaísmo, que consideraban al cerdo como un animal impuro —siguiendo la tradición bíblica de no comer animales de pezuña dividida—. Del lado de acá, la cristiandad, que veía en el cerdo el animal más sustancioso y útil culinariamente.

No es de extrañar que durante siglos, debido a la Inquisición que promovieron los Reyes Católicos, el añadir un poco de carne de cerdo a una comida sirviera para diferenciar a los cristianos de los musulmanes y judíos. Así, el tocino era como una señal de la cruz gastronómica y un símbolo de «cristiano viejo». Gracias a esto, nació el cocido, que era la adafina judía a la que se añadió carne de puerco —a veces «no hay mal que por bien no venga», nos dice Luis Marcet.

Hay un piropo popular sevillano que data desde aquella época y deja ver qué tan apreciado era el cerdo. Ese piropo se sigue usando en nuestros días y es ése en el que a una mujer bella se le grita: «Estás hecha un cerdo… porque no se te desperdicia nada».

Los cerdos muchas veces han sido señores de la cocina y señores de las calles, ya que deambulaban por todas partes como Pedro por su casa, como aún ahora en algunos barrios de Acapulco, y por culpa de un marranete, el príncipe heredero del rey Luis «El Gordo», de Francia, tropezó y se cayó de su caballo —el infante se rompió la crisma; a partir de entonces se prohibió en París su libre circulación.

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El lenguaje es sexista

Foto autor

 

 

 

El lenguaje es sexista porque se sustenta en la naturaleza de las cosas, en la apreciación de la vida hecha por el ser humano. Y la vida es multiforme y sexuada. El llorado profesor Fernando González Bernáldez, en su indispensable Los paisajes del agua. Terminología popular de los humedales, comenta: “En la palabra charca [frente a charco] puede verse el carácter aumentativo que el femenino tiene en español para muchas palabras (olmo, olma; cántaro, cántara; cesto, cesta; pozo, poza; río, ría) designando variantes generalmente más anchas o ventrudas.”

Francisco Ferrer

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La más macha entre los machos

Contraviniendo las palabras de Chavela Vargas, que, al comienzo de la entrevista sugiere hablar solo de su futuro, la película propone un recorrido cronológico de la vida de la artista

Frida Kahlo y Chavela Vargas.

 

CHAVELA

Dirección: Catherine Gund y Daresha Kyi.

Documental.

Género: biográfico. México, 2017.

Duración: 90 minutos.

De ella escribió el mexicano Carlos Monsivaís que “añadió a la música ranchera la soledad radical, donde la música y las letras alcanzan el nivel de confesión de madrugada y ha sabido expresar la desolación de esas rancheras con la desnudez del blues”. El chileno Pedro Lemebel la inmortalizó en su necrológica como una voz que sigue eterna bolereando la trizadura lésbica de su canto”. Y una carta, quizá apócrifa, de Frida Kahlo la definió como “un regalo que el cielo me envía”. En vida, Chavela Vargas, la costarricense convertida en paradigma de un alma doliente mexicana macerada en dolor y tequila, ya había ingresado en el podio de las leyendas, por una cuestión de genio irrepetible, de identidad resistente a todo intento de domesticación y, también, de esfuerzo propio y personal para construirse una automitología a medida –ahí están esas historias en torno a Kahlo o Ava Gardner-. En Chavela, documental de Catherine Gund y Daresha Kyi, las canciones de la artista –con juegos de rotulación empleados para reforzar el sentido del discurso- y una entrevista inédita realizada en los noventa sirven de hilo conductor en un retrato a varias voces que intenta integrar, en una misma figura, realidad y mito. Las documentalistas no dudan en “imprimir la leyenda”, pero sin que eso anule el hecho.

Contraviniendo las palabras de Chavela Vargas –que, al comienzo de la entrevista, sugiere hablar solo de su futuro-, la película propone un recorrido cronológico desde su transgresora irrupción en la escena de la canción mexicana –donde su singularidad era tolerada como representación- hasta su triunfal resurrección artística, en un discurso que pone justo énfasis a las complicidades que fue encontrando esta fuerza de la naturaleza convertida en agente provocador. El resultado es un completo y responsable retrato de una personalidad creativa realmente única.

JORDI COSTA

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INVESTIGADORA FINLANDESA: “SI TODO SE BASA EN COMPETENCIAS, ¿CÓMO EL ALUMNO APRENDE A COLABORAR?”

Esta fue la contundente pregunta que hizo Eevamaija Vuollo, una profesora finlandesa que ganó el premio a la mejor tesis de magíster sobre educación en Finlandia, durante su visita a las escuelas de Latinoamérica.

 La investigadora  realizó el estudio “Mirar hacia afuera para cambiar hacia adentro” que observa la educación superior de Australia, Canadá, Costa Rica, Finlandia e Inglaterra; países que tienen una educación pública fuerte y logran buenos resultados en mediciones internacionales.

  Vuollo contrastó esos sistemas puntualmente con el de Chile, no con el propósito de que sea copiado, porque es sabido que el éxito de los distintos modelos es implícito a las peculiaridades de cada sociedad. Lo que se busca es mucho más simple: “imaginar otras realidades, puesto que los estudios comparativos permiten tener una visión más amplia de la situación actual de cada país”.

  A partir de este análisis, la investigadora hizo cuatro recomendaciones para Chile y que muy bien podrían seguirse como ejemplo en el resto de los países de Sudamérica.

  La primera: crear un marco de cualificaciones común entre carreras e instituciones, esto garantizaría a cualquier estudiante aprendizajes y habilidades mínimas comunes, independientemente de cuál es su casa de estudios en las diferentes regiones de cada país.

 La segunda: que la educación superior debe ser pública, gratuita y con énfasis en la investigación, de modo que se creen nuevos conocimientos como parte de la labor del profesor en conjunto con sus estudiantes. “Como soy de Finlandia, para mí la educación debe ser gratis, porque no es para el individuo, sino para la sociedad”, explica.

 Y agrega un punto fundamental: “La educación superior tiene un rol clave en el desarrollo del país. Las políticas públicas deberían basarse en investigaciones. Me sorprende que en Chile y otros países de Latinoamérica no se apoye esto a través del sistema de financiamiento”.

  El tercer punto es que las carreras reduzcan su duración y sean más flexibles. En países como Argentina, el desfajase de la realidad entre la cantidad de materias y su duración, hace que muy pocos estudiantes puedan graduarse en los tiempos estipulados. “Hay gente que necesita más tiempo para estudiar y está bien. Pero en otros casos son jóvenes y quizá les interesa tomar cursos de otra facultad o universidad. Hay que darles flexibilidad para que sean buenos profesionales”.

  La última recomendación de Vuollo surge de su sorpresa por el absurdo de la distinción“artificial” entre los títulos técnicos y las licenciaturas. Su propuesta es plantear más colaboración entre las carreras, por ejemplo, que un técnico pueda continuar un posgrado o que puedan tomar ramos entre estudiantes de una carrera técnica y una de orientación más académica.

 La educadora de Finlandia enfatiza dos valores para mejorar el sistema de educación superior:flexibilidad y colaboración, verdaderos pilares que nutren una educación para hacer una sociedad mejor.

  Y se pregunta sobre el resultado de hacerlo de otra forma: “Si en el nivel institucional todo se basa en competencias, ¿cómo podemos pedir que los estudiantes aprendan a colaborar?”

Fuente: 

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Viaje a las entrañas más íntimas de Björk

La cantante islandesa expone una experiencia ‘inmersiva’ marcada por el desamor que transmite en ‘Vulnicura’, su último disco

Aspecto de la muestra 'Björk Digital' en el CCCB.
Aspecto de la muestra ‘Björk Digital’ en el CCCB. SANTIAGO FELIPE REDFERNS

 

En su octavo y último álbum, Vulnicura, de 2015, la cantante Björk apostó por canciones directas a los sentimientos. El disco se convirtió en una “tragedia griega”, en palabras de la propia cantante, a través de la cual quiso transmitir su dolorosa ruptura con el artista estadounidense Matthew Barney tras 13 años de relación. “Adéntrate en el dolor y baila conmigo”, reclamaba en Atom Dance, uno de los mejores temas del disco. Con esta misma idea, la islandesa ha dado un paso más, de una forma más virtual, íntima y sexual, con la exposición Björk Digital, que, tras pasar por ciudades como Tokio, Sydney, Montreal o Londres, ha llegado este miércoles al Centro de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCCB) en el marco del festival Sónar.

La exposición es una invitación inmersiva al lado más humano y doloroso de la artista. Una metáfora orgánica de 360 grados donde la cantante se adentra por su propia laringe, sale de una vulva digital y baila con los visitantes convertida en un cíclope biónico: “La realidad virtual no es solo una continuidad natural del vídeo musical, sino que posee un potencial teatral más profundo, ideal para este viaje emocional”, escribe la cantante para dar la bienvenida a la exposición, que se podrá visitar hasta el 24 de septiembre.

 

Con esta muestra, la artista islandesa estrena su particular “triple” en el Sónar, con colofón final en una sesión de cuatro horas en el SonarHall (Fira de Montjuïc), a partir de las 20.00. Antes, da una charla sobre la relación entre la música y la tecnología, a partir de las 17.30 en el mismo recinto.

Björk Digital es un recorrido de 90 minutos que se inicia con viajes “inmersivos” y que concluye con un repaso a sus primeras colaboraciones audiovisuales en la década de los 90. A través de trabajos digitales y vídeos y utilizando la realidad virtual, la muestra recopila sus últimos trabajos con programadores y artistas como Michel Gondry, Spike Jonze y Nick Thornton Jones, entre otros.

 

El recorrido se inicia con Black Lave, un videoclip que Björk creó por encargo del Museo de Arte Moderno de Nueva York. En una cámara oscura con dos pantallas colocadas de manera frontal y repleta de altavoces, la compositora juega con el sonido y la imagen a través de una experiencia “envolvente”. El visitante permanece en el centro, en medio de una vorágine de sonidos que suenan distintos dependiendo de dónde se sitúe exactamente. Las imágenes también cambian de pantalla a pantalla y en ellas se observa cómo la artista se adentra en un volcán con lava azul.

En Mouth mantra, Björk realiza un viaje laringológico de 360 grados a través de unas gafas virtuales. La islandesa invita al espectador a uno de sus lugares más íntimos y vulnerables: su boca. Por los auriculares suena la canción homónima de Vulnicura. La cámara sube y baja por la laringe hasta acercarse a sus muelas y a su lengua. Para hacer este vídeo, en 2015, la artista se introdujo una pequeña cámara por la garganta.

La última sala de la muestra es Family VR, pieza central de la antología virtual. En ella se muestra a una Björk en tres dimensiones indefensa que pide ayuda para que le curen una herida en forma de vulva que le sobresale del pecho. A través de dispositivos que simulan ser dos manos, el visitante cura a la artista, que acaba empoderada y bailando cara a cara con él.

Por último, la exposición también permite jugar con la app educativa creada para Biophilia, su álbum de 2012. A través de unas tablets, las 10 canciones del disco forman una constelación donde cada canción es una estrella distinta.

CARLOS GARFELLA PALMER

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‘ANDÁBAMOS SIN BUSCARNOS’, LA PELÍCULA DE RAYUELA DE JULIO CORTÁZAR

A 50 años de la publicación de la novela emblemática de Julio Cortázar, por primera vez se intentó su transposición en imágenes. El proyecto se llamó “Del libro al libro”, que parte de un autor, lo traslada a distintas manifestaciones artísticas y luego vuelve al formato libro.

Rayuela nunca fue llevada al cine. Pero sí alguien se atrevió a rendir homenaje a los 50 años de su publicación desde su puesta en imágenes.

   La encargada de la empresa fue Daniela Lozano con su cortometraje Andábamos sin buscarnos, que toma los capítulos 1, 2 y 7 —Del lado de allá— y 93 —De otros lados—, algunos de los que tocan el amor entre Horacio Oliveira y la Maga en Rayuela, y hacia el final alterna con fragmentos de Reino Crepuscular, de Lozano. “Nos interesaba cómo en Rayuela se hablaba de la creación de un nuevo mundo, no sólo en la literatura, sino en las relaciones”, cuenta.

  De entre todas las posibilidades, elige mostrar el amor entre ellos y no el de Talita, Pola o Lilith. “Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige”, escribeCortázar en el capítulo 93. En Andábamos sin buscarnos, en cierto modo a la Maga tampoco se la elige, porque sin ella no hay juego ni posibilidad de ir de la tierra al cielo.

Trailer

 Generación tras generación, la emergencia de ese “mundo Maga” basado en modos, ceremonias y costumbres todavía sigue impactando y ganando adeptos entre los nuevos lectores. Ese lugar de libertad e intuición, menos intelectual, que desconoce el código cultural del clan del Club de la Serpiente y que Oliveira intenta andar para poder generar otra cosa que la Maga ya tiene resuelta desde el principio. Ella está y transcurre. Pero esa no-elección de abordar a la Maga sí conllevó otra elección: ese mundo-recorte de Andábamos sin buscarnos de besos y caricias y encuentros casuales y ligeros en París, se desentiende de los planteos existenciales de Oliveira, del triángulo formado por él, Talita y Traveler, del trasfondo sórdido del amor y no-amor entre ellos, del lado oscuro de esa libertad aparente de la Maga, que acarrea una maternidad de a ratos, atolondrada e inconstante con bebé Rocamadour.

  Y aunque sabemos que las imágenes responden a la Maga y Oliveira y la escritura de Cortázar en la voz de Horacio Peña le devuelven ese aire romántico y nostálgico propio de las lecturas afrancesadas del autor de Rayuela, las escenas nos introducen inevitablemente en una relación tipo soft love que para nada expresa las complejidades del vínculo.

¿Es posible una antipelícula?

En el Cuaderno de Bitácora, justo después del boceto de la habitación en la que transcurriría “La Araña” —capítulo inicial escrito de un tirón y que después eliminaría de la totalidad del libro por la reiteración de hechos—, Cortázar escribió “Novela” y luego encerró la palabra con un círculo. A la página siguiente escribió: “De ningún modo admitir que esto pueda llamarse una novela”. Quizás lo mismo valga para su transposición en imágenes que pueda dar lugar a una película sobre Rayuela.

   “Rayuela no fue concebido como una arquitectura literaria precisa sino como una especie de aproximación desde diferentes ángulos y desde diferentes sentidos que poco a poco fue encontrando su forma” explica Cortázar .

  Mientras escribía su novela (o antinovela, como luego sería caracterizada por los críticos) fue acumulando citas literarias, fragmentos de poemas, anuncios periodísticos, noticias, que no quiso o no pudo dejar afuera de la estructura del libro. “No quería poner todos los elementos al final a modo de apéndice porque nadie los lee. Comprendí que el único sistema viable era crear un sistema de intercalación de esos elementos en la narración novelesca”. Entonces derramó los 155 capítulos en el suelo y armó el paquete dejándose llevar por el azar que es parte de todo juego.


  Pero justamente ese juego que plantea Cortázar con la estructura —que hoy, con los lentes de Internet, se lee como hipertexto— en el cine es más difícil de plantear. No desde el fragmento (que ya fue visto en el cine incontables veces) sino desde la posibilidad de ir para adelante y para atrás, y la elección por parte del espectador de seguir las dos opciones que propone Cortázar en su “Tablero de direcciones” o bucear en cuanta combinación se le venga a la cabeza.  

Para disfrutar

Pero la cuestión no es sólo la forma de Rayuela o su repetición de modo probablemente degradado y estereotipado en su conversión al cine. Para Cortázar, escribir Rayuela respondió a tres motivos fundamentales. El primero fueron las preocupaciones de orden metafísico. “En el fondo, Rayuela es una larga meditación —a través del pensamiento e incluso a través de los actos de un hombre sobre todo— sobre la condición humana, sobre qué es un ser humano en este momento de desarrollo de la humanidad en una sociedad como la sociedad donde se cumple el libro: en Rayuela todo está centrado en el individuo”, explica como lector de sí mismo.
Se trata de las angustias existenciales de los personajes, tratadas desde las propias visiones y experiencias personales de su autor. Por eso Oliveira existe en tanto se opone a la realidad tal como se le aparece.

En Rayuela no había ninguna lección magistral pero había en cambio muchas preguntas que respondían al tipo de angustia típico de una juventud que se interroga también sobre la realidad en la que está creciendo”, afirma. Quizás eso es lo que logra propiamente Cortázar: salir de ese lugar erudito para cuestionar, con esa facilidad que tenía para decir las cosas que uno quisiera decir.

Pero para cuestionar el mundo, Cortázar necesitaba también lidiar con el lenguaje establecido. Por eso, el segundo nivel es idiomático. “¿Cuál es el problema del escritor ahí en su máquina de escribir frente a las únicas armas que tiene, que son las de la escritura, las de las palabras?”, se pregunta. De ahí la desconfianza de Oliveira sobre el modo de decir las cosas (“palabras, perras negras”, las llama). Por eso escribe, por ejemplo: “hodioso Holiveira hampuloso” o mezcla palabras e idiomas. A través de humor, Oliveira mantiene el lenguaje a raya.

Y estos dos niveles son los que llevan directamente al tercero: el lector activo. Un lector cómplice, que puede seguir las disposiciones preestablecidas o construir sus propios itinerarios.

Entonces, si se piensa desde estos tres puntos, hay dos que están centrados de lleno en lo literario. ¿Es posible extrapolar esas apuestas a la literatura como material audiovisual?Según Lozano, en el proyecto Del libro al libro hay algo de esas tres propuestas. “Por un lado, nosotros también nos preguntamos por qué las cosas son como son, estamos en la búsqueda de un nuevo lenguaje —por eso la transposición de lo literario y el cruce entre disciplinas—, y buscamos un lector activo, porque queremos que a partir de un texto pueda buscar y generar otra obra”, resume. Allí es dónde hace coincidir los tres componentes, que por supuesto, trascienden a lo meramente audiovisual.

Un acercamiento sensorial

  Para escribir, Cortázar dibujaba las escenas y las acciones. Por entre ensayos de rayuelas, dibujos ocasionales, narraciones y planteos estructurales, en Cuaderno… también figuran los planos como aproximaciones sensoriales a las locaciones imaginarias en las que Cortázarubicaba a sus personajes y sus relaciones: las habitaciones unidas por un tablón de Traveler y Oliveira, el circo o el manicomio.

En Andábamos sin buscarnos, los bocetos cobran vida en las calles actuales de Buenos Aires que simulan el París de los 60, y vemos exactamente cómo Oliveira encuentra a la Maga, entra en su delgada cintura y ella sonríe sin sorpresa. Así, literal: casi todo el tiempo, las palabras de Cortázar coinciden exactamente con las imágenes. La lucha contra la univocidad de los signos está perdida. Las imágenes inevitablemente cierran las posibilidades.

Pero como el corto nunca se planteó como versión de Rayuela en cine, sino como creación a partir de la novela como homenaje por sus 50 años, se respetan las licencias y el recorte inevitable.
Afortunadamente, en algún lugar de nuestra imaginación todavía perviven los rostros, las siluetas imposibles de la Maga y Oliveira, el mechón de pelo perfectamente derramado sobre la cara de ella, su departamento sucio de remolacha y crema, con el bidet de apoya discos y libros y olor a algodón sucio del bebé Rocamadour mientras el jazz suena de fondo, el amor en gíglico, el alocado encuentro con Berthe Trépat, Talita en el tablón con el paquete de yerba entre Traveler y Horacio, la noche de Oliveira en el manicomio, el itinerario de los hilos tendidos de mueble a mueble, Talita y Oliveira en la morgue, Oliveira mirando a Talita y Traveler en la rayuela del patio desde alguna ventana del manicomio.

 Fuente:  IVANNA SOTO, para Clarín.

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20 CUENTOS DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ PARA LEER EN LÍNEA

El Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, además de sus grandes novelas ha desarrollado una maravillosa labor en el cuento.

  Su primer cuento, La tercera resignación, fue publicado en 1947 en un periódico liberal de Bogotá llamado El Espectador. Un año después, empezó su trabajo de periodismo para el mismo periódico. Sus primeros trabajos eran todos cuentos publicados en el mismo periódico desde 1947 hasta 1952. Durante estos años publicó un total de quince cuentos.

 

Aquí 20 Cuentos de Gabriel García Márquez para leer en línea.

1-. Ojos de perro azul
2-. La mujer que llegaba a las seis
3-. El ahogado más hermoso del mundo
4-. La viudad de Montiel
5-. Sólo vine a hablar por teléfono
6-. La tercera resignación

7-. Un día de estos
8-. El rastro de tu sangre en la nieve
9-. Diálogo del espejo
10-. El avión de la bella durmiente

11-. Tramontana
12-. Un señor muy viejo con unas alas enormes
13-. Espantos de agosto
14-. El drama del desencantado
15-. La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada
16-. La siesta del martes
17-. Amargura para tres sonámbulos
18-. Rosas artificiales
19-. La prodigiosa tarde de Baltazar
20-. Muerte constante más allá del amor

 

Fuente: Ortografía y Literatura

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¿EZKRIVES HACI O ESCRIBES ASÍ? ¿REALMENTE HAY DIFERENCIA?

¿Eres de las personas a las que le sangran cuando bes ke la jente ezkrive haci? ¿Tu primer impulso es insultarlos… corregirlos antes de que sigan causando daño a nuestro idioma? Pues bien, reprime tus impulsos, pues esto es algo que debes evitar y aquí te explicaremos por qué.

      El lenguaje humano se divide fundamentalmente de dos formas: la lengua y el habla. La primera es el conjunto de posibilidades expresivas de un individuo, es el marco general lingüístico y sus reglas, al que nosotros llamamos idioma. 

  La segunda en cambio, es la realización específica de una lengua, que se puede dar al nivel de una región o un grupo social o simplemente al nivel de un individuo. El habla es, para decirlo de una manera más simple, una forma de hablar en particular, dentro del marco general de la lengua.

   Esta es la razón de por qué cada persona habla diferente, y de por qué existen, en todos los idiomas, diferentes lunfardos, jergas o dialectos: la lengua en su ejercicio cotidiano que es el habla, se altera constantemente. Y esto es porque cada persona habla diferente ya que del inmenso abanico de posibilidades que ofrece el español, sólo escoge las que considera más útiles dentro del contexto en que se está comunicando. 

  Nadie jamás llega y saluda diciendo: “Salutaciones, mi muy respetable amigo, ¿cómo se halla su ánimo en esta cautivante víspera?”. No al menos en este siglo.
La variante, mucho más real para iniciar una conversación con un amigo, sería un simple: “Hola”, porque con eso basta para abrir el canal de comunicación. Aunque si se encuentra frente a una figura de autoridad o en un ámbito más formal, quizá cambie el “hola” por un más formal “buenas tardes” y tal vez usará el reverencial “usted” en lugar de “”.

     Pero esto no acaba aquí. A este uso se le llama norma, o sea, las formas determinadas por el grupo social al que pertenecemos. Las instituciones lingüísticas tienen esa labor, recogen y describen normas para compartirlas con los hablantes. 

  La ortografía y la gramática son un ejemplo, no todos las conocen porque dentro de su contexto nunca ha sido relevante, pero es importante aprenderlas porque nutre nuestras expresiones y podemos cambiar de registro lingüístico sin tropiezos ni errores. Una vez que dominemos estas normas, podemos alterarlas para dar riqueza a los discursos; un ejemplo sería el lenguaje literario que suele modificar significados, sintaxis y hasta crea nuevas palabras.

      ¿Entonces debemos corregirlos o no, señora RAE? 

  La respuesta es simple: Depende del contexto.

  Lo primero que debes atender es que, así como hay momentos en los cuales te diriges a otras personas con las que ya tienes cierta confianza y en otros no, también ocurre lo mismo en la escritura. No es lo mismo escribir una carta solicitando un empleo que escribir un saludo en Whatsapp.

 En el primer caso definitivamente deberías usar los dos signos de interrogación, pero en el segundo, por influjo del inglés, escribirás el de cierre nada más. Es decir, esos errores como preferir el espacio a la coma, no poner puntos, el uso de emojis u otras pueden deberse únicamente al contexto o porque ya conocen las normas y prefieren no seguirlas conscientemente. Sin embargo, si el contexto es mucho más serio, entonces sí deben hacerse los comentarios pertinentes.

  En el segundo ejemplo, si te dedicas a corregir tajantemente a alguien porque desconoce o deja de lado las normas, porque no ha podido asirlas e integrarlas a su habla, él sentirá la corrección como un insulto y no como una ayuda. A nadie le gustaría que un desconocido llegara calificando como pésima nuestra manera de vestir y nos instara a consultar revistas de moda; o que nuestra manera de cocinar sería mejor si siguiéramos las reglas de los mejores chefs, ¿verdad? 

  Lo mismo ocurre con la escritura, el reto para los que conocen a la perfección las normas es guiar a aquéllos que no, pero de manera respetuosa y educada. Así demostraríamos que, en efecto, conocemos tan bien las normas que podemos ablar azí :v y hablar así, con el fin de ayudar a otros.

Fuente: Conocer te cambia la vida, por Tonatiuh Higareda
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El ritual del mate, por un uruguayo

ritual del mate

Conozco el mate desde antes de nacer: mis padres son uruguayos muy asiduos a esta bebida, matear siempre fue una forma de acercarse —junto con los asados de carne y el correo— un poco más al país que los exilió. Mis abuelos maternos lo consumían a diario y, aunque no lo recuerdo, hay fotos que lo atestiguan.

El mate sigue rondando mi vida. Hoy, sentado en la plazuela de Montevideo, disfruto cebar y es parte fundamental de mi existencia. Quienes lo toman seguramente coincidirán en que matear es una experiencia espiritual, aunque, para no exagerar, solo se puede decir que es una bebida que ha acompañado a los uruguayos, argentinos y paraguayos desde hace cientos de años, desde antes de la Conquista y, por supuesto, mucho antes del comercio —gracias al cual, hoy en día se puede conseguir «yerba»- en todos lados.

Yerba quéchua

Mate viene del vocablo quechua mati, que quiere decir «calabacita». Los españoles lo usaron para referirse a lo que los guaraníes —aborígenes de lo que hoy es Paraguay— llamaban caiguá —de káa, que significa «yerba», [1] y agua o -gua, un sufijo de procedencia, de modo que caiguá quiere decir: «lo que pertenece a la yerba» o, lo que es lo mismo, «de la yerba».

Por esta confusión, los conquistadores asignaron el nombre mate a la bebida elaborada a partir de la yerba, producto de su infusión. La calabaza utilizada, es decir, el mati, es el fruto de la Lagenaria vulgares, una planta trepadora característica del Cono Sur que se cultivaba para usar sus frutos secos como vasijas, muy parecidas al guaje mexicano. De este recipiente sorbían la infusión con una cañita o bombilla en principio llamada tacuarí, en cuyo extremo se colocaba una semilla ahuecada que serbia de filtro.

En tiempos de la Conquista, la Iglesia Católica prohibió su consumo por considerarla una yerba propia del demonio. Debido al desconocimiento propio de los colonizadores, al mate se le atribuían propiedades estimulantes —incluso, lo tachaban de ser una infusión que usaban los indios para resistir más que ellos—. Y cierto es que las tiene, pero no mayores a las del café o el té. Su sabor amargo proviene de los taninos, la espuma de los glucósidos, así como la acción estimulante de la cafeína. De modo que quienes cebamos mate lo hacemos con todo el conocimiento de su particular sabor, consecuencias sobre el sistema nervioso y original forma de tomarlo.

En su novela Rayuela, Julio Cortázar muestra la manera de cebar mate a través de Horacio Oliveira y La Maga. El autor no se toma el tiempo de definirlo ni de contarnos su historia, simplemente lo retrata como el elemento que acompaña las mañanas, tardes y noches de interminables pláticas de Oliveira con su amante en el París de los años 60.

Termo, mate, yerba, bombilla,[2] galletas, queso y un repasador —trapo— en el bodegón[3] conforman la clásica escena que enmarca el mateo. Claro, si se es uruguayo, porque si se es argentino, chileno, paraguayo o brasileño, es seguro que la escena se transformará —aunque, en el caso de los argentinos, solo cambia en la «pava», es decir, el recipiente de metal en que se matea.

El ritual

El mate siempre se comparte, es una forma de ritual de interacción —aprovechando la sociología— conocida como mateada. Usualmente se bebe en familia, pero también se hace en el trabajo, en la calle… o donde la ocasión lo permita.

Existen muchos tipos de mates y formas de tomarlo: la versión dulce —de fruta o mezclado con azúcar—, con café o simplemente cocido. Y aunque puede haber otras formas que desconozco es poco probable que así sea, pues sus consumidores parecen ser poco creativos y aventureros para las mezclas.

La yerba se pone en el mate con agua caliente, se ceba —o se sirve— y se bebe con ayuda de la bombilla. Su sabor amargo es lo característico.

Como todo ritual, tomar mate tiene sus normas, por ejemplo: siempre que le pasen un mate, simplemente debe aceptarlo; si al recibirlo dice «gracias» —como sería costumbre en México—, para la siguiente ronda no le tocará turno.

Se dice que el mate se debe circular a la derecha y que el que ceba será el mismo para toda la ronda. Si alguien se «cuelga» con el mate, seguro escuchará: «¡Qué! ¿Le estás enseñando a hablar?» Sin duda, debe de haber infinidad de prácticas más, pero esta es la más común en Uruguay.

Una persona que participe en dos rondas de mate diarias tomaría al año 14 gramos de cafeína, pues cada kilo de yerba contiene, aproximadamente, 2.5 gramos; casi lo mismo que el kilo de café, que contiene 2.6 gramos.

Uruguay es porcentualmente el mayor consumidor de mate en el mundo. Aquí la tradición de tomarlo se considera un factor de identidad nacional, como también lo es para los argentinos. Si bien no es el principal productor de yerba, la importa para luego repartir casi 200 mil kilos a los uruguayos dispersos por todo el globo terráqueo.

El antropólogo uruguayo Daniel Vidart opina lo siguiente: «Tras el ademán litúrgico de preparar, cebar y tomar mate hay una concepción del mundo y de la vida […] el mate vence las tendencias aislacionistas del criollo […] empareja las clases sociales […] Y en todos los tiempos fue el mate el que hizo la rueda y no la rueda la que trajo al mate».

[1]Yerba, escrita con y, es la manera en que los argentinos de Río de la Plata designan a la planta con la que preparan el mate, mientras que hierba designa cualquier planta pequeña de tallo tierno.

[2]La bombilla es el «popote» mediante el cual se bebe el mate.

[3]Es decir, el sitio donde se sirve de comer.

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Publican cien años después la novela con la que Tolkien superó la guerra

«Beren y Lúthien» es una historia de amor recordada en la lápida de la tumba del autor de «El señor de los anillos»

El escritor J.R.R. Tolkien, autor de «El señor de los anillos»
El escritor J.R.R. Tolkien, autor de «El señor de los anillos» – AP

 

John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) es el mago inglés que publicó en 1954 «El señor de los anillos», del que se han vendido 150 millones de ejemplares y cuya taquillera saga cinematográfica ganó once premios Oscar. Pero cuando se llega a su biografía suele despacharse con que fue la aburrida vida de un profesor burgués, católico, felizmente casado y padre de cuatro hijos. Un lingüista superdotado, que se divertía inventando idiomas, cuya mayor aventura era divagar con su amigo C.S. Lewis en un pub de Oxford ante unas buenas pintas.

Portada del nuevo libro de Tolkien
Portada del nuevo libro de Tolkien

 

Pero la vida de Tolkien, que murió con 81 años, contiene pasajes más azarosos. Nació en Sudáfrica, donde estaba destinado su padre, un inglés empleado de banca. Allí le picó una araña (las odiaba) y allí murió su progenitor por unas fiebres cuando él solo tenía tres años y se encontraba con su madre y su hermano pasando una estancia en Inglaterra. Luego falleció también su progenitora y quedó al cargo del padre, Francis Xavier Morgan, un sacerdote católico, mitad español mitad galés, al que consideraba su segundo padre.

Además de ser un huérfano que logró salir adelante, Tolkien participó en uno de los hechos más espantosos de la historia de la humanidad: la ofensiva del Somme en Francia, en la que murieron un millón de soldados entre el 1 de julio y el 18 de noviembre de 1916. Fue el epítome de la barbarie de la cruel guerra de trincheras, impulsada por unos imperios decadentes que inmolaron toda a una generación de jóvenes.

El soldado Tolkien

 

Tolkien resultó un soldado reticente. «Tengo demasiada imaginación y poco valor físico», reconocía. Cuando se declaró la guerra y los chicos se alistaban en oleadas embriagados por los fervores nacionalistas, él se escabulló pretextando sus ocupaciones estudiantiles, para oprobio de algunos de sus familiares. Recién casado y a punto de terminar su carrera, no se alistó hasta aprobar sus exámenes finales en julio de 1915.

Tolkien, como soldado
Tolkien, como soldado

 

A comienzos de julio de 1916 llegó al frente del río Somme como teniente en los Fusileros de Lancashire y retornó a Inglaterra el 27 de octubre siguiente, enfermo de lo que se llamaba «la fiebre de las trincheras», provocada por los piojos que proliferaban en aquellos estancamientos insalubres, húmedos y terrosos. Fue licenciado por mala salud y enviado a casa. Su fragilidad lo salvó de una carnicería, en la que nada más llegar perdió a dos de sus mejores amigos. Su batallón quedó prácticamente aniquilado. Más tarde contó que cuando se despidió de su mujer, Edith, sabía que iba a un matadero: «Mataban a jóvenes oficiales a docenas por minuto. Separarme de ella era como ir a la muerte».

Tolkien, que por entonces gastaba bigote castrense, volvió a casa destrozado. Se pasó el invierno de 1916 convaleciendo. «Allí había visto morir a sus amigos. Su interior debía estar tan roto como su físico», ha explicado uno de sus biógrafos, John Garth, a la BBC. En el barrizal de las trincheras, Tolkien, de familia de clase media que llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII, simpatizó con unas clases bajas que apenas conocía. Los soldados rasos, apodados los Tommy, son la pasta que compone a sus estoicos hobbits.

Demonios bélicos

Para exorcizar los demonios bélicos, Tolkien escribió un cuento de amor y prueba, «Beren y Lúthien», publicado hoy en el Reino Unido, cien años después de salir de su pluma. La historia ya se relata en el «Silmarillion», el largo y complejo libro tolkiniano que viene a ser como su biblia de la Tierra Media. Pero ahora su hijo Christopher, de 92 años, pone al alcance del público la versión primigenia, en una edición en la que además la compara con las revisiones posteriores, pues Tolkien volvió al asunto incluso con un poema en verso. El libro, editado por HarperCollins, cuenta con ilustraciones de Alan Lee, que ya trabajó con Peter Jackson en las películas de «El Señor de los Anillos».

Una de las ilustraciones de Alan Lee
Una de las ilustraciones de Alan Lee– ALAN LEE

 

Beren es un hombre, un mortal, y Lúthien es una elfo inmortal, que por lo tanto le queda grande. El padre de ella está en contra de la relación y somete a Beren a una prueba: solo podrán unirse si logran robar una joya al más temible de los diablos, Melkor, también conocido como Morgoth.

Edith Mary Bratt, la mujer de Tolkien
Edith Mary Bratt, la mujer de Tolkien– ABC

La importancia que tenía esta historia para Tolkien radica en que era un trasunto de su amor por su mujer, Edith Mary Bratt, con la que se casó en marzo de 1916 tras un complicado noviazgo. Durante tres años no pudo verla por orden de su preceptor, el cura católico de sangre española, que rechazaba su relación con una mujer protestante y tres años mayor que él. El sacerdote le impuso que se centrase en sus estudios y rompiese toda relación con ella hasta cumplir los 21 años. Tolkien obedeció. Ni una carta. Pero nada más alcanzar los 21 le pidió su mano. Edith ya estaba comprometida, anillo incluido, pero logró hacerla cambiar de opinión, en una memorable y extraña petición de mano a la sombre de un viaducto ferroviario.

Tolkien creía que él era el Beren de su historia y Edith, la elfo Lúthien. La prueba de ello todavía puede verse en el cementerio de Wolvercote, en Oxford, donde marido y mujer reposan juntos bajo una lápida donde aparecen grabados sus nombres de la Tierra Media: Beren y Lúthien.

Amante de los árboles y el verde, Tolkien recordaba como una epifanía un paseo con Edith por un bosque de East Yorkshire, en el que al llegar a un claro ella se soltó a bailar sobre un prado pintado de flores blancas. «En aquel momento sintió una especia de alegría que antes había sentido, pero que ya nunca volvió a sentir», explica el biógrafo John Garth. Y es que después vino el Somme. La sombra de Mordor que ya nunca lo dejó, ni siquiera en la placidez de sus pipas y sus libros. Edith murió dos años antes que su marido y se convirtió al catolicismo a petición de él y un tanto a regañadientes.

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