Pueblo

Llamar así al conjunto de los ciudadanos no es pecado, es una licencia poética o sea dudosa retórica

Manifestación en Terrassa en las protestas del 3 de octubre.Manifestación en Terrassa en las protestas del 3 de octubre. CRISTOBAL CASTRO

Juan Ramón Jiménez pidió a la intelijencia (con jota, como prefería) el nombre exacto de las cosas. En efecto, es malo ignorarlos o utilizar muy convencidos la voz equivocada. A veces el error es risible (como llamar “hacer el amor” a follar) pero otras puede resultar peligroso, letal. Por triste ejemplo, creer que pueblo es la mejor denominación para el cuerpo político activo en una democracia. Porque esa palabra parece exigir una homogeneidad entre los miembros del colectivo, una identidad moral y quizá étnica que los determina y a la vez excluye a quienes no deben pretender mezclarse con ellos. El pueblo es un nosotrosque equivale siempre y primordialmente a un “no-a-otros”. Invocar al pueblo, conjurarlo en la noche de Walpurgis del nacionalismo, proclamar su infalibilidad y a la vez su pureza frecuentemente traicionada, es utilizarlo como un biombo tras el cual arrinconar bien tapaditos a los ciudadanos, cada cual dueño de la gestión de sí mismo y no obligado a parecerse por decreto a los demás. Por detrás del biombo (chino, preferentemente, como las urnas catalanas), asoma de vez en cuando irreverente la testa despeinada y sudorosa de algún ciudadano: un enemigo del pueblo, quién se atrevería a dudarlo… La solución ya la dio hace tiempo la Reina de Corazones de Lewis Carroll: “¡Qué le corten la cabeza!”.

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Diván

Hablar de uno mismo es a veces es el mejor refugio frente a una actualidad demasiado contaminante y de la que nadie que se meta a fondo sale incólume

Estudio de Sigmund Freud con el diván cubierto con una alfombra en primer plano, en su casa de Londres.
Estudio de Sigmund Freud con el diván cubierto con una alfombra en primer plano, en su casa de Londres.

 

En la búsqueda a veces angustiosa del tema nuestro de cada día, los columnistas tenemos siempre a mano la tentación más gratificante para quien firma y menos para quien lee: hablar de uno mismo. Esas confidencias nos dan un íntimo contento narcisista aunque su interés sea más que dudoso: para hacer un relato del yo que merezca la pena hay que ser por lo menos Montaigne y no suele ser el caso. Pero en cambio tiene la ventaja de que en ese terreno nos sentimos por fin seguros. Sobre cualquier otro asunto pueden discutirme mi competencia, pero cuando hablo de mí… Precisamente esa invulnerabilidad hace la cuestión tediosa. Sin embargo, a veces es el mejor refugio frente a una actualidad demasiado contaminante y de la que nadie que se meta a fondo sale incólume. En caso de asedio planto el pendón de mi yo (como según Ortega hacía Unamuno en los debates) y que los demás sigan con sus banderías… y sus banderillas, a menudo de fuego.

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Circo

Allá en lo alto tenía A Pinito del Oro por invulnerable, refulgente y hermosa, el hada de las cimas

La trapecista María Cristina del Pino Segura, conocida como Pinito del Oro.
La trapecista María Cristina del Pino Segura, conocida como Pinito del Oro. EFE

 

Soy uno de los huérfanos que dejó Pinito del Oro, la reina del trapecio. Ya no quedaremos muchos de los que la vimos en su primera época, cuando comenzó la leyenda que jamás palideció. He ido mucho al circo, como casi todos los niños de la época anterior a los “payasos de la tele”… y a la tele. Pero siempre tuve reservas contra ese espectáculo que sin embargo forma parte imborrable de la primera edición de mi espíritu. Desde muy pequeño, el circo me ha dejado siempre algo triste. Un mundo mágico a cuyo esplendor se le despegaban las lentejuelas y que abundaba en serrín con olor a orines… La gente del circo —payasos, volatineros, ilusionistas, funámbulos, amazonas de corta faldita almidonada…— se me hacía que nos pedía ayuda, que ansiaba ser rescatada. Yo no iba a la carpa sonora de músicas siempre idénticas que me encantaban para disfrutar de sus gracias y habilidades: yo iba a ver las fieras. Con suerte, me tocaba una localidad cerca del pasadizo enrejado por donde leones y tigres trotaban sigilosos hasta la gran jaula central. Allí les esperaba Ángel Cristo, redentor y mártir de bestias feroces… Su exilio es el final del circo y el comienzo de la cursilada soleil

En cambio, no me impresionaba la intrepidez de Pinito. ¿El triple salto mortal sin red? ¿Por qué no? Yo la consideraba tan incapaz de equivocarse en sus ejercicios como mi madre al escogerme la ropa que debía llevar al colegio cada mañana. Allá en lo alto la tenía por invulnerable, refulgente y hermosa, el hada de las cimas… La niñez vuela más arriba de cualquier trapecio. Luego se aprende el riesgo del vértigo, lo inevitable de la caída hasta para el más prudente, el mérito de estar en el vacío con un pie sobre la barra y los brazos en alto, esperando que la orquesta haga “¡tachán!”…

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Mandamiento

Una Cataluña sumisa y humillada debe ser mucho peor que una cívicamente rota, empobrecida, intolerante y reprobada

Protesta independentista ante el Palau de la Generalitat el pasado miércoles.
Protesta independentista ante el Palau de la Generalitat el pasado miércoles. MANU FERNÁNDEZ AP PHOTO

 

El primero: no humillarás. Los mismos que durante dos décadas no vieron especial peligro de ello en la inmersión lingüística, la manipulación de los textos educativos, el casi risible sectarismo antiespañol de TV3, el ofuscamiento de los símbolos del Estado, las pitadas al Rey, etcétera, están hoy muy alerta ante la amenaza que supone aplicar el artículo 155. ¡Cuidado con los abusos! ¡Se ha despertado ese endriago infernal, el nacionalismo español! Es pecado mencionar los lúgubres precedentes de anteriores aventuras separatistas. Y nada de cárcel, ni del mínimo menoscabo de unas instituciones de autogobierno que han sido utilizadas de modo impropio y torticero, hasta provocar la división entre los catalanes y la crisis más grave en España desde el comienzo de la democracia. “¡Quieren una Cataluña sumisa y humillada!”, clama Puigdemont. Lo cual debe de ser mucho peor que una Cataluña cívicamente rota y empobrecida, intolerante con su amplísima disidencia interna, reprobada por los representantes de la Europa unida que quiere seguir estándolo, mintiendo a diestro y siniestro para justificar lo injustificable. Pues nada, antes muerta que humillada, qué se habrá creído Rajoy, violento y franquista. En fin…

Humillar a alguien es someterle a la arbitrariedad, no al cumplimiento de la ley. Al contrario: según Hegel, si no se castiga legalmente al delincuente se le humilla, porque se le trata como si no fuera humano, es decir, responsable. Y desde luego se humilla al resto de los ciudadanos que cumplen las leyes para asegurar sus libertades. Claro que no se debe ir más allá de la legalidad: por ejemplo, condenando a los maestros que enseñan a los niños a detestar y perseguir a algunos de sus conciudadanos a limpiar letrinas con la lengua. Eso solo pueden quererlo los energúmenos… como, por ejemplo, yo.

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Maníacos

Todos somos, a escala mayor o menor, maniáticos. Nada de malo hay en ello, aunque ciertas manías son mas perturbadoras que otras

Maníacos

José Gaos pensó que las dos exclusivas que caracterizan al hombre son la mano y el tiempo. Otros dijeron que la palabra y algunos que la risa o, mejor, la sonrisa. Probablemente los más acertados son quienes sostienen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces —tirando por lo bajo— en la misma piedra… A mí me parece que lo propio del ser humano es tener manías. Nuestras manías son como pequeñas religiones privadas, cultos íntimos con los que tratamos de contrarrestar la permanente amenaza del azar y el desparrame de la vida, incontrolable. Inexplicables pero fijas, las manías son lo más nuestro de lo nuestro. Para poder convivir pacíficamente con alguien, mucho más importante que compartir ideas políticas o gustos gastronómicos es tolerar sin reproches sus manías…

Todos somos, a escala mayor o menor, maniáticos. Nada de malo hay en ello, aunque ciertas manías son más perturbadoras que otras. Lo temible son los maniacos, o sea, los maniáticos empeñados en imponer sus manías a los demás, convertidas en dogma, adornadas con virtudes irrenunciables y transformadas en moral. Aún más, en superioridad moral. Hoy pululan por las redes sociales, intimidando a muchos. Están los maniacos clásicos, racistas, fanáticos religiosos (o anti), separatistas… pero además los de nuevo cuño, las feministas convencidas de la culpabilidad predeterminada de los varones, en cualquier conflicto o hasta en su forma de sentarse, y los más severos aunque risibles de todos, los animalistas, inventores de una moral surrealista en que solo puede haber animales inocentes y humanos culpables. Quien se burla de sus odios comete delito… de odio. No tomemos en broma a los maniacos, son influyentes y se encargan a través de la web de repartir los certificados de buena conducta que antes expedía la policía franquista…

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¿Valores compartidos…o partidos?

Los golpes de pecho no sirven de mucho ante unos fanáticos que saben más de explosivos que de historia. No parece infundado suponer que en el Islam hay rasgos ideológicos poco aptos para aceptar los valores de las democracias occidentales

¿Valores compartidos...o partidos?
NICOLÁS AZNÁREZ

En los días posteriores a los atentados terroristas de Cataluña, hemos oído diversas jaculatorias que constituían una buena ilustración del dicho popular “dime de qué presumes y te diré lo que te falta”. Muertos de miedo (y no sin razón, porque lo contrario sería estar loco) hemos gritado con voz aflautada “¡no tenemos miedo!”; también se ha elogiado mucho “la unidad de los demócratas”, mientras cada cual se subía a su mata de cizaña; no han faltado los homenajes a la eficacia los Mossos d’Esquadra precisamente el día que menos la demostraron, aunque no lo hicieron mucho peor que otras policías europeas más famosas; y por supuesto se aseguró que nuestros valores comunes —“occidentales”, añaden algunos más audaces— serían defendidos a capa y espada contra quienes quieren derrocarlos. A mí son estos valores lo que me intriga especialmente. ¿Cuáles son? ¿En qué se diferencian para mejor de otros ajenos? ¿Realmente los compartimos desde el fondo de nuestra convicción o son como esos principios que Groucho estaba dispuesto a cambiar si veía que no le gustaban a su vecino más quisquilloso? Hum, ejem…

 

A pesar de las diferencias evidentes entre los usos culturales, hay ciertos valores efectivamente universales en el terreno moral aunque en cada lugar y tiempo los legitimen a su manera: en ninguna sociedad se ha apreciado más la mentira que la verdad, la cobardía que el coraje, la avaricia que la generosidad, el abuso contra los pequeños que su protección… en una palabra, lo que debilita y compromete los vínculos sociales —o sea, humanos— frente a lo que los refuerza. Varía la extensión del campo en el que estos principios se aplican (de la estrechez de la tribu hasta la anchura total del universo, que es la aportación revolucionaria de estoicos y cristianos) pero lo recomendado no cambia mucho. Los hombres, desde que lo fueron, no han necesitado saber qué era el humanismo para portarse con humanidad con aquellos a los que han tenido por semejantes. Y las religiones no son las inventoras de estos preceptos, aunque han contribuido por lo general a extenderlos y reforzarlos. Pero también han buscado a veces motivos sublimes para darlos de lado y olvidar lo humano en nombre de lo sobrehumano, que suele ser disfraz de lo inhumano. Quizá Richard Dawkins exagera de nuevo, como suele, cuando afirma: “Las personas buenas hacen cosas buenas y las personas malas hacen cosas malas; pero para que personas buenas hagan cosas malas se necesitan las religiones…”. Yo más bien tiendo a creer que la religión es como el alcohol, que a unos les sienta bien y les hace más cordiales y tiernos, mientras que convierte a otros en brutos repelentes.

En cualquier caso, cuando hablamos de “nuestros valores” no nos referimos a las virtudes morales que individualmente podemos compartir con nuestros congéneres de cualquier lugar del mundo, aunque difieran los usos y costumbres que supersticiosos de todas partes consideran éticamente relevantes. Ni tampoco, aún menos los “buenos sentimientos” y la abnegación por los nuestros, que compartimos incluso con muchos animales. Los valores a los que nos referimos son cívicos y sociales, se refieren a los principios democráticos sobre los que se fundan nuestras instituciones: la igualdad de los ciudadanos ante las leyes, que han sido creadas por ellos mismos y pueden también ser modificadas por ellos; la libertad de cada uno para buscar su propia excelencia a su modo y manera dentro de la ley, sin la obligación de parecerse a los demás ni temer diferenciarse de ellos en tal o cual aspecto circunstancial; la educación y la protección social para todos, que debe resguardarnos de la tiranía de la miseria; la elección de los gobernantes por vías claramente establecidas y su revocación del mismo modo llegado el caso; la consideración de que el orden estatal está al servicio de los ciudadanos y no estos sometidos al servicio de aquel; el aprecio común por los aspectos lúdicos y embellecedores de la vida, artes, juegos, poesía y también por el desarrollo racional de los conocimientos que aumentan técnicamente nuestras capacidades y nos permiten profundizar el sentido de la existencia, etcétera… Con alguna puesta a punto modernizadora, el discurso fúnebre de Pericles transcrito —o inventado— por Tucídides sigue siendo un buen prontuario de nuestros valores.

Desde luego, no son referencias ideales que todas las culturas compartan. Pero tampoco todas las que no las comparten están activamente alzados contra ellas, aunque oscuramente sepan que guardan un principio subversivo contra los absolutismos, las teocracias y los tradicionalismos intocables que jerarquizan a los que viven juntos en castas infranqueables. Los países democráticos pueden intentar fomentar movimientos políticos semejantes a los nuestros en otros lugares pero las libertades no deben imponerse manu militari so pena de suscitar una falsa e hipócrita adhesión que a veces es peor que el franco rechazo. A menudo en estos días oímos aterradas palinodias sobre nuestro mal comportamiento imperial en el pasado inmediato para justificar los ataques terroristas que padecen nuestras capitales. Francamente, creo que los actos de contrición y los golpes de pecho resuelven poco cuando nos enfrentamos a un movimiento fanático y criminal que sabe más del manejo de explosivos que de historia. Tampoco parece que todo dependa del rechazo o la falta de oportunidades que encuentran precisamente los musulmanes en nuestras sociedades, las más inclusivas que ha habido nunca. Otros grupos étnicos aún más remotos, como los orientales, no han tenido tantas dificultades para integrarse ni se han convertido en enemigos de la convivencia: ¿han visto ustedes alguna vez a un chino o un coreano pidiendo limosna en una esquina o viviendo de la asistencia pública? No parece infundado suponer que en la religión musulmana se dan rasgos ideológicos especialmente poco aptos para aceptar los valores de las democracias occidentales, aunque en ese terreno simbólico siempre se puede esperar giros interpretativos que acaben por reconciliar lo en apariencia irreconciliable. Siento una especial simpatía por tantas personas que viven en países de mayoría islámica y sometidos a sus dogmas en apariencia, aunque sean tan escasamente religiosos como lo somos la mayoría de nosotros. A quien desee pensar esos asuntos sin ñoñerías, les recomiendo el libro/entrevista con el gran poeta sirio Adonis Violencia e Islam(editorial Ariel). Comparto muchos más valores auténticos con él que con quienes en España deciden saltarse las leyes invocando los derechos de los territorios contra los ciudadanos o toman a Venezuela o Cuba como modelos para sus colectivismos autoritarios, por el momento afortunadamente solo declamatorios…

Fernando Savater es escritor.

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Conversos

No es obligatorio llevar turbante para agredir a la democracia, con una txapela sobre el vacío de neuronas basta y sobra

El terrorista Younes Abouyaaqoub, captado por una cámara del mercado de La Boquería

El terrorista Younes Abouyaaqoub, captado por una cámara del mercado de La Boquería

 

Sabemos poco de los yihadistas que nos atacan: sólo que son muy jóvenes, inasequibles a la persuasión porque están blindados con fervor y odio, de apariencia normal, incluso agradable, y sin el menor escrúpulo para asesinar o inmolarse. Desconocemos cómo prevenir sus crímenes y qué razones ofrecerles para lograr que renuncien a cometerlos. La mayoría han nacido entre nosotros: quienes les conocieron de pequeños o les trataron antes de su paso a la violencia se asombran de que hayan experimentado tan terrible metamorfosis. ¿Cómo puede ser…?

Aunque también perplejo, esto último me choca menos que a otros. A ver, en el País Vasco hemos padecido un fenómeno similar. Jóvenes nacidos en una sociedad democrática y en una de las regiones económicamente más desarrolladas de Europa, con estudios para todos y mejores oportunidades laborales que en el resto de España, se convirtieron en serial killers.Afortunadamente, nunca tuvieron tendencias suicidas como los otros, pero su inverosímil bloqueo ideológico y su odio no son menores. Ni la magnitud de sus crímenes, pues la mayor matanza de Barcelona la cometieron ellos y han lanzado coches bomba a un patio donde jugaban niños. Ventajas a su favor: nunca ha habido un consenso total contra ellos, una vez encarcelados se les llama “presos políticos”, cuando cumplen las condenas se les recibe con festejos como a héroes, sus “ideas” (perdonen la expresión) están representadas en el Parlamento por simpatizantes o cómplices que se niegan a condenarlos, se consideran de izquierdas y otros partidos aceptan aliarse con ellos para formar un bloque “progresista”… No es obligatorio llevar turbante para agredir a la democracia, con una txapela sobre el vacío de neuronas basta y sobra.

FERNANDO SAVATER

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Pueriles

Donald Trump, con sus morros de adolescente malcriado, sus tuits de caca, pis y culo y sus chiquilladas que tienen poca gracia

Captura del video que compartió Trump contra la CNN.
Captura del video que compartió Trump contra la CN

 

Según Kierkegaard, Suetonio describe a los césares más tiránicos como niños muy caprichosos, dotados de poder absoluto. En efecto, vivir bajo la férula de Calígula o Nerón debía ser como padecer las intemperancias de un crío al que no se le pueden dar azotes porque es capaz de devolvernos ciento por uno. Con los autócratas de guardería caben pocas razones: como no conocen ni aprecian las reglas de la vida adulta, de ellos se puede esperar cualquier cosa, tanto risible como espeluznante. Es el caso de Donald Trump, con sus morros de adolescente malcriado, sus tuits de caca, pis y culo y sus chiquilladas que tienen poca gracia porque las hace sentado en el maletín con las claves del poder atómico. Desde luego Trump, gracias al sistema de separación de poderes de la democracia americana, no puede llevar sus puerilidades arbitrarias a los extremos de aquellos césares atroces, pero se las está arreglando en los primeros meses de su mandato para hacer una cantidad de travesuras bastante alarmantes. ¿Quién se atreverá a mandarle al reformatorio?

Parece que nadie, porque a sus partidarios les gustan las burradas. Y es que vivimos en países que veneran no ya a la juventud impetuosa sino a la niñez semisalvaje. El discurso político consagra el maniqueismo de una película de buenos y malos, la argumentación se reduce a un intercambio de exabruptos y melonadas colegiales, el liderazgo consiste en ver quién mea más lejos en el patio del recreo. Triunfa el sentimentalismo, el “me gusta” o “no me gusta”, el no quiero lavarme y el confundir los churretes con pinturas de guerra. La cuestión ya no es qué mundo dejaremos a nuestros hijos sino qué hijos van a quedarse con el mundo. Trump, Calígula, somos todos del mismo cole…

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Espejos

En nuestra era de milagros técnicos, sería bueno que inventasen una Polaroid de almas y así ver por fin la cara que llevamos y desconocemos

Leni Riefenstahl en 1974

Leni Riefenstahl en 1974

 Sin conocerlas a todas, no me atrevo a decir que Leni Riefenstahl fue la mujer más notable del siglo XX: lo que puedo asegurar sin miedo a equivocarme es que fue tan notable como las más notables. Por supuesto no digo mejor, ni más inteligente o mas artísticamente creadora, ni la más ejemplar: sólo notable, nada más ni nada menos que notable. Fue bailarina, actriz, directora de cine (una de las mejores de la historia), exploradora, fotógrafa, submarinista (empezó a bucear con más de setenta años) y vivió activa y lúcida para presentar un libro gráfico adecuadamente titulado Cinco vidas que celebraba su primer siglo en este mundo. Misión cumplida, murió al año siguiente. Su memoria está indeleblemente marcada por la famosa infamia de su documental El triunfo de la voluntad sobre el congreso nazi de Núremberg del año 1933, estéticamente irreprochable visión de la organización criminal que cuatro años después espantaría al mundo. Le costó varios años en campos de desnazificación tras la guerra y un baldón que la acompañó toda su larga vida.

 Pero los hombres de su vida no fueron nazis ni arios, sino los Nuba, una tribu en Sudán del sur: “Extraordinariamente bellos, generosos, valientes”. Ellos le descubrieron el mar y ella, con su Polaroid, les hizo descubrirse a sí mismos. A cada foto que aparecía mágicamente en el papel, se decían unos a otros sonrientes: “Mira, éste eres tú”. Como carecían de espejos, no habían visto nunca su propio rostro. En nuestra era de milagros técnicos, sería bueno que inventasen una Polaroid de almas y así ver por fin la cara que llevamos y desconocemos, señalándonosla mutuamente: “¡Mírate, eres tú!”. Cuántas sorpresas, que amargo despertar. Ni bellos, ni generosos, ni valientes, nada que ver con los felices Nuba.

FERNANDO SAVATER

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Moderno

Los peores son esos beatos que pretenden alejar a los niños de las tecnotentaciones en vez de enseñarles a convertirlas en oportunidades geniales

FERNANDO SAVATER

En la imagen una madre con su hijo utilizando dispositivos digitales
En la imagen una madre con su hijo utilizando dispositivos digitales GETTYIMAGES

 

¿Han padecido ustedes alguna vez a esos fastidiosos predicadores —disculpen el pleonasmo— que atribuyen las deficiencias espirituales de nuestra época, su escasez de alma, ah, oh, al abuso de Internet o a la fijación con los smartphones?Pues consuélense, lamentos semejantes se han oído en todas las épocas, acusando a diversos y sucesivos inventos: la imprenta, la máquina de vapor, la bicicleta, la radio de galena, el ferrocarril, el bidet, la electricidad, la píldora anticonceptiva, la olla a presión… ¡Platón reprochó a la escritura la pérdida de memoria de los humanos, nobles guerreros han asegurado que desde que aparecieron las armas de fuego se acabó el coraje viril en el campo de batalla y Pol Pot fusilaba a los que llevaban gafas por reconocerlos como intelectuales contumaces! Es curioso que todos prefieran creer que son los avances tecnológicos los que corrompen al espíritu humano (como si fueran otra cosa que una de sus realizaciones más características) y disipan las virtudes, en lugar de aceptar que son nuestros tenaces vicios espirituales los que acaban pervirtiendo los inventos mas beneficiosos.

Los peores son esos beatos que pretenden alejar a los niños de las tecnotentaciones en vez de enseñarles a convertirlas en oportunidades geniales. Contra ellos, el ejemplo admirable de Roman, un niño inglés de cuatro años. Su madre sufrió un desvanecimiento grave y él activó el móvil con la huella del dedo de la mujer, llamó a Siri para pedir una ambulancia y luego a la policía para informar de lo ocurrido y de su dirección. ¡Salvada! Dicen que Roman es un héroe porque conservó la serenidad donde muchos la hubiéramos perdido, tomó la decisión eficaz y la puso en práctica con tino. Pero además es un héroe moderno, técnico, literalmente progresista. Gracias, Roman el bien llamado…

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