Entre lo bello y lo atractivo
De un artículo de Savater:
¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella. Se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía. Y eso en todos los campos, eróticos o artísticos. Hasta en política…
Los aforismos de Savater
Voltaire, Wittgenstein, Ortega y Gasset, Séneca y Maquiavelo. Debajo: Nietzsche y Marx. Vistos por Sciammarella
ARTE DE DISCREPAR. Una selección de aforimos involuntarios de Fernando Savater a cargo de Andrés Neuman
El aforismo no es solamente una forma de escribir, sino también una estrategia de lectura. Cada lector que subraya un libro se aproxima a su instrumental sintáctico, a su síntesis conceptual, postulándose como aforista implícito. Eso mismo hizo Fernando Savater con su venerado Voltaire, a quien dedicó una novela epistolar y una colección de sentencias titulada Sarcasmos y agudezas. Aquella serie de sentencias volterianas, que tenían la peculiaridad de haber sido extraídas por el lápiz del propio antólogo, nos confirmó algo que su prosa llevaba décadas insinuando: Savater piensa y redacta de manera aforística. Pero en él esa disposición se camufla y se engarza a través de un mecanismo asociativo. Filósofo de apariencia caudalosa, una lectura microscópica de su estilo revela que las máximas breves son el núcleo, las células de su lógica. En otras palabras, el autor jamás ha eludido los aforismos: los ha integrado en otra arquitectura. Un Savater sentencioso y sinóptico se afila debajo del Savater verboso y elocuente que creíamos conocer, tal como las pequeñas y redondas oraciones subordinadas se alojan en el tejido de una frase compleja.
Le gusta discrepar, a Savater. Y le gusta, casi nos invita a que discrepemos de él. Dudo que la inteligencia ajena pueda proponernos tarea más fértil que esa. Tenaz oponente de las certezas absolutas, las contundentes declaraciones públicas del filósofo nos han distraído, a veces, de su extraordinaria aportación al pensamiento español: su inagotable obra escrita. Desde los primeros títulos juveniles hasta la actualidad, el autor no ha dejado de acreditar una asombrosa capacidad para pensar lo complejo en términos sencillos, para pulir ideas en palabras exactas. De ahí al aforista de ley mediaba apenas un paso. Si me he atrevido a espigar, provocar estos aforismos de Fernando Savater, lo he hecho por dos razones ojalá complementarias. El perverso placer de detectarlos. Y la sincera esperanza de que, al compartirlos, sus lectores disfruten tanto como el lápiz que los subrayó. A. N.
La filosofía es un género literario. [AS]
La divisa del que piensa poco o mal suele ser: «¿Qué pensarán de mí?». [DF]
La preocupación prioritaria por la coherencia es a la filosofía lo que la obsesión por la respetabilidad a la vida social, y padece idénticas limitaciones. [TH]
Formularse preguntas en apariencia chocantes pero destinadas a explorar lo que consideramos más evidente, al modo de quien da tirones a la cuerda que debe sostenerle, para saber si está bien segura antes de ponerse a trepar. [PV]
No concibo que el pensamiento facilite la vida; la arriesga, la compromete. [AS]
Es preciso que la palabra siga siendo problema. [AS]
La lucidez no respeta nuestra seguridad ni nuestra cordura, no nos respeta. [AS]
En la ciencia, la razón es aún pequeña: no vive la contradicción como algo real, sino que la excusa por motivos técnicos. [AS]
La crítica de la ciencia no puede partir del campo del irracionalismo, sino de la racionalidad más exigente; no se trata de recurrir a instancias transcendentes, sino de apelar a una razón no mutilada. [AS]
¿Qué ateísmo es ese que sigue respetando la causalidad? [AS]
No se trata tanto de incluir el cuerpo en el texto, sino más bien de hacer del texto mismo parte de nuestro cuerpo por medio de esa operación llamada estilo. [AS]
El estilo es lo indebido, lo que nunca se nos regala, lo que tenemos que arrebatar. [AS]
A Marx, como a Nietzsche, lo que le interesaba de la masa era la posibilidad que ésta tiene de dejar de serlo. [AS]
Cuando digo masa me refiero a la multitud unida por el deseo de escapar de los males individuales cometiendo atrocidades colectivas. [MPD]
La fatiga del filósofo se llama pesimismo. Es una intoxicación grave, mortal en todos los casos en que el filósofo trata de remediarla obteniendo una cátedra de Universidad. [AS]
En las conversaciones entre colegas, rara vez se plantean temas filosóficos −parece como si quien está en el ajo tuviera ya poco que decir. En cambio las convocatorias del BOE, los tribunales, los temarios, etc, se debaten con un angustioso patetismo que para sí hubieran Kierkegaard o Pascal. [AS]
La cultura no es algo estable, como la administración y la manipulación quisieran: o se transforma o se convierte en barbarie. [AS]
¿Cómo ser infinito y a la vez producir algo que uno no sea, algo distinto a uno? Si Dios acierta a crear algo que Él no es, ¿cómo se arreglará para que ese algo se convierta en su límite, estropeando su infinitud? Menos mal que Dios pudo permitirse el lujo teórico de ser misterioso, porque mucho tendría que haberle costado superar estas aporías. [TH]
Algunos dicen que los dioses inmortales existen y otros que no existen, pero nadie dice que estén vivos. [PV]
¡Cómo va a descubrir cuál es la clave o el sentido del mundo alguien tan bobo como para creerse que lo ha descubierto, que puede descubrirlo! [MPD]
Se puede fingir una revelación sublime o una intuición emotiva pero no se puede fingir el ejercicio de la razón. [PV]
Nacemos rodeados de males y moriremos rodeados también de males. Lo único que podemos intentar es que los primeros no sean idénticos a los últimos. [TH]
Toda la ética es social. [TH]
Lo que distingue a las sociedades humanas de las animales es que, en estas, los individuos no pueden cambiar de rol social ni alternar varios. [TH]
El Estado es todavía lo suficientemente poderoso como para impedir que los ciudadanos puedan confiar en su fuerza propia, pero, por otro lado, esgrimirá su debilidad como coartada para inhibirse ante la violencia y la rapiña que él no administra directamente. [TH]
Leemos a Nietzsche porque nos indigna. [AHN]
Nietzsche como cómplice, como estado de ánimo. [MPD]
La filosofía no la inventó gente que no se movía de casa ni sentía curiosidad por los extraños. [DF]
El filósofo es el forastero. [DF]
Con memoria pero sin raíces. [DF]
Lo dejó claro el Sócrates platónico: “yo siempre me dirijo al individuo.” ¡Mucho tienen que haberse pervertido los criterios para que algo llamado Discursos a la nación alemana pudiera ser tomado por una obra filosófica! [DF]
No es una voz que se alza en el silencio, la filosofía, sino un intento escéptico de recogimiento en el estruendo de las palabras establecidas. [DF]
Claro está que al filósofo le interesan las cosas que pasan; pero también (¿principalmente?) le interesan las que no pasan. [DF]
Siempre estamos peor que nunca. [DF]
El filósofo habla y piensa desde la democracia. Puede traicionar a la causa democrática con sus palabras, pero no con su oficio. La filosofía significa en el plano teórico lo que la democracia instituye en el político. [DF]
En política, sólo los medios pueden justificar el fin y nunca al revés. [DF]
No hay éticas (¡no digamos ya políticas!) renunciativas, pues sólo se sacrifican unos valores para aumentar otros. [DF]
Vivir en democracia consiste en saber que uno puede declararse ruidosamente descontento del régimen político. [DF]
No está bien llegar a la revolución en limusina. [MPD]
Lo que fue juguete se convierte en prótesis. [MPD]
La gran red comunicacional nos permitirá distinguirnos sin aislarnos, potenciar nuestros gustos sin renunciar a compartirlos. [DF]
¿Viviremos más encerrados en casa que antes? Pero la casa será cada vez más abierta. [DF]
El frenesí erótico (que los animales no conocen) es tachado paradójicamente de “bestial”, y la inteligencia pura (la característica más exclusivamente humana) es denominada “inhumana”. [DF]
Suponer que todos los intelectuales son inteligentes es un error muy generoso, fundado quizá en la homofonía. [DF]
La mayor diferencia entre un enfermo real y un enfermo ideológico es que el primero quiere que lo curen a él y el segundo reclama la curación de la sociedad. [DF]
La potencia de mímesis hipnótica sólo se le supone a las ficciones destructivas y atroces, mientras nadie parece creer seriamente que la proyección frecuente de Gandhi o El milagro de Lourdes sea capaz de inhibir los comportamientos agresivos. [DF]
La violencia contra los vecinos, que pretende exterminar brutalmente en otros un adversario que llevamos dentro. [MPD]
El auténtico y descorazonador pesimismo es el de Leibniz, que se atrevió a sostener que éste es el mejor de los mundos posibles, lo que ya ni siquiera nos deja imaginar escapatoria alguna. [MPD]
Schopenhauer es una especie de optimista contrariado. [MPD]
Lo más honrado de Cioran es que no se hace ilusiones sobre su propia desilusión. [DF]
Tanto optimistas como pesimistas coinciden en que algo le falta al hombre. [TH]
Le escribí: «Cioran, dicen que usted no existe». Me contestó: «Por favor, no les desmienta». [MPD]
Nunca faltan quienes están deseando escuchar de fuentes autorizadas que este mundo es una mierda sin remedio, para confirmar que hacen bien en no molestarse. [MPD]
Suelo siempre viajar con el libro que corresponde al lugar adonde voy, para no dejarme engañar por la realidad. [MPD]
A veces las citas que más me gustan son las que expresan mejor opiniones que me resultan intolerables. [DF]
Filosofar es confrontarse con lo que está escrito. [TH]
Uno quiere llegar al fondo y a veces sólo logra irse a pique. [TH]
La evidencia de la muerte no sólo le deja a uno pensativo, sino que le vuelve a uno pensador. [PV]
Lo de morirme lo dejaré para cuando no haya más remedio. [MPD]
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REFERENCIAS
[AHN] = Así hablaba Nietzsche (1996)
[AS] = Apología del sofista (1973)
[DF] = Diccionario filosófico (1995)
[MPD] = Mira por dónde (autobiografía razonada) (2003)
[PV] = Las preguntas de la vida (2003)
[TH] = La tarea del héroe (1981)
Estos aforismos de Fernando Savater forman parte del libro que la editorial Cuadernos del Vigía publicará en primavera. Andrés Neuman, responsable de la selección, es narrador, poeta y ensayista. Autor de la novela El viajero del siglo (Alfaguara, 2009. Premio de la Crítica) y del libro de aforismos y ensayos El equilibrista (Acantilado, 2005).
Terminar la cruzada antidrogas
“Hay que acabar de una vez la cruzada contra la droga”, propuso el filósofo español Fernando Savater, en su más reciente participación en la Feria del Libro de Guadalajara. Se pronunció también por avanzar en el proceso de legalización de las drogas, como ocurrió con el levantamiento de la prohibición del alcohol en Estados Unidos:
“Parece que abolir ley seca puso un poco más difíciles las cosas a Al Capone y entonces no vendría mal hacer algo así en éste campo”, añadió el filósofo muy reconocido en el mundo de habla hispana.
Las drogas no son solo la mariguana, la cocaína o los sustitutos químicos sino “droga es todo, el café, el tequila…y depende de cómo se utilicen”, dijo Savater.
El escritor sabe que su propuesta no es fácil de aceptar, porque la cruzada contra las drogas es “un disparate que nace en Estados Unidos” y todos los disparates que se originan ahí “son muy difíciles de combatir por el mundo”.
En su intervención reconoció que para México, vecino de Estados Unidos, resulta “muy complejo” enfrentar el problema de la violencia ligada al narcotráfico.
El filósofo ya en otras ocasiones se ha pronunciado a favor de la legalización y por poner fin a la estrategia punitiva y prohibicionista que reiteradamente ha demostrado su fracaso. La posición de Savater se suma a la de otros intelectuales y políticos que se oponen a la actual estrategia mundial, avalada por Naciones Unidas, que sólo ha hecho más grave el problema.
El presidente Felipe Calderón insiste en seguir la estrategia impuesta originalmente por Estados Unidos, que en 40 años no ha reducido la producción y el consumo, que fueron los objetivos iniciales de la propia estrategia.
Los candidatos a la presidencia están obligados a plantear si seguirán la línea trazada por Calderón o harán caso a lo que opinan cada vez más intelectuales y políticos. La evidencia del fracaso mundial de la estrategia punitiva y prohibicionista es evidente y México es un caso paradigmático.
Rubén Aguilar/http://www.animalpolitico.com/blogueros
Savater sobre el amor y la política
Hace un par de años, Fernando Savater publicó "La política y el amor."
Amor y política tienden a la obsesión monotemática, a excluir todo lo demás para imponerse, es decir -en los casos más graves e incurables-, al romanticismo. Como expuso Gregory Vlastos en su excelente estudio sobre la figura de Sócrates (Cambridge University Press, 1991): "Singularizar uno de los muchos valores de nuestra vida, elevarlo tan alto por encima del resto que debamos elegirlo a cualquier precio, es una de las muchas cosas que han sido llamadas romanticismo en la época moderna. Su típica expresión es el amor sexual". Añado por mi cuenta que la política es otra de ellas. Y por supuesto el aura romántica no disculpa ni aminora las barbaridades que en último extremo algunos posesos pueden cometer al dejarse arrastrar por su manía fatal: los celosos que asesinan a su pareja cuando decide abandonarles o los terroristas que matan sin escrúpulos a quienes se oponen al cumplimiento de su ideal son probablemente románticos en fase terminal y no por ello menos abominables.
De modo que el amor y la política son obnubilaciones arrebatadoras aunque socialmente imprescindibles, y por lo tanto las autoridades pretenden encauzarlas para minimizar riesgos. En cuestiones de amor se aconsejaba un noviazgo largo y casto (si es posible, dirigido por los padres de ambos), un matrimonio conveniente bendecido por la Iglesia ("es mejor casarse que abrasarse", San Pablo dixit), los hijos que correspondan, la resignación a un aburrimiento digno y sin encharcamientos sensuales.
Fuente: http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/
El pirómano ofrece su manguera
Un viejísimo chiste de Ramón mostraba a un inflamado orador arengando a las masas: "¡Tenéis que elegir: nosotros o el caos!". La gente balaba: "¡El caos, el caos!", y el vociferante remataba: "Da igual, también somos nosotros". El comunicado de ETA se apunta a esta línea. Ellos han sido los causantes de los estragos y crímenes durante todos estos años. Ahora es gracias a ellos por lo que vamos a vernos libres de estragos y crímenes. Sin que se les mueva el pasamontañas, nos aseguran que gracias a la lucha armada hemos llegado al feliz momento en que podemos prescindir de la lucha armada. Se agradecen los heroicos servicios a los gudaris, se lamentan las bajas y los encarcelamientos, se practica el habitual autobombo: y, por supuesto, no se dice ni una palabra de las víctimas causadas, del envilecimiento del terror impuesto, las extorsiones, los que han debido huir o abandonar sus trabajos, el Estado de derecho vulnerado... Todo esto fue necesario para que ahora deje de ser necesario.
El comunicado es el segundo paso de los fastos de esta semana -¡vaya semanita!- tras las conclusiones de la paródica Conferencia de Paz y está escrito por la misma mano: la del ambidextro Gerry Adams-Otegi. Se equivocaron, como suelen, los que dijeron que lo importante de esas conclusiones era la que anunciaba el cese de la violencia y que lo demás era envoltorio intrascendente, dijese lo que dijese la derecha. No: lo importante es el resto, las cláusulas que acompañan a esa renuncia forzosa, es decir, el reconocimiento de la banda terrorista como interlocutor directo de España y Francia, la mesa de partidos para que se asuman por fin las tesis del independentismo radical, la proclamación urbi et orbi de que todos somos vencedores, es decir, de que ETA no ha perdido a pesar de las apariencias. En resumen: "¿Ve usted qué fácil era? Me da la razón y todos tan amigos".
La simple realidad es que ETA renuncia a lo que ya es inviable, pero ni entrega las armas ni se disuelve. Está encantada de haberse conocido, de haber matado y hasta quiere que se le agradezcan los servicios prestados reconociendo lo acertado de su visión política. La única pregunta ahora pertinente es: cuando ETA vea que el Estado de derecho no se suicida para complacerla, cuando compruebe que las cárceles no se abren por mágico conjuro y que no hay mesa de partidos, sino el ya establecido juego parlamentario en el marco constitucional... ¿seguirá resignándose a perdonarnos la vida o volverá a las criminales andadas?
Fernando Savater/elpais.es
Sobre los imbéciles
Carta de Fernando
Fernando Savater
¿La única obligación que tenemos en esta vida? es ...no ser imbéciles
La palabra imbécil es mas sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín Baculus, que significa bastón: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad.
El imbecil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, si no del ánimo: Es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:
a) El que se cree que no quiere nada, que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace esta dictado por la opinión mayoritaria de los que lo rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.
d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por que lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas termina haciendo siempre lo que no quiere, y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra mas entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, el plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todo estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de afuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbeciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que acaban mal no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo, eso solo suele pasar en las películas, si no que te aviso de que suelen fastidiarse a si mismos y nunca logran vivir la buena vida, esa que tanto nos apetece a ti y a mi.
Y todavía siento más tener que informarte que síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día si y otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el intento...
Conclusión: Alerta!, en guardia!, la imbecilidad acecha y no perdona.
visto en: http://carmenlobo.blogcindario.com
Frases y citas de Savater
Mi sueño es el de Picasso; tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres.
El aburrimiento es la explicación principal de por qué la historia está tan llena de atrocidad.
Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme.
No creo que exista noción de Dios, no creo que exista nada sobrenatural. Decir que alguien es ateo es de por sí religioso, y yo no creo que nadie sepa a qué se lo está contraponiendo. No es que yo no crea en Dios, es que no sé qué es Dios, y el que cree tampoco lo sabe.
Las religiones también son como el vino: hay gente a la que le sienta mal y gente a la que le sienta bien. Hay personas que con dos copas se vuelven locuaces, abiertas y desinhibidas; otros se vuelven brutos y groseros con la misma cantidad. Con la religión, hay gente que mejora y se purifica y para otros es una fuente de resentimiento, mojigatería y condena a los demás.
Uno puede estar a favor de la globalización y en contra de su rumbo actual, lo mismo que se puede estar a favor de la electricidad y contra la silla eléctrica.
Fernando Savater
Savater: «Barbarie es equiparar sangre de hombre y animal»
Fernando Savater rebate desde un punto de vista ético los argumentos contrarios a las corridas de toros
Fernando Savater echó de menos algo de enjundia en los debates parlamentarios que terminaron con la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Mucho ruido e interferencias nacionalistas sentenciaron la prohibición de los toros por motivos morales, «como si fueran incívicas como la trata de blancas». Con la palabra, como acostumbra, el escritor y filósofo publica «Tauroética» para «probar que, desde la ética, eso no es verdad».
La primera de las cuestiones que Fernando Savater aborda es la relación del hombre con los animales. Los argumentos abolicionistas «consideran al hombre como un igual entre todas las criaturas de la tierra, como una religión panteísta. Pero la ética, desde Aristóteles a Kant, marca las diferencias», explica Savater. «El hombre renuncia a su parte animal y decide que comerse a otro ser humano no es correcto, aunque posible. El animal no elige, y por eso no puede ser culpable ni inocente, no se le puede aplicar la ética», explica Savater.
Granjas y mataderos
Para Savater, a los animales se les ha otorgado esa condición «a lo Walt Disney» y han pasado a ser «animalitos que van al cielo, con intereses, con elecciones, pero no lo son». Como asegura Savater, las obligaciones del hombre es mantener cierto «fair play» con los animales, circunstancia que se cumple con el toro de lidia. «No hay que olvidar que es una fabricación del hombre, una selección de una especie de la que se subrayan características y que se ha extinguido de toda Europa menos, curiosamente, de España. Es una criatura que vive razonablemente bien hasta que llega su final», asegura. El mismo final que pasa cada día, dice el filósofo, en granjas y mataderos de todo el mundo, muertes de animales que no se cuestionan.
Siguiente punto: si la muerte de los animales no está en tela de juicio, qué es, ¿su sufrimiento? «El dolor es una realidad de la vida de los humanos y de los animales. Los humanos son las criaturas de la tierra que más sufren: padecen por el pasado, el presente, el futuro y por los seres queridos. Está presente en la vida y la acompaña. Pero no es el objetivo. Tampoco se hierve una langosta para verla agonizar», clama.
Así que, para Savater, quien ve en la corrida la sangre «es que no sabe adónde hay que mirar. La finalidad de la lidia es artísitica, es la de plasmar el enfentamiento con lo inevitable, la muerte, que también es aplazable». «Existe una finalidad artística, que es lo que la distingue de lanzar una cabra desde un campanario o de un ‘‘correbous’’», asegura.
Pintados de rojo
La lidia, según desgrana Fernando Savater en apenas el centenar de páginas de su nuevo libro, «no es una manifestación de la barbarie. Barbarie, desde el punto de vista de la historia del pensamiento, es pintarse de rojo y equiparar la sangre de un animal con la del hombre». Lo que sí escandaliza a Savater es que un Parlamento «quiera dictar la moral de sus ciudadanos, cuando su obligación es articular un marco legal en el que todos puedan ser libres». «En esa decisión hubo un evidente componente nacionalista, la necesidad de hacer separación y marcar una excepcionalidad o de inventarla, pero ese asunto me aburre. Me interesa más la ética».
Título: «Tauroética». Autor: Fernando Savater. Editorial: Turpial.
larazon.es
Del patrioterismo, sálvanos, Savatér
Ante la vorágine de exaltación patriótica que se avecina, propongo como antídoto la lectura de Fernando Savater, a quien pertenecen todas las palabras que siguen y que están publicadas enContra las patrias, Tusquets, 1984.
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Contra las patrias, es decir contra la colectivización de la violencia, contra las unanimidades forzosas, contra las identidades nacionales prefabricadas, contra la utilización de la peculiaridad cultural como fundamento estatalista, contra la exaltación del ombligo propio por medio del denigramiento de lo ajeno, contra los símbolos sanguinarios: banderas, himnos, mártires y contra el ridículo entusiasmo por las fronteras.
Contra las patrias, o sea, a favor de los hombres, diferentes e iguales, a favor de la tradición cultural que cada creador reinterpreta a su modo y manera, a favor de la libertad de las lenguas, a favor del exilio, del cosmopolitismo y del desarraigo, a favor del federalismo, a favor del antimilitarismo y del antipatrioterismo, sobre todo a favor del internacionalismo, que fue y sigue siendo la gran idea progresista desde que el viejo Demócrito dijo en Grecia que “la patria del sabio es el mundo entero”.
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Todas las almas tienen uno o varios puntos ciegos, zonas de espíritu que no responden a los estímulos simbólicos habituales. El patriotismo es el más notable de los rincones refractarios de la mía. No quiere decir esto que sea insensible al espectáculo de la lealtad, las banderas o a la gloria de los imperios. Todo lo contrario: cualquier cosa que exalta y tonifica al hombre me parece inmediatamente conmovedora. Tengo fácil la cuerda de la simpatía colectiva, sobre todo cuando se reviste de suntuosidad heroica. Puedo derramar lágrimas oyendo una marcha de gaitas escocesas o la Marsellesa, viendo en una película entonar la Internacional o contemplando la derrota de Rommel en el desierto africano: en Venecia, me entusiasmo con los orgullosos triunfos del León de San Marcos y soy capaz de compartir lo mismo el arrebato por los rascacielos neoyorquinos que la admiración por el tesón de los guerrilleros centroamericanos. Por decirlo de una vez, tengo todos los patriotismos, pero no uno solo, no uno al que pueda llamar mío.
Siento las peculiaridades de mi tierra, pero también amo con versátil ingenuidad las de cualquier otra. Y, desde luego, detesto a los patriotas de oficio y beneficio, a los maniáticos unilaterales, a los profesionales de la glorificación de “lo de casa”, a los que se pavonean ostentando un vino del terruño o el nombre célebre de uno de sus conciudadanos como si se tratara de una medalla ganada por virtud propia. Sólo quien nada vale por sí mismo puede creer que hay mérito en haber nacido en determinado lugar o bajo determinada bandera.
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Hay ciertas cosas que deseo como valiosas en sí mismas, más allá de las diferencias geográficas o raciales, lo que me permite juzgar comportamientos de comunidades a las que no pertenezco y denunciar desmanes lejanos. Si oponerse a la barbarie inspirada por venerables tradiciones es etnocentrismo o imperialismo cultural, bienvenido sea. Hay cosas que me parecen más respetables que las peculiaridades tribales. No admito que se invalide mi repudio de la teocracia de Jomeini arguyendo que, como yo no soy musulmán ni chiita, no puedo comprender lo que ocurre en Irán.
Y, ante ciertas atrocidades, no vale decir “a los judíos nos odian” o “a los vascos no nos entienden” como coartada diferencialista de lo que en ninguna parte puede tener cabida. Nada más saludable que potenciar la típica expresión cultural de cada pueblo, frente a la uniformización multinacional de plástico y hamburguesa, pero que sea para darle contenidos más altos que el balbuceo folclórico o la justificación del crimen.
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La opinión que me parece más sensata sobre esta cuestión nacional-patriótica tiene su adecuada expresión en este párrafo de (George) Santayana: “El país de un hombre, en el sentido moderno del vocablo, es algo que nació ayer, que modifica constantemente sus límites y sus ideales, es algo que no puede perdurar eternamente. Es el producto de accidentes geográficos e históricos. Las diversidades entre nuestras diferentes naciones son irracionales. Cada una de ellas tiene el mismo derecho —o necesita tener el mismo derecho— a sus peculiaridades. Un hombre que sea justo y razonable debe hoy en día, en la medida en que se lo permita su imaginación, participar del patriotismo de los rivales y enemigos de su país, un patriotismo tan inevitable y conmovedor como el suyo. Como la nacionalidad es un accidente irracional, lo mismo que el sexo o el carácter orgánico, la lealtad de un hombre hacia su país debe ser condicional, por lo menos si es un filósofo. Su patriotismo tiene que subordinarse a la lealtad racional, a cosas como la humanidad y la justicia”
Carlos Puig/mileniodiario
Contra los creyentes
También acerca de la Ilustración dieciochesca, ese pronunciamiento cultural antisupersticioso por excelencia, se han fraguado supersticiones. Una de ellas asegura que los grandes ilustrados, cuyo epítome es Voltaire, persiguieron a los creyentes. No es cierto o, al menos, no lo es salvo que precisemos bien y de forma contraintuitiva los creyentes a quienes nos referimos. Porque en el sentido más acogedor del término, todos somos creyentes... en el siglo XVIII y hoy en día.
Los conocimientos bien fundados fueron y son demasiado escasos para lo que requieren nuestros anhelos de comprender la vida y actuar en la urgencia del momento presente. Como dijo Wittgenstein, incluso cuando tengamos todas las respuestas científicas aún no habremos comenzado a responder las preguntas que más nos importan. De modo que siempre necesitaremos creer además de saber para poder organizar racionalmente nuestra existencia humana.
Esta obviedad paradójica nunca se le escapó a Voltaire, Diderot ni al resto de los más esclarecidos miembros de la cruzada enciclopedista. Cuando ellos denunciaron y combatieron a los "creyentes", nunca pretendieron acabar con quienes conjeturan más allá de lo que pueden comprobar -ellos mismos lo hacían constantemente- sino con los que en nombre de su inverificable certidumbre persiguen y coaccionan a quienes viven según convicciones diferentes. Porque el creyente peligroso no es quien reivindica su fe como un derecho personal, sino quien pretende convertirla en un deber "para todas y todos", como dicen ahora. Voltaire les caracterizaba con el lema "piensa como yo o muere", todavía vigente hoy de forma literal en algunas siniestras teocracias aunque en nuestras sociedades democráticas haya sido sustituido por una fórmula menos sanguinaria: "Piensa como yo o muere... socialmente".
El laicismo del Estado, que es uno de los pilares -amenazados, ay- de la democracia contemporánea, no pretende erradicar creencias personales sino a aquellos que intentan prescribirlas o proscribirlas. Es decir, el Estado se mantiene laico para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo según su criterio.
Y las convicciones de cada cual así amparadas no se refieren solamente a cuestiones religiosas o metafísicas, sino también a estilos de vida. Son estos últimos los más difíciles de soportar para los creyentes actuales, que solo se encuentran a gusto en la unanimidad de comportamiento y están dispuestos a exigirla de acuerdo con elevados principios morales... que dejan de serlo, claro, en cuanto se les impone por decreto. La institucionalización democrática no debe pretender instaurar el cielo en la tierra -lo óptimo en dignidad humana, decencia y costumbres edificantes- sino permitir el marco político en el que, dentro de una regulada convivencia, cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera, según postuló Voltaire. Lo contrario es volver a los usos teocráticos... aunque sea nominalmente para desautorizarlos y prohibirlos.
A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un invidente acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal esimpura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.
De igual modo, una joven de la edad legalmente determinada debe poder comprar la píldora poscoital en la farmacia sin trabas, tenga la persona que regenta el establecimiento la opinión moral que fuere sobre esa transacción.
Pero tampoco hay derecho a prohibir velos o tocados a nadie porque se les suponga significados religiosos indeseables según el creyente persecutorio de turno (algunos muy eruditos, eso sí), cuando no despertarían recelo si se los justificase en nombre de la moda o de la extravagancia.
La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de guardar.
Como los creyentes ejercen su santa coacción en beneficio de las almas de los demás, su presa favorita suelen ser las mujeres, cuyas almas tradicionalmente han sido consideradas más vulnerables que el espíritu de los varones.
Sea que se tapen demasiado o que se ofrezcan desnudas al mejor postor, siempre deben ser reprimidas y encauzadas porque solo llegarán a ser libres cuando se las convenza de lo dañino que es hacer lo que les dé la gana.
Antes, cuando la hembra era siempre revival de Eva tentadora, tras cada desvarío masculino alguien advertía: ¡cherchez la femme!; ahora, como ya solo están autorizadas a ser víctimas, en cuanto se recatan o se descocan demasiado los creyentes claman: ¡cherchez l'homme!
Porque se da por hecho que es un hombre siempre el que las desvía del recto sendero de la razón y la decencia. Desgraciadamente es muy frecuente que sean varones quienes las intimidan y mangonean, pero entonces será contra esos tiranuelos contra quienes habrá que actuar sin dejar de reconocer que ellas tienen también voluntad propia.
¿Que no se puede permitir la esclavitud, ni siquiera voluntaria? No hay esclavos ni esclavas felices salvo en la ópera de Arriaga y sin embargo todos nos esclavizamos gustosos de mil maneras por devoción o por ambición. Cuidado con los moralistas que sin escuchar nuestra opinión se sienten legitimados para emanciparnos a fuerza de decretos...
A lo largo de su biografía, los creyentes a veces mejoran de dogmas y pasan del comunismo a la socialdemocracia o el liberalismo, de la ortodoxia teológica al cientifismo y la evolución, de las adicciones juveniles a la salud pública, incluso hay ex caníbales que acaban vegetarianos o antitaurinos.
Pero lo que nunca pierden es el celo persecutorio que les asegura el subidón de adrenalina política. Los demás son cavernícolas oscurantistas, ellos siempre paladines ilustrados inasequibles al desaliento.
Practican lo que Michael Oakeshott llamó en un ensayo memorable la "política de la fe", es decir, tratan de imponer gubernamentalmente la perfección social según la guía de quienes ya vieron la luz de la verdad. O sea, siguen confundiendo política y religión... aunque se crean laicos.
Fernando Savater/tribuna/elpais.es









