Maníacos

Todos somos, a escala mayor o menor, maniáticos. Nada de malo hay en ello, aunque ciertas manías son mas perturbadoras que otras

Maníacos

José Gaos pensó que las dos exclusivas que caracterizan al hombre son la mano y el tiempo. Otros dijeron que la palabra y algunos que la risa o, mejor, la sonrisa. Probablemente los más acertados son quienes sostienen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces —tirando por lo bajo— en la misma piedra… A mí me parece que lo propio del ser humano es tener manías. Nuestras manías son como pequeñas religiones privadas, cultos íntimos con los que tratamos de contrarrestar la permanente amenaza del azar y el desparrame de la vida, incontrolable. Inexplicables pero fijas, las manías son lo más nuestro de lo nuestro. Para poder convivir pacíficamente con alguien, mucho más importante que compartir ideas políticas o gustos gastronómicos es tolerar sin reproches sus manías…

Todos somos, a escala mayor o menor, maniáticos. Nada de malo hay en ello, aunque ciertas manías son más perturbadoras que otras. Lo temible son los maniacos, o sea, los maniáticos empeñados en imponer sus manías a los demás, convertidas en dogma, adornadas con virtudes irrenunciables y transformadas en moral. Aún más, en superioridad moral. Hoy pululan por las redes sociales, intimidando a muchos. Están los maniacos clásicos, racistas, fanáticos religiosos (o anti), separatistas… pero además los de nuevo cuño, las feministas convencidas de la culpabilidad predeterminada de los varones, en cualquier conflicto o hasta en su forma de sentarse, y los más severos aunque risibles de todos, los animalistas, inventores de una moral surrealista en que solo puede haber animales inocentes y humanos culpables. Quien se burla de sus odios comete delito… de odio. No tomemos en broma a los maniacos, son influyentes y se encargan a través de la web de repartir los certificados de buena conducta que antes expedía la policía franquista…

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¿Valores compartidos…o partidos?

Los golpes de pecho no sirven de mucho ante unos fanáticos que saben más de explosivos que de historia. No parece infundado suponer que en el Islam hay rasgos ideológicos poco aptos para aceptar los valores de las democracias occidentales

¿Valores compartidos...o partidos?
NICOLÁS AZNÁREZ

En los días posteriores a los atentados terroristas de Cataluña, hemos oído diversas jaculatorias que constituían una buena ilustración del dicho popular “dime de qué presumes y te diré lo que te falta”. Muertos de miedo (y no sin razón, porque lo contrario sería estar loco) hemos gritado con voz aflautada “¡no tenemos miedo!”; también se ha elogiado mucho “la unidad de los demócratas”, mientras cada cual se subía a su mata de cizaña; no han faltado los homenajes a la eficacia los Mossos d’Esquadra precisamente el día que menos la demostraron, aunque no lo hicieron mucho peor que otras policías europeas más famosas; y por supuesto se aseguró que nuestros valores comunes —“occidentales”, añaden algunos más audaces— serían defendidos a capa y espada contra quienes quieren derrocarlos. A mí son estos valores lo que me intriga especialmente. ¿Cuáles son? ¿En qué se diferencian para mejor de otros ajenos? ¿Realmente los compartimos desde el fondo de nuestra convicción o son como esos principios que Groucho estaba dispuesto a cambiar si veía que no le gustaban a su vecino más quisquilloso? Hum, ejem…

 

A pesar de las diferencias evidentes entre los usos culturales, hay ciertos valores efectivamente universales en el terreno moral aunque en cada lugar y tiempo los legitimen a su manera: en ninguna sociedad se ha apreciado más la mentira que la verdad, la cobardía que el coraje, la avaricia que la generosidad, el abuso contra los pequeños que su protección… en una palabra, lo que debilita y compromete los vínculos sociales —o sea, humanos— frente a lo que los refuerza. Varía la extensión del campo en el que estos principios se aplican (de la estrechez de la tribu hasta la anchura total del universo, que es la aportación revolucionaria de estoicos y cristianos) pero lo recomendado no cambia mucho. Los hombres, desde que lo fueron, no han necesitado saber qué era el humanismo para portarse con humanidad con aquellos a los que han tenido por semejantes. Y las religiones no son las inventoras de estos preceptos, aunque han contribuido por lo general a extenderlos y reforzarlos. Pero también han buscado a veces motivos sublimes para darlos de lado y olvidar lo humano en nombre de lo sobrehumano, que suele ser disfraz de lo inhumano. Quizá Richard Dawkins exagera de nuevo, como suele, cuando afirma: “Las personas buenas hacen cosas buenas y las personas malas hacen cosas malas; pero para que personas buenas hagan cosas malas se necesitan las religiones…”. Yo más bien tiendo a creer que la religión es como el alcohol, que a unos les sienta bien y les hace más cordiales y tiernos, mientras que convierte a otros en brutos repelentes.

En cualquier caso, cuando hablamos de “nuestros valores” no nos referimos a las virtudes morales que individualmente podemos compartir con nuestros congéneres de cualquier lugar del mundo, aunque difieran los usos y costumbres que supersticiosos de todas partes consideran éticamente relevantes. Ni tampoco, aún menos los “buenos sentimientos” y la abnegación por los nuestros, que compartimos incluso con muchos animales. Los valores a los que nos referimos son cívicos y sociales, se refieren a los principios democráticos sobre los que se fundan nuestras instituciones: la igualdad de los ciudadanos ante las leyes, que han sido creadas por ellos mismos y pueden también ser modificadas por ellos; la libertad de cada uno para buscar su propia excelencia a su modo y manera dentro de la ley, sin la obligación de parecerse a los demás ni temer diferenciarse de ellos en tal o cual aspecto circunstancial; la educación y la protección social para todos, que debe resguardarnos de la tiranía de la miseria; la elección de los gobernantes por vías claramente establecidas y su revocación del mismo modo llegado el caso; la consideración de que el orden estatal está al servicio de los ciudadanos y no estos sometidos al servicio de aquel; el aprecio común por los aspectos lúdicos y embellecedores de la vida, artes, juegos, poesía y también por el desarrollo racional de los conocimientos que aumentan técnicamente nuestras capacidades y nos permiten profundizar el sentido de la existencia, etcétera… Con alguna puesta a punto modernizadora, el discurso fúnebre de Pericles transcrito —o inventado— por Tucídides sigue siendo un buen prontuario de nuestros valores.

Desde luego, no son referencias ideales que todas las culturas compartan. Pero tampoco todas las que no las comparten están activamente alzados contra ellas, aunque oscuramente sepan que guardan un principio subversivo contra los absolutismos, las teocracias y los tradicionalismos intocables que jerarquizan a los que viven juntos en castas infranqueables. Los países democráticos pueden intentar fomentar movimientos políticos semejantes a los nuestros en otros lugares pero las libertades no deben imponerse manu militari so pena de suscitar una falsa e hipócrita adhesión que a veces es peor que el franco rechazo. A menudo en estos días oímos aterradas palinodias sobre nuestro mal comportamiento imperial en el pasado inmediato para justificar los ataques terroristas que padecen nuestras capitales. Francamente, creo que los actos de contrición y los golpes de pecho resuelven poco cuando nos enfrentamos a un movimiento fanático y criminal que sabe más del manejo de explosivos que de historia. Tampoco parece que todo dependa del rechazo o la falta de oportunidades que encuentran precisamente los musulmanes en nuestras sociedades, las más inclusivas que ha habido nunca. Otros grupos étnicos aún más remotos, como los orientales, no han tenido tantas dificultades para integrarse ni se han convertido en enemigos de la convivencia: ¿han visto ustedes alguna vez a un chino o un coreano pidiendo limosna en una esquina o viviendo de la asistencia pública? No parece infundado suponer que en la religión musulmana se dan rasgos ideológicos especialmente poco aptos para aceptar los valores de las democracias occidentales, aunque en ese terreno simbólico siempre se puede esperar giros interpretativos que acaben por reconciliar lo en apariencia irreconciliable. Siento una especial simpatía por tantas personas que viven en países de mayoría islámica y sometidos a sus dogmas en apariencia, aunque sean tan escasamente religiosos como lo somos la mayoría de nosotros. A quien desee pensar esos asuntos sin ñoñerías, les recomiendo el libro/entrevista con el gran poeta sirio Adonis Violencia e Islam(editorial Ariel). Comparto muchos más valores auténticos con él que con quienes en España deciden saltarse las leyes invocando los derechos de los territorios contra los ciudadanos o toman a Venezuela o Cuba como modelos para sus colectivismos autoritarios, por el momento afortunadamente solo declamatorios…

Fernando Savater es escritor.

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Conversos

No es obligatorio llevar turbante para agredir a la democracia, con una txapela sobre el vacío de neuronas basta y sobra

El terrorista Younes Abouyaaqoub, captado por una cámara del mercado de La Boquería

El terrorista Younes Abouyaaqoub, captado por una cámara del mercado de La Boquería

 

Sabemos poco de los yihadistas que nos atacan: sólo que son muy jóvenes, inasequibles a la persuasión porque están blindados con fervor y odio, de apariencia normal, incluso agradable, y sin el menor escrúpulo para asesinar o inmolarse. Desconocemos cómo prevenir sus crímenes y qué razones ofrecerles para lograr que renuncien a cometerlos. La mayoría han nacido entre nosotros: quienes les conocieron de pequeños o les trataron antes de su paso a la violencia se asombran de que hayan experimentado tan terrible metamorfosis. ¿Cómo puede ser…?

Aunque también perplejo, esto último me choca menos que a otros. A ver, en el País Vasco hemos padecido un fenómeno similar. Jóvenes nacidos en una sociedad democrática y en una de las regiones económicamente más desarrolladas de Europa, con estudios para todos y mejores oportunidades laborales que en el resto de España, se convirtieron en serial killers.Afortunadamente, nunca tuvieron tendencias suicidas como los otros, pero su inverosímil bloqueo ideológico y su odio no son menores. Ni la magnitud de sus crímenes, pues la mayor matanza de Barcelona la cometieron ellos y han lanzado coches bomba a un patio donde jugaban niños. Ventajas a su favor: nunca ha habido un consenso total contra ellos, una vez encarcelados se les llama “presos políticos”, cuando cumplen las condenas se les recibe con festejos como a héroes, sus “ideas” (perdonen la expresión) están representadas en el Parlamento por simpatizantes o cómplices que se niegan a condenarlos, se consideran de izquierdas y otros partidos aceptan aliarse con ellos para formar un bloque “progresista”… No es obligatorio llevar turbante para agredir a la democracia, con una txapela sobre el vacío de neuronas basta y sobra.

FERNANDO SAVATER

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Pueriles

Donald Trump, con sus morros de adolescente malcriado, sus tuits de caca, pis y culo y sus chiquilladas que tienen poca gracia

Captura del video que compartió Trump contra la CNN.
Captura del video que compartió Trump contra la CN

 

Según Kierkegaard, Suetonio describe a los césares más tiránicos como niños muy caprichosos, dotados de poder absoluto. En efecto, vivir bajo la férula de Calígula o Nerón debía ser como padecer las intemperancias de un crío al que no se le pueden dar azotes porque es capaz de devolvernos ciento por uno. Con los autócratas de guardería caben pocas razones: como no conocen ni aprecian las reglas de la vida adulta, de ellos se puede esperar cualquier cosa, tanto risible como espeluznante. Es el caso de Donald Trump, con sus morros de adolescente malcriado, sus tuits de caca, pis y culo y sus chiquilladas que tienen poca gracia porque las hace sentado en el maletín con las claves del poder atómico. Desde luego Trump, gracias al sistema de separación de poderes de la democracia americana, no puede llevar sus puerilidades arbitrarias a los extremos de aquellos césares atroces, pero se las está arreglando en los primeros meses de su mandato para hacer una cantidad de travesuras bastante alarmantes. ¿Quién se atreverá a mandarle al reformatorio?

Parece que nadie, porque a sus partidarios les gustan las burradas. Y es que vivimos en países que veneran no ya a la juventud impetuosa sino a la niñez semisalvaje. El discurso político consagra el maniqueismo de una película de buenos y malos, la argumentación se reduce a un intercambio de exabruptos y melonadas colegiales, el liderazgo consiste en ver quién mea más lejos en el patio del recreo. Triunfa el sentimentalismo, el “me gusta” o “no me gusta”, el no quiero lavarme y el confundir los churretes con pinturas de guerra. La cuestión ya no es qué mundo dejaremos a nuestros hijos sino qué hijos van a quedarse con el mundo. Trump, Calígula, somos todos del mismo cole…

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Espejos

En nuestra era de milagros técnicos, sería bueno que inventasen una Polaroid de almas y así ver por fin la cara que llevamos y desconocemos

Leni Riefenstahl en 1974

Leni Riefenstahl en 1974

 Sin conocerlas a todas, no me atrevo a decir que Leni Riefenstahl fue la mujer más notable del siglo XX: lo que puedo asegurar sin miedo a equivocarme es que fue tan notable como las más notables. Por supuesto no digo mejor, ni más inteligente o mas artísticamente creadora, ni la más ejemplar: sólo notable, nada más ni nada menos que notable. Fue bailarina, actriz, directora de cine (una de las mejores de la historia), exploradora, fotógrafa, submarinista (empezó a bucear con más de setenta años) y vivió activa y lúcida para presentar un libro gráfico adecuadamente titulado Cinco vidas que celebraba su primer siglo en este mundo. Misión cumplida, murió al año siguiente. Su memoria está indeleblemente marcada por la famosa infamia de su documental El triunfo de la voluntad sobre el congreso nazi de Núremberg del año 1933, estéticamente irreprochable visión de la organización criminal que cuatro años después espantaría al mundo. Le costó varios años en campos de desnazificación tras la guerra y un baldón que la acompañó toda su larga vida.

 Pero los hombres de su vida no fueron nazis ni arios, sino los Nuba, una tribu en Sudán del sur: “Extraordinariamente bellos, generosos, valientes”. Ellos le descubrieron el mar y ella, con su Polaroid, les hizo descubrirse a sí mismos. A cada foto que aparecía mágicamente en el papel, se decían unos a otros sonrientes: “Mira, éste eres tú”. Como carecían de espejos, no habían visto nunca su propio rostro. En nuestra era de milagros técnicos, sería bueno que inventasen una Polaroid de almas y así ver por fin la cara que llevamos y desconocemos, señalándonosla mutuamente: “¡Mírate, eres tú!”. Cuántas sorpresas, que amargo despertar. Ni bellos, ni generosos, ni valientes, nada que ver con los felices Nuba.

FERNANDO SAVATER

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Moderno

Los peores son esos beatos que pretenden alejar a los niños de las tecnotentaciones en vez de enseñarles a convertirlas en oportunidades geniales

FERNANDO SAVATER

En la imagen una madre con su hijo utilizando dispositivos digitales
En la imagen una madre con su hijo utilizando dispositivos digitales GETTYIMAGES

 

¿Han padecido ustedes alguna vez a esos fastidiosos predicadores —disculpen el pleonasmo— que atribuyen las deficiencias espirituales de nuestra época, su escasez de alma, ah, oh, al abuso de Internet o a la fijación con los smartphones?Pues consuélense, lamentos semejantes se han oído en todas las épocas, acusando a diversos y sucesivos inventos: la imprenta, la máquina de vapor, la bicicleta, la radio de galena, el ferrocarril, el bidet, la electricidad, la píldora anticonceptiva, la olla a presión… ¡Platón reprochó a la escritura la pérdida de memoria de los humanos, nobles guerreros han asegurado que desde que aparecieron las armas de fuego se acabó el coraje viril en el campo de batalla y Pol Pot fusilaba a los que llevaban gafas por reconocerlos como intelectuales contumaces! Es curioso que todos prefieran creer que son los avances tecnológicos los que corrompen al espíritu humano (como si fueran otra cosa que una de sus realizaciones más características) y disipan las virtudes, en lugar de aceptar que son nuestros tenaces vicios espirituales los que acaban pervirtiendo los inventos mas beneficiosos.

Los peores son esos beatos que pretenden alejar a los niños de las tecnotentaciones en vez de enseñarles a convertirlas en oportunidades geniales. Contra ellos, el ejemplo admirable de Roman, un niño inglés de cuatro años. Su madre sufrió un desvanecimiento grave y él activó el móvil con la huella del dedo de la mujer, llamó a Siri para pedir una ambulancia y luego a la policía para informar de lo ocurrido y de su dirección. ¡Salvada! Dicen que Roman es un héroe porque conservó la serenidad donde muchos la hubiéramos perdido, tomó la decisión eficaz y la puso en práctica con tino. Pero además es un héroe moderno, técnico, literalmente progresista. Gracias, Roman el bien llamado…

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Mundo feliz

Necesitamos menos poetas y más pilates: hay que decírselo a los adolescentes enseguida, para que no se amarguen la vida

Pareja de recién casados
Pareja de recién casados GETTY

 

Parece que va siendo evidente que la distopía que nos corresponde no es 1984,de Orwell, sino Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en el que hay consenso para que desaparezca por nocivo y peligroso el “amor romántico”, ese pleonasmo (como el agua húmeda). Sin amor sólo quedará el sexo como placer y fiesta, una especie de amor sin espinas, como los filetes de pescado congelado. Punto final a esa manía alucinatoria de buscar nuestra otra mitad, el cariño absoluto que da sentido a la vida o compensa de no encontrarlo, los celos y recelos, las cóleras y reconciliaciones, la pérdida, la fatiga asombrosa de querer. “Si duele no es amor”, han decretado los coachs(esos psicólogos para quienes no tienen ya psique). Así podemos despachar el estorbo de casi toda la literatura occidental, basada en que solo es amor si duele. Y sus contradicciones: el poeta que se queja de la espina en el corazón clavada y cuando se la quitan protesta porque ya no siente el corazón… ¡Bah, no tienen pensamiento positivo, no saben pasarlo bien! Así les va a las pobres chicas, Emma, Ana, Desdémona… el último beso de Otelo. ¡Otelo! ¡Cómo no le da vergüenza a Shakespeare ser tan romántico al hablar de la violencia de género! Necesitamos menos poetas y más pilates: hay que decírselo a los adolescentes enseguida, para que no se amarguen la vida.

Olvidemos el bárbaro pasado y sus neuróticos arrebatos. Adiós a morbosas torturas como las que describe T. S. Eliot (trad. Andreu Jaume): “¿Quién concibió pues el tormento? El Amor. / El Amor es el nombre más siniestro / escondido en las manos que bordaron / la insoportable camisa de fuego / que las fuerzas humanas no quitaron. / Tan solo suspiramos, tan solo vivimos / por fuego y por el fuego consumidos”.

FERNANDO SAVATER

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Muy tarde

Nadie puede ser de veras bueno habiéndose divertido tanto como yo

Estantería repleta de películas.
Estantería repleta de películas. BENJAMIN RONDEL / GETTY

 

Ahora me abruma tanto desperdicio. Una vida que renunció demasiado pronto al verdadero camino de la sabiduría, que no supo evolucionar en el buen sentido, incapaz de ascender desde la chiquillada a la seriedad adulta. Un cierto talento, limitado aunque prometedor, derrochado en leer tebeos (con la entrega que otros reservan para Kierkegaard), novelas policiacas estudiadas con fervor como grimorios, y tantas películas del Oeste (con el corazón en la mano: no hay nada más hermoso), o ambientadas en las profundidades de la selva y los abismos del mar (donde acecha Kraken, el pulpo monstruoso, y la sombra aciaga del insaciable tiburón), mañanas ensangrentadas por los dinosaurios, medianoches sin luna de vampiros… La trampa de la infancia, de la que cuando no se sale a tiempo —¡oh, vergüenza!— ya no se sale nunca. Y lo demás se fue en el altar de las carreras de caballos o en otros compromisos poco edificantes, como beber los vientos (¡hasta los vientos!), guiñar el ojo sin éxito pero con fruición, y dormir largas, bochornosas siestas. Interminables, hasta hoy. No echo de menos el concepto claro ni la erudición incansable, sino la inexperiencia que perdió la ocasión de madurar.

Buena persona, dicen los amigos más complacientes, que también los hay. Pero no me llamo a engaño: nadie puede ser de veras bueno habiéndose divertido tanto como yo. Y muchas o muchos se alejaron cuando les dijimos que lo nuestro no era valor sino simple curiosidad, ¿verdad, Leonard? Como confesó aquel futbolista mítico que murió arruinado, gasté todo mi tiempo en lo innecesario y el resto lo perdí tontamente. Pero hoy, cuando el año acaba, me agobia este desperdicio: la voz de la tristeza es la de la hormiga amonestando a la incorregible cigarra. Inútilmente. Qué pronto se ha hecho tarde.

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Para aprender

La reflexión filosófica puede ofrecer un análisis potente de la realidad en la cual y a veces contra la cual vivimos

Persona leyendo sentada en un sillón.rn rn
Persona leyendo sentada en un sillón. ALIYEV ALEXEI SERGE / CORDON PRESS

 

He leído a una defensora de la filosofía —papel poco rentable, pese a la salvación de la Facultad Complutense— proclamarla indispensable como permanente guerrilla intelectual contra las asechanzas del capitalismo. Es restringir su alcance tanto como los que quieren suprimirla de los estudios. Según ese criterio, Aristóteles debería haberse dejado de metafísicas y categorías para centrarse en la denuncia del imperialismo macedonio… Sin embargo, prescindiendo de prejuicios que la reduzcan a vacua tribuna de dogmas (la posverdad es la antítesis contra la que ha luchado no ahora, sino desde el ágora socrática), la reflexión filosófica puede ofrecer un análisis potente de la realidad en la cual y a veces contra la cual vivimos. Van tres ejemplos.

Con Estudios del malestar (editorial Anagrama), José Luis Pardo nos ofrece el mejor análisis en profundidad que conozco sobre la confusa metástasis política, tecnológica y social que nos somete a trumpazos y bandazos en la última década… como poco. Si no quieren limitarse a poner rótulos para sacudirse los problemas (neoliberalismo, populismo, etcétera) sino que les gustaría saber algo más, este es su libro. Aunque solo sea un enigma made in Spain, la cuestión de por qué la izquierda se ha vuelto reaccionaria y apoya al separatismo recibe adecuado tratamiento en La seducción de la frontera (editorial Montesinos) de Félix Ovejero. Y la sustitución sentimental del racionalismo democrático por el clamor de “las tripas”, como antes se decía, es el tema de fondo de La democracia sentimental (editorial Página Indómita) de Manuel Arias Maldonado, que no solo argumenta con tino sino que brinda abundantes pistas bibliográficas para continuar indagando por nuestra cuenta. De modo que el camino del pensamiento sigue abierto: falta saber cuántos leen aún para aprender, no para despotricar.

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¡Peligro: democracia!

“Esta edad vanidosa
ama los cuentos y odia la virtud;
esta edad que adora lo útil
y nunca ve la vida,
se hace cada día más inútil”.
(G. Leopardi, ‘El pensamiento dominante’)

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Confieso sentir un perverso placer cuando las predicciones de los especialistas sobre algún comportamiento colectivo fracasan estrepitosamente. Y ello aunque lo que realmente ocurre sea para mí más inquietante que lo que parecía que iba a pasar. Mi regocijo agridulce es del mismo tipo que expresa la repetidísima exclamación de Voltaire (apócrifa, por otra parte): “Estoy en completo desacuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida por que pudiera seguir diciéndolo”. De semejante modo, lamento que los votantes en una consulta o en unas elecciones se pronuncien mayoritariamente contra lo que aconsejan los expertos más fiables o la simple argumentación racional, pero me alegro de que tal desvío pueda ocurrir, porque la capacidad masiva de disparatar a coro es una prueba de salud democrática. De hecho, esta temible disposición es el argumento derogatorio que han empleado siempre contra la democracia sus adversarios más insignes, desde Platón a Borges. Y hoy continúa escandalizando a muchos de menor talento. Pero precisamente en ese punto estriba lo característicamente democrático. Jean Cocteau aconsejaba: “Lo que todos te censuran, cultívalo… porque eso eres tú”. Con algo de prosopopeya, también podríamos decírselo a Doña Democracia.

Deplorando el resultado de las elecciones presidenciales norte­americanas, una portavoz de Podemos dijo: “Hoy es un día triste para la democracia”. Lo repitió varias veces y luego, ya lanzada, dijo también que “era un día triste para la humanidad”. Pasemos por alto esta última hipérbole, porque a todos se nos puede calentar la boca. Pero ¿por qué es un día triste para la democracia? Sin duda es una jornada poco radiante para quienes, como esa señorita y yo mismo, aborrecemos el ideario agresivamente xenófobo, clasista, machista y sobre todo apoyado en descaradas exageraciones y falsedades del ya presidente Trump. Pero ni la portavoz ni yo somos dueños de las instituciones, debemos compartirlas con otros millones de personas que desdichadamente no piensan como nosotros. En cambio, desde otra perspectiva, unas elecciones donde los ciudadanos prefieren contra todo pronóstico a un candidato al que no apoyan ni en su propio partido (mientras a su rival la recomendaba el presidente anterior, los periódicos de referencia, artistas, intelectuales, etcétera), que vomita barbaridades, se comporta públicamente como un patán, ofende a todos los grupos sociales imaginarios, promete medidas políticas autoritarias, belicistas o que amenazan mejoras sociales, demuestra ser un ignorante en casi todo y elogia demagógicamente a quienes lo son aún más que él… Pues vaya, caramba, eso sí que es una muestra estremecedora pero indudable de libertad. Porque elegir según recomienda la lógica, la fuerza de las razones, la opinión de los expertos políticos y morales, puede ser socialmente beneficioso, pero deja un regusto de que es “lo que hay que hacer”, lo obligado; mientras que ir contra lo que parece conveniente y cuerdo es peligrosísimo, pero sin duda revela que uno sigue su real gana. Cuando se incendia la casa, el que sale corriendo para salvar el pellejo hace muy bien, pero obedece a las circunstancias; libre, lo que se dice grandiosamente libre, es el que se queda dentro cantando salmos entre las llamas.

La libertad política es algo muy deseable de tener pero peligroso de utilizar. Nos hemos criado oyendo mencionar al poder como el coco que quiere devorarnos: el lenguaje del poder, las asechanzas del poder, la cara oculta del poder… Lo imaginamos oculto en cenáculos restringidos donde conspiran unos cuantos plutócratas desalmados. Seguro que hay algo de verdad en esta caricatura siniestra, pero el poder más temible en democracia es precisamente el que comparten todos y cada uno de los ciudadanos: el poder de elegir. Temblamos con razón ante los autócratas que monopolizan el mando, pero en nuestras democracias es lógico sentir escalofríos al pensar en las multitudes que deciden quién debe ostentarlo. Algunos tratan de aliviar este recelo asegurando que la mayoría de los ciudadanos no pueden ser llamados realmente libres porque son ignorantes en las cuestiones de gobierno, se dejan engañar o seducir con promesas vanas, se asustan ante amenazas imaginarias, son venales, xenófobos, intolerantes… Pero todo esto sólo quiere decir que son humanos: esos mismos defectos existen en todas partes, aunque no haya libertades políticas. En democracia la diferencia es que pueden expresarse y elegir lo que prefieren: quizá no sean más felices que otros vasallos, pero al menos son tratados como realmente humanos. No se les reconocen sus virtudes, sino su dignidad. La democracia no es ante todo el asilo de la lucidez, la solidaridad, el buen gusto o la creación artística, sino que es “la tierra de los libres”, como dice el himno de Estados Unidos.

Para evitar que el devenir democrático sea una serie de dictaduras electivas contrapuestas, están las leyes. Los ciudadanos basan las garantías de su libertad participativa en el acatamiento de la Constitución. Los que hablan de fascismo y caos tras la victoria de Trump fantasean tétricamente. Lo único que verdaderamente sonó inquietante en el discurso electoralista de Trump fue la amenaza de no respetar el resultado de las elecciones si no le gustaba. Algo parecido a lo que hoy berrean por las calles —espero que por poco tiempo— los modernos caprichosos del “No es mi presidente” o “No me representa”, que se consideran por encima de la democracia y capacitados para decidir cuándo la libertad ha optado por el bien y cuándo no.

En España ya estamos acostumbrados a quienes piensan que la democracia funciona mejor sin leyes que la coarten, como la paloma de Kant creía volar mejor en el vacío… Sin duda Trump es populista, como en nuestro país Podemos y sus siete enanitos: no porque prediquen lo mismo sino porque predican del mismo modo, empleando la retórica demagógica para conseguir aunar la heterogeneidad de los descontentos.

En la era de Internet, el populismo tiene campo abonado. Y es inútil empeñarse en regañar a la gente por sus preferencias (todos son “gente”, los que piensan como nosotros y los demás), mejor es perseverar en educarla para argumentar y comprender en lugar de aclamar. También hay que proponer alternativas ideológicas fuertes, no simplemente apelar al pragmatismo y la rentabilidad. Hagamos lo que hagamos, seguiremos remando en lo imprevisible. Porque la incertidumbre no la ha traído Trump, sino la libertad.

Fernando Savater 

Fuente: http://internacional.elpais.com/…/ac…/1478883603_653674.html