Bioética, enfermedad y muerte
Vida y muerte, medicina y enfermos, vejez y enfermedad, bioética: temas arduos y generalmente eludidos, que el doctor Arnoldo Kraus trata en varios ensayos esclarecedores. En el “Prólogo”, el escritor Guillermo Fadanelli destaca el caso “excepcional en la sociedad mexicana” de este médico que reflexiona acerca de los problemas éticos que acompañan su actividad. Fadanelli plantea “cómo construir en los enfermos la confianza minada por esos médicos que han dejado de ser un puente que reconcilie a los hombres con sus enfermedades”. El autor aborda primero temas vinculados con la muerte y la enfermedad, desde la perspectiva de una ética laica, y señala algunas de las amenazas que menoscaban hoy el ejercicio de la medicina. En la segunda parte, el eje conductor es la bioética.
En “Saber escuchar”, leemos que en la medicina “no hay oposición entre el arte de la escucha y la tecnología... los enfermos son maestros... Todos saben que la cura se inicia a través de sus palabras”. Kraus analiza enseguida en varios textos nueve controvertidos alegatos en torno al suicidio, la autonomía y dignidad de la persona y los ilustra con varias posiciones filosóficas (de Camus a Thomas Szasz) y el suicidio de algunos escritores: Dylan Thomas, Pavese, Hemingway, Mishima. “Los seres humanos tienen derecho a adueñarse de sus vidas”, concluye y afirma: “utilizo signos de interrogación para exponer mis dudas e invitar a la discusión”. El suicidio asistido (ya legalizado en Oregon, Washington y Montana en EU y en Suiza) es parte del universo de la eutanasia, “un dilema ético que desafía principios básicos de la bioética y a la tecnología médica (la cual salva muchas vidas pero también puede prolongarlas en forma inadecuada)”. Expone los principales argumentos en contra y a favor de las dos formas de eutanasia: activa (aprobada legalmente en Holanda, Bélgica, Luxemburgo) y pasiva. El autor ejemplifica con seis casos que documentan voces y voluntades contra los cánones médicos y religiosos imperantes y asevera: “los médicos nunca deben sugerir la eutanasia. Sólo deben ser guías capaces de escuchar lo que desean los enfermos y sus familiares”. Toca luego la polémica cuestión de la eutanasia a menores de edad y el suicidio de parejas (los casos célebres de Stephan Zweig, Arthur Koestler y sus esposas); narra también “el largo adiós de Sándor Márai”, una dura historia de enfermedad, soledad y vejez anotada por el escritor húngaro en sus Diarios 1984-89.
Otros textos: “Vergüenza y enfermedad” (la estigmatización de la enfermedad); “Ética médica e infancia” (disease mongering: “inventar enfermedades”, nueva epidemia auspiciada por la industria farmacéutica para lucrar, apoyada en el incremento de la violencia cotidiana, la obesidad creciente, los fármacos diseñados para modificar ciertas conductas y los trastornos por déficit de atención con hiperactividad); “De Galton a las pruebas genéticas” (eugenesia y asesoramiento genético); “Trasplantes de órganos: algunos dilemas” (medicina para ricos y para pobres, turismo de trasplantes, los casos de China, “líder en la venta ilegal de órganos”, Egipto, Turquía, Moldavia, Perú y Ecuador); “Tecnología y medicina”; “No abandonar al enfermo”; “Dilemas sobre bioética”, la filosofía del siglo XXI (ocho escenarios de enfrentamientos entre ciencia y ética; la manipulación genética); “Jack Kevorkian”, un héroe de la medicina; “¿Cuál es el papel de los médicos frente a la pena de muerte?”; “Ética y drogas: ante la muerte y la vida” (la legalización limitaría las drogas a un problema de salud pública, “un mal menor” que atacaría la economía de la narcopolítica).
Jesús Anaya Rosique/mileniodiario
BLANCA, COMO EL PULQUE.
La niñez no me pertenece. Su relato, en cambio, es cosa mía. Para que el pasado se vuelva real sólo es necesario narrarlo. Y a eso me dispongo.
Vivía en la casa de mi abuela, en avenida 9, colonia Independencia. Mi padre conducía un trolebús y mi madre era ama de casa. Y frente a esta casa de buen tamaño e insípida en su arquitectura abría sus puertas una pulquería. Se llamaba La Primavera. Yo preguntaba a mis padres qué cosa era el pulque. No recuerdo con exactitud su larga respuesta y pese a ello no pasa inadvertido en mi memoria el hecho de que había en sus palabras cierto desprecio: "El pulque es para personas aún más pobres que nosotros." Yo tenía diez años y desde la ventana del comedor divisaba a los parroquianos salir de La Primavera tambaleándose. Y en la acera notaba el olor, profundo y rancio del pulque, rancio como todo lo que proviene de la tierra. Y el aire corrompido. Y ese hombre tirado a las puertas del expendio, partido en dos por una sonrisa de felicidad.
A los once años tuve una novia de nombre Blanca. Ella vivía a un lado de la pulquería en una casa tan fea como la de nosotros. Cuando ambos nos asomábamos a la ventana para saludarnos, la figura de los borrachos siempre estaba presente. No sé qué significa este recuerdo, acaso que en mi memoria el rostro de esa niña blanca como su nombre se encuentra asociado al aguamiel. Hoy, tantos años aparte, me he vuelto un consumidor asiduo a esta bebida sobre la que sociólogos, historiadores y antropólogos han disertado hasta el cansancio. A veces, cuando no viene al caso, suelo narrar que al terminar la década de los ochenta una joven amiga italiana de nombre Claudia Martelli vino a México con la única finalidad de probar el pulque. La razón de tamaña empresa fue que para graduarse como licenciada había escrito una tesis universitaria de trescientas páginas acerca de la producción del pulque en México. Y una vez que lo probó no le gustó: dijo simplemente que el pulque era tan monstruoso como los mexicanos. Y se marchó después de una semana. Me imagino que se ha vuelto adicta al Campari. Yo no volví a comunicarme con ella.
Los últimos dos años he bebido curados con cierta frecuencia. Sobre todo durante el medio día, luego de haberme mantenido en vela la noche anterior y ya con mi estómago reducido al tamaño de una canica. El pulque me alimenta y es dulce, como la mujer que te espera sin endilgarte ningún amargo reproche. La mujer que le recrimina a un borracho su felicidad merece quedarse sola. Hay que elegir el momento de la recriminación y no cuando el bebedor llega a casa después de una noche de batalla. De esta clase de mujeres se encuentra lleno el purgatorio. En esas mañanas en que aguardo la apertura de La Toma de Conciencia, en la colonia Doctores, las horas me resultan pesadas e interminables. A mi lado esperan, como buenos amigos que son, Tizano, Rentería, Mara y Páez quienes saben bien cuando se debe vestir de luto y cuando debe uno mandar a los muertos al olvido. Después de beber unos cuantos litros de buenos curados cada quien se derrumba en su propia costumbre. Ahora acudo a Los Insurgentes donde me he encontrado también con buenos amigos. Allí Gustavo y Alan me invitan los tragos porque aún son jóvenes y no tienen echado a perder el sentido de la camaradería.
Si supiera que ha sido de Blanca, aquella niña que vivía a un lado de La Primavera, la invitaría a beber un curado de apio y con un poco de fe juntaríamos nuestros recuerdos. Pero quién sabe si ella vive o en qué se ha convertido. Probablemente es una mujer rabiosa que le recrimina la ebriedad a su marido. Al menos, en mi memoria, ella continúa siendo una niña dulce e intacta.
Guillermo Fadanelli
Drogas
Recuerdo que siendo un adolescente cayó en mis manos un ejemplar de Mi lucha, el panfleto que escribiera Adolfo Hitler para exponer sus ideas. En ese entonces me encontraba indefenso ante los embates de cualquier clase de sermón y pese a desconocer la circunstancia en la que había sido escrito el libro terminé su lectura. Hoy, varias décadas después, mientras leo Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, de Carl Amery, me encuentro con varios párrafos extraídos de Mi lucha que me producen, además de un rechazo inmediato, un malestar físico que aumenta mi mal humor. Me consuela saber que ahora puedo hacer frente a las sandeces ideológicas que en aquel entonces me impresionaron.
Quiero imaginarme que cuando escuché por primera vez decir a una persona que las drogas son perniciosas tampoco tuve manera de oponerme a su sermón y es probable que haya dado como ciertas todas sus opiniones. Y es que si alguien está contra las drogas sin hacer matices o diferencias entre ellas lo que está haciendo es más bien manifestarse contra el demonio. Por supuesto habemos personas que no creemos en demonios ni en demás entelequias parecidas y nos gustaría ser un poco menos vagos en cuestiones que en la actualidad resultan ser tan importantes. Creo que para no dejarse amilanar ante concepciones o términos que lo abarcan todo es mejor separar, comparar y hacer diferencias entre las distintas sustancias capaces de afectarnos una vez que han entrado a nuestro cuerpo.
En su libro Aprendiendo de las drogas, Antonio Escohotado cita al médico renacentista Paracelso cuando escribe: "sólo la dosis hace de algo un veneno." Y si menciono estas palabras es porque el "mal" siempre es relativo en cuanto depende de la circunstancia en la que actúa. Pero no intento hacer aquí una crítica a la concepción común que tenemos de las drogas, ni tampoco valerme de una razón histórica o científica para llevar a cabo esa crítica, pues ambos caminos (la tradición y el saber positivo) son sólo una parte de un fenómeno mucho más complicado. En todo caso, me parece más urgente defender los derechos individuales que necesitan las personas para hacer más fuertes las democracias liberales (dentro de un Estado sólido que procure al máximo estas libertades) y evitar que nos sea impuesta una imagen del "mal" en cuya concepción nosotros no podemos participar. Un ejemplo: si deseo beber cantidades extremas de café, no aceptaré una prohibición que no tome en cuenta mi opinión al respecto de si quiero o no envenenarme con dicha bebida. (Dice Escohotado que un litro de café concentrado equivale a consumir aproximadamente un gramo de cocaína, aunque como he dicho antes no quisiera por ahora hacer esta clase de analogías pues su sencilla manipulación vuelve el asunto aún más confuso)
Lo que no creo es que deje de haber consumidores de cocaína o marihuana en México. Y su presencia alienta a los proveedores quienes encuentran de este modo su oportunidad de participar en el mercado sin pagar impuestos y sin mostrar ningún respeto por las leyes de la comunidad. Y el cúmulo de crímenes, muertes absurdas, degradación, corrupción que provoca la prohibición irracional de estas drogas es tan considerable que quien la continúa sosteniendo comienza a volverse cómplice y promotor de estos lamentables hechos. Creo que en el futuro se valorará o se juzgará duramente a quienes pudiendo buscar soluciones alternativas a una guerra sin sentido (quiero decir legalizar, ordenar, regular la producción de sustancias que de todas maneras van a ser consumidas) han preferido mantener el estado de cosas a toda costa. No es justo acusar a una autoridad por intentar cumplir las leyes, pero sí culpar a los legisladores que no crean leyes acordes a la realidad de su tiempo.
Fortalecer las instituciones de prevención y salud, aumentar el peso de las libertades individuales, aumentar el nivel de la educación, regular la calidad de las sustancias que dejen de ser prohibidas, poseer un buen sistema de justicia, cobrar impuestos a quienes se dediquen al mercado de drogas (como se hace con las empresas que venden alcohol y demás), evitar sus monopolios y sobre todo no construir —desde el miedo irracional, el desconocimiento y los prejuicios— un demonio o una idea del mal hegemónicos, son acciones más sensatas que poner a todo un ejército a combatir a un enemigo que nunca podrá vencer. Las razones de su lucha son sinrazones.
Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com
¿DE QUÉ HABLAS?
"Escucha, por cada buen libro que pueda yo sugerirte, tú escucharás toneladas de basura en los medios, en un día verás más aberraciones que las que un hombre de la Edad Media pudo haber visto durante toda su vida, serás víctima de los consejos más estúpidos por parte de las personas más necias que hayan existido jamás y quedarás tan aturdido que ni el mejor escritor del mundo podrá sacarte de tu marasmo. Así que mejor me abstengo y no te recomiendo nada. No veo caso en añadir más lodo al pantano.
"Ningún libro podrá oponerse a la avalancha de necedades que nuestra época ha preparado para ti. Y si un día te das cuenta de ello estarás tan hundido en el estiércol que tus pies no tocarán la tierra y sentirás que flotas dentro de una atmósfera tibia y evanescente. ¿Qué tal? A mí me parece un espléndido futuro, una suerte de vía rápida hacia la nada, un buen modo de existir sin sentirse culpable. Ningún filósofo vendrá a quitarte la venda de los ojos ni a mostrarte el camino pues están ocupados en sus propios asuntos. Por lo demás, ellos escriben en publicaciones especializadas que no van a llegar a tus manos, y es mejor que así sea pues de lo contrario no comprenderías nada y acumularías más odios contra personas que no conoces."
Habría querido que siendo yo joven alguien se dirigiera a mí de esta manera, sin embargo es casi imposible que se nos hable con la verdad. En vez de eso tuve varios profesores en la primaria que pusieron libros en mis manos. Ellos no volvieron a saber de mí y seguramente vivieron pensando que al menos en mi caso habían hecho lo correcto. Y ahora, un montón de años después, creo que habría preferido una decepción temprana. Una pista que me diera señales de que los buenos libros no podrían evitar la miseria que se avecinaba ¿Pero quién iba a saberlo entonces en una improvisada escuela de gobierno? Nadie, acaso las dos niñas que besaba a escondidas y que después del beso sonreían antes de ir corriendo a esconderse de mi mirada.
Cuando Nietzsche tuvo que referirse a las categorías del conocimiento que con tanta minucia había elaborado Kant, se mofó alegando que lo único que deseaba su autor era impresionar a los lectores escribiendo lo más difícil que a nadie se le hubiera ocurrido antes respecto a la metafísica. Para Nietzsche esa clase de explicaciones eran adornos, además de una muestra de la floritura vacía que tanto gusta a los alemanes. He tenido presente este pasaje de Más allá del bien y del mal desde su lectura en mi primera y única juventud. El estilo vehemente y desordenado de Nietzsche no impidió que esas palabras se mantuvieran en pie dentro de mi cabeza. La idea de que somos empujados por una voluntad de poder que no pide nuestro consentimiento y a la que deseamos dominar por medio de explicaciones fatuas, es una idea que aún no ha podido ser refutada.
"No creas en nada de lo que te dicen, desconfía de quienes creen poseer algún tipo de conocimiento absoluto. Detrás de cada persona que cree detentar algún tipo de verdad se esconde un ser inseguro que no podría siquiera fundamentar la milésima parte de lo que dice. Actuamos sin comprender del todo las razones que nos llevan a realizar dichas acciones y no hacemos sino pensar lo que de todos modos tiene que ser pensado. Somos presa de una fuerza que nos rebasa y nos lanza al vacío. De modo que mejor siéntate y trata de no molestar a nadie con tus opiniones o tus juicios."
Nadie se dirigió a mí de esta manera (excepto Nietzsche a quien por cierto leía con azoro e ignorancia): lo habría agradecido tanto. Hoy después de un par de meses he terminado la lectura de un libro del filósofo Thomas Nagel (Una visión desde ningún lugar) quien después de discurrir acerca del conocimiento, la mente, la realidad y el pensamiento escribe las frases siguientes: (1) "No puedo salir por completo de mí mismo", y (2) "Al final de la senda que parece conducir a la libertad y al conocimiento se encuentran el escepticismo y la impotencia", la primera afirmación niega que sea posible la objetividad, la segunda nos habla del dilema de un filósofo cuando quiere comprender o explicar el sentido íntimo de la libertad. En fin, nadie sabe con certeza de lo que está hablando. Y yo el primero.
Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com
LAS TRES PLAGAS
Durante el tiempo que he escrito esta columna no he sabido conducirme con orden y me he inclinado por la digresión y la libertad en el escribir antes que intentar convencer a los pocos lectores que me quedan de alguna clase de verdad. Se puede decir que soy un relativista que a veces se comporta con imprudencia y da juicios que en ocasiones pueden parecer extremos u hostiles, aunque en mi defensa puedo decir que cada una de las opiniones que expreso en este espacio son consecuencia de la reflexión. Como penitencia me impuse leer lo escrito en esta columna desde que se inició hasta los días que corren y me he percatado de que mis preocupaciones no han variado gran cosa y que en cuestiones de moral pública sigo pensando más o menos lo mismo. Y vuelvo a insistir —como creo que lo haré hasta que la muerte me haga el honor de tocar a mi puerta— en que nuestro país sufre el acoso de tres plagas que amenazan con no marcharse jamás hasta que pongamos el remedio sea por el medio que sea. Las describo brevemente, sin retórica ni estadísticas.
La primera plaga se describe de manera tan sencilla que hasta una estatua podría comprender su descripción: es necesario que los malos no nos engañen haciéndonos creer que son los buenos. No son los narcos el enemigo más importante de nuestra sociedad. Eso es una falacia y también un señuelo. Es la policía corrupta e inmoral que tiene como objetivo brindarnos seguridad la que ha puesto en peligro la idea de un estado sólido. No son confiables. El gobierno tiene como fundamental obligación proveernos de buenos policías y castigar de manera extrema a estos malhechores. Contra ellos debe llevarse a cabo la verdadera guerra. No sé de qué manera podría realizarse acción tan importante, pero es necesaria la denuncia ciudadana y el escarnio público, señalar a sus familias, quitarle derechos a quienes los rodean, hacerles ver que ninguna pena es suficiente para paliar el daño que realizan oscureciendo el rostro de la justicia y sembrando la desconfianza.
La segunda plaga son los empresarios que carecen de responsabilidad social. Van contra de uno de los principios de Rawls que más aprecio. Si vas a enriquecerte debes crear bienestar para el resto de las personas de tu comunidad o por lo menos no hundirlas más ni aprovecharte de su indefensión. Los monopolios de televisión no tienen derecho a una señal abierta en tanto sigan divulgando basura y lucrando con una población inocente a la que el estado no ha podido dotar de una buena educación básica. Mientras esto no se remedie toda programación tendría que ser transmitida por cable (eso es en verdad libre mercado) y que cada quien decida la clase de entretenimiento que desee consumir. Otro ejemplo que se me ocurre es el hecho de que una cadena de tiendas y restauranres ha sustituido a las librerías tradicionales, pero con la enorme diferencia de que a diferencia de las segundas promueve libros malos que poco hacen para estimular la reflexión o la cultura de los mexicanos. Entre estas tiendas y las librerías cubanas donde no existe más que literatura "conveniente" no existe casi ninguna diferencia. Son sólo dos casos, pero sobran ejemplos.
La tercera plaga a la que me referiré es de todos conocida. La muerte de la representación pública en manos de los partidos políticos. Ocupados en sus propios intereses, en el ascenso jerárquico de su posición, en su bienestar económico no son capaces de unirse ni de acordar medidas para remediar los problemas que cualquier persona podría enumerar sin ningún problema. Buscar alternativas a estas instituciones de ideología imprecisa, esmeradas en la corrupción y, además, objeto del más grande desprestigio, es una tarea a la que deben avocarse los ciudadanos. Los políticos han sembrado la desconfianza y no han sido el medio natural para la transición hacia una democracia moderna. Carecen de imaginación y de compromiso. Organizaciones civiles, gremios, resistencia, concertación pública, asociaciones de consumidores, consejos vecinales, redes sociales, grupos de intereses comunes que a la vez sean abiertos y participativos, alternativas para la acción política, todo menos partidos políticos y legisladores que sólo sirven a sus jefes y a la satisfacción de sus propios intereses.
Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com
UN ANTI LÍDER
Hace una semana me hicieron varias entrevistas a las que respondí de manera escrita. Las razones por las que me entrevistan son oscuras pues en palabras más o menos claras soy una especie de cero a la izquierda y mis opiniones acerca de cualquier tema se evaporan unos minutos después de ser expresadas. No soy un líder de opinión. Esto me proporciona cierto bienestar moral y una libertad envidiable de tal modo que puedo decir absolutamente todo lo me viene en gana. Si el entrevistador posee la libertad de preguntar lo que desea, entonces yo haré lo mismo sólo que por escrito. Con el pasar del tiempo la propia voz se torna odiosa y peor aún las muletillas o los gestos que acompañan a las palabras. A siete entrevistas respondí con cierta curiosidad y premura. De todas ellas he rescatado ciertos párrafos para engarzarlos a modo de artículo. Es una forma de pelear contra el olvido pues mi experiencia me dice que en este género nada permanece, excepto el gesto.
Me gustaría creer que casi todas las personas somos insignificantes, una equivocación, una pasajera enfermedad de la naturaleza que ni siquiera dejará huellas permanentes. Por ello en mis novelas elijo personajes que viven su aparente mediocridad como un destino. Son cercanas a las almas muertas de Gogol: seres que no están pese a que su nombre aparece en infinidad de documentos. Un ejemplo: cualquier persona de pobres recursos en México se ve condenada a vivir como si fuera un alma muerta, sin buena educación, sin justicia ni seguridad económica. La realidad que describen los periódicos y la ficción de que se valen las novelas son parte de un movimiento que comienza con la experiencia y la sensibilidad: la ficción como una realidad sin centro de gravedad, y la realidad como un sueño que no termina de fluir. Sin embargo, la crueldad de la realidad cotidiana supera por mucho cualquier violencia expresada en la novela, el arte es desterrado a un polo inhabitable y su sentido vital se disuelve. La violencia de la realidad vuelve, en apariencia, innecesario el arte. A veces trato de convencerme, en un acto de ingenuo escapismo, que esta época no me pertenece y que sólo soy testigo de la testarudez humana y de su consecuente desgracia: un testigo que escribe y sólo se involucra desde la literatura. Presumo tener una butaca inmejorable para presenciar este horrendo baile de los desequilibrios. No obstante, por más que procure ser sólo un espectador, la violencia devendrá una metástasis que terminará mordiendo hasta el más pequeño de mis huesos.
A mí me agradan los jóvenes que nacieron viejos. Yo era un poco así. De modo que sólo estoy llegando al mismo lugar donde comencé. Mis golpes son más lentos, pero mantienen su antigua dirección. Uno es el mismo porque cambia y pese a esos cambios permanece. Cada vez que decepciono a alguien respiro aliviado: ¡un peso que me quito de encima! Me he dicho después de que un joven me recrimina por haberme convertido en un viejo. La sangre y la mugre no se van nunca hasta que desapareces y te conviertes en nada. Me alegra no parecer el mismo, así mis acreedores no vendrán a cobrarme las cuentas. Hoy en día ninguna política tiene sentido si no contempla en sus especulaciones la ecología y la construcción de estructuras sociales sólidas capaces de recibir a quienes aún no han nacido. Parece necesaria una política de la desesperación, una metapolítica como la llama el filósofo Peter Sloterdijk. La televisión es el medio educador de los jóvenes más desprotegidos y con sus programaciones deleznables, mutiladoras del lenguaje y la reflexión cooperan tanto a la catástrofe como los mismos criminales. Los analistas o comentaristas políticos viven de la sobre explicación de los males (estamos un poco hartos de tanta habladuría sin sustancia: estamos sobre explicados). La ética de los comerciantes ha suplantado a la ética humanista que debía fundar idealmente a las sociedades democráticas. El poder económico lleva las riendas por encima de un poder político que le rinde pleitesía. Me sigo haciendo la misma pregunta que se hiciera Karl Popper, ¿cómo acabar con los malos gobernantes y criminales sin exponernos a una guerra civil o a una tragedia sangrienta? De eso se trata, ¿cómo lograrlo? Todas estas elucubraciones tratan de cuestiones prácticas, pero desde mi vida personal doy todo por perdido y prefiero sobrevivir sin detenerme en las "grandes ideas." Si los grandes negocios siempre terminan en asesinato, las grandes ideas no van de ningún modo a la zaga.
Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com/
LOS FALSOS PLACERES
En Cool memories, Jean Baudrillard exalta, como pienso tendrían que hacerlo muchos hombres, el hecho de que una mujer simule un orgasmo. En realidad nadie sabe qué cosa es un orgasmo excepto quien lo siente, o también los científicos que van de un lado a otro con su cinta métrica midiéndolo todo sin ningún pudor. Pero lo que hace Baudrillard es alentador porque destaca la actuación femenina en el teatro de la cama. ¿Quién reconoce a ese grado el esfuerzo histriónico de tantas mujeres anónimas? No sólo se entregan (la verdad es que ninguna mujer se entrega totalmente) a hombres torpes o anodinos, sino que además les ofrecen actuaciones espléndidas que suponen en ellas un talento nato. Simular el placer es un acto de cortesía casi tan generoso como donar órganos o quitarse el pan de la boca para ofrecérselo a un hambriento.
Por el contrario, tener un orgasmo real no guarda ninguna virtud ya que representa justamente lo esperado: es el resultado de una suma. No descubro ningún misterio en entrar a un restaurante, ordenar a la mesera una ensalada, esperar una ensalada y descubrir que al cabo de unos minutos aparece sobre mi mesa una ensalada. Lo extraordinario sería que en vez de ensalada apareciera de pronto una sopa de médula o un plato con insectos torturados. Entonces sí que la vida podría comenzar a ser interesante, un plato de insectos puede ser el principio de una dicha invaluable. Pienso que el placer no contiene en sí misterio o virtud, pero el simular placer, como toda buena actuación, linda con el arte, es decir con el estar sin estar. Todas las mujeres son artistas porque cuentan con el don de la desaparición, se escapan a voluntad y se vuelven núcleo, ensimismamiento, origen. No concibo un acto más sublime que el de estar sin estar pues, bien mirado, simular placer es lo más parecido a tenerlo.
Parece tan difícil encontrar el amor de tu vida cuando en realidad tienes muchas vidas, dice Baudrillard en sus breves memorias. Y este es nada menos que el lado contrario a la cara femenina de la moneda. No se puede tener un amor único porque dentro de cada uno de nosotros habitan varias personas con gustos o vidas diferentes e incluso opuestas. Simular que uno ha encontrado al amor de su vida es tan generoso, cortés e inteligente como simular un orgasmo ya que en ambos casos se actúa tratando de ofrecer un poco de verdad al otro. Y uno desaparece mientras ofrece ese poco de verdad, se concentra en sí mismo y se convierte en una especie de oquedad estelar. El constante escapismo que muestran estos actores (la que simula orgasmos y el enamorado fiel) en el drama humano es, en esencia, el semblante del vivir.
Yo sé que sonará a una tontería pero debemos tomar en cuenta que tener placer es en realidad y en última instancia no tenerlo. Vladimir Nabokov, en sus Habla memoria se pregunta como "combatir la absoluta degradación, el ridículo y el horror de haber llegado a tener una sensación y un pensamiento infinitos en el seno de una existencia finita." Nosotros, hombres de carne y hueso, bultos jadeantes que apenas viviremos unas cuantas décadas, ¿qué derecho tenemos a hablar del infinito? Y, sin embargo, lo hacemos y nos conmovemos cuando hablamos de asuntos como el amor eterno o el placer intemporal. Y las palabras del autor de Lolita me remiten en seguida a la idea del deseo que no puede ser colmado porque en su insatisfacción radica su poder. Por eso es inteligente una mujer que simula tener placer. Ella sabe que simular es la única manera de obtenerlo, de invocar el infinito desde un cuerpo finito. Ahora bien: ¿cómo saber que una mujer simula placer? Es muy sencillo: ¡debemos darlo por sentado! Hay que ser muy vanidoso para considerar que uno puede causar placer, hay que ser un imbécil. Ella simula porque es inteligente, y hay que aceptarlo como lo hace Baudrillard en Cool memories pensando, seguramente, en las italianas.
Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com/
¿Mujeres?
La mayoría de los hombres que hablan mal de las mujeres, en realidad hablan mal de una sola mujer. Esto fue más o menos lo que escribió Remy de Gourmont. Y también dijo que uno se conoce a través de las mujeres con quienes ha tenido una relación. Quiero confesar, no sin el embarazo debido, que el único tema importante que conozco es el que concierne al mundo femenino. Es un tema tan vasto como la astronomía o la física cuántica, pero mucho más misterioso porque no se presta a la conclusión. Cada vez que uno cree conocer las razones del comportamiento de una mujer es que, sin darse cuenta, tiene atada ya una soga en el cuello. Sé que es arbitrario dividir el mundo en hombres y mujeres, pero en estas cuestiones soy un pueblerino. Ya suficientes problemas me causa la atracción femenina como para aumentar mis tribulaciones poniendo atención en otros géneros. Ya hay suficiente filosofía con la ciencia, dijo Quine, con quien no comparto ningún punto de vista, exceptuando, quizás, el antiguo consejo de que no debemos inventar más problemas de los necesarios.
Si un hombre habla mal de las mujeres, siguiendo con Gourmont, habría que preguntarle quién o cuántas mujeres lo despreciaron. Es sano para una buena salud ubicar el origen de nuestros males porque, de lo contrario, culparemos al mundo de las desgracias que provocan sólo unas cuantas personas. A veces una mujer llega a sentir piedad por las penas que ella misma causa, ha dicho Gourmont, y tal verdad me parece una de las formas más crueles de la paradoja humana: sentir piedad por quienes, aún de modo involuntario, son nuestras víctimas. A este sentimiento puede remitirse una buena parte de la humanidad. Sé que es una obcecación de mi parte, pero creo que se reconoce a los hombres observando el rostro de las mujeres que los aman. Es tan sencillo leer en la superficie de esos mapas espontáneos. (Una extraña manía me acosa en los últimos tiempos y es la de pensar que todas las mujeres ocultan algo muy grave y que por lo tanto es mejor no averiguar ni molestarlas con preguntas. Creo que ningún secreto masculino vale lo que uno femenino porque si este último pudiera ser develado el mundo interrumpiría su marcha).
Schopenhauer estaba en contra de la monogamia porque era un hombre sabio, aunque lleno de rencores. La monogamia es en verdad una locura, pero eso es justamente lo que distingue a los humanos de otras especies: necesitamos convencernos de que una extravagancia es verdad. Y este convencimiento es fundamental para crear casas que nos cobijen del constante asedio de las pasiones. Por la misma razón hacemos teorías que damos por comprobadas o ciertas: queremos sentirnos protegidos. El concepto de dama le parecía a Schopenhauer abominable y tuvo a bien a escribir que las damas eran monstruos creados por una civilización europea basada en sus ridículas pretensiones de respeto y veneración. Estas damas, confiaba el filósofo, desparecerán de la tierra y entonces sólo quedarán mujeres. Yo, como Schopenhauer, creo que las damas no han existido nunca excepto en la mente de los hombres más primitivos. Y uno se conoce a sí mismo tratando a las mujeres. Y entre más mujeres sean las que uno trata más mundo habrá para un hombre. Cuando Gourmont dice que él se conoce a través de las mujeres es porque no le queda otro remedio. Ante la imposibilidad de saber quiénes son ellas lo único que le queda es conocerse a sí mismo. He allí un versión sobre el origen de la sabiduría socrática.
Dice Gourmont que un imbécil no se aburre nunca porque se contempla. Y ese aforismo sin más explicaciones me ha puesto a pensar en mí mismo. Mi vanidad me torna un imbécil que no se aburre porque se contempla a sí mismo. Pero a esa actitud le he intentado poner remedio dirigiendo mi atención al mundo femenino. Es la única manera de volverse sabio y en mi vida he dicho cosa más cierta. Permítanme endilgares otra definición de sabio que ya antes he citado en esta columna y que he robado literalmente de un libro de Richard Rorty. Es una definición que habrían de hacer suya también los que consumen su vida discutiendo política o asuntos públicos: sabiduría es la virtud de escuchar a los demás con la esperanza de que puedan tener ideas mejores que las nuestras. Y si además de esta virtud te entregas
—sin esperar comprender— a la contemplación del mundo femenino, entonces te convertirás, sin ninguna duda, en un hombre de bien.
Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com/
Premios
Como veo las cosas casi todos los seres humanos desean ser premiados al menos una vez en su vida. Ya sea por medio de un modesto diploma escolar o de un aparatoso homenaje a su carrera, los premiados experimentan siempre una íntima satisfacción, incluso cuando rehusen aceptar elogios o declaren no poseer méritos suficientes. A ver quién les cree.
Cuando era un niño yo también recibí varios premios: el más oprobioso fue sin duda el campeonato de oratoria de mi escuela primaria. Recuerdo que ante el asombro de mis maestros solté la lengua durante más de una hora para hablar de los niños héroes. No sabía entonces que la oratoria terminaba enredándote en la palabrería más infame. Tampoco me imaginaba que aquellos viejos concursos de oratoria te preparaban para hacerte un rufián mentiroso. Yo sólo hablaba sin parar como si estuviera conectado a una rústica memoria sin fin. Cuando estuve en la universidad obtuve un premio de poesía, hecho que me valió el respeto de varios jóvenes atarantados. Con el dinero del premio cubrí el primer número de una revista que aún llevo sobre mis hombros. Ya desde entonces me ruborizaban las alabanzas, pues era consciente de que detrás de un elogio llegaba siempre una bofetada. Todos aquellos que alguna vez nos elogiaron volverán para cobrarnos los halagos: sólo debemos esperar. Después obtuve un par de premios por mis novelas. Con el dinero que me entregaron las bondadosas instituciones llegué a pagar un año de renta por adelantado. De esa manera podía tirarme a la cama para haraganear todo el día, inactividad más que recomendable para alguien que aspira a ser un hombre mediocre. Hoy mismo lo único que me interesa de los premios es, por supuesto, el dinero. Pueden ahorrase las entrevistas para periódicos y también las cenas con otros escritores que te abrazan cuando en realidad desearían clavarte un cuchillo. Sólo exijo que los cheques tengan fondos porque es penoso pararse frente a una cajera de banco con un papel inválido. Mis humillaciones más escandalosas han provenido siempre de esos seres demacrados que cuentan dinero ajeno: nada los hace más felices que rechazarte un cheque.
Dado que en general los premios son una suma de mal entendidos me apenaría mucho confesar que alguna vez en mi vida obtuve reconocimientos. También, si fuera el caso, me daría pena ser el empleado del mes. Me avergonzaría llegar a mi casa con un diploma en las manos para mostrárselo a mi mujer. ¿Qué le diría entonces? “Mujer, mi esfuerzo no ha sido en vano, la compañía me ha reconocido 20 años de servicio honesto.” Estoy seguro de que mi mujer lloraría sin parar hasta el amanecer. En mi caso, preferiría que la sociedad me olvidara en vez de recordarme. Es un alivio que sociedades timoratas como la nuestra nos olviden para siempre. Los premios actúan justo en sentido contrario: te ponen en el centro de la pista. En cierto modo uno se vuelve un adefesio de circo: todos quieren asomarse a la jaula para ver cuántos ojos tiene el premiado. Ofrecer reconocimientos es también una manera de fabricar héroes para el consumo cotidiano. No tiene importancia si se es ungido héroe por el número de goles anotados en un campeonato o por escribir una novela que “desentraña los aspectos más oscuros de la condición humana”. De todas maneras el público obtiene un héroe para vitorearlo en el centro de la plaza. Ya después se darán tiempo para desollarlo o disfrutar su caída.
La gente cuelga sus diplomas en las paredes de su casa con tanto cinismo como conserva sus trofeos en vitrinas que están a la vista de todos. Tienen todo el derecho de hacerlo, de la misma manera que también tienen derecho a almacenar fotografías o a guardar los zapatos viejos dentro de una caja: no hacen más que escribir su propia historia, aun cuando ésta se trate de una historia común. En lo que a mí respecta obsequié todos los diplomas a mis padres y me guardé el dinero. De esa manera me libraba de papeles inútiles y mis padres pensaban que su hijo era una persona de cierto valor. Cuando muera mi madre –mi padre lo ha hecho ya– esos papeles perderán sentido y yo descansaré en paz.
Guillermo Fadanelli/http://fadanelli.blogspot.com
El hombre humilde
El hombre humilde que se ve a sí mismo como un cero a la izquierda es el ser que más posibilidades tiene de conocer la bondad y convertirse en un hombre bueno. Esta es la conclusión de una filósofa que ha especulado profundamente acerca de la idea del bien, Iris Murdoch. Me parece una noción sensata, pero me pregunto cuántos hombres humildes he conocido en mi vida y me respondo: “son menos que los ornitorrincos.” En cambio, levantas una piedra y encuentras a un vanidoso que cree que el mundo sería distinto y estaría incompleto sin su presencia. Y estos no son los peores ya que existe una clase de personas aún más detestable: esos que pregonan su humildad cuando en realidad son fantoches envanecidos que intentan darnos lecciones de moral. Mi conclusión es por lo tanto algo diferente a la de Murdoch: si esperamos a que los humildes nos muestren el camino a la bondad estamos fritos.
Cada vez que veo a una mujer hermosa me dan ganas de llorar. Estas no son palabras de un filósofo, sino de un buen amigo expresadas en un momento de sinceridad e iluminación. Es una sensación tan real: la profunda melancolía que despierta una belleza que jamás será poseída. Sentado a la mesa de una terraza veo pasar a mi lado a una joven de piernas tensas y lisas, descubro su sonrisa en apariencia indefensa, su cintura derretida en sus caderas ondulantes y de súbito desvío la mirada e intento desterrar su imagen de mi mente. El sufrimiento es tanto que si tuviera suficiente valor me pondría a llorar como un niño que ha perdido a su madre en la multitud. Sin embargo, me decido por la hipocresía y aguardo a que la sensación de vacuidad se marche y enseguida me dirijo a mí mismo unas palabras de consuelo: la belleza no puede ser poseída, sino sólo contemplada desde el sufrimiento del ser finito. Por supuesto no digo estas tonterías, pero muevo la cabeza en señal de desesperanza y digo: ya viviste lo tuyo (que por cierto es el título de la autobiografía de Anthony Burgess: You´ve Had Your Time).
Quisiera hacer una aclaración que viene a cuento: no soy de esa clase de hombres que mira descaradamente a las mujeres o las insulta con piropos obscenos. En una ciudad plagada de criminales urbanos como la nuestra en donde la cobardía es un deporte ampliamente practicado, las mujeres sufren de un acoso constante e incluso han tenido que disimular su belleza para no ser denostadas en la vía pública. Por el contrario, yo intento imaginarme que ellas son fantasmas que mis ojos no pueden reconocer y sólo en contadas ocasiones, cuando es imposible escapar, intercambio con las desconocidas una mirada que de inmediato me hace sentir arrepentido. ¿Me las estoy dando de santo? ¿Les parezco un párroco de pueblo? Es posible, pero como repito a menudo: una buena teoría hace que nuestros actos sean menos idiotas de lo que regularmente son. Y en el caso de las mujeres que mis amigos aman suelo comportarme de una manera mucho más radical. Me convierto en un ser cortés que se suicidaría antes de cometer una fechoría que pusiera en peligro la calma momentánea que permite a los amigos reunirnos en una mesa a charlar y a esperar la muerte con la conciencia de ser queridos. Nada como eso.
Se preguntarán qué tienen que ver los hombres humildes con mis obsesiones personales. Yo también me lo pregunto e intentaré aclarar esta relación: el hombre bueno es el que nos brinda su ausencia, el que desaparece y nos permite caminar libremente. Contra el vanidoso que nos abruma con sus éxitos o el cobarde que persigue y acosa mujeres prefiero al hombre mediocre que no hace daño a nadie y que considera que su presencia casi siempre es innecesaria. Dice Murdoch de los seres humanos que somos animales movidos por la ansiedad de un ego que nos oculta parcialmente el mundo. Y sólo el hombre humilde y sensato podrá a través del amor encontrar una idea del bien que le sea propicia para vivir. No sé si estas palabras me convencen del todo pues a mí no me importa que las personas sean buenas o malas mientras respeten a los demás y hagan lo posible por comportarse como ceros a la izquierda. El hombre cortés, desde mi punto de vista, está por encima del animal bondadoso. La cortesía y la mesura hacen que los hombres sean buenos aunque en el fondo sean bestias. Y eso ya es mucho.
Guillermo Fadanelli/http://fadanelli.blogspot.com










