Chinches y lobos

De la columna ‘Barracuda’

“Si el hombre no comiera carne no habría soldados”. “Los hombres que comen carne han de pensar y actuar con avidez de sangre”. Leí lo anterior en una novela de Georg Groddeck. Y me dije: es verdad. También pensé que una guerra entre vegetarianos podría ocurrir. Las papas contra las lechugas. De todos modos sería una guerra sangrienta porque los contrincantes no se arrojarían papas, sino que se matarían entre sí usando armas: desde cuchillos cebolleros hasta Kalashnikov. La famosa sentencia de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”, podría reducirse a: “El hombre es el lobo”. Y ya. Nadie es el lobo más que el hombre. Fue lo que dije en una entrevista a una mujer madura que me miraba con cierta repugnancia. Ella vivía en Polanco y el tráfico que había encontrado para llegar a la entrevista la había puesto de muy mal humor. Entrevistar a un escritor detestable es una cosa, pero atravesar la ciudad —es decir: Polanco— era ya demasiado esfuerzo. Al principio de la charla confundí su repugnancia con una torva curiosidad, pero cuando terminamos, ella me dijo abiertamente: “Todo lo que usted dice se debe a que no tiene hijos. El mundo es negro e inhóspito para usted por esa razón. Si tuviera un hijo el mundo se iluminaría”. Tal cosa dijo. Yo enmudecí durante algunos segundos antes de decir tímidamente: “Hace poco hubo una plaga de chinches en Polanco, estaban en todos lados, las chinches”. Era verdad puesto que lo había leído en el periódico; y como yo pertenezco a la vieja guardia de los vivos creo que todo lo que leo es verdad, incluso si viene en sánscrito.

Cuando digo “verdad”, me refiero, por supuesto, a una forma depurada de la mentira, es todo. ¿Por qué pensé en las chinches? Porque en ese momento una aguda picazón atacó mi brazo derecho. Me rasqué, discretamente. Entonces recordé a Juan Jacobo Rousseau, el filósofo, el culpable de la Revolución Francesa, de los hippies y de la contracultura, recordé que tuvo cinco hijos y que a todos ellos los envío al hospicio. Lo recordé a él precisamente porque acababa de leer sus Confesiones. Y dije a la entrevistadora: “Si tuviera un hijo lo enviaría a un hospicio. Presiento que me ‘iluminaría’ tanto que acabaría yo ciego”. Ella se fue, harta y convencida de su diagnóstico y de sus verdades. Un hombre que se rasca el brazo mientras dice tonterías no vale la pena de ser entrevistado. Yo me tomé un trago más y pensé en que Groddeck, ese escritor amigo de Freud, había inventado un método infalible para acabar con las chinches: “Mata cada chinche que encuentres, y cuando hayas matado la última, ya no quedará ninguna”.

Sabemos que Jonathan Swift sugirió que, para acabar con el hambre en Irlanda, había que comerse a los niños. Es célebre el ensayo satírico donde hizo pública su idea: Una modesta proposición, se llamaba el ensayo; y todavía es leído con humor y escabroso placer. Pero hay quien se lo ha tomado en serio y muestra repugnancia por dicha literatura, como era el caso de la entrevistadora. Yo no tengo hijos porque no quiero enviarlos a un hospicio, es decir a una ciudad como el DF o Bogotá. Y, por supuesto, no me los comería.

La pura realidad es que me apena dar entrevistas, sólo un idiota da entrevistas, es decir un hombre fuerte o un millonario, pero yo soy un hombre nacido en vano, pienso, y digo, maldita bruja, la entrevistadora, seguramente tiene varios hijos “iluminadores”. Vaya luz la que provendrá de su casa. Y los tragos seguían llegando a mi mesa.

Guillermo Fadanelli

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Canciones para silbar

De la columna ‘Barracuda’

Ayer en la madrugada, al pie de la letra y de la cama, se me vino la noche encima. Se interrumpió la señal de cable y mi televisión entró en un hoyo negro del que no ha logrado escapar. ¿Y yo? Desesperado, miedoso, rodeado de libros, como si me hubieran arrojado en medio de una selva hostil y desconocida. A las cuatro de la mañana el insomne no tiene a nadie, su soledad es absoluta, es incapaz de leer o pensar con claridad, y en su cabeza los cadáveres despiertan y comienzan a roer la manzana. En cambio, si la pantalla funciona, te olvidas de los remordimientos y de las acciones por las que se te considera una mala persona. Haces a un lado la sospecha de que tu vida no tendrá un buen final y entras en un coma inducido. Toneladas de basura y excremento desfilan ante tus ojos: series policiacas cuya trama un perro educado y bien comido podría resolver; lluvia de disparos y autos que no cesan de perseguirse; la esencia de la escoria humana, de la carne parlante; las celebridades y su alfombra roja -sangre cerebral-, allí, ante mis ojos ebrios y a medio cerrar.

¿Alguien recuerda la serie que tenía como estrella principal al caballo Mr. Ed, el caballo con voz humana, o a la Mula Francis? (Ya sé, es asunto de viejos, pero el que desee saber más de la Mula Francis que lea el primer capítulo de Crackpot, las obsesiones de John Waters). Éstos eran animales reales, y para simular que hablaban les ponían terrones de azúcar entre los belfos; entonces los equinos torcían el hocico y te daban algún sermón. Tal vez por ello me he imaginado que a todos esos humanos que parlotean en televisión les han colocado terrones de azúcar en las encías, y entonces simulan hablar. Y mientras cambio de un canal a otro, cada veinte o treinta segundos, ruego a los señores del cielo no encontrarme con ningún programa de arte o frente a una buena película, porque entonces no podré dormir. Deberé poner la atención debida y la somnolencia se marchará. Volveré a la cárcel que habita todo ser consciente y animado.

En una novela de Budd Schulberg –El desencantado- el personaje central, un viejo escritor alcohólico y diabético, Manley Halliday, dice que a él no le gusta la música con demasiados retoques artísticos y por ello prefiere canciones que se puedan silbar. Eso es: canciones que se puedan silbar. En mi caso sucede algo parecido: en la madrugada quiero silbar, huir del excusado en que vivo y silbar hasta quedarme dormido. A esa hora de la madrugada comprendo porqué John Cage prefería el plano de una casa a la casa construida. Una casa real es insoportable, tienes que cerrar puertas y ventanas, limpiar, llenarla con muebles y tener una cocina. ¡Una cocina! Eso sí que es estar jodido. Resulta más sabio imaginar, como Cage, una casa en vez de poseerla. El zapping es lo más parecido a tener un plano de la miseria humana en lugar de la miseria en concreto: un verdadero inductor de sueño. Por esta razón, cuando anoche la pantalla de la televisión oscureció, sobrevino la angustia y comencé a caminar de un lado a otro junto a los cadáveres que están enterrados en mi memoria. ¿Cómo estás, mamá?

Manley Halliday, el personaje ya citado, había sido alguna vez joven, pero hablaba de sí mismo como si tuviera diez años de muerto. Qué hombre tan respetable. Al lado de todos aquellos que aman su porvenir, Halliday hablaba de sí en pasado: era un muerto que buscaba ganarse unos pesos en Hollywood, en el cementerio Hollywood, la letrina, el retrete de los sueños humanos, allí donde la Mula Francis fue alguna vez la estrella más lúcida y más simpática de entre todos los artistas. No ganó un Oscar, pero cuántos terrones de azúcar disfrutó. Sé que estoy divagando, pero mientras no reparen mi televisión no volveré al túnel de la duermevela, al estado de ambigüedad y bella perturbación que merecemos los hombres que escribimos historias, como Budd Schulberg, quien describió a una persona como un muro de piedra que no paraba de sonreírte, ¿cuántos muros sonrientes habré conocido en mi vida? Muchos. Y no me interesa ir más allá.

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Bailar con una extraña

​Es tal vez una de las novelas más barrocas o rebuscadas de Norman Mailer; se llamaLos hombres duros no bailan. Un verdadero y agotador tour de force. Leí la novela hace más de veinte años y esa lectura me dejó dos manías que practico desde entonces: acostumbro llamarle diamantes a los hielos y cuando una mujer quiere bailar conmigo le digo: “Chica… los duros no bailamos”. Así es: en la barra de un bar suelo indicarle al cantinero: “Sírvame un vodka solo y súmele dos diamantes”. Y nunca bailo si no es porque me obligan a ello: sea a causa de alguna sustancia eufórica o por la insistencia de una mujer bella y terca. Yo me defiendo: “El movimiento es el principio del mal”. “Me gustaría declarar un estate quieto universal”. “Déjame en paz, maldita drogadicta”. Por lo regular mi negación resulta, excepto por el huracán de la belleza terca: mujeres que bailan y cierran los ojos (no las culpo).

Es destino cómico o una paradoja que las bailarinas me causen tanta atracción. A Louis-Ferdinand Céline las bailarinas lo trastornaban: sus piernas firmes, su educado narcisismo, su amor por el espejo, la disciplina que muestran en la cama, todo aquello que acompaña el cuerpo de una bailarina volvía indefenso al escritor francés. Casi todas sus amigas eran bailarinas. Lo que a mí me disgusta de ellas es su alma de soldado y de campesino madrugador, pero de alguna manera tienen que esmerarse en su oficio. “Los hombres duros no bailan”, ésta es la sentencia que le robé a Mailer. Y en alusión a uno de estos hombres duros, confesaré que también he plagiado a Clint Eastwood. Sí, cuando alguien me reprocha mi infidelidad o cambio de temperamento repito la oración de Eastwood: “Si quieres una garantía, cómprate un tostador.”

El hurto de aforismos no desmiente mi fobia por el baile. El pudor ha sido desterrado a otro planeta y casi todos desean exhibirse o mostrar en público el placer que experimentan al moverse. El rincón, la sombra y la quietud me parecen más amables. En una entrevista que le hizo Buzz Farbar acerca del matrimonio, Norman Mailer, hombre fiel que se casó seis veces, dijo que a su edad —en ese entonces cincuenta años— podría sufrir un ataque al corazón en cualquier momento y que le parecería absurdo morir al lado de una extraña, una prostituta o cualquier otra mujer. Así que prefería serle fiel al matrimonio. Cuando recuerdo esta entrevista —se encuentra en el libro Pontificaciones: conversaciones con Norman Mailer—, me digo a mí mismo: ya estoy en edad para morir a causa de un infarto y no me gustaría hacerlo bailando con una extraña. Prefiero quedarme quieto y mirar el ridículo movimiento de los cuerpos temblorosos. Y si el infarto viene en la quietud, entonces será bienvenido. (No obstante mi desplante, soy infiel a casi todos mis principios y si una bella extraña, necia y obstinada mujer quiere bailar conmigo podría hacer una excepción y aceptar; no sin antes pedir un vodka doble con dos diamantes).

por Guillermo Fadanelli

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La ebriedad

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La bebida nos vuelve a todos un poco artistas y esto sucede incluso si se carece de una fina sensibilidad. Quien critica a los bebedores sólo por serlo y no por sus actos acusa una moral disminuida. Habitar la oscuridad, la nada, la absoluta nulidad del vivir no es sencillo sin acudir a la bebida, ya sea esporádicamente o todos los días. Expertos en los estados del alma, los ebrios hacen que el relativismo de las cosas sea placentero. Los escritores deben aprender a estar borrachos todos los días, escribió Hemingway. Pero no habría que limitarlo sólo a los escritores o artistas sino a toda persona prudente: tomarse unos tragos sin volverse insoportable ni hacer que la vida de los demás se vuelva más miserable. El ebrio que no daña a los demás, sino sólo a sí mismo es un santo. Y si uno vive atormentado y encuentra en la bebida una veta de alivio y conmiseración de sí mismo, no nos queda más que celebrarlo y evitar aumentar su amargura con el peso de la acusación y el desprecio.

No todos los bebedores encuentran el reposo o la calma durante su estar en el mundo. Joseph Roth acusó en sus últimos años la intensidad que suele acompañar al constante presagio de la desgracia, a la muerte de su mujer amada, a la culpa o al pudor que revelan en sus actos quienes tienen vergüenza de vivir. Stefan Zweig no culpaba a Roth de su hundimiento en el vino, sino a su tiempo, “un tiempo desaforado e injusto que empuja a los más nobles a tal desesperación y que para escapar del odio contra ese mundo no conocen otra salida que la de aniquilarse a sí mismos.” Quien haya leído aquella breve novela de Roth, “El peso falso”, encontrará en sus páginas a un hombre aniquilado por el vino, por la mala sangre que echa a perder cualquier buena bebida y que da a los borrachos tan mala fama entre los puritanos y los arrogantes. Es la mala sangre y no la bebida la que pierde a los hombres. “Bebo porque quiero sufrir más vivamente”, confesó Dostoiewski y ese sufrir más vivamente no quiere decir nada más que retar y enfrentar al rostro voraz y primitivo de la muerte.

Entre los hombres de los últimos siglos se abre una grieta insalvable, una fisura que nos vuelve tan distintos pese a decir que pertenecemos a una misma especie: por una parte estamos quienes creemos que lo único que tenemos para conocer y habitar el mundo a partir de ese conocimiento es una fe animal (desde Hume, Hamann y la cauda de románticos hasta los más recientes filósofos relativistas como Feyerabend y Rorty): todo lo que sabemos son mentiras que aceptamos como verdades para poder hacer más habitable la vida. Por otra lado, están quienes creen

que es posible medir el mundo y que algunas de nuestras creencias pueden ser comprobadas con absoluta certeza. Estos últimos son de algún modo mis eternos contrincantes, pues creen que la verdad está de su parte y no dudan —a la manera de fanáticos religiosos— en imponerla a quienes no piensan como ellos. La ebriedad es una interpretación más del mundo y aunque muchos se deslicen en ella hasta la muerte nadie, sino un necio, podría condenarla por sí misma y negar que es una forma más de placer y de conocimiento.

Mantengo un esmerado respeto hacia los ebrios prudentes (e incluso hacia uno que otro desmesurado) y jamás haría escarnio de uno de ellos ni lo señalaría en la plaza pública como si se tratara de un maleante. Quien lo hace es un tacaño del alma, un policía de causas injustas y una especie de depredador de la felicidad. A veces el vino restituye la unidad perdida y alivia la conciencia de la dispersión o el sin sentido de nuestros actos. Uno se reconcilia consigo mismo y aunque avanza a oscuras sus pasos son más firmes porque al menos han inventado un camino.

Guillermo Fadanelli/eluniversal.com.mx

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las religiones, cuando pierden su esencia espiritual, su efecto ético en el ánimo de los feligreses, mutan en tradiciones muertas y rituales que, como las estrellas, van perdiendo energía hasta que terminan siendo oscuridad y vacío.

Guillermo Fadanelli

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Frase del día

Cualquiera que se sienta atraído por la lectura sabrá que entre más libros lee uno peor se siente entre sus vecinos. Mientras más lees te percatas con mayor claridad de la estupidez de los otros: te tornas agresivo, extraño y desembocas tú mismo en la imbecilidad.

Guillermo Fadanelli

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La utopía

Diptych

Para que una utopía deje de serlo, lo primero que tenemos que hacer es plantearla, sugería Leszek Kolakowski en un libro que leí en mis épocas de estudiante: El hombre sin alternativas. Hasta donde puedo comprender, la existencia de una sociedad civil mexicana democrática en la que se imparta justicia, se respeten las libertades individuales de sus ciudadanos y los legisladores sean hombres sabios y preocupados por el bien común, es desde luego una utopía. Sin embargo, en esta breve nota que escribo me ocuparé de esa utopía que en mi opinión, aunque vuelva a plantearse, nunca dejará de serlo.

La libertad y el derecho a la vida privada no son palabras vacías, sino conceptos que se han decantado a lo largo de muchos años de discusiones y reflexiones sobre la convivencia. No se inventan todos los días, ni se acomodan a la conveniencia de un gobierno provisional o a la moral de una clase poderosa. Las leyes son acuerdos entre personas extrañas, cada una de ellas distinta a las demás en cierta medida. Y, sin embargo, esto no es impedimento para establecer reglas que nos permitan habitar con tranquilidad un espacio común. No he dicho nada nuevo, pero sí algo que ha sido completamente pasado por alto en las discusiones acerca de los límites entre la moral pública y la privada. ¿Qué pueden importarme a mí los valores morales del vecino si ambos debemos regirnos por las mismas reglas? Dos extraños que han llegado a un acuerdo pese a sus concepciones completamente diferentes del mundo. Su único deber es cumplir las normas que ellos mismos crearon, renunciando siempre a una fracción de interés propio (Hume, Rousseau, Kant, Stuart Mill).

Si mi vecino aspira cocaína o fuma marihuana, si se considera cristiano, si es antisemita o comunista, o se masturba pensando en una cerda es asunto que le concierne sólo a él. Es su vida privada y mientras cumpla con las normas prácticas para la convivencia común, no tengo ningún derecho a obligarlo a comportarse de otra manera. Un ciudadano debe pagar impuestos, no perturbar la vida privada de los otros, no imponer por coerción sus ideas, no secuestrar o asesinar, entrometerse lo menos posible en los asuntos privados de sus vecinos, en suma: cumplir con acuerdos inteligentes y tolerantes que tiendan hacia el respeto de la libertad y la vida privada de los demás.

En México los partidos políticos carecen de peso moral, los legisladores sólo velan por sus intereses, la corrupción impera y los monopolios desvían las leyes a su conveniencia. No veo cómo sea posible construir una sociedad sobre estas ruinas. ¿Cómo hemos llegado a crear una sociedad tan estúpida? Cada quien tendrá sus opiniones, pero desde mi punto de vista la única manera de reconstruir la libertad civil desde sus principios comenzaría por darle la espalda a los partidos políticos, hacer caso omiso de las votaciones, despreciar a quienes se han enriquecido de manera desmedida, exhibiéndolos o haciendo escarnio público de ellos, pero sobre todo, ejerciendo en lo individual el derecho que se tiene a la libertad, a través de la reflexión, del escepticismo, de las asociaciones civiles que buscan la mejoría en la vida común, etcétera. Es saludable quitarles la palabra a los actores políticos actuales (jueces, empresarios, legisladores). En una sociedad civil avanzada, liberal y respetuosa de las normas, la prohibición del consumo de drogas sería una aberración.

Me simpatizan todos aquellos que se oponen a las imposiciones morales de la marabunta política y luchan por hacer de su comunidad un lugar habitable. Tienen derecho a plantear su utopía.

Guillermo Fadanelli

Fuente: http://www.moho.ws

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Bioética, enfermedad y muerte

Vida y muerte, medicina y enfermos, vejez y enfermedad, bioética: temas arduos y generalmente eludidos, que el doctor Arnoldo Kraus trata en varios ensayos esclarecedores. En el “Prólogo”, el escritor Guillermo Fadanelli destaca el caso “excepcional en la sociedad mexicana” de este médico que reflexiona acerca de los problemas éticos que acompañan su actividad. Fadanelli plantea “cómo construir en los enfermos la confianza minada por esos médicos que han dejado de ser un puente que reconcilie a los hombres con sus enfermedades”. El autor aborda primero temas vinculados con la muerte y la enfermedad, desde la perspectiva de una ética laica, y señala algunas de las amenazas que menoscaban hoy el ejercicio de la medicina. En la segunda parte, el eje conductor es la bioética.

En “Saber escuchar”, leemos que en la medicina “no hay oposición entre el arte de la escucha y la tecnología… los enfermos son maestros… Todos saben que la cura se inicia a través de sus palabras”. Kraus analiza enseguida en varios textos nueve controvertidos alegatos en torno al suicidio, la autonomía y dignidad de la persona y los ilustra con varias posiciones filosóficas (de Camus a Thomas Szasz) y el suicidio de algunos escritores: Dylan Thomas, Pavese, Hemingway, Mishima. “Los seres humanos tienen derecho a adueñarse de sus vidas”, concluye y afirma: “utilizo signos de interrogación para exponer mis dudas e invitar a la discusión”. El suicidio asistido (ya legalizado en Oregon, Washington y Montana en EU y en Suiza) es parte del universo de la eutanasia, “un dilema ético que desafía principios básicos de la bioética y a la tecnología médica (la cual salva muchas vidas pero también puede prolongarlas en forma inadecuada)”. Expone los principales argumentos en contra y a favor de las dos formas de eutanasia: activa (aprobada legalmente en Holanda, Bélgica, Luxemburgo) y pasiva. El autor ejemplifica con seis casos que documentan voces y voluntades contra los cánones médicos y religiosos imperantes y asevera: “los médicos nunca deben sugerir la eutanasia. Sólo deben ser guías capaces de escuchar lo que desean los enfermos y sus familiares”. Toca luego la polémica cuestión de la eutanasia a menores de edad y el suicidio de parejas (los casos célebres de Stephan Zweig, Arthur Koestler y sus esposas); narra también “el largo adiós de Sándor Márai”, una dura historia de enfermedad, soledad y vejez anotada por el escritor húngaro en sus Diarios 1984-89.

Otros textos: “Vergüenza y enfermedad” (la estigmatización de la enfermedad); “Ética médica e infancia” (disease mongering: “inventar enfermedades”, nueva epidemia auspiciada por la industria farmacéutica para lucrar, apoyada en el incremento de la violencia cotidiana, la obesidad creciente, los fármacos diseñados para modificar ciertas conductas y los trastornos por déficit de atención con hiperactividad); “De Galton a las pruebas genéticas” (eugenesia y asesoramiento genético); “Trasplantes de órganos: algunos dilemas” (medicina para ricos y para pobres, turismo de trasplantes, los casos de China, “líder en la venta ilegal de órganos”, Egipto, Turquía, Moldavia, Perú y Ecuador); “Tecnología y medicina”; “No abandonar al enfermo”; “Dilemas sobre bioética”, la filosofía del siglo XXI (ocho escenarios de enfrentamientos entre ciencia y ética; la manipulación genética); “Jack Kevorkian”, un héroe de la medicina; “¿Cuál es el papel de los médicos frente a la pena de muerte?”; “Ética y drogas: ante la muerte y la vida” (la legalización limitaría las drogas a un problema de salud pública, “un mal menor” que atacaría la economía de la narcopolítica).

Jesús Anaya Rosique/mileniodiario

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BLANCA, COMO EL PULQUE.

La niñez no me pertenece. Su relato, en cambio, es cosa mía. Para que el pasado se vuelva real sólo es necesario narrarlo. Y a eso me dispongo.

Vivía en la casa de mi abuela, en avenida 9, colonia Independencia. Mi padre conducía un trolebús y mi madre era ama de casa. Y frente a esta casa de buen tamaño e insípida en su arquitectura abría sus puertas una pulquería. Se llamaba La Primavera. Yo preguntaba a mis padres qué cosa era el pulque. No recuerdo con exactitud su larga respuesta y pese a ello no pasa inadvertido en mi memoria el hecho de que había en sus palabras cierto desprecio: “El pulque es para personas aún más pobres que nosotros.” Yo tenía diez años y desde la ventana del comedor divisaba a los parroquianos salir de La Primavera tambaleándose. Y en la acera notaba el olor, profundo y rancio del pulque, rancio como todo lo que proviene de la tierra. Y el aire corrompido. Y ese hombre tirado a las puertas del expendio, partido en dos por una sonrisa de felicidad.

A los once años tuve una novia de nombre Blanca. Ella vivía a un lado de la pulquería en una casa tan fea como la de nosotros. Cuando ambos nos asomábamos a la ventana para saludarnos, la figura de los borrachos siempre estaba presente. No sé qué significa este recuerdo, acaso que en mi memoria el rostro de esa niña blanca como su nombre se encuentra asociado al aguamiel. Hoy, tantos años aparte, me he vuelto un consumidor asiduo a esta bebida sobre la que sociólogos, historiadores y antropólogos han disertado hasta el cansancio. A veces, cuando no viene al caso, suelo narrar que al terminar la década de los ochenta una joven amiga italiana de nombre Claudia Martelli vino a México con la única finalidad de probar el pulque. La razón de tamaña empresa fue que para graduarse como licenciada había escrito una tesis universitaria de trescientas páginas acerca de la producción del pulque en México. Y una vez que lo probó no le gustó: dijo simplemente que el pulque era tan monstruoso como los mexicanos. Y se marchó después de una semana. Me imagino que se ha vuelto adicta al Campari. Yo no volví a comunicarme con ella.

Los últimos dos años he bebido curados con cierta frecuencia. Sobre todo durante el medio día, luego de haberme mantenido en vela la noche anterior y ya con mi estómago reducido al tamaño de una canica. El pulque me alimenta y es dulce, como la mujer que te espera sin endilgarte ningún amargo reproche. La mujer que le recrimina a un borracho su felicidad merece quedarse sola. Hay que elegir el momento de la recriminación y no cuando el bebedor llega a casa después de una noche de batalla. De esta clase de mujeres se encuentra lleno el purgatorio. En esas mañanas en que aguardo la apertura de La Toma de Conciencia, en la colonia Doctores, las horas me resultan pesadas e interminables. A mi lado esperan, como buenos amigos que son, Tizano, Rentería, Mara y Páez quienes saben bien cuando se debe vestir de luto y cuando debe uno mandar a los muertos al olvido. Después de beber unos cuantos litros de buenos curados cada quien se derrumba en su propia costumbre. Ahora acudo a Los Insurgentes donde me he encontrado también con buenos amigos. Allí Gustavo y Alan me invitan los tragos porque aún son jóvenes y no tienen echado a perder el sentido de la camaradería.

Si supiera que ha sido de Blanca, aquella niña que vivía a un lado de La Primavera, la invitaría a beber un curado de apio y con un poco de fe juntaríamos nuestros recuerdos. Pero quién sabe si ella vive o en qué se ha convertido. Probablemente es una mujer rabiosa que le recrimina la ebriedad a su marido. Al menos, en mi memoria, ella continúa siendo una niña dulce e intacta.

Guillermo Fadanelli

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Drogas

Recuerdo que siendo un adolescente cayó en mis manos un ejemplar de Mi lucha, el panfleto que escribiera Adolfo Hitler para exponer sus ideas. En ese entonces me encontraba indefenso ante los embates de cualquier clase de sermón y pese a desconocer la circunstancia en la que había sido escrito el libro terminé su lectura. Hoy, varias décadas después, mientras leo Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, de Carl Amery, me encuentro con varios párrafos extraídos de Mi lucha que me producen, además de un rechazo inmediato, un malestar físico que aumenta mi mal humor. Me consuela saber que ahora puedo hacer frente a las sandeces ideológicas que en aquel entonces me impresionaron.
Quiero imaginarme que cuando escuché por primera vez decir a una persona que las drogas son perniciosas tampoco tuve manera de oponerme a su sermón y es probable que haya dado como ciertas todas sus opiniones. Y es que si alguien está contra las drogas sin hacer matices o diferencias entre ellas lo que está haciendo es más bien manifestarse contra el demonio. Por supuesto habemos personas que no creemos en demonios ni en demás entelequias parecidas y nos gustaría ser un poco menos vagos en cuestiones que en la actualidad resultan ser tan importantes. Creo que para no dejarse amilanar ante concepciones o términos que lo abarcan todo es mejor separar, comparar y hacer diferencias entre las distintas sustancias capaces de afectarnos una vez que han entrado a nuestro cuerpo.
En su libro Aprendiendo de las drogas, Antonio Escohotado cita al médico renacentista Paracelso cuando escribe: “sólo la dosis hace de algo un veneno.” Y si menciono estas palabras es porque el “mal” siempre es relativo en cuanto depende de la circunstancia en la que actúa. Pero no intento hacer aquí una crítica a la concepción común que tenemos de las drogas, ni tampoco valerme de una razón histórica o científica para llevar a cabo esa crítica, pues ambos caminos (la tradición y el saber positivo) son sólo una parte de un fenómeno mucho más complicado. En todo caso, me parece más urgente defender los derechos individuales que necesitan las personas para hacer más fuertes las democracias liberales (dentro de un Estado sólido que procure al máximo estas libertades) y evitar que nos sea impuesta una imagen del “mal” en cuya concepción nosotros no podemos participar. Un ejemplo: si deseo beber cantidades extremas de café, no aceptaré una prohibición que no tome en cuenta mi opinión al respecto de si quiero o no envenenarme con dicha bebida. (Dice Escohotado que un litro de café concentrado equivale a consumir aproximadamente un gramo de cocaína, aunque como he dicho antes no quisiera por ahora hacer esta clase de analogías pues su sencilla manipulación vuelve el asunto aún más confuso)
Lo que no creo es que deje de haber consumidores de cocaína o marihuana en México. Y su presencia alienta a los proveedores quienes encuentran de este modo su oportunidad de participar en el mercado sin pagar impuestos y sin mostrar ningún respeto por las leyes de la comunidad. Y el cúmulo de crímenes, muertes absurdas, degradación, corrupción que provoca la prohibición irracional de estas drogas es tan considerable que quien la continúa sosteniendo comienza a volverse cómplice y promotor de estos lamentables hechos. Creo que en el futuro se valorará o se juzgará duramente a quienes pudiendo buscar soluciones alternativas a una guerra sin sentido (quiero decir legalizar, ordenar, regular la producción de sustancias que de todas maneras van a ser consumidas) han preferido mantener el estado de cosas a toda costa. No es justo acusar a una autoridad por intentar cumplir las leyes, pero sí culpar a los legisladores que no crean leyes acordes a la realidad de su tiempo.
Fortalecer las instituciones de prevención y salud, aumentar el peso de las libertades individuales, aumentar el nivel de la educación, regular la calidad de las sustancias que dejen de ser prohibidas, poseer un buen sistema de justicia, cobrar impuestos a quienes se dediquen al mercado de drogas (como se hace con las empresas que venden alcohol y demás), evitar sus monopolios y sobre todo no construir —desde el miedo irracional, el desconocimiento y los prejuicios— un demonio o una idea del mal hegemónicos, son acciones más sensatas que poner a todo un ejército a combatir a un enemigo que nunca podrá vencer. Las razones de su lucha son sinrazones.

Guillermo Fadanelli/http://guillermofadanelli.blogspot.com

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