El becario del miedo (I)

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Un tipo intenta meterse de madrugada en problemas para ser parte del submundo sórdido que le fascina, y fracasa porque su conciencia le devuelve al lugar del que venía, igual que al nadador que bracea mar adentro le fallan las fuerzas y el oleaje le devuelve sin remedio a la orilla. Como me dijo un tipo duro, «por extraño que parezca, amigo, en este ambiente, para ser uno de tantos no vale cualquiera, y no me pidas explicaciones, porque lo único que podría contestarte con seguridad es que en este mundo no se entra como consecuencia de un esfuerzo ni por una vocación, sino por una fatalidad, y eso significa, muchacho, que de repente te encuentras en medio de todo esto y sabes que has llegado hasta aquí huyendo de ti mismo, igual que el caballo que se presenta destacado en la meta porque quería huir del jinete que lo monta». Aquel tipo tenía razón y jamás dudé en seguir sus consejos. Meses después de aquello recordamos lo que me había dicho tanto tiempo atrás y se disculpó: «Hablé demasiado entonces. Una frase larga malogra cualquier idea y yo aquella noche respiré muy poco al hablar. Espero que hayas dominado tu conciencia. Es fundamental que lo hagas o estarás perdido. Haz las cosas según se te ocurra hacerlas, amigo, en la seguridad de que algún día encontrarás una buena razón para haberlas hecho. Y ahora me callo antes de caer en el mismo error de la otra vez. Solo una cosa: En este mundo sólo ganarás tu prestigio gracias a haber jodido tu reputación». Aquel tipo volvía a tener razón. Ciertamente, para ser uno de tantos en aquel ambiente no valía cualquiera. El caso es que yo me decidí a intentarlo porque quería saber qué siente un hombre cuando descubre que es por culpa de una de las chicas del garito por lo que a veces llega Dios tarde a la iglesia.

José Luis Alvite/larazon.es

Aquella Guerra…

Mi abuelo materno combatió en la Guerra Civil al lado de los nacionales y de regreso en casa dijo que no estaba aseguro de que todo aquel espanto hubiese servido para otra cosa que no fuese para aprender geografía. Veinte años después del fin de aquel conflicto le pregunté muchas veces por las batallas y por los soldados, por el coraje y por el miedo. Jamás conseguí que me diese una respuesta concreta, ni siquiera una evasiva con algunos datos sucintos con los que pudiera reconstruir su estancia en la guerra. Era como si sus recuerdos de la lucha le hubiesen borrado la memoria. Supuse que había regresado reticente y cansado, seguramente convencido de que solo valía la pena tener fe en el escepticismo y en los dioses descreídos. Recordaba ríos y ciudades, cordilleras y sembrados, pero jamás se refirió al dolor o a la muerte. Sólo en una ocasión creo recordar que me dijo algo relativo a los soldados que luchaban en el otro bando. No podría citar al pie de la letra lo que él me contó aquel día, pero vino a decir que «incluso los muchachos que lucharon en el otro bando, en el momento de morir se convertían en parte de los nuestros». Hubo muchos como él en aquella guerra en la que con el pánico se quedaban ciegas las yeguas. Muchos se quedaron por el camino, otros regresaron al lugar del que habían salido y con el tiempo se enteraron de las razones por las que habían luchado. A mi abuelo lo desmovilizaron dos años después de terminada la guerra y al desandar el camino en aquella España en la que solo medraban los cementerios, se encontró con que su mujer le regañó por volver tan tarde a casa. En el 61, poco antes de morir, me dijo: «Éste es un país en el que si vas a la guerra, necesitas un buen motivo para volver con vida a casa».

José Luis Alvite/larazon.es

Pupilas de cuarzo

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Lo hacía cuando era niño y aun lo hago con frecuencia. Me sentaba frente a un paisaje irreprochable, y cerraba los ojos para que el panorama se volviese aún más deslumbrante al tratar de recordarlo. Reconstruido en mi memoria, el paisaje resultaba entonces un mar fosco y amarillo lamiendo la comisura de una campiña azul, uno de esos paisajes que me confirman que el privilegio de la realidad mejora si en su contemplación irrumpe esa ceguera transparente que nos permite el capricho de redondear el catastro de la realidad con la dimensión inefable del Arte, como cuando en los días cambadeses de la siembra cerraba los ojos para recordar aquel arado romano tirado frente a mi mirada por un par de toscos bueyes azuzados por el látigo rojo de un obispo sarraceno y calzados con sedales patas de caballo. Si el paisaje era la gramática de la realidad, aquella deliberada ceguera momentánea resultaba ser su literatura, la maleza incandescente que brotaba en la oscuridad hipermétrope de mis ojos, como una buganvilla que medrase encamarada en las llamas que cada verano calcinaban una parte del bosque. Después medraba como lana la penumbra, se cerraba a mi alrededor la noche y volvía a casa pisando por la retina de los ojos sobre la viñeta arrugada de aquel paisaje fértil y literario en el que a mí me parecía que las mujeres recién paridas amamantaban a los bebés y a los perros mientras las cuadras se iluminaban con aquellos cerdos biselados e incandescentes por cuyo interior volaba en llamas un aforismo de mariposas ciegas. No he cambiado mucho desde entonces. Todavía cierro los párpados para mejorar lo que veo. Y si no acierto, no será porque no lo intente, sino porque se me abren los ojos cada vez que ladran esos perros neófitos e invertebrados que buscan amamantarse arrimados como reptiles al cadáver de una mujer con las pupilas de cuarzo y la leche de leña.

José Luis Alvite/larazon.es

Infancia con sombrero

En mis días de escolar, la población del mundo era la mitad que ahora y había lugares remotos en los que ni siquiera había estado la guerra. La selva crecía hacia los poblados, al sol se le veía el mimbre y todavía el agua estaba de incógnito en muchos ríos. Una vez vi en Cambados a un señor alto y muy rubio, vestido de blanco, de barba comedida, la cabeza cubierta con un sombrero como de oblea, y lo seguí con otros chiquillos por la calle porque nos pareció alguien de una especie distinta, un ser de otro mundo, un hombre distraído y reservado, exótico y luminoso, que nos miraba con amable curiosidad, tal vez desconfiado de que pudiésemos lanzarle una piedra o tocarle con un palo para comprobar qué clase de bicho era. «Es francés», dijo un guardia. En mi infancia eran franceses todos los nacidos en Francia y lo eran también los alemanes, los ingleses y los noruegos. Jamás hasta entonces había visto yo a un extranjero. Por los libros y por el atlas sabía que existían otros sitios y gente distinta, pero aquel tipo estaba allí, lejos de su mundo, rodeado de chiquillos fascinados por la presencia de un hombre sin familia, sin equipaje, sin ataduras… ¿Un aventurero?, ¿un fugitivo?, ¿acaso un explorador? Un golpe de viento se llevó lejos su sombrero y los chiquillos corrimos hasta que uno de ellos le dio alcance y lo detuvo con un pisotón. Entonces yo me acerqué al señor de blanco y le devolví el sombrero con emoción y una pizca de miedo. «¿Te dijo algo?», preguntaron luego los chiquillos. Y yo les contesté lo que todos en realidad querríamos haber oído: «Me contó que es francés y que recorre el mundo detrás del viento que se lleva por delante su sombrero». Eran otros tiempos. A la mitad de los sitios no había llegado aún la geografía, ni en cualquier lugar había estado antes un sombrero

José Luis Alvite/larazon.es

Guantes de lana

Quede claro que en absoluto defiendo la ambigüedad funcional del presidente Rajoy en el desempeño de su cargo. Nada me une a él. Ni profeso su ideario político, ni soy en absoluto amigo suyo y tampoco he votado jamás por el Partido Popular. En realidad no me siento próximo a ningún partido político porque desde niño me he resistido a los credos y a las normas. He preferido siempre seguir lo que me dicta mi conciencia, y aún así, reconozco que cuando lo que me dicta mi conciencia no es mejor que lo que me sugiere cualquier placer, sinceramente me inclino por sucumbir a la tentación del placer, lo que explica que en la mayoría de mis decisiones la influencia de un pensamiento profundo haya sido siempre menos determinante que la interferencia de cualquier mujer perversa. Del presidente he elogiado algunas veces su prudente pachorra y no me retractaré de haberlo hecho. Tampoco me preocupa en absoluto censurarle su falta de energía, la frialdad de aburrido amanuense con la que administra su presidencia, esa falta de ímpetu que tanto se le reprocha, porque es cierto que Mariano Rajoy resulta ser a simple vista la clase de hombre sin agallas que no daría un golpe en la mesa sin antes haberse puesto los guantes de lana para no despertar a las soñolientas termitas que devoran sus barnizadas manos de abedul. El que yo le hago se trata en todo caso de un retrato elaborado de manera intuitiva, un apunte a partir de sus modales contenidos de hombre profiláctico y aburrido del que podríamos pensar que en un naufragio no saltaría al mar sin haberse abrigado antes con la bata de casa. Con esas referencias no parece el hombre ideal para enfrentarse a las circunstancias asfixiantes que le acosan, pero yo no descarto nada, entre otras razones, porque a lo mejor Mariano Rajoy, como los tenores portugueses, da el do de pecho con la boca cerrada.

José Luis Alvite/larazon.es

Llamas de madera

La verdad es que siempre quise que mi vida fuese como esa canción de Rod McKuen en la que Sinatra se lamenta de haber llevado la desordenada existencia de un vagabundo pero se conforma con reconocer que, a pesar de todo, de vez en cuando el amor se portó bien con él. En mi caso me inquietaba mucho que mi conciencia me reprochase mi conducta, hasta que por conveniencia me convencí de que en el supuesto de que por la noche me hubiese olvidado de Dios, podría conformarme con la suerte inmerecida de recordar por la mañana dónde había aparcado de madrugada el coche. No me preocupaba en absoluto que al disiparse la niebla quedase al descubierto la bruma y que al levantarse ésta fuesen visibles las nubes bajas. Me tentaba la posibilidad de añadirle cada día a mi vida un error distinto, un remordimiento nuevo, igual que de niño me guarecía de la lluvia en cualquier portal y esperaba allí hasta que empeorase el tiempo. Pensaba yo que cuando un hombre no tiene algo de lo que presumir, no será nada malo que tenga al menos algo de lo que lamentarse. Como me dijo de madrugada un fulano en un garito, «si en un tiroteo memorable no puedes ser el pistolero o la bala, intenta ser al menos la herida». He vivido como consideré oportuno y he llegado hasta aquí a mi manera, sin muchas esperanzas, sin credos y sin banderas, expuesto a que de vez en cuando el amor se portase bien conmigo, como le ocurre a esas tierras yermas en las que con las cagadas de los estorninos prende inesperadamente la cosecha. A menudo tengo remordimientos y maldigo mi pasado. Pero, ¿sabes?, otras veces recuerdo la oscuridad de mi vida como una larga noche iluminada por un incendio voraz que si no se apagó nunca fue seguramente porque el fuego de la libertad tiene las llamas de madera.

José Luis Alvite/larazon.es

Foto de: ILIKO KANDAVELI

Llanto de mujer

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Nada me desarma tanto como el llanto de una mujer. Jamás he sido capaz de distanciarme si, en el momento de tomar la decisión de irme de su lado, ella rompía a llorar. A veces incluso he provocado su dolor porque necesitaba la excusa de su llanto para seguir con ella. En una ocasión me atreví a romper con una pareja que supuse que aguantaría estoicamente la mala noticia, pero asomaron inesperadamente dos lágrimas en sus ojos y, no sabiendo muy bien qué hacer, cambié de actitud y le pedí allí mismo matrimonio. Me salvó que ella se rehizo y rechazó cortésmente mi petición. Una mujer puede perder en un momento dado la compostura, pero raras veces pierde al mismo tiempo la razón. «Ten sentidiño –me dijo–. No puedes casarte con todas las mujeres que lloran». Estuve de acuerdo con ella y me prometí a mi mismo controlarme frente al llanto de las mujeres, persuadido de que pedirles matrimonio en medio de sus sollozos no sería en absoluto más sensato que ofrecerles solo un pañuelo. Pero algo tienen las mujeres para influirme de ese modo incluso si no lloran, como fue el caso de aquella muchacha a la que conocí en la estación del ferrocarril, le hice unas cuantas preguntas para un reportaje y por no dejarla con la palabra en la boca compré un billete y la acompañé en tren hasta su destino a cien kilómetros de allí. Al final del viaje nos despedimos y me dispuse a esperar un tren de regreso. A mi lado en la sala de espera se sentó una mujer madura con los ojos llorosos. Sostenía en las manos un billete que la llevaría a seiscientos kilómetros de allí. Entonces me excusé con ella y corrí a encerrarme en el baño de la estación hasta asegurarme de que había partido su tren. Pero aun ahora, cada vez que llora una mujer, instintivamente busco en el bolsillo un pañuelo y un anillo.

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Una nuez con cerezas

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Estuve dos veces a tratamiento psiquiátrico porque me sentía muy perdido y, sin embargo, en ambos casos hice lo posible para seguir como estaba. Ni entonces supe muy bien lo que me sucedía, ni estoy seguro de saberlo ahora. A veces pienso que me ocurre como al tipo que se aferra al vértigo sólo porque le gusta vomitar. En la etapa de mi vida en la que quise ser boxeador, me dijo el entrenador: «Tienes los brazos largos, muchacho, y una pegada discreta, pero te falta convicción para pelear. Es como si te diese miedo vencer. ¿Qué coño te ocurre? ¿Acaso quieres que toda tu carrera transcurra caído en la lona? Te noto ausente, pensativo… Esto es un gimnasio, muchacho, no una biblioteca. Mucho me temo que has hecho una mala elección. Creo que eres un jodido boxeador de letras». Aquel tipo tenía razón. Jamás he tenido lo que se necesita para ser un triunfador. Incluso con la suerte de cara, se me da mejor tomar las peores decisiones. Soy enemigo de entrometerme en la vida de la gente por la misma razón que soy reacio a saber cosas de mí. Prefiero sentirme culpable de un fracaso antes que verme en el apuro de dar explicaciones por un éxito. En mis días de tratamiento psiquiátrico, la mujer que me amaba cogió una madrugada mi cabeza con fuerza entre sus manos y me dijo: «Cada día sé menos cosas de ti. Eras un desconocido cuando te vi por primera vez y con el tiempo te has convertido en un extraño. ¿Quién hay dentro de ti? ¿Cuántos sois tu cabeza y tú, por el amor de Dios? Me desespera la idea de que cuando lo nuestro se haya acabado, ni podré saber a quién he amado, ni sabré siquiera a quién tendré que odiar». No recuerdo que le contestase nada convincente. Entonces, como ahora, mi cabeza era una nuez en cuyo interior tratasen de abrirse paso las cerezas…

José Luis Alvite /larazon.es

Garrapiñada de niños

Tremendo calor y mucha humedad en el ambiente. El agua aviva la sed y cuesta pensar. No es éste el clima que me gusta. Empeora mi carácter y reduce mi entusiasmo. En estas circunstancias no concibo que pueda escribir una sola línea que no mejore sensiblemente al borrarla. Dudo que lo que es bueno para los instintos, lo sea también para el Arte, aunque los pintores impresionistas hayan dado lo mejor de sí mismos pitando a la intemperie bajo un sol barnizado penitenciario que incendiaba los pájaros, cicatrizaba los ríos y pudría los trigales. El calor es bueno para la pereza y para la furia, que es un sentimiento que no requiere inteligencia, un estado de ánimo que justifica las decisiones más descabelladas. También es bueno el calor para la lujuria, hermosa actitud irresponsable que se justifica precisamente por el peso abrumador de la temperatura. El verano ardiente de estos días destapa el penetrante olor inguinal de los pajares y nos recuerda que hay una sexualidad furiosa y perentoria, glandular y voraz, que de donde surge no es del pensamiento, sino del sudor. Es el sexo ancestral de los jornaleros, la lascivia remota de las campesinas, el impulso de aquellas mujeres de mi adolescencia cambadesa, excitadas al presentir entre las piernas –como un esperma dorado– la masculinidad torda del bochorno, el bagazo ciego e invertebrado de la vendimia. Hay en el calor un cierne urinario del placer que lo justifica y lo bendice. Yo detesto el calor para escribir, es cierto, y reconozco que me desalienta y me aturde, pero me reconcilia con el recuerdo de los sentimientos más primitivos y me ayuda a reencontrarme con las pasiones más tórridas, mientras en las playas de Arousa flota una garrapiñada de niños lamidos de azul en la masturbada bajamar de urea.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura: Joaquín Sorolla (1863-1923)

Atasco en Times Square

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No penséis que os estoy vendiendo el cartel turístico de mi tierra si os digo que todavía hay en Galicia lugares en los que los perros ladran con la boca dentro del culo y sentimentales ancianos que tienen entre las de sus familiares la foto de un viejo roble al que cada noche le llaman hermano. A mis seguidores tuiteros les he dicho también que hay en esta tierra lugares en los que ni siquiera el humo ha visto alguna vez el fuego. No sabría como demostrarlo, pero es rigurosamente cierto. Tan cierto como que en algunas playas solitarias deja a veces la marea el correo póstumo de los náufragos. Créeme que no exagero, amigo mío, si te digo que he visto en la costa unos cuantos de esos lugares apartados en los que con el relente de la noche cruzan la carretera la maleza, el viento y una tamborrada de caballos con el aliento esmerilado en una niebla pelirroja en la que se presiente la placenta del fuego. Recuerdo que una noche me perdí circulando por carreteras secundarias y en el requesón de una bruma espesa se me cruzó un taxi amarillo de Nueva York. Lo conté al amanecer en un bar de aldea y al tipo que lo regentaba sólo le extrañó que el dichoso taxi no fuese de Chicago. Dijo que, «por lo visto, emplearon un asfalto americano al reparar la carretera y ocurren cosas así desde entonces». Parecía un tipo tranquilo. Le pedí el periódico del día y me dijo que allí el periódico del día era el de unos cuantos meses atrás, así que «estamos en diciembre, de modo que si quiere usted el diario de hoy, será mejor que me lo pida en julio». En aquella ocasión volví a casa con dos días de retraso. No hubo problemas. En Galicia todo el mundo sabe que cuando alguien llega tarde de madrugada a casa, será porque había atasco en Times Square…

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