Flores robadas

Recorro por la noche en mi ordenador las calles virtuales mientras escucho en los cascos el saxo de Tom Scott con el que Bernard Herrmann ilustró la banda sonora de «Taxi driver», en un momento de la madrugada en el que hay miles de personas sentadas frente a sus pantallas con las manos acechando el teclado, un cigarrillo ardiendo con el humo en vilo y un labio mordido por el deseo de acertar con una frase que entierre un viejo dolor o despierte una emoción donde sólo medra el silencio. Una de esas noches de simple vagar por las fluorescentes y silenciosas calles de Facebook encontré a boleo la foto de una mujer de porte elegante, vestida con camiseta y pantalones informales, los brazos distendidos a lo largo de un cuerpo estilizado, gafas oscuras, un hombro desnudo y una sonrisa sin acabar en la que podría haber ocurrido cualquier cosa. Cerré los ojos, metí la mano en el tintero y saqué una frase que dejé gotear al pie de aquella foto: «Serías inolvidable aunque jamás te hubiese visto». Vino un cruce y cambié de calle. Me detuve al poco rato. Pensé que no estaría de más saber en qué manos había caído la flor que acababa de escribir. Desanduve el camino marcha atrás y eché un vistazo. La chica de la  flor se llama Ana Soler, no muestra su edad y dice en su página que «el amor consta de cuatro palabras; dos vocales, dos consonantes…y dos idiotas». Parece que vive en Ciudad Real, un sitio en el que jamás estuve, uno de esos lugares en los que siempre tuve la sensación de haberme perdido algo verdaderamente grande por culpa de no equivocarme a tiempo de carretera camino de cualquier lugar en el que prospere el cementerio. Probablemente haya muchas chicas como Ana Soler en las dobleces de la geografía,  pero fue a ella a quien vi y ayer regresé adrede a su foto y la esperé agazapado hasta que saltó su lucecita verde en el chat, salí de entre la maleza virtual y me atreví a saludarla. Ella colgó de regalo en mi muro una canción de Andrés Calamaro y yo le pagué con «Closest Thing To Crazy», interpretada en la punta del aliento por la deliciosa Katie Melua. Y le dije: «En una ocasión en la que andaba tieso de dinero, a la chica que me gustaba le regalé hace muchos años las flores que acababa de robar en la tumba de su padre». Y le expliqué que la canción y la voz de Katie eran ayer las únicas flores que tenía a mano para agradecerle su amistad. Ella gratificó el gesto colgando mi dedicatoria en su muro y yo cambié de calle en la pantalla y volví a mis ocupaciones. Ahora acabaré mi columna y miraré con emoción en Facebook, aunque sólo sea por si todavía queda alguna mujer a la que no le importe recibir de mis manos las flores que haya robado a hurtadillas en mi propia tumba.