Aquellas armas de destrucción masiva

Juan José Millás

LAS CAJAS de cartón de la fotografía contienen ayuda humanitaria para la niña que acaba de derrumbarse sobre ellas. El cartón envejece mal. Se deteriora por las esquinas debido a la humedad y al barro. Se hinchará enseguida como una glándula enferma y se descompondrá luego como una víscera al sol. Las suelas de los zapatos, incluso las más resistentes, envejecen fatal también si no duermen una vez al día debajo de una cama. Se deforman con el paso de los kilómetros y la acción de la intemperie, y la goma acaba pudriéndose como un trozo de hígado olvidado en las profundidades de la nevera. Todo envejece. Todo, aquí, está viejo, incluso la niña. ¿Qué tendrá: cinco, seis, siete años? Pues ahí la ven, tan deteriorada como las cajas de la ayuda humanitaria, como la suela de los zapatos, como el borde de la bata, como los pantalones a juego con ella, cuyas perneras han vivido lo suyo.

IRAQ-CONFLICT-MOSUL
Ahmad Al-Rubaye (AFP)
 

Se trata de una cría iraquí que acaba de llegar, suponemos que andando, con su familia (o con lo que quede de ella) al campo de desplazados de Hamam al Alil, procedente de Mosul. En los talleres de escritura solemos decir que el relato de un viaje no vale nada si el autor no logra convertir la peripecia física en la metáfora de una peripecia moral. Tal sucede en El corazón de las tinieblas, de Conrad, donde Charlie Marlow, el protagonista, desciende por un río tropical en busca de Kurtz. El viaje realizado por esta niña con su familia (con lo que quede de ella) es la metáfora del viaje inmoral que hicimos los occidentales a Irak en busca de aquellas armas de destrucción masiva.

 Juan José Millás

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El pepino

Queremos creer que en septiembre averiguaremos por fin qué pasa, qué nos pasa. Ojalá fuera así, pero mucho nos tememos que no

Cambios en el hielo de la Antártida vistos desde un aparato de supervisión de la NASA.
Cambios en el hielo de la Antártida vistos desde un aparato de supervisión de la NASA. NASA / VIA REUTERS

 

Se advierte en los analistas políticos un cansancio que no corresponde al agotamiento preveraniego, sino a algo más profundo, cercano a la depresión. Atrapados en una noria ideológica en la que los pensamientos que suben son idénticos a los que bajan, en vez de aclararnos lo que ocurre, nos trasmiten un estado de perplejidad que no logran ocultar sus tecnicismos. Y no nos referimos a la cuestión catalana. Hablamos de la cuestión a secas. The question, por aludir brevemente a Shakespeare. Ser o no ser. No saben, no sabemos qué es lo mejor. Tampoco los partidos políticos dan muestras de una agudeza fuera de lo común. Así las cosas, queremos creer que agosto, pese al calor, refrescará las neuronas y que en septiembre averiguaremos por fin qué pasa, qué nos pasa. Ojalá fuera así, pero mucho nos tememos que no.

Nos lo dice el rumor de fondo. No se trata de que haya una pieza suelta en la maquinaria. Es que nos hemos cargado el palier, que diría un mecánico. O el árbol de levas, no sé, algo que afecta a la estructura. Al dejar caer la ginebra sobre el hielo, para el combinado de media tarde, escuchamos un crujido que es la metáfora del que ha provocado el desgajamiento de un iceberg del tamaño de 10 ciudades como Madrid, dicen, y un billón de toneladas de peso. Como si los dioses estuvieran preparándose un gin-tonic mientras contemplan con desdén las desventuras de este pequeño mundo nuestro. Y mientras los dioses se aturden con su alcohol y nosotros con el nuestro, el iceberg se desplaza sin rumbo por el océano como un barco fantasma, lleno hasta los bordes de cadáveres. Si pudiéramos asomarnos para ver la cara de los muertos, nos veríamos a nosotros, como en un espejo. A mi gin-tonic le falta la raja de pepino.

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Edipo

Leer, escribir, te van trayendo poco a poco de vuelta a la prisión de la que pretendías fugarte

Mercadillo ilegal en la calle Ribera de Curtidores de Madrid, justo antes de que empiece el rastro.
Mercadillo ilegal en la calle Ribera de Curtidores de Madrid, justo antes de que empiece el rastro. CARLOS ROSILLO

 

Con frecuencia, comenzamos una novela para huir de algo a lo que esa lectura nos devuelve. ¿Son los libros que nos obligan a retroceder hasta el lugar del crimen los mejores? Tal vez sí. Lo cierto es que del mismo modo ciego con el que tú los buscas, te reclaman ellos a ti. Un día te detienes en una de esas librerías de viejo que sacan algunas cajas a la acera. Revisas los lomos de los volúmenes y tropiezas con uno que desmanteló tu juventud. Lo liberas del conjunto, relees la primera página y, sin saberlo, acabas de comenzar el regreso. Cuando te acercas a pagarlo (cuesta solo dos euros) te dicen que puedes llevarte otro abonando tres euros por los dos. Pero rechazas la oferta porque para suicidarse basta una bala. De hecho, comienzas a leerlo esa misma noche como el que se introduce en un callejón por el que se llega al centro del laberinto del que se pretendía salir.

A veces, escribir una novela no es muy diferente de leerla. La comienzas con un planteamiento equis, fundamentalmente liberador, pero ella te va trayendo poco a poco de vuelta a la prisión de la que pretendías fugarte, igual que el preso que tras excavar durante semanas un túnel llega misteriosamente a la celda de la que salió, en la que ahora hay dos agujeros, uno de entrada y otro de salida, apenas separados por dos metros. La lectura es el túnel por el que sales y la escritura por el que entras. Como Edipo, solo has escapado para cumplir el designio del fatum que intentabas burlar, y que casi siempre es una variante más o menos lejana de aquel viejo argumento fundacional: matar al padre para casarse con la madre. La lectura, como la escritura, debe ser insana. Lo demás es entretenimiento. El entretenimiento como metadona de la literatura.

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Una cagada

¿Por qué se nos cae tanto el móvil al retrete? Podríamos evitarlo atándonoslo con una cadena al cuello

Una cagada

Cuando alguien dice que se le ha mojado el teléfono, si no añade más explicaciones, podemos aventurar que se le ha caído al retrete. Es de lo más común. Mojar el móvil de este modo produce un poco de vergüenza, como mojar la cama cuando ya no tienes edad. Pero si te ocurre con frecuencia una cosa u otra, deberías ponerle remedio. Básicamente, puedes recurrir al conductismo o al psicoanálisis. El método conductista para el pis consistiría en pegarte cerca de las ingles unos electrodos que al contacto con el líquido produjeran una descarga eléctrica en los genitales. Se trata de un procedimiento rápido, del tipo de “teníamos un problema y lo hemos arreglado”, que dijo Aznar cuando narcotizaron a unos inmigrantes para devolverlos a su lugar de origen.

El método psicoanalítico es más costoso. Implicaría darle vueltas al significado de no controlar los esfínteres. Mucho diván, en fin, muchas sesiones hablando de lo mismo. Ahora bien, atacar el origen de las cosas resulta a la larga más eficaz que reprimir el síntoma. El síntoma, cuando se le cierra un agujero, tiende a manifestarse por otro. Hay jaquecas que migran a dolores de espalda y preocupaciones que se transforman en dificultades respiratorias.

Pero a lo que íbamos: ¿por qué se nos cae tanto el móvil al retrete? Podríamos evitarlo atándonoslo con una cadena al cuello, o bien reflexionando sobre esa compulsión a la repetición que tantos disgustos nos proporciona. ¿Por qué precisamente al retrete estando la vida llena de charcos? ¿Quizá porque es de donde más asco nos da recuperarlo? ¿Tal vez porque llevárnoslo hasta el cuarto de baño es una cagada? Empecemos por este par de cuestiones sencillas de responder y a ver hasta dónde somos capaces de llegar.

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Miedo

Hacia la mitad de la escalinata, imaginé que la señora, en vez de un bebé, llevaba una ametralladora

Estación de Metro de Sol en Madrid.
Estación de Metro de Sol en Madrid. GERARD JULIEN / GETTYIMAGES
Las escaleras mecánicas del metro no funcionaban. Frente a las de granito, observando indecisa las profundidades hacia las que tenía que descender, había una mujer con un cochecito de niño. Un hombre joven y yo decidimos ayudarla. Él cogió el cochecito por el eje de las ruedas delanteras, yo por el de las traseras y comenzamos a bajar controlados por la mirada atenta y preocupada de la madre. Del niño, lo único que se apreciaba era la punta de un gorro verde. El resto estaba completamente cubierto por la sábana y la manta. Debía de ir dormido porque no hizo un solo movimiento ni emitió ruido alguno cuando alzamos el vehículo. La estación era muy profunda, por lo que de vez en cuando nos deteníamos para cambiar de postura y tomar aire. Me acordé de aquella escena de Los intocablesen la que se homenajea a su vez la de la escalera de El acorazado Potemkin, y me sentí como de celuloide.

Hacia la mitad de la escalinata, imaginé que la señora, en vez de un bebé, llevaba una ametralladora. Luego, que un muñeco. Más tarde, que un crío muerto. ¿Es niño o niña?, pregunté por decir algo. La señora dudó, o eso me pareció, lo que alimentó mis sospechas, fueran las que fueran, pues carecían de una dirección concreta. Niña, dijo al fin. Y añadió que llevara cuidado, como si me viera actuar con poca delicadeza. Tras una eternidad, llegamos abajo y el hombre de delante, tras depositar las ruedas en el suelo, salió corriendo para coger un tren que llegaba en ese instante. Pregunté a la señora si me dejaba ver a la niña. ¿Es usted un perverso o qué?, dijo con una mirada de odio que me cortó el aliento. Desapareció por un túnel y yo me di la vuelta para volver por donde había venido. ¿Dan o no dan ganas de quedarse en casa?

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Una duda metafísica

En Arkansas, en fin, están convencidos de que los hombres vienen del barro y las mujeres de las costillas y no quieren que sus hijos estudien otra cosa por miedo a que se malogre alguna vocación científica. Y es que son enormemente rigurosos en la selección del material didáctico. Por ejemplo, tampoco permiten que sus niños jueguen con pistolas de plástico existiendo las de verdad. Y les disgusta que la gente dispare sobre blancos artificiales habiendo personas de carne y hueso a las que se puede abatir sin problemas.
La verdad es que observando con detenimiento a los ciudadanos de Arkansas uno no tiene más remedio que aceptar lo que dicen los sabios: que la evolución carece de rumbo, que no va a ninguna parte y que el hombre no es la culminación de nada. Aunque quizá se equivoquen: es evidente que el ser humano constituye hoy por hoy el punto más alto de la estupidez en la cadena alimentaria, incluso en la cadena perpetua. En ese sentido, podríamos afirmar que la evolución se dirige a Arkansas, pasando por Marbella, lugares bíblicos donde los haya, en los que cada día, desde la mañana hasta la noche, se cumplen el Génesis y el Apocalipsis en confuso desorden.
En Arkansas, en fin, acaban de prohibir a Darwin, que es como prohibir el Everest, y se han quedado tan anchos. O sea, que si no prohíben a Shakespeare o a Cervantes es porque no han oído hablar de ellos. Y aquí es donde le surge a uno la duda metafísica: ¿Cómo van a ser capaces de enseñar la Biblia si no saben leer? A ver si Darwin nos lo explica.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Verás

No te apures si abres el libro con desgana, incluso si te tienta abandonar su lectura: él se ocupará de rescatarte

Verás

 

No hay grandes razones para vivir, solo pequeñas razones”. Este es el resumen final de un libro curioso: Los pájaros, el arte y la vida(Ariel). Su autora, Kyo Maclear, relata en él un año de su existencia dedicado a la observación de las aves. Naturalmente, durante ese año ocurren otras cosas (los padres se hacen mayores, por ejemplo, los hijos crecen). Pero los pájaros nuclean el día a día de la autora, partidaria, como confiesa en las primeras páginas, de la “ansiedad preventiva”. Si eres de esas personas que espera lo peor, este libro está escrito para ti, pues constituye una tregua en la dura lucha contra la catástrofe que está por venir y que a veces no llega. También es para ti si te conmueve una frase como esta: “Vivía en un estado de antropomorfismo imperdonable. Antropoarrepentida, he aquí como me sentía”.

No te apures si abres el libro con desgana, incluso si te tienta abandonar su lectura: él se ocupará de rescatarte. Lo hizo conmigo cuando, a punto de cerrarlo, me regaló esta cita de Pete Seeger: “Creo que el mundo van a salvarlo millones de gestos pequeños. Hay demasiadas cosas que pueden torcerse cuando se vuelven grandes”. El experto en pájaros que acompaña durante un año a Kyo Maclear es en realidad un músico que lo que busca es un pájaro “accidental”. Se da este nombre a las aves que se han perdido y que aparecen fuera de lugar o de época. Si alguna vez te has sentido como un individuo “accidental”, también para ti ha sido escrito este libro que cuenta cómo muchas de las aves migratorias, cuando consiguen llegar a su destino, se encuentran en él con rascacielos contra cuyos cristales chocan y perecen. Quizá también sea tu caso. En fin, no sé, entra en una librería, échale una ojeada y verás.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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El as en la manga

  Cuando murió mi padre, me tocó vaciar su armario. No me dieron problemas las camisas, de las que extraía la percha como si les arrancara el esqueleto, ni los pantalones, ni siquiera la ropa interior. Pero las chaquetas me lo hicieron pasar mal. Sostengo que es en esa prenda donde se concentra más identidad que en ninguna otra. Veía una chaqueta y veía a mi padre entero. Tenía una de espiguilla que por alguna razón le gustaba muchísimo. Cuando envejeció, comenzó a usarla para andar por casa, como si fuera un albornoz. Y le sentaba extrañamente bien, pese a que los bolsillos se habían convertido en bolsas y las solapas habían perdido el apresto de sus mejores días. Lo recuerdo sin afeitar, sentado frente a la tele, con aquella chaqueta vieja que le daba un aire un poco bohemio, descuidado. Parecía un viejo interesante.
Pues bien, ahí estaba la chaqueta, en el armario, de donde la saqué como el que extrae un órgano de un cuerpo. Sentí la tentación de ponérmela, pero no me atreví. Era como meterse en otra piel. Si persistía en hacerme mayor, ya tendría yo mi propia chaqueta. Revisé los bolsillos, por si hubiera algo en ellos. Cuando los padres mueren, los hijos buscamos desesperadamente mensajes suyos en cualquier parte. Siempre tenemos la impresión de que se fueron sin decirnos algo esencial para la vida. Quizá esa información esencial se encuentre en un libro, en el interior de una sopera, dentro de una caja de zapatos… Los bolsillos de la chaqueta esencial de mi padre estaban vacíos, pero al ir a doblarla noté una dureza en la manga. Introduje la mano con miedo, como si la estuviera metiendo dentro de una madriguera, y tropecé con un as de copas sujeto al forro con un alfiler.
Mi padre guardaba un as en la manga. Durante unos minutos permanecí perplejo. No era jugador de cartas, ni de ninguna otra cosa, por lo que aquello sólo podía tener un carácter simbólico. Lo curioso es que mi padre tenía un pensamiento muy literal. La carta en la manga lo delataba. Fui al cajón donde guardaban la baraja con la que se jugaba en Navidad y no le faltaba el as. Lo había traído de otro sitio. Mi padre me dejó de herencia, además de la chaqueta, un secreto.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Ojo con la automedicación

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Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Ortopedia

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, noté un movimiento de pánico en los intestinos

Una madre caminando con su hija por el parque © GETTY IMAGES

 

A mi hija, que tiene cinco años, la llevo siempre de la mano por miedo a que la gravedad desaparezca debajo de sus pies y salga volando, me dijo la mujer.

Creía, pobre, que el mundo estaba lleno de espacios libres de gravedad, agujeros inversos en los que uno podía caer hacia arriba y perderse. Habíamos entablado conversación en el parque, cuando descansábamos del paseo matinal en los dos extremos del mismo banco. Todo empezó al solicitarme ella que le atara el cordón de una de las zapatillas, que se le había soltado. Me pareció un pedido extraño, pero luego, mientras la complacía, me explicó que no podía agacharse porque una de sus piernas era ortopédica y tenía un problema mecánico en la articulación de la rodilla. No dijo qué pierna y tampoco me atreví a preguntarle. Hacía fresco, por la hora, pero habían anunciado un día de calor. Pensé que el sol empezaría a calentar antes de que me diera tiempo a llegar a casa. Por decir algo, hice un comentario casual sobre el alboroto que organizaban los pájaros a nuestro alrededor. Entonces ella dijo que su hija creía que las moscas eran pájaros pequeños. La idea me sobrecogió. ¿Y las patas?, pregunté. ¿Qué pasa con las patas?, dijo ella. ¿A su hija no le extraña que tengan seis?, dije yo. A veces, les quita cuatro, dijo ella.

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, noté un movimiento de pánico en los intestinos. Entonces pasó corriendo, en pantalón corto y camiseta, una pareja y luego otra. Bueno, dije incorporándome, voy a ver si me pongo en marcha. La mujer, por fortuna, no intentó retenerme, y yo me dirigí a la salida sin mirar atrás, pero con miedo a que me siguiera, y también a caer en un espacio sin gravedad.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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