Bloqueo

A veces, para abrir la mente, basta con destapar la olla exprés

Un joven creativo trabajando desde casa.
Un joven creativo trabajando desde casa. GETTY IMAGES

 

Buscaba en Internet cómo abrir la puerta de la lavadora, que se había quedado bloqueada, cuando tropecé con la respuesta a cómo abrir la mente. Me urgía lo de la lavadora, desde luego, aunque necesitaba con desesperación desatascar la mente. Dudé, pues, unos segundos dónde colocar el cursor. Durante ese tiempo, apareció también en la pantalla del ordenador una forma sencilla de abrir ostras. Entretanto, la ropa recién centrifugada se arrugaba en el interior del tambor. Si no actuaba con rapidez, tendría que plancharla. Pero estaba el problema de la cabeza, ensimismada como un molusco desde que despertara. Elegí finalmente cómo abrir la mente y no hallé más que abstracciones y lugares comunes, cuando no verdaderas estupideces muy en el registro de los libros de autoayuda.

Con la mente a ciegas, pinché en cómo abrir una lavadora bloqueada y utilicé el primer consejo, que consistía en introducir el cordón de una zapatilla por la ranura existente entre la puerta y el cuerpo del electrodoméstico, y tirar desde el lado opuesto al de la cerradura. Se abrió al instante, y con ella se hizo la luz en mi cabeza de tal modo que, cuando me asomé al patio para tender la ropa, escuché el canto de un pájaro que había anidado en el tejado. Quiero decir que no me limité a oírlo como en otras ocasiones, sino que percibí en aquellos trinos la existencia de un alfabeto misterioso. Y aunque no logré entender lo que decía, le agradecí que me alejara por un momento de la actualidad. También olí, por cierto, con una violencia inédita, el sofrito que hacían en el piso de abajo, cuyos efluvios se colaban por entre las sábanas limpias y alisadas. Sé que suena raro, pero a veces, para abrir la mente, basta con destapar la olla exprés.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Expediente

¿Qué hacer? Suicidarte o escribir El Proceso. Lo que te salga, tú verás

Acto conmemorativo de la festividad de la Patrona de la Guardia Civil celebrado en Málaga el pasado día 10.
Acto conmemorativo de la festividad de la Patrona de la Guardia Civil celebrado en Málaga el pasado día 10. CORDON PRESS

 

Un teniente de la Guardia Civil ha expedientado a una agente por tener la regla. Lo estoy exagerando porque vivimos de eso, de exagerar. Lo cierto es que a la agente, que estaba de servicio, le bajó la regla de improviso y se retiró unos minutos para colocarse una compresa y evitar manchar el uniforme o el asiento del coche patrulla. Entonces llegó el teniente y le afeó la conducta, no sabemos cuál, si la de menstruar o la de colocarse la compresa. Da pena hablar de estos asuntos íntimos en público, pero más lástima da que sucedan cosas así en el interior del Cuerpo por antonomasia, signifique lo que signifique antonomasia. El expediente sigue su curso, como todos los expedientes y ya veremos en qué queda la cosa.

Hablamos por hablar porque no sabemos qué rayos es un expediente. A mí me han abierto varios a lo largo de la vida sin que llegara a averiguar por qué o en qué acabaron. El auténtico protagonista de El proceso, la novela de Kafka, es un expediente que pesa sobre el personaje principal como la espada de Damocles (o la de Pericles, que decía un sargento de la mili). Tal expediente, en el libro de Kafka, adquiere con el paso de la acción un tono metafísico, como para significar que todos, lo sepamos o no, somos objeto de un expediente como somos herederos del pecado original. Lo que ocurre es que hay portadores sanos y portadores enfermos. Un día, a los cuarenta años, estás tan feliz disfrutando de un vermú y te viene el expediente de golpe, como una menstruación inesperada.

¿Qué hacer? Suicidarte o escribir El proceso. Lo que te salga, tú verás. Pero a un expediente de carácter metafísico no le puedes dar órdenes. Y a la regla, tampoco. A ver entonces qué pasa con el de la guardia civil, pobre.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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1.500

Iba por la calle contando personas y me asombró la cantidad de gente extraña que hay en el mundo

Multitud de personas transitando por la calle Preciados de Madrid.
Multitud de personas transitando por la calle Preciados de Madrid. ULY MARTÍN

 

Iba por la calle, contando las personas con las que me cruzaba, y me asombró la cantidad de gente extraña que hay en el mundo, cada una a lo suyo, todas iguales y todas diferentes. Una, dos, tres cuatro. Llegué a quinientas y lo dejé. Hombres, mujeres, niños…, a ninguno conocía y ninguno me conocía a mí. Pensé en lo que llevaban en los bolsillos: unas monedas, unos pañuelos de papel, las llaves de casa, la cartera con la documentación, las tarjetas de crédito… Luego calculé lo que llevaban en la cabeza: preocupaciones. El hijo que no encuentra trabajo, el padre amenazado por una desregulación, el abuelo con Alzheimer… Me dio la impresión de pasear entre gente preocupada, incluso angustiada. De súbito, empecé a ver el miedo en sus rostros con la facilidad con la que se descubre la menesterosidad en el calzado.

Para aliviar el desasosiego, volví a contar. Quinientas una, quinientas dos, quinientas tres… En esto pasé por delante de un escaparate donde apareció mi reflejo y lo conté también, quinientas cuatro… Solo un poco después advertí que aquel al que había tomado por otro era yo. Era yo y llevaba el pánico dibujado en la mirada. Me detuve, respirando de forma irregular, y volví sobre mis pasos para observarme otra vez como a un extraño. Pero en esta ocasión me reconocí y disimulé el miedo. Logré verme como un tipo normal que va por la calle con las llaves de casa en el bolsillo.

Continué mi camino sin dejar de contar, y en esto me tropecé con un conocido que hizo como que no me veía. Decidí no contarlo. Cuando llegué a casa, llevaba contadas mil cuatrocientas cincuenta y cuatro personas, un número idiota, así que di aún un par de vueltas para llegar a las mil quinientas, no fuera a suceder una desgracia.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Marcianos pacíficos

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 Estaba en la cocina, preparando unas verduras para la cena, cuando se me apareció un tipo raro. Le pregunté si venía del espacio exterior, pues soy de los que creen en los extraterrestres, y me dijo que no, que venía del cuarto de estar.
—¿Entonces hay vida en el cuarto de estar? —pregunté asombrado.
—Sí —dijo, invitándome a que le acompañara.
(Como inciso, he de añadir que no entraba en el cuarto de estar desde que murió mamá porque da al norte y es muy frío. Hago la vida entre el dormitorio, donde duermo, lógicamente, y la cocina, donde como, veo la tele y leo el periódico. Entre la cocina y el dormitorio hay un leve trecho de pasillo donde nunca, en todos estos años, había observado nada anormal.)
Le seguí, pues, hasta el fondo del pasillo y entramos en el cuarto de estar, donde descubrí, en efecto, una  familia compuesta por el padre, la madre y una hija, además del marido de ésta, que era el marciano que se me había aparecido en la cocina. Daban la impresión de llevar allí años, si no siglos. Les pregunté si habían pensado abducirme y me dijeron que no tenían ningún interés, pues ya conocían mis costumbres y mi idioma, pero que agradecerían que les invitara a una pizza.
—¿Tampoco queréis operarme para ver cómo soy por dentro?
—Pues no, la verdad —respondió el padre de familia.
Al principio me decepcionó un poco que no quisieran abducirme ni operarme, porque me habría gustado contar la aventura en la revista del más allá a la que estoy suscrito, pero después me pareció una ventaja, pues la anestesia tiene muchos efectos secundarios. El caso es que me hice un hueco entre ellos y vimos juntos la tele hasta las tantas. Les gustaba Mira quién baila y las pizzas congeladas, de las que tengo un cargamento en la nevera. Llevo varios meses viviendo con ellos, prácticamente sin salir del cuarto de estar y he comenzado a preguntarme si habrá vida en el dormitorio, pero aún no me he atrevido a comprobarlo, pues no todos los marcianos son tan pacíficos como los del cuarto de estar.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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El precipicio

Somos víctimas de la realidad y del lenguaje con el que se describe esa realidad

Soraya Saénz de Santamaría y Cristóbal Montoro  con la Comisión de expertos para la financiación local.rn rn
Soraya Saénz de Santamaría y Cristóbal Montoro con la Comisión de expertos para la financiación local.© SAMUEL SANCHEZ

 

Vivimos con la idea de que la llamada recuperación es firme, pese al aumento de la pobreza, cuando lo que ocurre es que aquella es la consecuencia del crecimiento de esta. Los datos que el Gobierno exhibe con orgullo son el resultado de haber metido la mano en los bolsillos del 20% de la población más desfavorecida. No solo se roba a las clases medias y pobres a través de la malversación del dinero público, sino por medio de devaluaciones salariales. Tenemos el salón de la casa muy bien amueblado para impresionar a las visitas europeas, pero el resto de las habitaciones, donde vive la mayoría de la gente, permanecen desnudas, sin luz y sin calefacción. Lo vendan como lo vendan, no es posible que la recuperación y la pobreza aumenten a la vez. Otra cosa es que algunos se hagan más ricos a costa de desangrar a los más pobres.

Somos víctimas, pues, de la realidad y del lenguaje con el que se describe esa realidad. Vean: el Gobierno gastó entre 2012 y 2015 veinticinco millones de euros en asesores externos. La trampa verbal consiste en llamarlos asesores. La presidencia del Gobierno cuenta con un gabinete en el que decenas de expertos elaboran informes y escriben discursos para quien sea menester. Cada ministerio, por su parte, dispone de varias secretarías y subsecretarías, además de direcciones generales y departamentos ocupados por funcionarios de carrera. Veinticinco millones en asesores externos son muchos millones y muchos asesores, casi tantos como los que ya tenemos en plantilla. No pueden, en fin, ser asesores, no es posible. Póngale usted, lector, el nombre correcto. Significa que vivimos instalados en la mentira, pero de la mentira al delirio hay un paso, o dos, los mismos que al borde del precipicio.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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ASÍ ERA YO

QUÉ PEQUEÑO resulta un escritor frente a los libros! No sé si estaba en la intención del fotógrafo mostrar ese contraste, pero ahí tienen a Cabrera Infante en una habitación de su casa de Londres. No sabemos si se acaba de levantar o aún no se ha acostado. No tenemos ni idea de la hora que es. Puede que las diez de la noche y que el autor de Tres tristes tigres no haya salido ni a comprar el pan. Tal vez se echó la bata encima al saltar de la cama y ha estado todo el día con ella, deambulando de una a otra habitación, aterido de frío en esa estancia de techos altos. No debe de ser fácil, ni barato, calentar tantos metros cúbicos de aire. Tampoco alcanzar los libros de arriba, uno de los cuales, a lo mejor, era precisamente el que necesitaba hoy para ponerse en marcha, para escribir lo que entre las idas y las venidas del dormitorio a la cocina ha estado creciendo, como un tumor, en su cabeza.

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CARLOS A. SCHWARTZ

 

Y no es solo el frío, es también el espanto. Observen la actitud protectora de los brazos del autor, la mirada perpleja que lanza hacia la cámara, la incongruencia de los calcetines, o el calzón, con los zapatos de vestir que asoman por debajo de la bata. ¿Estará deprimido? ¿Se habrá sentado a esperar la llegada de la euforia? ¿Posa tal vez? Supongamos esto último, que posa para el fotógrafo y para el futuro. Pero esa pose no se le ocurre sino al que ha sufrido su realidad. Mirad, nos dice, así soy yo, así era cuando estaba vivo, de instantes como este, en los que parezco un insecto frente a un muro de papel impreso, nacieron las aliteraciones de las que fallecí.

Juan José Millás

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Replicantes

La uberización se mueve en el filo que separa lo legal de lo ilegal

Logotipo de UBER para reservar taxis
Logotipo de UBER para reservar taxis REUTERS

 

Acaba de inaugurarse en Barcelona un burdel en el que las prostitutas han sido remplazadas por muñecas cuyos cuerpos imitan la textura de la piel humana y sus formas. Se trata de un salto cualitativo en el proceso de sustitución del original por la copia. Si la copia venía generalizándose en el ámbito de la ropa y de los complementos de vestir, además de en las películas, discos y libros pirateados, solo era una cuestión de tiempo que el asunto afectara a las personas. Ignoramos si las prostitutas de carne y hueso podrán denunciar a estas muñecas por competencia desleal, pues está todo muy confundido, muy revuelto. Un taxista me decía ayer que su profesión se encuentra amenazada por los falsos taxistas de Uber. Los llamó así, “falsos taxistas”, confesándome luego que competían con mejores coches y menos impuestos.

El problema aparece cuando la copia supera al original. Uber ha dado lugar a un término nuevo, uberización, que significa algo así como que el usuario de determinados servicios puede buscarse la vida a través de las nuevas aplicaciones de Internet. La uberización se mueve en el filo que separa lo legal de lo ilegal. Hay luchas en los juzgados de todo el mundo para combatirla, pero sus promotores disponen de influencias y recursos financieros sin cuento. De momento, gana la batalla la uberización como ganan la batalla los sueldos bajos que conducen a la uberización absoluta.

Nos preguntamos, claro, si el burdel de imitación de Barcelona es producto también de la uberización económica, pero sobre todo si en vez de acudir a él seres humanos, lo visitarán asimismo hombres o mujeres de imitación. ¿Andan por ahí, sin que lo sepamos, copias nuestras? Yo he visto cosas que nunca creeríais.

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¿Me muero?

A ver si encima de ser aplastado por pobre, te matan los papeles extraviados del Ministerio del Interior

¿Me muero?

Las cosas no van bien, como dice el Gobierno. Ni mal, como digo yo. Van bien y mal a la vez, lo mismo que una soga trenzada con hilos de diferentes calidades. El problema es lo que intentes colgar de ella. Quizá sirva para ahorcarte, pero no para soportar el peso de una caja fuerte en una mudanza. Las cosas van bien para ahorcarse, pero no para mirar el futuro con esperanza. Al contrario, todo apunta a que se van a poner peor para los jóvenes y para los pensionistas, aunque quizá a Urdangarin le rebajen la pena en el Supremo y aquí no haya pasado nada. Las cosas están bien y mal a la vez. Miente quien afirma que solo van bien o que solo van mal. El problema es de qué lado cae la bondad y de cuál la maldad.

Me lo dijo el médico tras estudiar mi analítica. Usted está bien y mal al mismo tiempo. ¿Pero me voy a morir?, le pregunté. Todos nos tenemos que morir, respondió ambiguamente. Esto es lo que viene a decir el ministro Catalá, por poner un ejemplo, cuando niega presiones políticas sobre la fiscalía. No las hay, pero todos nos tenemos que morir. Así las cosas, la cuestión es a quién le tocará pasar por debajo de la caja fuerte sostenida por la soga mal hecha de la que se hablaba más arriba. ¿Lo dictará el azar, la clase social, el nivel de estudios? Que cada uno responda desde el fondo de su corazón. Por cierto, ¿qué habrá en el interior de esa caja fuerte? A ver si encima de ser aplastado por pobre, te matan los papeles extraviados del Ministerio del Interior.

Claro que no todo se puede reducir a una cuestión de subjetividades. Muchas folclóricas alababan la dictadura porque con Franco, decían, les había ido bien. Pero ahora, ¿en qué parte de la cuerda está el bien, en la del ahorcado o en la del verdugo?

JUAN JOSÉ MILLÁS

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Imbéciles

La vida, en fin, no tiene por qué ser verosímil, lo que no quiere decir que nos creamos cualquier cosa

Luis Bárcenas, extesorero del PP, a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares (Madrid)
Luis Bárcenas, extesorero del PP, a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares (Madrid) ULY MARTÍN

 

Rosalía Iglesias nos resumió el otro día su vida con el tono casual con el que se la habría resumido a un vecino de asiento de clase preferente en un vuelo a Ginebra. Mi marido y yo, nos aseguró, tenemos una vida tan llena que nunca hablamos de dinero. No dijo que les repugnara este tipo de conversación, sino que no encontraban el momento. Eso es al menos lo que nos pareció entender. Hablaban y hablaban de esto o de lo otro y cuando llegaban al tema de los 40 millones de euros, les había dado la hora de meterse en la cama.

 

Imaginamos que cuando cenaban con otros matrimonios que comentaban lo cara que estaba la luz, al volver a casa se mostraban escandalizados de lo vacías que estaban las existencias de la gente. Bárcenas, que era contable, sabía que las conversaciones sobre el dinero guardaban relación con la cantidad de Aristóteles que tuvieras en la cabeza. A más dinero, menos Aristóteles. La vida, en fin, no tiene por qué ser verosímil, lo que no quiere decir que nos creamos cualquier cosa. No somos completamente imbéciles, señores de Bárcenas.

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Normalidad

Esta es una de las razones por las que la electricidad sube normalmente cada día

JUAN JOSÉ MILLÁS

Mendigos en el pasaje entre la Plaza Mayor y la calle Mayor de Madrid  rn rn
Mendigos en el pasaje entre la Plaza Mayor y la calle Mayor de Madrid VÍCTOR SAINZ

 

¿Por qué, ante el reciente informe de Oxfam Intermon, no han sonado las trompetas del Apocalipsis? ¿Por qué no ha caído aún sobre nuestras cabezas una lluvia de fuego y granizo mezclados con sangre? ¿Por qué no han regresado las almas de los muertos para anunciarnos el fin de los tiempos?

Pues porque hay noticias normales y noticias anormales. La noticia por antonomasia es la anormal (que un niño muerda a un perro). Para las normales reservamos un hueco junto a la relación de las farmacias de guardia. Significa que la circunstancia de que ocho personas posean la misma cantidad de riqueza que la mitad de la población del planeta no constituye un escándalo. Es normal que esos ocho ricos sean nuestros dueños, es normal que los ejércitos del mundo permanezcan a su servicio, y es normal que los políticos sensatos, con independencia de los programas por los que fueron votados, se pongan a sus órdenes una vez alcanzado el poder. Es normal asimismo que se facilite a estos millonarios cauces para eludir impuestos, de forma que el coste de los servicios públicos caiga sobre los hombros de quienes menos tienen, cuya sangre, sudor y lágrimas sirven además de combustible para los yates de los odiosos ocho (cortesía de Tarantino).

 

Eso es lo normal. Nos referimos a la normalidad revelada por Rajoy (y asistida por un partido normal como el PSOE), cuando predica que hay que gobernar como Dios manda, sin extremismos ni ocurrencias, sin dar una voz más alta que la otra, aunque procurando que cada año aumente un poco la distancia entre los ricos y los pobres. El orden del que disfrutamos, como ya vamos viendo, está basado en la moderación. Y esta es una de las razones por las que la electricidad sube normalmente cada día.

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