Peleando a la contra

Biografías de escritores como nunca te las habían contado

Peleando a la contra, de Charles Bukowski

Charles Bukowski

Palimpsestos erróneos, vivencias reales, mentiras con trasunto,  alter ego con más de lo segundo que de lo primero, mierda y arte. Así básicamente se va componiendo esta biografía que recoge escritos del propio Charles Bukowski o Hank Chinaski hasta hacer un tremendo puzzle en el que hay piezas que no encajan.

La obra sigue un extrañísimo orden cronológico, como si Bukowski hubiera comenzado a escribir cuando gateaba y lo plasmó en  La senda del perdedor y no hubiera acabado a pesar de aquel poema ( bluebird) donde admite que no llora.

Peleando a la contra es un hachazo tras otro, calada y whisky en garganta ajena. Se lee como si te lo recitaran en una voz muy ronca, con la agilidad del día a día que pasa sin que te des cuenta, mientras un escritor baja Hollywood Boulevard porque quiere el periódico, follar y quizá un bistec. Luego se acercará a la máquina de escribir (“donde sucede la magia”) y lo narrará en primera persona, en tiempo real, reflexionando a veces, tocando en quien recibe su mensaje un tuétano que se desconocía.

No escatima en mayúsculas. Apuesta en los caballos mirando en la pezuña una frase salvaje. Se van hilvanando su juventud y sus miedos, sus tremendísimos defectos y las mamadas que recibe como si la podredumbre de vomitar cada mañana las cervezas de la noche anterior fuera algo inquietantemente atractivo para el lector. Y lo es. 

Bukowski se arrastra en cada página, avanza porque le empuja algo que adora pero repugna. Pelea porque la vida es luchar, enloquecer, volver a vestirse. Bukowski es su propio enemigo. Y este libro mirar muy de cerca una batalla sin vencedores o vencidos.

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Un largo etcétera, de Enrique García-Máiquez

Vienen bien unas penitas
de cuando en cuando. Que no
nos empalague la vida.

Sí… Ya… La vida es un soplo.
Pero un soplo que no apaga
esta llamita en nosotros.

Según parece,
yo, visto desde fuera, soy feliz.
Se tratará, por tanto,
de salir yo de mí.

Misa de mártires.
Y dudé si salir
porque llovía…

Estoy tan lírico
que con la media luna
tengo de sobra.

Tú, ratón Pérez,
llévate así su infancia,
poquito a poco.

Y un largo etcétera.

 Enrique García-Máiquez

http://jesuscotta.blogspot.mx/

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VIVIR ES MÁS IMPORTANTE QUE BUSCAR EL SENTIDO DE LA VIDA: UN FRAGMENTO DE “LOS HERMANOS KARAMAZOV”

EN ESTE FRAGMENTO DE “LOS HERMANOS KARAMAZOV”, DOSTOIEVSKI NOS DA UNA LECCIÓN SENCILLA PERO ELOCUENTE SOBRE LA VIDA
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Dostoievski es probablemente el escritor ruso más cercano a las preguntas sobre la existencia que surgieron a finales del siglo XIX y que tuvieron como temperamento especial originarse a partir de cierta desolación, cierto desencanto ante la vida, para después encontrar en el vivir mismo la única posibilidad de respuesta. Nietzsche es el filósofo que quizá mejor condensa este movimiento del espíritu y el intelecto, pero en sus novelas Dostoievski alcanzó alturas y profundidades igual o más decisivas.

En esta ocasión retomamos un fragmento de Los hermanos Karamazov compartido originalmente en el sitio calledelorco.com. Ahí, Dostoievski pone en boca de dos de los protagonistas, Iván y Aliosha, una sensible conversación sobre nada menos que el sentido de la vida. Vale la pena recordar que especialmente en esta novela el ruso hace gala de esa visión atea de la vida, o humanista quizá sería mejor decir, pues al tiempo que descree de una entidad divina que tenga las respuesta que el ser humano busca se da cuenta de que somos nosotros mismos quienes creamos esas respuestas, quienes con nuestros actos cotidianos, nuestras decisiones, nuestros errores y nuestros aprendizajes podemos ir descubriendo si la eternidad existe o no, si el crimen es disculpable o si, como en este caso, la vida tiene un significado que intuimos pero siempre se nos escapa. Escribe Dostoievski:

Iván: ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliosha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero lo sigo admirando por costumbre… Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien… Oye, Aliosha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama…, es el vientre… Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud… ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliosha? –terminó con una carcajada.

Aliosha: Lo comprendo todo perfectamente, Iván. Desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

Iván: ¿Incluso más que al sentido de la vida?

Aliosha: Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido.

La conclusión es sencilla, pero no por ello menos elocuente ni mucho menos, paradójicamente, menos fácil de llevar a la práctica: caer en cuenta de que sólo en el amor por la vida se encuentra su sentido, no en lo que alguien más nos dice, en lo que leemos o en aquellos que los demás parecen reconocer como tal, sino en nuestros actos mismos, en aquello que hacemos diariamente y que por esta misma razón va construyendo, instante a instante, esto que llamamos nuestra vida.

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Reiner Stach: «Kafka se preguntaría por qué nos interesa su fracaso»

El autor de la biografía definitiva del escritor cuenta detalles de la vida de su prometida que ni él conocía

Franz Kafka
Franz Kafka 
SERGI DORIA 

 

El 29 de noviembre de 1922, después de un mes de fiebre pulmonar, Franz Kafka dirigió una disposición testamentaria a su amigo Max Brod. De todo lo que había escrito sólo consideraba válidos cinco títulos: «La condena», «En la colonia penitenciaria», «El médico rural» y el relato «Un artista del hambre». Todo lo demás, «sin excepción y de preferencia sin ser leído (no te prohíbo a ti que lo veas, aunque preferiría que no lo hicieras, pero no deben verlos ninguna otra persona), todo esto ha de ser quemado sin excepción alguna y te ruego que lo hagas lo más pronto posible».

Martirizado por la tuberculosis que le devoraba la laringe, Kafka formulaba sus últimas voluntades con el tono de un informe para el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo de Praga. El escritor que cartografió el siglo XX, cual agrimensor ante «El castillo», vivió cuarenta años y once meses. Aparte de sus estancias en Alemania –explica Reiner Stach (Rochlitz, Sajonia, 1951) en su monumental biografía «Kafka» (Acantilado)–, solo cuarenta y cinco días de esa vida transcurrieron en el extranjero.

Lo kafkiano: «Aquella situación de la que tienes todos los detalles, pero no entiendes el sentido», apunta Stach. Por ejemplo, «El proceso»: «Se sabe cómo funciona el tribunal, quiénes son sus miembros, pero no se llega entender el sentido del proceso. La Bolsa también es kafkiana, una explosión de datos, un millón de números por segundo, pero nadie sabe qué ocurrirá en un minuto». El autor de «La transformación» no tuvo una vida plena. «Vivió la Gran Guerra del 14, perdió sus ahorros con la inflación alemana…» No todo fue malo. La contienda le vacunó contra el nacionalismo, ese entusiasmo organizado; trabajaba seis horas en una oficina en una época en que las jornadas llegaban a las doce horas; fue feliz carteándose con Milena…

Relaciones con mujeres

 

El solterón Kafka estuvo prometido con la berlinesa Felice Bauer, se relacionó con la secretaria praguense Julie Wohryzek, mantuvo correspondencia con Milena Jesesnská y se despidió del mundo acompañado de Dora Diamant: «En toda su vida apenas convivió seis meses con una mujer», subraya el biógrafo. Con Felice, a la que conoció fugazmente, intercambiaría durante varios meses centenares de cartas hasta reencontrarse en el parque de Grunewald un domingo de Pascua de 1913: «Mi verdadero miedo (no se puede decir ni oír nada peor) consiste en que jamás podré poseerte», le confiesa Kafka. Si leyera esta biografía, sugiere Stach, sabría cosas de la familia de Felice que no llegó a saber: «El hermano de ella había robado dinero a su jefe y al ser denunciado hubo de huir a América: el viaje lo pagó Felice con dinero que había ahorrado para la boda con Kafka. Otra de sus hermanas tenía un hijo extramatrimonial que mantenía Felice, otra se suicidó… Escándalos familiares que la novia ocultó al novio: Felice habría llegado a la boda sin dote, pese a haberse pasado la vida trabajando».

Reiner Stach, autor de «Kafka» (Acantilado)
Reiner Stach, autor de «Kafka» (Acantilado)– ABC

 

«Kafka era un superdotado del lenguaje», subraya Stach. Cuarenta textos en prosa –nueve de ellos relatos– fue su legado a la historia de la literatura junto a casi tres mil quinientas páginas de anotaciones de diarios, fragmentos y tres novelas incompletas. «Escribía como respiraba. No le costaba esfuerzo dar con la palabra justa, aunque fuera una postal. Por eso daba la sensación de que redactaba sus cartas con un lenguaje calculado, cosa que le reprochaba Felice», añade Stach. Más que publicar, le apasionaba la creación: escribir toda una noche y amanecer agotado pero satisfecho. «Si hubiera triunfado, ‘El Proceso’ sería un best seller de los años veinte y no una novela inacabada… Habría demostrado a su familia que la literatura no era un simple hobby».

Una familia que le hizo imaginarse Gregor Samsa. En sus cartas a Felice y Milena refiere la soledad infantil, cuando sus padres se iban a trabajar a la tienda. Doce horas al cuidado de manos ajenas: «Creció como un huérfano», señala Stach. La psicología del niño abandonado, desde la lactancia a los cinco años, define al Kafka que no descreía de las relaciones estables: «Si tardaba tres días en recibir una carta, suponía que Felice ya no le quería. Además de neurótico compulsivo, hoy lo calificaríamos de hipersensible». ¿El padre tuvo la culpa? «Las disputas comenzaron con los reproches por su rendimiento escolar. Si el burdo Hermann Kafka topa con un hijo tan sensible y talentoso el conflicto está servido. El escritor quiso reconciliarse con sus padres antes de morir, pero su hermana Ottla, que siempre fue su confidente, le dijo que sería imposible, dada la relación con su padre. Hermann Kafka nunca llegó a leer la famosa carta».

Biografía digna

Después de preguntarse por enésima vez «cómo fue ser Kafka», el biógrafo observó que un escritor en alemán de tal envergadura no contaba con ninguna biografía digna de ese nombre en Alemania. Mucho ruido y demasiados tópicos. El acceso a la correspondencia de Max Brod fue determinante. Tras una primera aproximación en 2002 –el capítulo «Los años de las decisiones»– Stach culminó en doce años las más de dos mil trescientas páginas de la que se considera la biografía definitiva del autor de «La transformación», aunque todavía quedan aspectos que el legado Brod no aclara.

Por ejemplo, el judaísmo a la generación de Franz. No eran jóvenes religiosos: Kafka socialista, Brod lector de Schopenhauer… Para hacer carrera en la Universidad convenía abandonar el judaísmo y convertirse al catolicismo: Kafka renunció a la Universidad para trabajar en una empresa. «El antisemitismo checo era violento. Como diputado de un partido judío, Brod se lo planteó al presidente Masaryk y este, que no era antisemita, le confesó que no podría garantizar la protección a los judíos. Kafka conocía bien ese asunto, que Brod no aborda en sus memorias, y a mí me gustaría haber ahondado más…»

Una biografía para recrear un mundo que ya no existe… «Sólo su lenguaje vive», concluye Stach. Y añade: «Si supiera que hoy es un escritor global se preguntaría por qué nos interesa tanto su fracaso».

http://www.abc.es/cultura/libros/

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Cambio de hora (un relato genial de César Martín Ortiz)

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Nos mandan atrasar una hora el reloj, como cada primavera. Hay una luz de las siete y media, pero son las ocho y media de la tarde. Hay que ir pensando en salir a tomar las cañas y cenar y meternos en la cama cuando todavía la noche no ha puesto en marcha su oscuro mecanismo de absorción de calor y aún se deslizan vetas de aire cálido entre las cortinas del dormitorio cuando vamos a cerrar las ventanas. La luz de las siete y media, nuestro cuerpo de las siete y media, que no sabe qué apetecer en esta hora tonta, tarde para el té con la galleta, pronto para la cerveza, es una luz que incita a la nadería y al fantaseo propio de la ausencia de actividad y premura de hacer cosas. Estamos en casa, solos; al otro lado de las ventanas la calle se pone grisácea, disminuye el contraste cromático y todo pierde algo de realidad. Ya no somos seres laborables y aún no somos seres sociales; también nosotros hemos perdido contraste, nos hemos quedado en blanco, como conferenciantes novatos, en medio de las obligaciones coercitivas o voluntarias que nos hacían un hueco, un lecho, un nicho entre la vasta humanidad, y empezamos a sentirnos un poco borrachos, un poco alucinados por la repentina volatilización de las firmezas de costumbre, que tan rigurosamente nos ponían en nuestro sitio.
Hora peligrosa esta. Toda autoridad cae de su pedestal; toda responsabilidad parece descender desde el encumbramiento de lo ético y útil hasta la condición de lo que se puede chalanear sin perder el propio respeto. La laboriosa conciencia del yo se gasifica, el viejo tema del yo se presta a variaciones imaginarias en ese momento engañoso, y algo que hace unas horas nos parecía imposible y dentro de unas horas nos parecerá delirante, ahora se pone al alcance de la mano, colocado ahí por la luz incierta de la hora confusa, una para el cuerpo, otra diferente para el reloj, el noticiario y las obligaciones.
Ya no somos jóvenes; nos hallamos, o nos opinamos, en una buena situación basada en el compromiso entre la flexibilidad absoluta y la rigidez igualmente absoluta. Ya no nos dejamos zarandear por cualquier emoción de serie B y aún no estamos petrificados de contumacia senil. En cierto modo agradecemos a los años transcurridos sus lecciones no siempre amables; hemos ganado en fundamento, quizá no en el fundamento que hubiésemos querido, pero ahora nos parece que un fundamento, el que sea, es mejor que ninguno y no echamos de menos la inestimable pesadilla juvenil. Y todo esto estaba muy bien, pero el cambio de hora nos ha traído esta hora desubicada que nos hace perder el compás del día, el paso alegre con el que marchábamos inconscientes nadie sabe adónde, y nos llena la cabeza de remotos vapores intoxicantes y de estampas resucitadas que ya solo barajábamos en algún ensueño mañanero.
¿Por qué no fuimos más audaces? ¿Por qué no viajamos más? ¿Por qué no cogimos lo que queríamos antes de que pasara el momento? La hora perdida que ha frenado en seco nuestro desfile de soldaditos movidos a cuerda nos proyecta una escogida recopilación de renuncias y cobardías propias. Renuncias y cobardías que ya habíamos ido ensartando en nuestro argumento general y que la interesada desmemoria había conseguido empurpurar de nobles o heroicas, o al menos de inevitables, y que ahora, pasajeramente desconectadas de ese argumento, se nos aparecen con su reproche y su gesto de amarga burla.
No es un asunto trivial este del cambio de hora. Los gobiernos que lo decretan, so pretexto de ahorrarle unos durillos o unos euros a no sé quién, deberían saber que esta hora encierra un peligro de sublevación y disgusto con lo que cada uno es, un temblor revolucionario. Cualquier día de abril la calle puede llenarse de ciudadanos espoleados por el bochorno y el arrepentimiento, decididos a rectificar su andadura, resueltos a arrojar por la ventana logros imaginarios y esclavitudes improductivas, y a socavar los cimientos de la economía de mercado, la tradición cristiana y el orden público.
Esa hora no es cosa de broma. Todas las prédicas del mundo sobre cualquier teoría no valen lo que una sola hora de experiencia de primera mano. La subversión de los valores no nos está esperando al final de la lectura de un volumen empachoso; es la sombra de todo lo que hacemos, es el reverso de todo lo que creemos. Está ahí, a la vuelta de la esquina de nuestra vida, tan cerca de ella como lo están la cara y la cruz de una moneda, y basta una hora perdida para que sintamos la curiosidad de asomarnos y averiguar qué hay al otro lado.
Cien centavos
César Martín Ortiz
Baile del sol, 2015
http://arrebatosaliricos.blogspot.mx/
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EL EXCÉNTRICO LIBRO DE COCINA DE DALÍ REEDITADO POR PRIMERA VEZ TRAS MÁS DE 40 AÑOS

El legendario y excéntrico artista Salvador Dalí declaró a la edad de 6 años que deseaba convertirse en chef. Publicado por primera vez en 1973, Les Diners de Gala fue un extraño sueño hecho realidad, un libro de cocina lleno de ilustraciones surrealistas y de recetas inspiradas en las suntuosas cenas que organizaban Dalí y su esposa Gala. 

Las fiestas eran legendarias por su salvaje opulencia, con invitados a menudo vestidos de etiqueta y animales salvajes deambulando libremente alrededor de la mesa. 

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La aclamada editorial Taschen ha reeditado el libro de cocina, disponible en pre-compra, ya que sólo se ha comprobado la existencia de 400 de los ejemplares originales. El libro, que incluye 136 recetas divididas en 12 capítulos, está organizado por ingredientes, incluyendo afrodisíacos. Aparte de sus ilustraciones, podemos encontrar dispersas en el interior de la publicación, reflexiones de Dalí que nos dan una idea de su filosofía sobre los placeres gustativos. Si, como proclama el artista, “la mandíbula es nuestra mejor herramienta para captar el conocimiento filosófico”, hace bien en mostrar los aspectos extraños y decadentes de la cocina.

 

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“Huevos de Mil Años”, “Chuletas de ternera rellenas de caracoles”, “Pasteles de rana” y “Toffee con piñas de pino” están incluídos en el menú con una, a veces inquietante, imaginería sin igual. El trabajo también incluye connotaciones de canibalismo, por ejemplo, una mujer sin brazos con una falda formada a partir de langostas situada encima de una pila de cadáveres, muchos de ellos con las cabezas cortadas.

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Si nos interesa aceptar el reto de cocinar al estilo Dalí también tendremos que tirar nuestras dietas por la ventana. Dalí escribe desde el principio, “Nos gustaría dejar claro que, desde las primeras recetas, Les Diners de Gala con sus preceptos y sus ilustraciones, se dedica únicamente a los placeres del gusto. No encontrará fórmulas dietéticas. Aquí tenemos la intención de hacer caso omiso de esos gráficos y tablas en los que la química ocupa el lugar de la gastronomía. Si es usted uno de esos cuenta-calorías que convierten el gozo de comer en una forma de castigo, cierre este libro de inmediato;. está demasiado vivo, es demasiado agresivo, y demasiado impertinente para usted”.

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Ya lo compremos por la gastronomía o el arte, en Les Diners de Gala, Dalí se muestra como un artista polifacético, que nunca se se permitió quedar restringido por los márgenes del lienzo.  Su mente artística no conocía límites, moviéndose de la galería a la cocina con facilidad.

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Via My Modern Met

http://culturainquieta.com/es/lifestyle/item/10738

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LA DURÍSIMA CARTA DE BUKOWSKI AL BIBLIOTECARIO QUE PROHIBIÓ SU LIBRO POR RACISTA, SÁDICO Y MISÓGINO

 Una biblioteca en Holanda prohibió el libro Tales of Ordinary Madness, de Charles Bukowski. Todo lo que es necesario saber es que el librero tuvo la amabilidad de informarle a Bukowski esto a través de una carta, y que Charles le contestó con su estilo usual.

Estimado Hans van den Broek:

  Gracias por la carta donde me informa de la remoción de uno de mis libros de la biblioteca de Nijmegen. Y de que lo acusan de discriminación contra la gente negra, homosexuales y mujeres. Y de que es sádico a causa del sadismo.
  Lo que temo discriminar es el humor y la verdad.
  Si escribo mal sobre negros, homosexuales y mujeres es porque así eran los que conocí.   Hay muchos “malos”: perros malos, mala censura; incluso existen “malos” hombres blancos. Sólo que cuando uno escribe sobre hombres blancos “malos”, no se quejan. ¿Y será necesario decir que existen “buenos” negros, “buenos” homosexuales y “buenas” mujeres?
  En mi trabajo como escritor, sólo fotografío en palabras lo que veo. Si escribo sobre “sadismo” es porque existe, yo no lo inventé, y si algo terrible ocurre en mi trabajo es porque esas cosas pasan en nuestras vidas. No estoy del lado de la maldad, si es que abunda algo como el mal. En mi escritura no siempre estoy de acuerdo con lo que ocurre, ni me regodeo en el lodo por puro gusto. También es curioso que la gente que despotrica contra mi trabajo parece no ver las secciones donde trato de la alegría y el amor y la esperanza, y existen tales secciones. Mis días, mis años, mi vida han conocido altas y bajas, luces y sombras. Si escribiera sola y continuamente de la “luz” y nunca mencionara lo otro, entonces, en tanto artista, sería un mentiroso.

  La censura es la herramienta de aquellos que tienen la necesidad de esconder realidades de sí mismos frente a los demás. Su miedo no es más que su incapacidad para hacer frente a lo que es real, y yo no puedo ventilar ninguna rabia contra ellos. Sólo me dan esta consternada tristeza. En alguna parte, mientras crecían, los escudaron contra los hechos totales de nuestra existencia. Les fue enseñado mirar de una sola forma aunque existieran muchas.
  No me alarmo de que uno de mis libros haya sido cazado y expulsado de los estantes de una librería local. En cierto sentido, me honra haber escrito algo que despertara algo en sus imponderables profundidades. Pero me hiere, es cierto, cuando el libro de alguien más es censurado, pues dicho libro, usualmente es un gran libro y hay muy pocos de esos, y a través de los tiempos ese tipo de libros a menudo se convirtieron en un clásico, y lo que alguna vez se pensó escandaloso e inmoral ahora son lecturas requeridas en muchas de nuestras universidades.
  No digo que mi libro sea uno de ellos, pero digo que en nuestros días, en este momento donde cualquier momento podría ser el último para muchos de nosotros, jode sobremanera y es imposiblemente triste que aún tengamos entre nosotros a los pequeños amargados, a los cazadores de brujas y los voceros contra la realidad. Aún y todo, ellos también van aquí con nosotros, son parte del todo, y si no he escrito sobre ellos, debería, tal vez lo haya hecho aquí, y es suficiente.
  Que seamos mejores juntos, suyo,
  Charles Bukowski.
http://www.elclubdeloslibrosperdidos.org
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Árboles

A diferencia de los tiburones blancos, los árboles no poseen la capacidad de defenderse cuando se les ataca. Sus posibles armas de ataque, por ejemplo, las espinas, son estáticas. Esta inmovilidad y su gran tamaño hacen que los árboles no se puedan ocultar en ningún caso. Son, por tanto, las criaturas más indefensas que existen en la creación en relación con el hombre, que los ha situado por debajo del nivel de la sensibilidad, convirtiéndolos así en los seres más fácilmente atacables y destruibles. Su principal defensa evolutiva, al igual que sucede con muchos animales sociales, con las aves y los peces, se encuentra en lo incalculable de su número, es decir, en su capacidad de reproducción (y, en este sentido, para los árboles la longevidad juega también un papel muy importante). Tal vez sea esta faceta pasiva y paciente tan característica de su sistema de autoconservación lo que ha hecho que el hombre, sobreponiéndose a sus antiguos miedos relacionados con las criaturas que pudiera albergar en su seno y con los aspectos sobrenaturales del bosque, los pueda llegar a perdonar y hasta ver en su silenciosas profundidades algo protector, maternal e incluso uterino.

(John Fowles, El árbol, Impedimenta, 2015. Traducción de Pilar Adón).
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Sobre todo lean a Schwob

Alianza reedita en bolsillo las cinco obras maestras del escritor francés, durante un tiempo olvidado. Padre espiritual de Borges, influyó en la obra de Gide, Faulkner, Tabucchi y Bolaño

Marcel Schwob en una imagen sin datar.
Marcel Schwob en una imagen sin datar.

 

¿Qué pensaríamos de alguien que estuviera escribiendo, por ejemplo, la historia imaginaria de la literatura contemporánea? Pongamos que estuviera trabajando en una reconstrucción sarcástica y apasionada de los lugares, sueños, enfrentamientos y obsesiones de los escritores, los lectores, los traductores, los libreros, los editores o los críticos de todos estos últimos años y que los hubiera situado en un buque a la deriva. Pensaríamos que podría tratarse de un heredero más de Marcel Schwob (1867-1905) y de su mejor libro, Vidas imaginarias. ¿No dicen que la literatura se ha llenado últimamente de sucesores de Schwob?

Y pensar que hubo un tiempo en que este escritor estuvo olvidado. Se cuenta que allá por los años cuarenta sólo le conocían de verdad en Argentina, donde no había librería ni biblioteca ni sala de espera de un dentista que no tuviera un ejemplar de Vidas imaginarias. La culpa, claro, era de Borges, que en 1935 publicó Historia universal de la infamia, inscribiéndose en la estela del autor francés. Pero, 15 años antes, en el ámbito latinoamericano, Schwob ya había tenido como herederos a los mexicanos Alfonso Reyes y Julio Torri, tocados como él por la gracia — tan poco habitual en la época— de la brevedad y la capacidad de síntesis. En el genial y no muy conocido Torri, lo fugaz y lo inacabado eran formas de comprender el mundo. En cuanto a Reyes, ensayista esencial y maestro de Paz y de Pitol, la influencia de Vidas imaginarias se hizo palmaria al publicar en 1920 Retratos reales e imaginarios.

Así que puede hablarse, ha escrito Cristian Crusat, de una tradición literaria que, iniciada por un francés, se convirtió en latinoamericana por las intervenciones de primera hora de Reyes, Torri y Borges, para luego diversificarse por territorios literarios muy variados. Una lista selecta de sucesores de Schwob no podría olvidarse de cómo El libro de Monelle (1894) inspiró a André Gide. Y de cómo la estructura de La cruzada de los niños (1896) prefiguró Mientras agonizo, de William Faulkner. En cuanto a Vidas imaginarias, su sombra es alargada: Fleur Jaeggy, Juan Rodolfo Wilcock, Pierre Michon (Vidas minúsculas), Moisés Mori, Danilo Kiš, Antonio Tabucchi (su biografía breve de Antero de Quental en Dama de Porto Pim), Gérard Macé, Rodrigo Fresán (La parte soñada), Roberto Bolaño (La literatura nazi en América).

“Pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges”, escribió Bolaño en uno de sus Consejos sobre el arte de escribir cuentos.

Nosotros —ociosos remeros del barco a la deriva— celebramos que, tras los años de olvido, Schwob regresara con fuerza tan inusitada. En nuestro país, por ejemplo, Páginas de Espuma reunió hace dos años los Cuentos completos, editados y traducidos por Mauro Armiño; no faltaban ahí, por supuesto, los relatos escritos entre 1891 y 1896, sus cinco breves obras maestras: Corazón doble, El rey de la máscara de oro, La cruzada de los niños, El libro de Monelle, Vidas imaginarias.

Ahora, aquellos cinco títulos de su inspirado “quinquenio increíble” reaparecen en forma de libros de bolsillo, en Alianza. Y esto de algún modo facilita aún más el seguimiento de las huellas de su influencia en la literatura de hoy. Nosotros las seguimos, como si quisiéramos que se hiciera realidad lo que apuntara Borges: que en todas partes del mundo hay devotos de Schwob que componen mínimas sociedades secretas.

“Escribió deliberadamente para los happy few, para los menos”, apuntó Borges también. Y lo cierto es que esa minoría somos nosotros y tendemos a ser multitud. Nos gusta evocarle joven, en plena “conmoción imaginativa” al descubrir en un ferrocarril la prosa de Stevenson. Porque, dicho sea de paso y casi susurrado, Schwob desciende del escritor escocés. Algunos años después del momento epifánico, intactos todavía los efectos de aquella decisiva conmoción, Schwob contó el instante: se había llevado La isla del tesoro para un largo viaje en tren hacia el sur y había empezado su lectura bajo la temblorosa luz de una lámpara de ferrocarril. La aurora meridional teñía de rojo las ventanillas del vagón cuando despertó del sueño del libro, como Jim Hawkins tras el graznido del loro, y vio que tenía ante sus ojos a John Silver y una botella de ron, y que todo flotaba en el viento marino. “Entonces supe que había sucumbido al poder de un nuevo creador de literatura”, escribiría Schwob.

Al evocar hoy esta escena de lectura y hechizo, a medio camino entre la lámpara, el sueño y el libro, nos apena ser conscientes de que emociones de este rango van camino de ser sucesos del pasado, y nos preguntamos por cuánto tiempo aún podrán seguir transmitiéndose. ¿La respuesta? Habrá que buscarla en la aurora meridional.

ENRIQUE VILA-MATAS

http://cultura.elpais.com

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Consejo de madre

Arhur Pem se despertó con la cabeza pesada, sintiendo que le dolían las sienes por efecto de la tremenda resaca.
   No era la primera vez qie le ocurría aquello. Últimamente bebía demasiado, sobre todo después de que, tras ganar el premio Pulitzer de Literatura, el resto de sus novelas habían sido un rotundo fracaso. (…)
   Pero Arthur no era de los hombres que se conforman con ser una medianía. Desde muy niño le habían gustado los triunfos y las victorias, y aún recordaba que su madre le había dicho en cierta ocasión cuando adivinó sus inquietudes e impaciencias:
   -Si  no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y corrompido, hijo mío, o bien escribes cosas dignas de leerse, o bien haz cosas dignas de escribirse.

(Lucky Marty, Ídolo de barro. Ediciones Ceres, 1983).

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