¡Menos mal!
Todas las empresas del Ibex 35, excepto dos que parecen idiotas, actúan en paraísos fiscales. Gracias a ello, en vez de cotizar como usted y como yo, que somos gilipollas, evaden legalmente los impuestos. Significa que las instituciones funcionan. Muchas de esas empresas, presididas por filántropos incurables y personas de misa y comunión diarias, desvían su producción hacia países donde la obra de mano es barata porque las condiciones laborales son de pena. En Bangladesh, por poner un ejemplo, acaban de morir aplastados más de 500 obreros que fabricaban nuestros pantalones vaqueros y nuestros fulares de colores en un edificio que amenazaba ruina. Tranquilos, ningún filántropo español irá a la cárcel por ese crimen. Las instituciones funcionan.
A un señor que no podía pagar la prótesis de rodilla que necesitaba para su recuperación, se la han arrancado antes de que saliera del hospital. Las instituciones funcionan. A Gerardo Galeote, un tipo de la Gürtel tan presunto como Jesús Sepúlveda o su entonces esposa, Ana Mato, le duplicaron el sueldo (con el dinero de nuestros impuestos) cuando a la gente honrada comenzaban a bajárselo. Y es que las instituciones (en este caso, el PP) funcionan. En el hospital de Hellín han operado extrajudicialmente a la madre del gerente (el que lleva los números y tal vez decida los despidos) por eso, porque las instituciones funcionan.
Si queda alguna duda de que las instituciones funcionan, ahí está la desimputación, o como se diga, de la infanta Cristina, la mujer que creía que con dos sueldos de clase media era posible adquirir un palacio de clase alta. La infanta Elena, sorprendida en un open de tenis (dónde si no), declaró a preguntas de la prensa que ignoraba si se había hecho justicia, pero que estaba feliz. Feliz, suponemos, de que las instituciones funcionaran.
JUAN JOSÉ MILLÁS/elpais.es
Euskadi se lanza al sexo
Racita
Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco, estaba obsesionado con la «raza vasca». La verdad es que Sabino Arana estaba obsesionado con muchas sandeces, y prueba de ello es el escaso entusiasmo que se advierte en el PNV para sacar a pasear sus presumibles ideas. La lectura de sus pensamientos lleva a cualquier persona a una inevitable conclusión. Era tonto. Su hermano Luis, más joven que él, tenía más conchas. Fue el diseñador de la «ikurriña», porque Sabino no era capaz ni de inventarse una bandera.
La raza vasca lo era todo para Sabino. Y sus seguidores se lo creyeron. Hasta hoy. El anterior «Lehendakari», Ibarreche, encargó un estudio a la Universidad del País Vasco con el único objetivo de establecer definitivamente la supremacía de la raza vasca. Pero el desenlace del estudio ha resultado decepcionante. Ni raza vasca ni nísperos. Se han advertido una serie de peculiaridades curiosas –como en algunos habitantes de Escocia, Malta, Cerdeña y el norte de Italia–, pero nada más. Para colmo de males, se demuestra que entre un vasco español y un vasco francés hay muchas más diferencias que entre un vasco español y un valenciano o un murciano. Es decir, que a lo sumo que puede aspirar el nacionalismo vasco es a la pureza de una racita o razuela, realidad que no justifica el tostón que está dando desde que Sabino Arana viajó a Lourdes en viaje de novios sin que se produjera el deseado milagro de la coyunda.
Estos estudios racistas, a estas alturas de la vida y de la ciencia, no dan de sí. Lo malo es que dan de no. Y el resultado preocupa. Los vascos son tan caucásicos como un parado andaluz o un cultivador de tulipanes de Holanda. Tengo amigos con ocho apellidos vascos que suplantarían a la perfección a Curro Jiménez en Sierra Morena. Y otros, jerezanos, portuenses o sevillanos de siembra y dehesa, que hasta que no rompen a hablar parecen hijos de la Europa vikinga. La raza vasca perdió consistencia y sentido cuando los montañeses empezaron a ganar a los vascos en las regatas de traineras. Un simple apunte de una efeméride deportiva que dio al traste con todas las excelencias físicas que Sabino Arana entrevió entre los suyos.
Tampoco existe una raza castellana, catalana o asturiana. Hay costumbres que distinguen y singularizan a unos y otros y se mantienen a lo largo de los siglos. El que un catalán beba una copa de cava antes de comer y un andaluz un fino o una manzanilla, no quiere decir nada en lo que a raza se refiere. De existir una raza diferente en España sería la berciana. Son los únicos capaces de sobrevivir y multiplicarse comiendo botillo con una incidencia insignificante de perforaciones de estómago. Pero tampoco está demostrado que los bercianos conformen una raza diferente al resto de los leoneses.
El estudio encargado por Ibarreche, de ser respetados sus resultados como es debido, puede resultar engorroso para mantener algunas costumbres vascas. Si no hay raza, ¿para qué celebrar el «Aberri Eguna», que es el día de la patria sustentado en la raza? Demostrada la inexistencia de la raza vasca, celebrar el «Aberri Eguna» es como festejar en la España actual el «Día de la Creación de Empleo». Y si ha quedado resuelto que un vasco español se parece más a un valenciano que a un vasco francés, lo que tienen que hacer los vascongados, desde ya, es renunciar al «Aberri Eguna» y celebrar las Fallas. Que no digan que no aporto soluciones al inesperado y chocante problemón.
Alfonso Usia/larazon.es










