Sublimación

Para Esther Roperti

Estoy bartok de todo,
bela
bartok de ese violín que me persigue,
de sus fintas precisas,
de las sinuosas violas,
de la insidia que el oboe propaga,
de la admonitoria gravedad del fagot,
de la furia del viento,
del hondo crepitar de la madera.

Resuena bela en todo bartok: tengo miedo.
La música
ha ocupado mi casa.
Por lo que oigo,
puede ser peligrosa.

Échenla fuera. 

 

http://virecogeralbondigas.blogspot.mx

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Viaje a la nada (IV)

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Esta calma de la mar

Los rayos del sol cayendo a plomo

Y la peste de la tripulación

Me mantenían despierto

Rara vez alguien se me acercaba

Todo cambiaba en mis sueños

El ajetreo en mi cabeza

Pasado, presente, futuro

Presente, futuro, pasado

Futuro, pasado, presente

1,2,3,4,5,6

A,b,c,d,e,f

Árboles del revés

Pulpos de dos cabezas 

Con tintas de pus

Almas flotando

Mordiéndome los pies 

Como serpiente su cola

Aniquilándome

Isak Dinesen dijo que ella escribía un poco cada día

Sin esperanza y sin la desesperación.

Quiero eso

Y quiero despertar

Y tragar algo

Juan A: Pérez

Fragmento Viaje a la nada (2017)

 

 

 

 

 

 

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Viaje a la nada (II)

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Navego hacia la nada

Con marineros muertos

Que fuman en pipa con un capitán

Que tiene el mismo destino que yo

Vamos hacia el inicio de todo

Ponemos el rumbo al silencio

Con un techo infinito

Hoy nos toco una lluvia de lágrimas

Dejamos el paraguas abajo

Guardado en un baúl 

LLeno de cosas que no hacen falta

Salvo una pipa de agua de mar

Solo necesito una pluma y un papel amarillo

Para escribir 

Por si algún día te olvidas de mi

Traje una botella mensajera

Tiene vino de Rioja

Unas algas rojas atoradas en el ancla 

Sirvieron para la cena

No combinan mal con el vino

Hoy pasé la noche fumando 

Con los muchachos muertos

Con los ojos encendidos de sangre

Esperando los cantos desentonados

De las sirenas

Juan A. Pérez

Fragmento de Viaje a la nada (2017)

Pintura de Remedios Baro

 

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Verme huido

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 Verme huido
(sobrio de versos y prosas)

de la catástrofe que embarga
las heladas matinales
como constancia burlona e inamovible
de persistentes amenazas mudas
que me empapan
de un llanto incomprensible,
que me tiembla las sienes
y me abandona la boca
a una resequez lasciva
de reptil de lengua bífida.
Dormir sin sueños
para dejarme en mazmorras
repintadas y con luz natural
que salvan los porqués
al golpe rebotado
de sus hormigonados muros
trepidando en mis oídos
con un moscardoneo mordaz
de eco engalanado.
Fundirme con el último pitillo
en ligera ceniza
dónde el rumor de la duda
(el hálito de la hecatombe,
el deber del escalofrío)
sean mera humareda
inofensiva e incorpórea.

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Poema del día: “Descripción de un estado físico”, de Antonin Artaud (Francia, 1896-1948)

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 Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
     de músculos retorcidos y como en carne viva, el sentimiento de ser de vidrio y fácil de romper, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un trastorno inconsciente del andar, de los gestos, de los movimientos. Una voluntad perpetuamente tirante en lo que hace a los gestos más simples,
     la renuncia al gesto simple,
     una fatiga sorprendente y central, una especie de fatiga aspirante. Necesidad de recomponer los movimientos, una especie de fatiga mortal, fatiga del espíritu para una aplicación de la tensión muscular más simple, el gesto de asir, de engancharse inconscientemente con algo,
     que sostener mediante una voluntad aplicada.
   Una fatiga de comienzo del mundo, la sensación de que hay que llevar el propio cuerpo, un sentimiento de fragilidad increíble, y que se transforma en un sufrimiento demoledor,
     un estado de dolorosa torpeza, una especie de torpeza localizada en la piel, que no impide hacer ningún movimiento, pero que cambia la sensación interna de un miembro, y da a la simple posición vertical el precio de un esfuerzo victorioso.
     Localizado posiblemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro, y sin que presente ya al cerebro otra cosa que imágenes de miembros lejanos y fuera de su lugar. Una especie de ruptura interior de la correspondencia entre todos los nervios.
     Un vértigo movedizo, una especie de encandilamiento oblicuo que acompaña a cada esfuerzo, una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se desprende de el a pedazos, placas de calor que se desplazan.
     Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empecinada en sufrir, sienes que se vitrifican o se vuelven de mármol, una cabeza pisoteada por los caballos.
   Habría que hablar ahora de la descorporización de la realidad, de esa especie de ruptura dedicada, se diría, a multiplicarse a sí misma entre las cosas y el sentimiento que ellas producen en nuestro espíritu, el lugar que ellas deben tomar.
     Esa ordenación instantánea de las cosas en las células del espíritu, no exactamente en un orden lógico, sino en su orden sentimental, afectivo
     (que ya no se cumple):
    las cosas ya no tienen olor, ni sexo. Pero su orden lógico también a veces se rompe debido justamente a su carencia de relente afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras para cualquier operación mental, y sobre todo aquellas que tienen que ver con los resortes más habituales, más activos, del espíritu.

Antonin Artaud en L’ombilic des limbes (1923), incluido en Poetas franceses contemporáneos  (Ediciones Librerias Fausto, Bueno Aires, 1974, selec. y versiones de Raúl Gustavo Aguirre).

https://franciscocenamor.blogspot.mx

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Noche roja y negra

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Tal vez 

Cuando las bridas del maldito silencio

Se te caigan de tu cuello delgado y rojo

Y tus ojos se cierren para siempre

Tus tatuajes se derritan en capas de chocolate amargo

Y las pinturas de cielos que no existen

De vientos que no soplan

De lluvia que no cae

Y de ese frío acalorado

Tal vez apague mi cigarrillo

Y podamos hablar 

De esta noche roja y negra

Juan Antonio Pérez Vilches

 

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La nueva poesía de mierda

DAVID TORRES 

Imagen de archivo de Mónica Carrillo, presentadora de Informativos de Antena 3

Una de las peores plagas que me tocó sufrir en la adolescencia y la juventud fueron los cantautores. Yo, que adoraba el rock sinfónico, el jazz y la música clásica, entre los cantautores en los setenta y la Movida en los ochenta pensé qué ser sordo tampoco estaba tan mal. Pero la Movida, al menos en sus primeros momentos, no pretendía cambiar el mundo ni transformar la realidad ni denunciar nada, sino sólo pasar un buen rato. Con los cantautores, en cambio, no podías discutir porque ellos estaban comprometidos, tenían conciencia social y toda la pesca -aunque luego te enterabas de que, en su primer disco, Víctor Manuel le había dedicado una canción a Franco.

Coartadas ideológicas aparte, el problema era el modo en que pretendían venderte la moto de que un cantautor es la suma de un músico y un poeta, cuando la verdad es que al final la suma da más bien de una resta. Con la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan la Academia Sueca ha certificado esa creencia, que podrá discutirse todo lo que quiera, pero que ya no tiene vuelta de hoja. No tengo ningún reparo en reconocer que ciertos cantautores (el propio Dylan, Cohen, Silvio, Serrat, Brassens) son poetas. Sin embargo, convengamos en que en la inmensa mayoría de sus textos el poema pierde mucha de su gracia si no lo acompaña la música. A veces no, a veces no pierde mucha: la pierde toda. Otra cosa muy distinta es la barbaridad puesta en letras de molde sobre que Bob Dylan es el mayor poeta vivo en lengua inglesa. Esa gente ¿sabe lo que dice? ¿Habrá leído a John Ashbery, a Sharon Olds, a Brian Patten?

Como toda situación es susceptible de empeorar, tenía que llegar el día en que ciertos cantautores decidieran prescindir de la guitarra, que buena falta les hace, y lanzarse al ruedo del verso libre, que para eso es libre y es ruedo. Al fin y al cabo, algunos cantautores llegaron hasta la música por pura honestidad artística, por la imposibilidad de sostener el lenguaje en equilibrio sin la ayuda de seis cuerdas. Así Leonard Cohen publicó varios poemarios antes de acometer la canción y siempre confesó su devoción por Lorca, entre otros muchos poetas; así Serrat o Ibáñez musicaron a algunos de los grandes nombres de la lírica española: Machado, Hernández, Quevedo, Góngora, Alberti, Blas de Otero.

No obstante, la oleada de marketing poético que invade librerías y redes sociales tiene, creo yo, bastante poco que ver con esto. De repente, unos cuantos poetas jóvenes y no tan jóvenes han conseguido docenas de miles de lectores, dan recitales multitudinarios y algunos -algo impensable en España- hasta cobran entrada. Muchos de ellos –Marwan es el ejemplo más claro- son cantautores que han decidido prescindir de la música y mostrar sus versos al desnudo. Parece que casi se ha cumplido aquella profecía que le oí a una poetisa en los años noventa: “Llegará un día en que la poesía llenará estadios de fútbol”.

La plaga todavía no llega a tanto, pero los versos que yo he leído de estos nuevos valores no andan muy lejos de los berridos de los forofos en el campo o de las ocurrencias cursis que se encuentran a menudo en las puertas de los servicios públicos. Personalmente no tengo ningún problema en que alguien emborrone una cuartilla con renglones en lugar de usar la puerta de un retrete. Cada uno es muy libre de aporrear el piano, aunque no tenga ni idea de tocarlo. Pero el argumento democrático, el hecho de que algo lo disfruten cien mil personas en lugar de una docena, no significa nada en cuestiones de estética: un cuarteto de Bela-Bartok o una balada de John Coltrane son intrínsecamente superiores a la última canción de éxito radiada a los cuatro vientos. De otro modo, McDonald’s y Burger King serían los mejores restaurantes del mundo.

El otro día paseaba por la Cuesta de Moyano y me llamó la atención un libraco enorme, un volumen de lujo, quizá el primer tomo de poesía que yo haya visto editado por la editorial Planeta. Era una colección de poemas de Mónica Carrillo, la presentadora de televisión que últimamente ha decidido emprender una carrera de novelista. Se me ocurrió abrir el libro y no debí hacerlo: daba vergüenza ajena y debería darla también propia. Todo el mundo puede escribir lo que le dé la gana en su casa, pero resulta sencillamente penoso que un profesional de la edición haya corregido, publicado y puesto a la venta tal colección de obviedades, ñoñerías y ridiculeces. No digamos ya comprarlo y leerlo, no digamos ya compartirlo en internet, como si semejantes chorradas fuesen epigramas al estilo de Wilde o sentencias de Pessoa. Son, en el mejor de los casos, cosas que escribe un chaval cuando todavía no ha leído mucho y todavía no sabe lo que es un poema, los bocetos de un aspirante a pintor cuando ni siquiera ha aprendido a dibujar, los ejercicios de digitación de un estudiante en el primer año de sumergirse en el teclado.

Sin embargo, la poesía tenía que hacerse rentable también, como la música, como la novela; llegó el momento de fichar a estrellas del pop y a caretos televisivos para vender cientos de miles de poemas. Es la poesía pop, que no es exactamente poesía popular, sino comercial. Es decir, todo lo contrario. No se veía nada igual desde que Piero Manzoni empaquetó su mierda en unas cuantas latas y empezó a venderlas con una advertencia que también era un poema: “Mierda de artista”.

Muchos de estos juglares superventas se enorgullecen de practicar una poesía clara, sencilla, transparente, que llega a todo el mundo. Como si fuera sencillo hacer un poema sencillo, como si no fuese igual de complicado que escribir una novela, como si estuviese tirado escribir como escribieron en su día, por ejemplo, Lope de Vega, Wislawa Szymborska o Ángel González. Algunos critican a poetas oscuros, barrocos, herméticos, difíciles, casi imposibles de leer. Góngora, John Ashbery, por citar dos ya citados; Lezama Lima, Wallace Stevens, para que sean cuatro. Sin embargo, lo malo de la poesía que ellos practican no es que no se entienda nada: es que se entiende todo demasiado bien.

https://www.cuartopoder.es/opiodelpueblo/

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Un largo etcétera, de Enrique García-Máiquez

Vienen bien unas penitas
de cuando en cuando. Que no
nos empalague la vida.

Sí… Ya… La vida es un soplo.
Pero un soplo que no apaga
esta llamita en nosotros.

Según parece,
yo, visto desde fuera, soy feliz.
Se tratará, por tanto,
de salir yo de mí.

Misa de mártires.
Y dudé si salir
porque llovía…

Estoy tan lírico
que con la media luna
tengo de sobra.

Tú, ratón Pérez,
llévate así su infancia,
poquito a poco.

Y un largo etcétera.

 Enrique García-Máiquez

http://jesuscotta.blogspot.mx/

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Un poema de Lowell

Robert Lowell (1917-1977)

RED DE PESCA

Cualquier cosa clara que nos ciega de sorpresa,
tus silencios vagabundos y resplandecientes descubrimientos,
delfín liberado para capturar el parpadeante pescado…
diciendo demasiado poco, después demasiado.
Los poetas mueren adolescentes, su ritmo les embalsama,
las voces arquetípicas cantan desafinadas;
el viejo actor no puede leer a sus amigos,
y no obstante se lee a sí mismo en voz alta,
el genio mata con su zumbido al auditorio,
la línea ha de terminar.
Y aún así mi corazón se alza, sé que he alegrado una vida
anudando, deshaciendo una red de cuerda embreada;
la red colgará de la pared cuando los pescados hayan sido
          comidos,
clavada como bronce indescifrable, el futuro sin futuro.

(Robert Lowell. Antología, Visor Libros, 1982. Traducción de Antonio Resines)

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LA BONITA LETRA DE LOS DICTADORES

Documento firmado por el general Francisco Franco. Dar clic para agrandarlo
.

Mi general…
¡Qué bonita letra tiene usted!
¡Oh, que preciosa caligrafía de cuartel!
… Así escriben los tiranos, ¿verdad?
¡Y los gloriosos dictadores…!
¡Qué rasgos!
¡Qué pulso!
¿Quién le enseñó a escribir así, mi general?
Se dice general y se dice verdugo.
Los dos tienen el mismo rango,
los mismos galones.
El general se diferencia del verdugo solamente
en que el general tiene la letra más bonita.

Para firmar una sentencia de muerte
hay que tener una letra muy bonita…
¡Qué bonita letra tiene Ud., mi general!
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León Felipe, poeta español

http://tintaindeleble.blogspot.mx

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