Exilio
Leo en la prensa la historia de Diego Martínez Santos, el físico gallego que casi a la vez ha obtenido dos logros tan significativos como contradictorios: el de ser nombrado mejor físico europeo por la Sociedad Europea de Física y el de que se le haya denegado su vuelta a España con el programa Ramón y Cajal de investigación, por considerar el comité seleccionador que su currículum no está a la altura. ¿A la altura de quién? A la altura de los individuos que hacen la selección. Sin duda, han tenido en cuenta otras razones para elegir a los afortunados que las de una excelencia probada. Leo esta noticia que nos ayuda poco a presentarnos como un país de fiar y se me viene a la memoria una conversación reciente con un amigo físico que investiga en el equipo de Eric Kandel, Nobel de Medicina: me contó que se presentó al programa de Cajal y, ante el asombro de su jefe, que le había dicho, “tú con ese currículum vas donde quieras”, vio negado su sueño de trabajar en España. Más de lo mismo: le explicaron que no estaba suficientemente preparado.
No me cabe la menor duda de que los seleccionados serán competentes, pero no es racional dejar fuera a científicos tan brillantes, explicándoles para mayor humillación que su currículum no da la talla. Hay varios ministros del Gobierno, incluido el de Cultura, que no dejan de celebrar la experiencia internacional, dando por hecho que aquellos que se fueron volverán para rentabilizar en España aquello que aprendieron fuera. Qué cinismo. Muchas de esas personas extracualificadas llevan ya años fuera, y con lo que se enfrentan hoy es con la imposibilidad de volver. Echado el cierre en la investigación y con las dificultades que presenta la universidad española para acoger a los que atesoran una experiencia exterior ya no se puede hablar de fuga de cerebros sino de cerebros en el exilio.
ELVIRA LINDO/elpais.es
Paul Valéry: el órgano de lo posible
A veces me he sentido asombrado de que no existiera un "Tratado de la Mano", un estudio profundizado de las innumerables virtualidades de esta máquina prodijosa que junta la sensibilidad más matizada a la fuerza más libre. Pero sería un estudio sin límites. La mano une a nuestros instintos, proporciona a nuestras necesidades, ofrece a nuestras ideas, un conjunto de instrumentos y medios incontables. ¿Cómo encontrar una fórmula para este aparato que sucesivamente golpea y bendice, recibe y da, alimenta, presta juramento, marca el ritmo, lee para el ciego, habla para el mudo, se tiende hacia el amigo, se levanta contra el adversario, y que se hace martillo, tenaza, alfabeto?...¿qué sé yo? Este desorden casi lírico basta. Sucesivamente simbólica, orante, calculadora, --agente universal, ¿no se la podría calificar de órgano de lo posible, --como por otra parte ya es el órgano de la certidumbre positiva?
Paul Valéry, Discurso a los cirujanos.
Lo lei en: http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/
LABERINTO DE PARADOJAS
Juan Miguel Zunzunegui
Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde.
José Alfredo Jiménez.
Hablando de contrasentidos en nuestro México, no hay nada como echar un ojo a las metafísicas canciones rancheras para darnos cuenta de que nuestra esencia es la contradicción: sentir orgullo de ser humilde. Algo simplemente incomprensible. El orgulloso, el altivo, el arrogante y altanero, son precisamente conceptos del todo contrarios a la idea del humilde, el rendido, el sumiso, dócil y obediente. Orgullo y humildad son dos ideas absolutamente opuestas…, pero el mexicano, el hijo del pueblo, le canta a la contradicción y asegura estar orgulloso de ser humilde. Véase el tamaño de la trampa: si se siente orgullo se termina la humildad, si se es humilde el orgullo es imposible.
Dando por hecho la contradicción, tan inherente al mexicano, cabría preguntarse en qué reside el orgullo de ser humilde. En sociedades sin trauma o complejo de conquista se tiene claro que el orgullo se siente por los logros, los triunfos, las victorias, las hazañas, los laureles…, y definitivamente ser humilde no debería ser considerado una hazaña, una conquista o una epopeya victoriosa; menos aún si se es de nacimiento, ya que el hecho de tener una condición de nacimiento, sea la más honda de las humildades o la más altanera de las noblezas, no contiene mérito alguno, pues no es algo obtenido por esfuerzo.
Pero cuando alguien se esfuerza, y si lo hace constantemente, y se empecina en el esfuerzo; probablemente supere su condición, por lo que abandonaría el estado de humildad originalmente referido; a menos que ya entremos en la obcecación enferma de empeñarnos en ser humildes y poner en ello todo nuestro empeño. Por donde se vea, el mexicano orgulloso de ser humilde vive en la contradicción; pero además en el conformismo, en la quietud, en la inmovilidad, y ante todo, en el eterno pretexto de la pobreza, asumiendo que ésta es una virtud. Hacer de nuestra realidad una virtud, sólo hace que nos mantengamos donde estamos, y que no hacer el menor esfuerzo no sea visto como un vicio o una ineptitud, sino como la forma de mantener una virtud tan pura como la humildad de nacimiento.
Todo este orgullo ante la humildad, esta veneración de la pobreza en la que vive el mexicano, pobre pero honrado; no es otra cosa que la manifestación evidente de uno de los componentes del Complejo de Masiosare; el trauma de conquistado. Si ser conquistado es un destino (escrito por el dedo de Dios), si la derrota es nuestro sino histórico…, lo lógico y normal es ser pobre, pobreza que debe elevarse al grado de virtud y ser soportada con estoicismo.
Muchos son los que se aferran a la necia idea de que somos un pueblo conquistado, y que ese evento nos marca de por vida. Esa idea del pueblo conquistado, evidentemente plantea al virreinato, o como prefieren llamarlo, periodo colonial, como la etapa oscura en que estuvimos sometidos y conquistados, el periodo en que nos saquearon, la etapa histórica causante de todas nuestras actuales desgracias.
Ese complejo de conquistado, que siempre ha servido de pretexto al mexicano, debe ser desmitificado, ya que esos trescientos años de virreinato son nada más y nada menos que el periodo de gestación de nuestro país, fundamental para que México naciera en el siglo XIX. Es el sitio del pasado, bastante borrado de nuestros libros, terriblemente ignorado y superficialmente enseñado donde están en realidad las raíces perdidas del mexicano. Es finalmente el periodo donde se dio la fusión de culturas, el mestizaje que hoy somos.
Lejos de ser un periodo oscuro digno de ser ignorado, el virreinato explica todo lo que hoy somos. Muchos libros y maestros de historia, pasan prácticamente de la llamada conquista a la llamada independencia, y resumen estos tres siglos en diez páginas; esa es la razón de que el mexicano no se entienda a sí mismo.
Todo aquel que, fiel a la historia oficial, haya fundamentado su identidad como orgulloso mexicano, en un anti hispanismo, en el desprecio al español, en el “mueran los gachupines” y la eterna cantaleta de que nos conquistaron y saquearon, podrá encontrar problemas con su identidad en estas líneas, su frágil identidad podría tambalearse; y desde luego, caerá en una de esas paradojas que amenazan con destruir la continuidad del espacio-tiempo: mentarle la madre al español en español.
El desprecio al “gachupín” como conquistador del siglo XVI, en muchos mexicanos se ha convertido en odio al “gringo”, como conquistador del siglo XX; esos mexicanos son anti españoles y anti “yanquis”. Lamentablemente un país y una identidad no puede, o mejor dicho no debe, basarse en ser “anti algo”, y tristemente es el caso de México, nos identificamos por aquello que odiamos en común.
Y claro está que el conquistado odia al conquistador, traducido en términos sociales y hasta marxistas, el explotado odia al explotador; lo cual, aterrizado en la vida cotidiana nos lleva de nuevo a enaltecer nuestra pobreza como virtud, y destino inequívoco del conquistado, y a que el pobre, que lo es por ser conquistado y no por su culpa, aborrezca al rico, que lo es por ser conquistador, es decir, por malvado, por déspota, por ruin y por tirano. Así todo se explica: todos los pobres son buenos, ya que son humildes (orgullosamente) conquistados; y todos los ricos son malos, ya que son perversos conquistadores.
Pero como siempre, superar traumas y dejar de buscar culpables externos, nos hace ser responsables de nosotros mismos, algo que muchos no quieren, ya que siempre es más fácil culpar a alguien más. Madurar es difícil, el estudio del virreinato como parte fundamental de nosotros nos puede ayudar en ese difícil proceso, nos haría entender la hispanidad del primer país hispanohablante del mundo, podría colaborar con la comprensión de nuestra identidad, y sacarnos del laberinto de paradojas en que el complejo de conquistado sumerge al mexicano.
Fuente: http://www.lacavernadezunzu.com
Las entrevistas a Dalí en EL PAÍS
Por: Juan Carlos Blanco
Salvador Dalí fotografiado por Antonio Espejo
La inauguración de la exposición de la obra de Salvador Dalí que puede verse en el Museo Reina Sofía de Madrid anima a rastrear en la documentación sobre el pintor, que concedió cuatro entrevistas a EL PAÍS. La primera fue en agosto de 1976 y se tituló con una frase suya: "No engaño a nadie". Se declaraba "católico, apostólico y romano y -naturalmente- monárquico". La respuesta que daba era más compleja, pero en definitiva, se declaraba místico por querer la transmutación de la materia vil en oro y monárquico por creer en Dios. Hablando de su desinterés por formar parte de ningún partido político, recordaba unas declaraciones que él había hecho con anterioridad en referencia a Picasso: "Picasso es un genio, yo también. Picasso es un español, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco."
Las opiniones políticas de Dalí volvieron a formar parte importante de la entrevista que concedió a EL PAÍS el 30 de agosto de 1978 y que se publicó en el suplemento Arte y Pensamiento. "Yo soy apolítico. Sólo la Historia me interesa; la política es la anécdota." Y más adelante se le preguntó "¿Qué se le ocurre decir a los españoles de hoy? Su respuesta cerraba la entrevista: "Que es tiempo de reconciliación y que todos tengan conciencia de que España es el país más importante del mundo. A la cuestión: '¿Qué hay de nuevo?', contesto invariablemente: '¡Velázquez, siempre Velázquez!' Cuando los españoles contesten todos a coro lo mismo, entonces España estará realmente unida".
Dalí respondía a muchas cuestiones artísticas y también hablaba sobre sus relaciones personales con personajes de la talla de Lorca y Buñuel, entre otros. La entrevista fue muy peculiar y cuando se le preguntó por el surrealismo en España respondió: " (...) para ser más papista que el Papa diré que el surrealismo soy yo".
La siguiente entrevista la concedió el 24 de febrero de 1985. Se recordaba entonces que ya no aceptaba ni visitas ni entrevistas porque no quería que se le viera enfermo y menos en aquellos momentos en que llevaba una sonda nasal. Hizo una excepción con EL PAÍS y durante hora y media habló con Montserrat Casals. "Continúo creyendo en las bases del método paranoico-crítico que expliqué en la Sorbona y que incluso los maoístas aplaudieron". Esas fueron sus primeras palabras, que dieron paso a comentarios sobre el fracaso del arte contemporáneo y sus relaciones con Picasso, Tàpies y Miró.
También habló de sus relaciones con Franco: "Franco, con una sangre fría colosal, dijo: hemos emprendido la guerra y la hemos ganado. Lo vi en varias ocasiones. Una vez en 1956, cuando el frío mató todos los olivos de la región. Le pedí que los plantaran de nuevo y lo hizo. Otra vez le visité para hablarle del museo. Entusiasmado, me dijo que mi museo sería la meca del arte moderno. La visita se convirtió en una verdadera representación de Tancredo. Siempre he hecho planchas con Franco: le trataba de excelencia, pero sabía muy bien que yo le consideraba como un Tancredo y el decía de mí 'ese majadero de Dalí'".
Un año más tarde, en enero de 1986, se publicó la última entrevista en EL PAÍS con Dalí. Fue Ian Gibson quien conversó en la Torre Galatea con Salvador Dalí sobre sus relaciones con Federico García Lorca, sin ahorrar detalles escabrosos sobre su sexualidad. Trataba de aclarar por qué lanzó un "¡Olé!" y sintió alegría al enterarse en París del fusilamiento de Lorca, con explicaciones un tanto confusas que hacían a Gibson concluir que "Dalí siempre fue Dalí y que juzgarle como si fuera una persona distinta -iba a decir "persona normal"- constituye un notable espejismo."
Dalí estaba preocupado porque se pensara que traicionó a su amigo y antes de despedirse afirmó: "Era un honor para mi que Federico estuviera enamorado de mí. Aquello no era una amistad, era una pasión erótica muy fuerte. Eso es la verdad".
En este enlace se accede a todas las entrevistas de EL PAÍS a Salvador Dalí.
Por qué a veces tomamos decisiones tan tontas
Por: Pilar Jericó
Imagina que recibes un email y solo con leer un par de líneas te empiezas a disgustar. El disgusto se convierte en enfado conforme sigues leyendo. Terminas tan enfadado que en ese momento te armas de teclado y ratón, incluso te arremangas y comienzas a contestar en un tono nada diplomático... Y cuando le das a la tecla de envío una idea, muy pequeña, se te ilumina en la mente y te dices… “ay, quizá no tendría que haberlo enviado”. Si te ha ocurrido algo así, tranquilo, no eres el único o única que lo ha vivido. A veces somos “presas” de nuestras emociones que nos hacen jugar malas pasadas. El motivo está en nuestro cerebro.
Paul McLean, científico estadounidense, sugirió allá por los años 60 una teoría para entender cómo funciona nuestro querido cerebro. De un modo sencillo podríamos decir que tenemos tres sistemas neuronales interconectados, resultantes de nuestro proceso evolutivo: El más antiguo es el reptiliano o tallo encefálico. Es el responsable de ciertos patrones de agresividad, de la defensa de nuestro territorio o de los instintos sexuales básicos y que por supuesto, tienen también los reptiles.
En el segundo sistema neuronal, el límbico, reside la amígdala y es el que compartimos con el resto de mamíferos. Ahí es donde se procesan principalmente las emociones básicas como la ira, el miedo, la alegría o la tristeza.
Y el tercer y último cerebro en la evolución es el neocórtex, el que nos diferencia del resto de los animales. Gracias a él hablamos, pintamos cuadros o somos críticos. Según Paul McLean este último no actúa cual “llanero solitario”. Trabaja en colaboración con el resto de cerebro, especialmente con la amígdala. Y somos afortunados de que así sea. De otro modo, las madres no se sentirían vinculadas a sus hijos. Las crías de animales sin neocórtex, como las serpientes, tienen que esconderse de su progenitora para no ser devoradas. En ese sentido la relación es positiva. Pero también tiene otras actividades no tan beneficiosas: la amígdala es capaz de cortocircuitar nuestra capacidad de pensar con frialdad.
Aunque la teoría del cerebro triuno ha quedado superada por otras investigaciones más recientes, no cabe duda que ofrece una explicación interesante: cuando somos presa de emociones muy intensas no siempre tomamos decisiones racionales adecuadas, como la de responder a ese email estando enfadados. Nuestro segundo cerebro, el límbico, se hace con el control racional. Y el motivo es evolutivo. Si de repente veíamos un mamut corriendo hacia nosotros, para sobrevivir no era necesario pensar, tan solo actuar... es decir, salir por piernas. Sin embargo, si el problema es un email, la decisión de actuar inmediatamente no es tan inteligente. Pero ya se sabe, es el precio de un cerebro cultivado durante siglos en las cavernas. Como diría Rita Levi-Montacini, premio Nobel de Medicina en 1986:
Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y los impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emocional.
Así pues, si aceptamos esta realidad, veamos qué podemos hacer:
RECETAS
Identifica cuándo estás superado por las emociones (alegría, tristeza, miedo o ira) y activa internamente una señal de alarma.
Cuando estés muy enfadado, sigue el consejo que nos daban las abuelas: Cuenta hasta diez segundos, date una vuelta o consulta con la almohada. Pero enfría la emoción.
Si has de tomar una decisión en plena burbujeo emocional contrarréstalo con otra en sentido contrario. Si estás muy enfadado, piensa en algo amable; si estás eufórico, en algo que te calme.






