R.I.P.: Miliki

Publicado el 18/11/2012 por 

Gracias Miliki por formar parte de nuestra infancia..Eres parte de una historia y eso nunca se olvida..

 

Monstruos

La alcurnia del canibalismo

Ilustración: Moisés Butze
En 1934, el sexagenario Albert Fish escribió una carta a la señora Delia Budd, madre de la niña Grace, que en 1928 fue secuestrada por el ahora remitente. La carta detallaba, por fin, el destino de la pequeña, la cual, de acuerdo con el contenido de la misiva, había sido devorada por su captor. Fish decía que el gusto por la carne humana lo adquirió de un amigo suyo que estuvo en China, en una época de finales del siglo 19, cuando esta nación era devastada por una hambruna y la carne humana se cotizaba entre tres y cuatro dólares la libra.

El canibalismo es un fenómeno con varias aristas y ha acompañado al hombre a lo largo de la historia. En algunos pueblos de la antigüedad fue parte de un ritual en el que los guerreros devoraban a sus contrincantes como parte de la conquista y la victoria. Comerse al enemigo era ingerir sus cualidades. En otras sociedades, como algunos aborígenes de Australia, se devoraba a los familiares para mantener vigente la sabiduría de los seres queridos.

El hambre y la supervivencia también han sido factores que desencadenan el canibalismo, como lo ilustran la carta de Fish a la señora Budd y el caso del equipo uruguayo de rugby Old Christians, cuyo avión en el que viajaban a Santiago de Chile se estrelló el 13 de octubre de 1972 en la Cordillera de los Andes. De los 40 pasajeros y cinco tripulantes, sólo 16 lograron sobrevivir un periodo de 72 días en condiciones climáticas adversas gracias a que se alimentaron de las piezas más nutrientes de sus compañeros muertos.

“Incorporación”

Los asesinos seriales que han practicado el canibalismo pertenecen a otra categoría, si bien es cierto que comparten algunos de los rasgos mencionados líneas arriba. En estos casos, el hambre no impulsa sus delitos. Sin embargo, en algunos de ellos —por ejemplo, Jeffrey Dahmer— los especialistas en la conducta han encontrado móviles que los vinculan al canibalismo guerrero. La saga serial de Dahmer se descubrió a principios de los años 90, cuando el concepto “nuevo tribalismo” formaba parte de las tendencias de estudio de la cultura de Estados Unidos. Algunos criminólogos consideraron que el anglosajón Dahmer, al elegir a sus víctimas entre grupos étnicos distintos al de él (orientales, afroamericanos y latinos), repitió el patrón de los guerreros tribales que se apropiaban totalmente del alma y el cuerpo de sus enemigos al devorarlos.

Pero Dahmer tenía otra opinión de sus actos. Él creía en “la incorporación”, es decir, los incorporaba a él desde el momento en que seleccionaba a su presa en bares o baños gay, la convencía de que lo acompañaran a su departamento, donde la drogaba; ya inconsciente, el captor la estrangulaba, generalmente tenía relación con el cuerpo aún tibio y finalmente la descuartizaba; el canibalismo era el epílogo de “la incorporación”.

Algo que distingue a los asesinos seriales caníbales del predador serial tradicional es que los primeros generalmente poseen un historial de violencia superlativa que los conduce no sólo a asesinar y mutilar a sus víctimas, sino a desaparecerlas por completo, en estos casos mediante la ingesta. En cada uno de sus ataques, el asesino serial caníbal libera su furia, una furia que en muchas ocasiones está vinculada al pasado del infractor. Y nadie mejor que Ed Gein para ilustrar esta aseveración. Los psiquiatras que lo analizaron señalan que el robo de cadáveres y los asesinatos de Gein comenzaron poco después de que falleció la madre del solitario individuo en 1945. Los peritos en la mente y sus desvaríos afirman que la relación enferma de Gein con su madre, quien inculcó a sus hijos que el sexo estaba podrido, provocó una gran confusión en Gein, cuyas actividades criminales fueron siempre crípticas: el robo nocturno de cadáveres en los cementerios, la disección de los cuerpos, la elaboración de mobiliario e incluso el consumo de partes, todo fue una actividad intramuros en su granja de Wisconsin.

Para otros enterados del tema, el canibalismo es, asimismo, una metáfora del consumismo capitalista. Desde la era de los grandes descubrimientos en el siglo 16, el canibalismo ha fascinado la mente de los habitantes de Occidente. Las noticias del asunto, reales o no, provenientes de las zonas descubiertas o conquistadas allende el mar, eran “devoradas” con avidez por aristócratas y cortesanos, al grado que en 1595 el mordaz filósofo Michel de Montaigne invirtió la dinámica en su obra Des Cannibales, al señalar que el “civilizado Occidente” era aún más bárbaro que los primitivos en proceso de sometimiento.

Jose Luis Duran King/mileniodiario

Sexo, drogas y rock & roll

Son tres los duetos británicos más famosos de los años 60. Dos de ellos pertenecen a la música: Lennon-McCartney y Jagger-Richards, de los Beatles y Rolling Stones. El otro binomio también tiene que ver con el espectáculo, pero con el que está vinculado casi desde sus orígenes al mundo criminal, al que dio nacimiento a los tabloides, a las fotos truculentas y los encabezados escandalosos: Ian Brady y Myra Hindley.

Ahora, otro dúo extremo, al que le gusta abrir boca en los casi volatilizados vapores conservaduristas del Reino Unido, decidió retomar las imágenes más conocidas de Hindley y Brady, es decir, las fotos que les fueron tomadas al momento de ser detenidos por una serie de asesinatos de niños que estremecieron —y aún sacuden— al país de la rosa.

En nostálgico blanco y negro, en una primera instancia es la foto tomada por la policía en 1965 a la inconmovible Myra Hindley, la rubia oxigenada de fuertes mandíbulas, de piel pálida que mira desafiante a la cámara. Una sonrisa de maldad se dibuja en sus labios. Las ojeras son un testimonio para la posteridad de las horas que pasó frente a los agentes interrogadores.

Por otra parte está la imagen de Ian Brady, con una apariencia contemporánea, sobre todo si tomamos en cuenta que la placa se imprimió a mediados de los años 60, cuando el cabello largo, la barba, el bigote y la vestimenta colorida abundaban. Brady más bien parece un joven ejecutivo con instinto de reptil. Su mirada es altiva, propia de los hombres que se sienten superiores a la gente que los rodea. Las ojeras son casi imperceptibles, los labios levantados son de burla y de menosprecio por el futuro inmediato. El saco sobre los hombros caídos y la camisa blanca con el botón del cuello abrochado lo hacen lucir más delgado de lo que siempre fue.

Obra de arte criminal

En enero de 1961, Brady y Hindley se conocieron. Myra provenía de un hogar religioso, severo, con la cultura de la modestia y el trabajo. Era virgen cuando trazó sus coordenadas con Ian, cuatro años mayor que ella, ladrón de poca monta, un sádico al que gustaba torturar animales. En los siguientes dos años, su vida en pareja fue un torbellino. Myra se dejó arrastrar por los vaivenes mentales de Brady, quien la adoptó como una especie de mascota sexual, a quien tomó fotos porno que intentó vender en el mercado subterráneo sin éxito; la enseñó a usar armas y a robar bancos, aunque esto último nunca lo pusieron en práctica, sobre todo porque a Brady le faltaron agallas.

En 1963 optaron por dar un giro a sus actividades y objetivos. Llegaron a la conclusión de raptar niños y pedir rescate por ellos. El 12 de julio de ese año secuestraron a la adolescente de 16 años Pauline Read, quien vivía a dos puertas del cuñado de Myra. Al maniatarla decidieron que podían pasarla bien con ella antes de cobrar el rescate. La joven fue violada y torturada hasta morir. De hecho, la pareja nunca se tomó la molestia siquiera de pedir una suma de dinero por la libertad de Pauline. Después seguirían los asesinatos de John Killbride, de 12 años; Keith Bennet, también de 12; Leslie Ann Downey, de 10, y del homosexual Edward Evans de 17. Los cadáveres fueron enterrados en la zona pantanosa de Saddleworth y no todos fueron recuperados por la policía. Muchos años después, ya que Myra Hinley había fallecido en prisión, Brady se refirió a otra serie de homicidios, de los que no habló al ser capturado. Hasta la fecha no se ha dilucidado si ocurrieron esos crímenes.

En 2008, la modelo Kate Moss y el entonces líder de la banda de rock The Libertines, Pete Doherty, una pareja consentida de los tabloides británicos por su afición a la heroína y a los escándalos públicos, decidieron ponerse en manos del fotógrafo Russell Young, conocido por satisfacer el hedonismo de las celebridades.

Moss y Doherty recrearon las tristemente célebres fotografías del fichaje policiaco de Hindley y Brady. La imagen conjunta despertó airadas protestas en Inglaterra, porque, de acuerdo con muchos inconformes, se rendía culto a dos de los peores asesinos seriales británicos.

Para el artista, la fotografía significó algo más que una provocación. Fue, de acuerdo con sus palabras, su “imagen más lograda, la tormenta perfecta, la combinación perfecta de fama y vergüenza”. La pieza se vendió en la galería Bankrobber por 28 mil libras esterlinas.

Jose Luis Duran King

Vidas ejemplares

OGROS ALEMANES

Aunque es cierto que Estados Unidos tiene el monopolio del asesinato serial en el mundo, hay otros países, como Alemania, que no se han quedado al margen de este fenómeno criminal. Gran parte de los predadores alemanes, sin embargo, ha destacado no sólo porque involucra la actividad sexual en sus delitos, sino también por el gusto que ha demostrado por la mutilación, la necrofilia y el canibalismo.

Algunos ejemplos ilustran la aseveración anterior. En los 20 del siglo pasado, Karl Denke fue arrestado de atacar con un hacha a un hombre. Las investigaciones ulteriores condujeron al hallazgo de restos de 40 personas, a las que asesinó, canibalizó y de las que se presume vendió parte de ellas como carne en los mercados locales.

Karl Grossman era un sádico sexual que eligió como víctimas a niños y mujeres. Asesinó a casi 50 personas y aprovechó la depresión económica de la República de Weimar después de la Primera Guerra Mundial para abastecer de carne los mercados. La carne, por supuesto, era de sus víctimas. Al igual que su tocayo Denke, Grossman prefirió suicidarse en su celda antes que ser ejecutado.

La carrera criminal de Fritz Haarmann transcurrió entre 1918 y 1924. Se especula que asesinó a 27 personas, aunque él insistió que fueron 24. Lo cierto es que pudieron ser más, ya que El Carnicero de Hanover, como se le denominó, abasteció de embutidos los mercados de su localidad, además de que fue uno de los precursores de la venta de ropa “de segunda”, prendas de sus víctimas que, junto con su socio y amante, Hans Grans, las vendía en los mercados de pulgas.

Después de que unos niños hallaron unos huesos humanos en las orillas del río Leine, las autoridades encontraron los restos de 22 personas. Durante sus pesquisas, los agentes se enteraron de las escandalosas fiestas que organizaba Haarmann con prostitutos que eran enganchados en los distritos rojos. Los reportes de los vecinos decían que muchas de esas celebraciones eran acompañadas por gritos de dolor.

El sospechoso fue aprehendido después de que ligó a un adolescente en una estación de tren. La policía irrumpió el domicilio de Haarmann, encontrando grandes plastas de sangre seca en el lugar, así como montones de ropa lista para lavar antes de venderse por mayoreo.

Aunque al principio Haarrmann adujo que la sangre en piso y paredes era consecuencia de su oficio de carnicero (que lo era), no resistió los interrogatorios y finalmente confesó sus crímenes. Señaló que desde 1914 había asesinado entre 50 y 70 personas, versión que cambió cuando la policía no pudo investigar más allá de 27 víctimas.

Fritz Haarmann fue ejecutado en la guillotina el 25 de abril de 1925. Su cabeza fue conservada para estudios clínicos y permanece en un frasco en una escuela médica. Hans Grans fue condenado a muerte y después exculpado gracias a una carta de Haarmann en la que lo desvinculó de los asesinatos.

Un hombre ahorrativo

De primera impresión, Joachim Kroll parecía un burócrata que mataba el tiempo coleccionando estampillas postales. En realidad era un asesino serial que entre 1955 y 1976 acabó con la vida de 12 mujeres. Su modo de operar era relampagueante. Sorprendía a su víctima en calles oscuras, la estrangulaba, en el mismo sitio desnudaba el cadáver y tenía relaciones sexuales con él. Tras mutilar algunas partes, regresaba a su casa a continuar la diversión con su muñeca inflable; después cenaba el producto de su cacería.

La desaparición en 1976 de Marion Kettner, de cuatro años, condujo a la detención de Kroll. Un vecino reportó que la cañería del complejo de departamentos donde vivía estaba tapada. Las autoridades, que para entonces sospechaban de Kroll, preguntaron a éste si sabía qué era lo que impedía el flujo de agua y desechos orgánicos por el drenaje. Kroll respondió tranquilamente: “tripas”.

Efectivamente, las entrañas de Marion obstaculizaban la tubería. Los agentes encontraron en el departamento del hombre el cuerpo destazado de la niña; retazos de su carne estaban en el refrigerador y otros habían sido devoradas por este ogro moderno. Cuando le preguntaron el por qué de su canibalismo, Kroll dijo que lo hacía para no gastar mucho en víveres.

En prisión, Kroll tenía esperanzas de someterse a un tratamiento integral que le permitiera en pocos años quedar en libertad. Su sorprendente propuesta fue desechada. Murió en prisión, de un ataque al corazón en 1991.

Jose Luis Duran King/mileniodiario