Dignidad

Atención a la asombrosa dignidad con la que se recompone, con la cabeza más alta que nunca, el tipo de la imagen tras desparramarse por las escaleras de la más tonta de las maneras. Imagínatelo musitando, mientras desaparece de la escena con su particular y firme paso, las palabras “no, si yo siempre bajo así…”:

visto en : prosopopeyadivagante

La gitana

A propósito de lecciones y tras el ruego de una amiga que vive en Japón y tiene su libro perdido entre sushis, copio para ella y el respetable unos párrafos del taller de educación sexual que se dieron en “Arrancame la vida”, más por azares de la necesidad narrativa que por la vocación pedagógica de quien escribió el libro. Dicen así:

“Una tarde fui a ver a la gitana que vivía por el barrio de la luz y tenía fama de experta en amores. Había una fila de gente esperando turno. Cuando por fin me tocó pasar ella se sentó frente a mí y me preguntó qué quería saber. Le dije muy seria:

-Quiero sentir-. Se me quedó mirando. Yo también la miré. Era una mujer gorda y suelta. Por el escote de la blusa le salía la mitad de unos pechos blancos, usaba pulseras de colores en los dos brazos, y unas arracadas de oro que se columpiaban en sus oídos rozándole las mejillas.

-Nadie viene aquí a eso-me dijo. No sea que después tu madre me quiera echar pleito.

-¿Usted tampoco siente?-pregunté.

Por toda respuesta empezó a desvestirse. En un segundo se desamarró la falda, se quitó la blusa y quedó desnuda, porque no usaba calzones, ni fondos, ni sostenes.

-Aquí tenemos una cosita–dijo metiéndose la mano entre las piernas. Con ésa se siente. Se llama el timbre y ha de tener otros nombres. Cuando estés con alguien piensa que en ese lugar queda el centro de tu cuerpo, que de ahí vienen todas las cosas buenas, piensa que con eso piensas, oyes y miras; olvídate de que tienes cabeza y brazos, pónte toda ahí. Vas a ver si no sientes.

Luego se vistió en otro segundo y me empujó a la puerta.

-Ya vete. No te cobro porque yo sólo cobro por decir mentiras y lo que te dije es verdad, por ésta-y besó la cruz que hacía con dos dedos. ”

Angeles Mastreta

¿Qué desayunar para adelgazar?

Suena el despertador y el cerebro empieza a preocuparse: “Ya hay que despertarse y nos comimos todo el azúcar que funcionaba como combustible”. El cerebro descubre la gravedad de la situación cuando la chica decide (equivocadamente) evitar el desayuno porque quiere bajar de peso con una dieta.

Llama a la primera neurona que tiene a mano y manda mensaje a ver qué disponibilidad hay de azúcar en la sangre. Desde la sangre le responden: “Aquí hay azúcar para unos 15 a 20 minutos, nada más”.

El cerebro hace un gesto de duda, y le dice a la neurona mensajera: ‘De acuerdo, vayan hablando con el hígado a ver qué tiene en reserva’. En el hígado consultan la cuenta de ahorros y responden que ‘a lo sumo los fondos alcanzan para unos 20 a 25 minutos’.

En total no hay sino cerca de 290 gramos de azúcar, es decir, alcanza para 45 minutos, tiempo en el cual el cerebro ha estado rogándole a todos los santos a ver si a la chica se le ocurre desayunar.

En la mañana las personas con sobrepeso están apuradas o no les provoca comer, así que el pobre cerebro tendrá que ponerse en emergencia: ‘Alerta máxima: nos están tirando un paquete económico. Cortisona, hija, saque lo que pueda de las células musculares, los ligamentos y hasta el colágeno de la piel’.

La cortisona pondrá en marcha los mecanismos para que las células se abran cual cartera de mamá comprando útiles, y dejen salir sus proteínas. Estas pasarán al hígado para que las convierta en azúcar. El proceso continuará hasta que volvamos a comer.

Como se ve, quien cree que no desayuna se está engañando: Se come sus propios músculos, se auto devora. La consecuencia es la pérdida de los músculos, y un cerebro que, en vez de ocuparse de sus funciones intelectuales, se pasa la mañana activando el sistema de emergencia para obtener combustible y alimento: Empiezan los síntomas de falta de energía y dolores musculares (fibromialgia)

Al comenzar el día ayunando, se pone en marcha una estrategia de ahorro de energía, por lo cual el metabolismo disminuye. El cerebro no sabe si el ayuno será por unas horas o por unos días, así que toma las medidas restrictivas más severas.

Por eso, si la persona decide luego almorzar, la comida será aceptada como excedente, se desviará hacia el almacén de ‘grasa de reserva’ y la persona engordará.

La razón de que los músculos sean los primeros utilizados como combustible de reserva en el ayuno matutino se debe a que en las horas de la mañana predomina la hormona cortisona que estimula la destrucción de las proteínas musculares y su conversión en azúcar.

Lo peor ocurre cuando llega la tarde justo antes de quedarnos totalmente sin azúcar. El cerebro antes de perder totalmente los ahorros de energía decide provocar intensos ataques de hambre y aumento del apetito llevando a sentir intensos deseos por alimentos dulces y sin poder evitarlo empiezan a comer con ansiedad todo lo que encuentran a su paso llevando a engordar otra vez.

Por último como los alimentos ingeridos con ansiedad en la tarde y la noche provocan que en la mañana del día siguiente no provoque comer el desayuno volviendo a al principio de este círculo vicioso.

Recomendaciones médicas

  1. Desayuna hasta estar más que satisfecho
  2. Si tienes ansiedad por carbohidratos en la tarde significa que desayunaste pocas proteínas
  3. Desayuna al levantarte (antes de que pasen 60 minutos)
  4. Debes desayunarte tu postre favorito para que no te provoque en la tarde 

Dr Salomon Jakubowicz

Ni Una Dieta Mas

Helio Flores/eluniversal.com.mx

QUESADILLAS DE HUITLACOCHE

 

Una nota, aparecida en el periódico español EL PAIS esta semana, me ha llenado de asombro y no me ha soltado durante todos estos días. Se llama Pergovet. Es un fármaco muy de moda y muy utilizado actualmente por los ganaderos ingleses.

Al parecer, sus propiedades son extraordinarias. No solo incrementa la reproducción del ganado, sino que además – palabras textuales – “mejora la raza”.

El asunto no pasaría de aparecer como un loable logro científico, a no ser porque el Pergovet está hecho a base de orina de monja menopáusica. Como se lee. No es joda, se lo juro. Usted, a lo más, puede exclamar: “¡hasta dónde hemos llegado!”. Y ya. Al parecer, según las investigaciones, se ha concluido que las grandes cantidades de la hormona gonadotropina, existentes en la orina de las monjas menopáusicas, son un milagro para la industria ganadera. Con una inyección de este liquido, las vacas entran en un estado de fertilidad poderosísimo, dándole a la mística castidad de las servidoras de la iglesia una función hasta ahora impensable.

Obviamente, como suele ocurrir con todo en este mundo, ya las “aguas menores” de las religiosas menopáusicas también son un negocio. Y para muestra: si a usted le parece difícil juntar estos tres factores -orina, monja y menopausia-, todavía hay un cuarto elemento que redondea la calidad del producto: las hermanas, eso sí, deben ser italianas. En serio. No piense usted que algo así se da en cualquier lugar, en cualquier convento de Berlín, Lima o Paraguaipoa. No. La razón de esto -no podía ser de otra manera- es que el Vaticano es socio de la firma farmacéutica que desde hace 40 años viene trabajando en la extracción y exportación de este nuevo y sagrado recurso.

Qué importa ya que la fe no mueva montañas.

Alberto Barrera Tyszka – El Nacional de Caracas

www.cagondios.com

Los sacrificadores

«UNA nueva y obscena raza de mártires nace» con el terror que inauguraba en Rusia el siglo XX. Albert Camus la describe como una raza de ángeles violentos, en cuyo delirio se anunciaban ya todos los horrores del siglo que venía. Porque todo está permitido a aquel cuya misión es traer el cielo a la tierra. Todo sacrificio -el de la vida propia como el de la ajena- es apenas anécdota, cuando se está llamando a las puertas del paraíso. El martirio de ese ángel purificador que cree ser el terrorista «consiste en aceptar infligir el sufrimiento a los otros», constata un Camus lúcido y estupefacto. Es la forma perversa de lo sagrado: sacrificar. Da igual a quién. El terrorista puro no busca víctimas precisas; todos los hombres lo son. Y, «para que el hombre se trueque en dios, es necesario que la víctima se rebaje a trocarse en verdugo» anónimo de los anónimos. Ese envilecimiento último lo reviste de legitimidad apocalíptica: sacerdote final del sinsentido.
Dostoyevski construyó su imagen literaria perfecta en Los diablos, aquel retrato profético del siglo veinte que debería ser enseñado en las escuelas, en vez de perder el tiempo con necias educaciones de ciudadanía. Si alguien quiere entender el salvajismo -el angelismo- exterminador del lunes en Moscú, debe sólo releer ese compendio de la fascinación humana por el abismo, a la cual el siglo veinte llamará terror: seguir la teología del Mal erigido en Ser Supremo, en la aventura biográfica de Kirilov que allí Dostoyevski dibuja. La conclusión de Camus es desolada y anticipa todo cuanto nosotros hemos visto: «Al igual que Kirilov, que se mata para ser dios, acepta ver su suicidio utilizado para la conspiración de Verkhovensky, la divinización del hombre por sí mismo hace saltar el límite que la rebelión se ponía a sí misma, y se lanza irresistiblemente a lo enfangados caminos de la táctica y el terror, de los cuales la historia aún no ha salido».
Camus escribía eso en su Hombre rebelde del año 1951. Han pasado ya otros 59. Su diagnóstico nunca ha sido tan exacto como ahora. Las fotos en el metro de Moscú, las fotos en los trenes de Atocha, las fotos en el Bali trocado de paraíso en infierno, las fotos en neblinoso polvo y humo de un Nueva York de pesadilla…, las fotos que vendrán, que seguirán viniendo, porque esta hecatombe sacrificial no está más que en su inicio, componen la única foto, en suma, del mundo nuestro: altar trágico ante el cual, extinto todo sentido y arrebatado por el duro delirio de inventarlo, alza el loco creyente su plegaria de exterminio.
Se envuelve hoy en la retórica de un disparate místico. El más acorde con sus anhelos: un Libro que un Dios dicta y en el cual son llamados los fieles, sin ambigüedad ni equívoco, a exterminar hasta el fin a los infieles; a exterminar hasta el fin a todo aquel -no hay inocentes- que no haya sido enrolado en el bando del Misericordioso. No ser parte del ejército de los sacrificadores es serlo del ejército de los sacrificados. Porque todo es sagrado. Y el mártir, al martirizar martirizándose, alza monstruosa constancia de eso que el Libro le ha prescrito: «Matadlos allá donde los encontréis… Si os combaten, matadlos: tal es la retribución de los incrédulos» (Corán, II, 191), «no los habréis matado vosotros; Alá les habrá dado muerte» (VIII, 17). No hay resistencia que el fiel pueda oponer al mandato sagrado. «Alá sabe», dice el Libro; los hombres, no (II, 216). Y Alá, «Alá ha adquirido persona y bienes de los creyentes para darles a cambio el Paraíso. Y ellos combaten en el camino de Alá: y matan y son matados» (IX, 111). ¿Cómo oponerse al Libro?
Gabriel Albiac/abc.es

Mingote: Crisis

la crisis

Sepulcros blanqueados

Se multiplican cada día las sospechas de que el papa Benedicto XVI, ya desde años lejanos, hubiese podido participar en la penosa operación de ocultar a los sacerdotes que se habían manchado con el crimen de violación de menores, incluso de sordomudos. Si se llegara a probar dicha complicidad de quien hoy rige los destinos de la Iglesia, ello podría constituir una grave responsabilidad de la comunidad cristiana mundial con el mismo Papa.

La protección por parte de la Iglesia de curas violadores de menores es contraria al Evangelio de Jesús

Viví muchos años de cerca, por mi profesión de informador, los misterios del Vaticano. Allí conocí a eclesiásticos íntegros que creían en la Iglesia como elemento de paz y unión entre los pueblos y que llevaban una vida austera y digna. Conocí también a altos prelados más preocupados por su carrera y por tener una buena cocinera, que por su alma. Nunca informé sobre ello porque siempre creí que la vida personal, hasta de los personajes públicos, merece respeto.

¿Pero qué decir y qué hacer cuando personajes de la Iglesia, teóricamente consagrados a hacer el bien y a dirigir las conciencias, mancillan no sólo el alma sino también el cuerpo de inocentes? El Vaticano siempre pensó que lo mejor para la Iglesia era el silencio, el ocultamiento de los hechos, con la argumentación de que los errores y pecados de un cura o un obispo o cardenal podrían terminar ensuciando a la misma institución. Y de esa actitud de ocultamiento fui muchas veces testigo personal. Hasta me pedían -evocando mi amor a dicha institución- que ocultara algunos hechos por mí conocidos y que podrían escandalizar, como el de aquel cardenal que tenía una cama en el trastero de una librería cercana al Vaticano para encontrarse con su amante.

El problema que la Iglesia no quiere reconocer es que esa actitud hipócrita de ocultar la evidencia, que está saliendo a la luz cada día con mayor fuerza, con tristeza y dolor de los creyentes sinceros, ya está condenada y con palabras durísimas en los Evangelios canónicos, en los que debía inspirarse más que en sus leyes del Derecho Canónico.

Bastaría abrir el Evangelio de Mateo. En el capítulo 23, Jesús de Nazareth se dirige a los fariseos y maestros de la ley, que eran los que se arrogaban el poder de decidir sobre las conciencias de los judíos -como la jerarquía de la Iglesia lo hace hoy con los católicos- y les llama “sepulcros blanqueados”, que “por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre”.

Continúa Jesús: “Por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de crímenes” (27-28).

Luego, Jesús se pregunta: “¿Cómo escaparéis a la condenación del fuego?”.

Versículos antes, en el mismo capítulo de Mateo, Jesús critica a los maestros de la ley porque, les dice: “Limpiáis por fuera el vaso y el plato, y por dentro estáis llenos de codicia y rapiña. Maestros ciegos, limpiad primero el vaso y el plato por dentro para que también por fuera queden limpios” (24-26).

No hace falta ser teólogo ni biblista para entender que la actual actitud de la Iglesia con los sacerdotes y obispos violadores de menores está en total contradicción con la doctrina del que considera su fundador, el profeta Jesús. La preocupación de la Iglesia de hoy, como la de los fariseos del tiempo de Jesús, es, lo ha sido siempre, la de aparecer limpia por fuera aunque esté podrida por dentro. No quieren limpiar el plato por dentro por miedo a que pueda aparecer manchada su cara por fuera.

La Iglesia tiene una especie de pánico a que se conozcan las debilidades o pecados de sus representantes. Por eso prefiere si no perdonarles, por lo menos ocultarlos, sobre todo cuando se trata de sexualidad, ya que en cada escándalo en este campo se le planta delante el fantasma del celibato obligatorio de los sacerdotes, considerado por no pocos como un elemento multiplicador de los crímenes sexuales contra menores.

Es curioso que un tema como el del celibato, que no tiene ningún fundamento bíblico -ya que todos los apóstoles, todos los primeros obispos y los primeros papas de la Iglesia, y con toda probabilidad el mismo Jesús, estaban casados y tenían familia- continúe siendo tan importante cuando un Papa podría acabar con esa ley canónica de un plumazo. Entretanto, la Iglesia no se preocupa lo más mínimo por los sacerdotes que se saltan a la torera su compromiso evangélico con la pobreza mientras aplauden y se contaminan y hasta dan la comunión a dictadores y asesinos públicos.

Vivimos, sin embargo, en la civilización de la información. Si ya Jesús decía hace más de 2.000 años que nada de lo que está oculto lo permanecerá para siempre, también hoy le va a ser cada día más difícil a la Iglesia, por más malabarismos que intente hacer, que los vasos y platos sucios de su perversa actitud contra inocentes queden en el silencio o en el olvido.

De los sepulcros blanqueados de su fingida inocencia, saldrá a flote la podredumbre que en vano intenta ocultar.

La terrible pregunta de Jesús, está ahí, en pie, amenazadora, actual: “¿Cómo escaparéis al castigo del fuego?”. Ese castigo es, entre otros, el abandono cada vez mayor de la Iglesia por parte de los que cada vez confían menos en su inocencia.

Juan Arias/elpais.es

La comida basura es tan adictiva como la heroína

El «fast food» o comida basura puede ser tan adictivo como la heroína o la cocaína, de acuerdo con los resultados de un estudio realizado por el Instituto de Investigación Scripps de Florida, del que se hace eco «Nature».
Los científicos sometieron a ratas a dietas de alto contenido calórico y comprobaron que los receptores dopamínicos D2, que «recompensan» al cerebro con sensaciones agradables relacionadas con la comida, el sexo o la cocaína, sufrían la misma transformación que en un adicto. Las ratas ganaron peso rápidamente y desecharon su comida habitual.
«El consumo excesivo de alimentos sabrosos y con muchas calorías, como salchichas, bacon o tarta de queso, dispara un cambio en los circuitos de recompensa cerebrales, lo que conduce al desarrollo de un hábito de ingestión compulsiva difícil de abandonar», asegura el autor de la investigación, Paul J. Kenny.

M. Carbonell/larazondigital.es/ciencia

Nazareno

El nazareno vestía un hábito morado con capirote amarillo y arrastraba unas cadenas con los pies descalzos detrás del paso de un Cristo durante la procesión del Viernes Santo, junto con otros penitentes de vía dura. Llevaba un hachón encendido en la mano. De pronto, en medio del sonido de trompetas y tambores de unos legionarios, a este nazareno le vibró el móvil en un bolsillo del pantalón y tuvo que hurgar en la faltriquera por los entresijos del hábito hasta que consiguió atraparlo. Le llamaba su hijo desde el laboratorio de biología molecular de Ottawa, en Canadá, donde este joven trabajaba como investigador. El padre atendió la llamada mientras a su alrededor un coro imploraba el perdón de Dios por no se sabe qué clase de pecados. Su hijo le dijo que acababa de recibir una distinción por un trabajo sobre las deformaciones cromosomáticas del cerebro que propiciaban el mal de Alzheimer. A través del teléfono la alegría del joven rebotaba en un satélite y bajaba hasta la capucha del nazareno y a su vez al laboratorio de Ottawa llegaba un coro & ánimas que cantaba: “Perdón a tu pueblo, Señor, no estés eternamente enojado”. Uno celebraba en Canadá un éxito de la ciencia; otro arrastraba unas cadenas en un Vía Crucis en el fondo de España para dar gracias a Dios por haber salido vivo de una operación de colon. EJ nazareno tenía dos vástagos más. Una hija de 20 años estudiaba fisica matemática en Berlín con la beca Erasmus y había aprovechado las vacaciones de Semana Santa para viajar con un amigo holandés a un poblado de Ruanda a enseñar los primeros números a unos niños. Por las aberturas del antifaz el nazareno sólo veía a un Cristo coronado de espinas entre sayones llevado por los costaleros, pero a su lado caminaban unos empalados y detrás iban unos disciplinantes dándose latigazos en las espaldas llenas de bubones sangrantes. El tercero de sus descendientes se había quedado en casa. Era un esteta que para conmemorar el Viernes Santo esa noche puso en el equipo de música el Réquiem de Mozart y lo escuchaba junto a una botella de oporto, mientras escribía notas para una charla sobre el cambio climático. El domingo de Pascua pensaba ir de excursión a la sierra. Después de las lluvias de Semana Santa el valle estaría lleno de espárragos silvestres y si su novia le hacía con ellos una buena tortilla, esa sería la mejor forma de celebrar que Dios había vuelto a resucitar igual que el año pasado. Entre el nazareno y sus hijos había más de tres siglos de distancia.

Manuel Vicent