Erlich

Arte

Sé que algún día sucederá. Al menos, si lo permiten los terremotos, los tsunamis, las inundaciones, las tormentas perfectas, las imperfectas y las de hielo. Si nuestra civilización sobrevive a sus efectos, algún día desaparecerán. Preferiría no estar presente pero, de lo contrario, sobreviviré a su pérdida sin oponer una resistencia patética, plagada de tópicos pobres, tan mal estructurados como los que esgrime el enemigo. No descompondré la figura, porque los taurinos, antes que a decir olé, aprendemos a ser elegantes.

Dar, o no dar, espectáculo. Venirse arriba. Cambiar de tercio. Entrar al trapo. Salir a hombros. O por la puerta grande. Ponerse el mundo por montera. Estar aseado. Hacer una faena de aliño. Lleno hasta la bandera. El cartel de no hay billetes. Echar las patas por alto. Dar la alternativa. Colgar los trastos. Jugarse el tipo. Atarse los machos. Hacer el paseíllo. Entrar por derecho. Buscar la ruina. ¡Música, maestro! Sacar los pañuelos. Echar un capote. Dar una larga cambiada. Pinchar en hueso. Estar para el arroz. Cortar las dos orejas. Dar la vuelta al ruedo. Ver los toros desde la barrera…

Podría seguir, pero no es sólo el idioma. También la plástica, la música, la estética. Y no voy a detenerme en los hígados de las ocas, en la guerra, en la explotación, en nuestra propia naturaleza animal, pero no me digan que la Fiesta no tiene que ver con la cultura. Hablen de crueldad, de sangre, de sufrimiento, y lo admitiré aunque me prive de la única liturgia que respeto, la emoción incomparable del único milagro al que he asistido jamás, 600 kilos y dos pitones en punta, un hombre desarmado, una muleta, y el arte que le salva de la muerte. Tampoco voy a intentar explicarles eso, no teman. Entiendo, incluso, que no lo entiendan. Pero, en nombre de la propia cultura, por favor, tonterías, las justas.

Almudena Grandes/elpais.es

El loco de la colina

Dijo Juan Ramón Jiménez: “Cada día entiendo menos lo que no sea mío”. A mí me pasa lo mismo. Cada día entiendo menos lo que no es mío ni tuyo. Cada día entiendo menos a la gente. Oigo la radio, y no entiendo nada. Leo el periódico, y no comprendo nada. Me hablan de paz, y es como si me estuvieran hablando de guerra.
Me hablan de libertad y, detrás de las palabras, escucho el ruido de las cadenas. Me hablan de amor, y sólo veo comercio y negocio.
Me hablan de justicia, y al bufón que llevo dentro le da un ataque de risa.
Cada vez entiendo menos a la gente. No sé si es porque me estoy volviendo estúpido o viceversa.

Jesus Quintero

El silencio de los inocentes

Boligan/eluniversal.com.mx

Dans les oeufs

 

Como se veía venir —consideren lo de se veía como bordería facilota—, la moda de los restaurantes donde se come a oscuras ha sido saludada con alborozo en España. Faltaría más. En la vanguardia de Occidente. Y háganse cargo del flash: completamente a oscuras, camareros ciegos que te llevan de la mano y sirven platos que no puedes ver, todo a base de tacto, gusto, oído y olfato. Con mucho contacto físico, se añade como incentivo. Hasta para hacer pipí te lleva de la mano un ciego o ciega —no me pillarás esta vez, ministra de Igualdad—. Y oigan. De clientes no sé cómo andan esos locales; igual hay bofetadas para meterse dentro. No me extrañaría en absoluto. Los elogios mediáticos son, desde luego, rutilantes. En las páginas de Cultura, por supuesto. Dónde, si no. A fin de cuentas, comer donde Ferrán Adriá equivale a leer tres páginas del Quijote, por lo menos. O cuatro. Dicen. Como los desfiles de moda y el mus. Y las tres en raya. Todo a Cultura. Con foto del restaurante entre el museo Thyssen y la última novela de Saramago. Y lo de zampar a oscuras, además, encima de venir avalado por franquicia con precedentes en París, Londres y Moscú —Dans le Noir, capten el astuto juego de palabras—, tiene ese puntito a medio camino entre museo de Diseño de Zurich y corrección política que lleva a algunos al límite del orgasmo múltiple. Ahí va una de las reseñas, cuyo recorte atesoro: “La necesidad de experimentar nuevas emociones y el afán de descubrimiento no están reñidos con la conciencia social y la sensibilidad hacia las discapacidades”. Con dos cojones.

Iría, lo juro. De no estar un poco mayor para estas cosas —“La experiencia no es apta para quien no ama el contacto físico, ya que el tacto es el sentido estrella de la noche”—, les aseguro a ustedes que caería a cenar allí, sólo por ver cómo se las arregla uno cuando, en la oscuridad, dice: “Camarero, hágame el favor. Necesito miccionar”, y el ciego de la ONCE llega, te palpa, te coge de la mano y te conduce a través de la noche procelosa hasta el lugar, supongo que también dans le noir, donde puedes aliviar la vejiga. He visto una foto publicitaria en alguna parte, y es que de verdad dan ganas de abalanzarte al sitio: los clientes apoyados unos en otros y el camarero delante, como bailando la conga. Todo elegante y solidario que te rilas, a base de mucho tacto y contacto físico, como debe ser. Desplegando tu conciencia social y sensibilidad solidaria camino del baño, en alegre camaradería con otros clientes que en ese momento sientan ganas de lo mismo. Guiados todos por camareros invidentes pero expertos, que cual Virgilios abnegados te guíen por la selva oscura de la vida, al fondo a la derecha. Orientándote el chorro una vez allí, supongo. Con paciente esmero.

Lo mejor de todo esto es que me ha dado un par de ideas. Estoy por llamar a mi amigo Félix Colomo —el que me pidió autorización para abrir en el Madrid de los Austrias su Taberna del Capitán Alatriste— y decirle que debería ampliar sus negocios gastronómicos con nuevas fórmulas para forrarse. O para forrarse más, si cabe. Una de ellas podría ser una franquicia de restaurantes que desde ahora mismo le propongo. Sin manos, sería el nombre. Y la gracia del asunto consistiría en que ningún cliente podría usar las manos para comer. Ni de coña. Al entrar se le atarían a la espalda, y degustaría las delicias locales sin cubiertos ni nada, agachándose directamente con la boca sobre el plato. Slurp, slurp. Eso haría que el tacto, el gusto y el olfato fuesen protagonistas indiscutibles del asunto. Además, para realzar la conciencia social y la sensibilidad sensible, todos los camareros serían mancos, y servirían los platos sosteniéndolos entre los dientes. Para extremar el concepto, no habría servilletas, y los clientes se limpiarían los morros unos a otros con sonoros lengüetazos. Eso daría lugar a una enriquecedora interacción emocional que, como su propio nombre indica, sería mutua.

Tengo otras ideas igual de gilipollas. O más. Algunas podrían triunfar a tope en esta Europa tonta del ciruelo; donde, si nace un imbécil más, nos caeremos al agua. Por ejemplo: un restaurante llamado Dans les Couilles, aunque una versión más pedestre —Dans les Oeufs— tendría más garra en España. El toque maestro consistiría en cobrar doscientos euros por cubierto exclusivo para fanáticos del megapijodiseño, soplapollas en general y políticos con Mastercard o Visa Oro de cualquier partido. Los políticos, sobre todo, acudirían en enjambres, como suelen. Dans les Oeufs ofrecería emociones y sensibilidad social a mantas. Todo el rato, camareros cuidadosamente seleccionados entre los más robustos y robustas —chúpate ésa también, ministra— de los parados que ahora frecuentan comedores de caridad o hurgan por la noche en cubos de basura y contenedores de supermercados estarían dándoles patadas en los huevos.

Nuevo trailer de Tron 2 (y pasando de los Oscars)

 

La continuación del mítico Tron de Disney está en camino y, aunque se está haciendo largo ya que aún queda bastante para su estreno, lo cierto es que puedo decir que es de los poquitos refritos y segundas partes a las que le tengo ganas… Las imágenes y teasers que han ido saliendo tienen buena pinta y parece que no van a destrozar por completo la película originaria.

Y no… No pienso habla de Oscars este año… No hay nada que llame especialmente mi atención en el pobre abanico de posibilidades que aparece en esta edición… Avatar indiscutiblemente sobrevalorada, Distrito 9 mareante y sin sentido, Precious un dramón de los que tanto huyo, Up in the air correcta pero no llega a gracias por fumar, Nine es una petardez comparada con Chicago y la única que vale la pena, Inglorious Basterds no creo que llegue muy lejos en la ceremonia por tratarse de Tarantino…

Así que, prefiero hacerme ilusiones con lo que vendrá (como esta Tron 2 aunque el teaser se ve de pena) porque lo pasado no va a hacer historia…

Los toros

Se preguntarán ustedes si se puede ser a la vez protaurino y antitaurino. Pues se puede. Yo allá en mis antigüedades, que es como mi hija llama a mis años mozos, fui un punto fijo del Tendido del Siete, y no renunciaba a mi escaño en Las Ventas, por San Isidro, ni aunque las más negras tinieblas agitaran los aires y todo presagiara la suspensión de la fiesta. Recuerdo, por ejemplo, que imperaban dos normas no escritas: allí no se iba ni a comer ni a charlar. Se iba a callar, a esperar y a sentir. Desde allá arriba, no le veías a la fiera la sangre, ni el aliento, ni el cuerno punzante o afeitado, y tampoco le veías a los diestros esa piel transparente, deshabitada, como de cirio pascual, que se les pone cuando el bicho se arranca. Sólo veías esa especie de danza litúrgica o parábola exquisita que traza el toro alrededor de un hombre que, burla burlando, lo espera para matarlo. El tiempo se apelmazaba unas veces en un hastío de casino provinciano y otras veces estallaba en un carmen, en un amor brujo, en unas bodas de sangre.
Hace mucho que no voy a los toros. No me gusta ver sufrir a los animales. Tampoco voy a los desolladeros, ni a las granjas de cría intensiva, ni a las matanzas del cerdo, ni a las almadrabas, ni a las cacerías de fin de semana. Pero hoy en casa, de segundo, tengo chuletón. La lidia es el despliegue de una verdad terrible y fascinante. Nada ni nadie vive sin que otra cosa muera. Podemos asumirlo o preferir que ocurra en la trastienda. Pero creo que lo noble, lo valiente, es tenerlo, como un toro, delante.
Laura Campmany/abc.es

Tener clase

No depende de la posición social, ni de la educación recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida. Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma natural de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo determina cada uno de sus actos. La sociedad está llena de este tipo de seres privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso, carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora, arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer siempre en un discreto segundo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran. Y encima les sienta bien la ropa, con la elegancia que ya se lleva en los huesos desde que se nace. Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad insoportable. Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono patán que busque, a como dé lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de humillar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y mal gusto reinante también existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados en su propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad. Los encontrarás en cualquier parte, en las capas altas o bajas, en la derecha y en la izquierda. Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente humillado.

Manuel Vicent/elpais.es

El Roto