Carta a los locos

FOTO DE TIP Y COLL

Queridos locos :

Despues de varios semestres sumergidos en la bañera de Popea, hemos llegado a la conclusion de que estais completamente locos. ¿ Por que?, ¿ es que no os da verguenza?. A nosotros se nos caeria la cara. Por cierto, mas de una vez se nos ha caido, y se nos han puesto las calaveras rojas. ¿ Sabeis lo que es una calavera ?. ¡ Ay,  si nosotros os contaramos !. Pero no os contamos porque sois muchos y no acabariamos nunca.

Como os ibamos diciendo, Maria se caso con un conde, a eso de las siete y media aproximadamente. Bueno no sabemos si fue a las siete y media o al poker.

¿Y que nos decis de Antonio?. ¡Otro que tal baila!.(Que por cierto baila muy bien).

Tenemos muchas ganas de veros para que nos deis la enhorabuena. Os hemos comprado unas camisas muy fuertes y duraderas. Nuestro padre sigue en Correos como ya os habreis enterado por la prensa hidraulica. Mama se caso con un pobre principe in articulo mortis y trece. Tio Alberto ya no mama. Se le murieron las vacas en la guerra de la independencia.

¿Que mas os vamos a decir que vosotros no sepais?.

Un beso en el paladar y otro en la ropa de vuestro nietos, que no os olvidan.

Arturo y Fernandez

P.D.: Aqui afuera se esta peor.

TIP Y COLL

También te puede interesar...

Un beso a media noche

COLL

Total, que llegue a casa. Introduje la llave en la puerta de mi piso despacio, procurando no hacer ruido. Y llegue a la alcoba donde estaba ella.

Dormia profundamente. Y estaba mas bella que nunca. Un mechon de cabellos rubios como el oro tapaba la mitad de su rostro. Durante unos minutos estuve contemplandola en silencio. De repente note un inmenso deseo de inclinarme sobre ella y besarla. Y asi lo hice, despacio, muy despacio.

Pero se desperto. Y entonces me miro, sonrio y echandome los brazos al cuello, con una voz dulce y suave como un susurro, me dijo: Buenas noches papa.

Jose Luis Coll

También te puede interesar...

Sangri-la

Este articulo  de Perello, lo lei en su momento y me gusto mucho, es un punto de vista a partir de unos datos historicos. Tuvo muchas criticas en su momento y los pro-lamistas le llamaron de todo. No tiene desperdicio.

Ommm….. ommm………om mani padme hum

Marcelino Perelló

Marcelino Perelló
08-Abr-2008

Ya lo dije, hace años. Lo bueno de los Juegos Olímpicos es que luego uno, si es aplicado, aprende geografía. De hecho es casi lo único rescatable, porque el resto de esa payasada infame en la que han convertido la otrora magnífica contienda es abominable.

Geografia física, humana y política. Y es precisamente esta última la que nos interesa, a usted y a mí, hoy y aquí. Reconozca que si no fuera por las XXIX Olimpiadas, que van a celebrarse dentro de unos meses en Pekín, ni usted ni yo tendríamos sólo una muy vaga idea de qué diantres es el Tíbet, y de qué recontradiantres pasa ahí. Si es que algo pasa.

Porque, digámoslo clarito, de la actual insurrección monástica en Lhasa no sabríamos gran cosa si no fuera por el altavoz magnífico de los Juegos Olímpicos. Estaría, como de paso, en páginas interiores. Es más, si me ha de hacer caso, muy probablemente ni hubiera tenido lugar.

No puedo no decir, como de paso, que la capital de China es Pekín, y no “Beijing”, como dicen los gringos pedantes e ignorantes que se debe decir. Los gringos que quieren disimular que son pedantes y, sobre todo, que son ignorantes. Pero son ellos, por lo visto, quienes dan línea y dirigen a las grandes agencias de prensa. Y son ellos los que dictan a nuestros propios pedantes e ignorantes qué y cómo hay que decir.

La capital de China es Pekín. Y, si no, digan que Beijing es la capital de Chonguó, que es como se dice China en chino. Y ya no digan Cantón, sino Guangzú. Y, por supuesto, no se les ocurra hablar de Londres sino de London, y de Moscva en vez de Moscú. Yo, de momento, informaré a mi querida cuñada Ari que su perrito Miky es un “beijingués”. Le va a dar gusto.

En fin, dejemos otras sandeces aparte y ocupémonos de la nuestra. A todas luces, en nuestro aprendizaje de geografía deberemos incluir la toponimia. Todo gracias al pobre barón de Coubertin.

Volvamos, pues, al Tíbet. Total, queda aquí a la vuelta. Llegando a las Antípodas, a mano izquierda. Como usted y yo ya sabíamos, el Tíbet es una antigua y antaño enorme nación asiática, entre Irán, China y la India. El Tíbet de hoy es una Región Autónoma dentro de la República Popular China. Su superficie ha quedado reducida a aproximadamente 2/3 de la de México y está prácticamente despoblado. Únicamente lo habitan unos seis millones de personas.

Su capital es Lhasa, que tiene un cuarto de millón de habitantes, se encuentra a tres mil 400 metros de altitud y se convierte con ello en la ciudad más alta del planeta. De hecho todo el país es altísimo, con un promedio de altitud de casi cuatro mil metros, lo que lo hace ser llamado “el techo del mundo”. Se encuentra precisamente en la vertiente norte de los Himalayas, que marcan la frontera con Nepal y Buthán.

Hasta la intervención china, de 1951, fue gobernado por la dinastía budista de los lamas, desde el siglo XIII. De hecho su hegemonía continuó hasta 1959, pues el gobierno de Pekín se limitó hasta entonces a ejercer el control militar del país y a administrar las relaciones exteriores. En ese año, como consecuencia del surgimiento del movimiento armado tibetano, concebido, sostenido e instrumentado por la CIA, la intervención china se volvió mucho más dura. Se apoderaron del gobierno y de todos sus órganos e implementaron el régimen socialista. El Dalai Lama de turno, reencarnación del anterior, huyó a la India e inició su periplo mundial, que ya lleva casi medio siglo y que tiene más de gira artística o de viaje de negocios que de político o misionero.

Hasta aquí lo que, detalle más, detalle menos, sabíamos usted y yo. Ahora, gracias a la fiesta mundial del deporte, nos vemos obligados a enterarnos de otras cosas. Y así sabremos que el antiguo Tíbet dista mucho de ser ese paraíso idílico y terrenal que la literatura y los malos poetas se han encargado de cantar.

La tiranía teocrática de los lamas resulta ser una de las más crueles, sanguinarias, despóticas y retrógradas de cuantas hayan existido hasta la fecha sobre la faz de la Tierra. Digamos, sólo para darnos un quemón, que son los chinos quienes suprimen la esclavitud. En 1969. Poca cosa.

Son también ellos los que introducen la luz eléctrica, el agua entubada, el drenaje y la educación general y laica. En 1959. Menos cosa.

Pero el antiguo Tíbet —y cuando digo antiguo me refiero al de la primera mitad del siglo XX— no era estrictamente un Estado esclavista. Había muchos esclavos, sí, pero la gran mayoría de la población eran siervos. Siervos de los monjes o de los señores feudales. Para que se dé una idea, el solo monasterio de Drepung poseía 185 haciendas, 25 mil siervos, 300 llanuras de pastizaje y 16 mil pastores. La fuente, The timely rain, de Gelder y Gelder, no dice cuánto ganado ni cuántos rebaños. Lástima.

Potala, el palacio del Dalai Lama, tenía 1,000 (tres ceros) habitaciones en sus catorce pisos. Y su jefe del Estado Mayor poseía un rancho de 4,000 (tres ceros) kilómetros cuadrados. El Pachen Lama y su corte no recordaba demasiado la vida contemplativa y pacífica, según el modelo del simpático luchador de sumo en flor de loto que les sirve de guía y emblema. Sus banquetes y orgías son legendarios. Y, a lo largo de su historia, los budistas, y los budistas tibetanos en particular, han probado ser uno de los credos más agresivos y crueles de cuantos se tenga memoria.

La cantidad de guerras, invasiones y genocidios de los que han sido protagonistas a lo largo de sus siete siglos de poder difícilmente encontrará parangón. En 1660, la proclama del 5º Dalai Lama, en la que ordena masacrar a los miembros del culto rival de los kagyu, dice literalmente: “Aplástenlos como huevos contra las rocas… que no quede rastro de ellos; ni siquiera de sus nombres”.

Hasta la llegada de los chinos, los castigos previstos, acordes a derecho, para los ladrones y otros delincuentes menores, eran la mutilación o deformación de los miembros y la extracción de los ojos o de la lengua. Órale con el karma y la meditación.

Así estaban las cosas en aquel Shangri-La. Si usted, culto y/o morboso lector, quiere saber más sobre el asunto, entre a la página www.informationclearinghouse.info/article19605.htm, y lea, en inglés, el muy interesante y documentado texto de Michael Parenti sobre la cuestión. El espacio de mi columna ya dio de sí.

Recordando aquel 1959, imposible evitar, como le sugiero párrafos antes, la sospecha de que en el actual alebrestamiento de los monjes tibetanos también hay mano negra. La misma. Que en vísperas de los Juegos Olímpicos no quiere desaprovechar la marquesina.

En fin. Vaya usted a saber. La historia de los pueblos y de los hombres es compleja. E incierta. Y la de aquellos montañeses del Tíbet lo es aún más. “No creo poder escribir mucho sobre monasterios esta noche, pero sé que la Gran Cordillera dice más que todas las creencias del mundo”.

También te puede interesar...

Vidas Falsas

pezJuan_Jose_Millas_imagen_archivo

Tengo varios relojes falsos que dan la hora verdadera. Y no lo comprendo. O lo comprendo con la cabeza solamente. Los he ido coleccionando sin saber por qué. Cada vez que veo en la calle un tenderete con relojes de marca falsos, me compro uno o dos, y los guardo en un cajón. Los utilizo en casa nada más. Para salir, me pongo uno de verdad que me regalaron mis padres al tomar la primera comunión, un Certina, no sé si existe todavía esa marca. Estoy extrañamente atado a ese reloj, y quizá a la primera comunión. Ahora soy ateo, porque probablemente dios no existe (no lo digo yo, lo dicen los autobuses), pero en mi infancia creía a pies juntillas en dios y en la comunión. Me tragué la sagrada forma (así es como llamaban a la hostia) convencido de que Dios entraba en mi cuerpo con su carne y con su sangre, o sea, con su hígado, y con sus intestinos y sus dientes… Recuerdo que cuando regresé al banco y me puse de rodillas con la cabeza oculta entre las manos, vi a Dios dentro de mí con sus pulmones y su estómago y sus riñones y todo lo demás. Casi vomito. Al salir de la iglesia mi padre me dio un paquetito dentro del que reposaba el reloj. Ahora los niños no quieren relojes. Un hijo mío dice que no hace ninguna falta. Los hay, añade, por todas partes. Si quieres saber la hora, no tienes más que volver la cabeza en cualquier dirección o sacar el móvil del bolsillo. La hora no vale nada, está tirada de precio. Cuando yo era niño, en cambio, pedíamos la hora por la calle como el que pedía un vaso de agua en un bar.
—¿Me da la hora, por favor?
—Las tres y media.
—Gracias.

Era normal pedir la hora. Y nadie te la negaba. Tampoco te negaban un vaso de agua en los bares. El agua, en cambio, se ha encarecido. Vale un ojo de la cara. El caso es que me regalaron un Certina que no me he quitado desde entonces. Decías Certina y era como nombrar un sacramento. Vete a saber lo que tuvieron que ahorrar mis padres para comprármelo. Y no se me ha estropeado jamás. Mi mujer ha intentado cambiármelo por otro más actual. Yo también lo he intentado, pero no soy capaz de desprenderme de él. Lógicamente, es de los de cuerda. Cada noche, antes de acostarme, le doy cuerda. Puedo olvidarme de otras cosas, pero no de dar cuerda al reloj. Es como si me la diera a mí mismo. A veces me pregunto quién resistirá más, si el reloj o yo.

Cuando aparecieron los relojes automáticos, sentí un deslumbramiento especial por ellos. La idea de que se alimentaran del movimiento del brazo me parecía fascinante. Compré un par de ellos, pero no fui capaz de utilizarlos. Están en el cajón de los relojes falsos que dan la hora verdadera. Excepto esos dos automáticos, todos son de pilas y todos funcionan porque se las cambio cada cierto tiempo. Un día, en un mercadillo, compré un bolígrafo Parker falso con el que escribí un cuento que envié a una revista literaria. Durante varios días, temí que el redactor jefe me llamara acusándome de haberle entregado un cuento falso. Lejos de eso, lo publicaron y me lo pagaron con dinero verdadero. Sé que el dinero era de verdad porque lo comprobé. Se trata de un cuento que ha tenido cierta fortuna, pues me lo han pedido para diferentes antologías. La verdad es que gusta y mucho, de modo que aparece periódicamente aquí o allá. Me asombra que nadie se haya dado cuenta de que se trata de un cuento falso. Pero si yo no soy capaz de distinguir una hora verdadera de una falsa, tampoco debería extrañarme que los lectores se tragaran como cierto un cuento falso.

Viene todo esto a cuento de que a primeros de año me compré en un tenderete de la calle una agenda de marca (falsa) para el año en curso. Ignoraba que la piratería hubiera llegado a este objeto humilde y práctico, pero así es. Anoté en ella varios compromisos verdaderos que funcionaron, sorprendentemente, como auténticos. Si ponía en ella que tal día tenía una comida con Fulano, tenía efectivamente una comida con Fulano. Y los lunes de esa agenda son tan lunes como los de las de verdad. A estas alturas no sé si distinguiría un lunes artificial de uno genuino. Pero lo cierto es que los de esta agenda falsa se comportan de un modo absolutamente natural. Me pregunto si cuando acabe el año tendré la impresión de haber vivido un año falso. Quizá sí, todos lo son en alguna medida. Toda la vida tiene un componente de representación inevitable. Pero siempre me quedará el Certina de la primera comunión, que da horas verdaderas con apariencia de verdaderas. Un milagro para los tiempos que corren.

Juan Jose Millas

También te puede interesar...