Los Siete Reinos cruzan al otro lado del espejo

El final de ‘Juego de tronos’ crea un vacío que va más allá del ocio y la ficción (este artículo no contiene ‘spoilers’)

GUILLERMO ALTARES

Maisie Williams como Ayra Stark en 'Juego de tronos'.
Maisie Williams como Ayra Stark en ‘Juego de tronos’. EL PAÍS

Al principio de La orgía perpetua, su ensayo sobre Flaubert, Mario Vargas Llosa resume la influencia que la ficción puede tener sobre la realidad a través de una frase sobre un personaje de Balzac que se atribuye a Oscar Wilde: “La muerte de Lucien de Rubempré es el mayor drama de mi vida”. Se trata de una sentencia que difícilmente se puede aplicar a Juego de tronos, porque demostró desde su primera temporada que no era prudente tomarle demasiado cariño a un personaje porque podía ser decapitado, torturado o apuñalado en el capítulo siguiente. Sin embargo, la frase con la que prosigue el escritor peruano su texto sí tiene todo el sentido: “Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido”.

Después de ocho años, la serie basada en las novelas de George R. R. Martin llega a su fin, e incluso aquellos espectadores que tienden a confundir a la mayoría de los personajes —ocurre algo parecido en una reunión de antiguos alumnos: te suenan las caras, pero eres incapaz de ponerles un nombre— sentirán algún tipo de vacío que va mucho más allá de su ocio. Juego de tronos ha irrumpido de forma tan rotunda en la realidad que algunos lectores amenazaron a Martin para que terminase sus novelas de una vez, mientras que una petición popular para que los guionistas cambien la última temporada ha alcanzado el millón de firmas.

Los lectores americanos de Charles Dickens esperaban en los puertos a que llegasen los barcos de Inglaterra para poder leer las nuevas entregas de sus grandes novelas. Las cosas no han cambiado mucho: semana tras semana se esperan los nuevos capítulos, un vacío que se convierte en meses o años entre una temporada y otra. Unas generaciones han crecido con una parte de su imaginación capturada por una galaxia muy lejana, otras, por dos pisos de amigos en Manhattan o por los barrios bajos de Baltimore. Ahora que los Siete Reinos se han desvanecido y sus personajes continúan su existencia al otro lado del espejo, lejos de nuestra mirada, seguiremos yendo al puerto a esperar a que aparezca en el horizonte un buque capaz de cumplir con las exigencias de nuestra imaginación, que son también las de la vida

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Desde hoy el kilo deja de ser lo que conocías hasta ahora

Coincidiendo con el Día Mundial de la Metrología entran en vigor las nuevas definiciones del kilogramo, el amperio, el mol y el kelvin

Patricia Biosca

Puede que hoy se haya levantado pensando que se trata de un lunes normal y corriente en el que comienzan las vicisitudes de la semana: trabajo, hijos, escuela. Pero lo cierto es que este 20 de mayo de 2019 es un día histórico: el kilo, tal y como lo hemos conocido durante 130 años, deja de existir para siempre. Y esto es así porque entra en vigor la nueva definición del Sistema Internacional de unidades de medida (conocido como SI) para elkilogramo, aprobada en la última Conferencia General de Pesos y Medidas (CGPM) celebrada en Versalles (Francia) el pasado mes de noviembre. No es la única novedad: además de la forma en la que calculamos la masa, también serán diferentes la unidad básica de la temperatura (el kelvin), de la intensidad de la corriente eléctrica (el amperio) y la de la sustancia (el mol). Desde hoy, todas estas medidas tendrán como base constantes universales, que son, por definición, invariables. Para que un kilo, un amperio o un kelvin sean lo mismo en un laboratorio de España que en una base científica acomodada en Marte.

El «Grand K» o IPK
El «Grand K» o IPK- .AFP PHOTO / HO / BIPM

Hasta ayer mismo, el modelo de referencia era una pesa física. Conocido como «Grand K» o IPK por sus siglas en inglés, el artefacto creado a partir de una aleación de platino e iridio en 1889 se convierte en una reliquia, la última referencia palpable que ha tenido el SI como modelo. A pesar de que fue creado como el «kilo perfecto», los científicos habían notado que su masa fluctuaba 50 microgramos, lo que pesa un copo de nieve, en un siglo. Puede parecer una nimiedad, pero en los tiempos del GPS, la nanomedicina o la astrofísica, esa pequeña diferencia puede ser abismal.

«Cuando no se mide correctamente, o las mediciones se realizan empleando diferentes sistemas de medida o con instrumentos no calibrados, puede ocurrir que la nave Mars Climate Observer de la NASA se estrelle contra la superficie de Marte, que el experimentoLIGO no detecte ondas gravitacionales, hasta optimizar la planitud de los espejos utilizados en el gran interferómetro, tras mejorar su medición, o que los neutrinos parezcan viajar a mayor velocidad que la luz, causando la dimisión de los responsables del experimento», afirma en un artículo con motivo del Día Mundial de la Metrología -no es casualidad que se haya elegido el 20 de mayo para que entraran en vigor las nuevas medidas- Emilio Prieto, jefe de Área Técnica delCentro Español de Metrología (CEM), miembro del Comité Consultivo de Unidades, del Comité Internacional de Pesas y Medidas y presidente electo del Comité Técnico de Longitud.

Un kilo, igual incluso para extraterrestres

En lugar del «Grand K», la humanidad (su práctica totalidad, ya que todos los países de la Tierra, con excepción de tres, han adoptado el SI) medirá el kilogramo por la constante de Planck, que lo volverá cuántico. Por su parte, el amperio se medirá en base a la carga del electrón; el kelvin tomando la constante de Boltzmann; y el mol según la constante de Avogadro. También ha sido revisada la forma en la que están escritas las definiciones del segundo, el metro y la candela -que ya atendían a constantes fundamentales-, para que sean «coherentes con las nuevas definiciones».

Aunque la idea suene futurista y moderna, fue el propio Max Planck, descubridor de la constante que lleva su nombre y que ahora regirá nuestros kilogramos, quien en 1900 planteó la necesidad de que todas las unidades básidas del SI fueran invariables, inmutables y universales: «Las constantes fundamentales ofrecen la posibilidad de establecer unidades de longitud, masa, tiempo y temperatura que son independientes de cuerpos o materiales físicos, y cuyo valor se mantiene para todos los tiempos y civilizaciones, incluso para extraterrestres y no humanos», explicó a la comunidad científica por aquel entonces.

Ahora, dos siglos después, los científicos han podido reproducir con fiabilidad en los laboratorios la teoría de Planck -otro de los motivos por los que no se ha podido realizar el cambio antes- y, por fin, se atenderá a su petición de que los científicos, sean terrestres o de fuera del planeta, calculen un kilo de igual manera.

¿Seguirá siendo un kilo de naranjas lo mismo?

¿Si pedimos un kilo de naranjas en la frutería, nos darán lo mismo a partir de hoy? La respuesta es que sí. «Un kilo de manzanas seguirá siendo el mismo kilo de manzanas de ayer. Estos cambios no tendrán ninguna incidencia en la vida diaria de la gente», explica a ABC José Manuel Bernabé, director del CEM.

«Nos servirá para obtener medidas más precisas en el laboratorio, lo que es muy importante para el avance de la ciencia. Por ejemplo, un nanosegundo no parece mucho, pero para el GPS puede suponer un error de 30 centímetros. Solo hay que imaginar qué consecuencias tendría este fallo para el coche autónomo», afirma Bernabé.

La asignatura pendiente: el segundo

A pesar de los cambios, a la Metrología aún le queda una asignatura pendiente: el segundo. «Ahora mismo su patrón son los ciclos de un átomo de cesio -medidos por relojes atómicos-. Pero los relojes ópticos son mucho más precisos, por lo que adoptarlos sería un salto exponencial para la ciencia y la tecnología», explica el experto. Pero, al igual que el kilogramo hasta hace apenas un par de años -se planteó su revisión en 2007 y se ha pospuesto desde entonces por los citados motivos técnicos-, los experimentos en laboratorio aún no han alcanzado resultados óptimos.

Pero cuando lo hagan, los metrólogos afirman que se conseguirá una incertidumbre de diez elevado a menos dieciocho. O, de forma más gráfica, «un error de un segundo en toda la edad del Universo», señala Bernabé. La Comisión de Pesos y Medidas tiene en su calendario de 2030 la revisión de este patrón, «aunque en laboratorio podría conseguirse antes».

Pero eso será el futuro. En el pasado, el físico y matemático británico William Thomson, conocido como Lord Kelvin, dijo: «Solo se puede mejorar aquello que se puede medir». Ahora, en este presente, lo podremos hacer un poco mejor.

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Vivir del humo

Por ALBERTO BARRERA TYSZKA 

Vivir del humo
Una nata de humo y esmog suspendida sobre Ciudad de México la madrugada del 16 de mayo de 2019CreditMarco Ugarte/Associated Press

CIUDAD DE MÉXICO — En Ciudad de México, y su zona conurbada, vivimos casi 22 millones de personas que, en lo que va de 2019, solo hemos disfrutado de nueve días con “buena calidad de aire”. En 2018 tuvimos solo quince. Aun siendo una estadística aterradora, sorprende que esta intoxicación haya terminado convirtiéndose en una dócil rutina que forma ya parte de nuestra naturalidad. Solo una quincena al año de aire limpio, en la que se puede saludablemente respirar. Lo demás es humo.

Cuando vine a vivir aquí por primera vez en 1995, me encontré rápidamente ante dos nuevos aprendizajes: la relación con la condición sísmica del altiplano y la convivencia con la contaminación permanente de la ciudad. La educación en los temblores fue relativamente sencilla y veloz. La urgencia de una tierra que se mueve no permite demasiadas elaboraciones. Su propia historia ha hecho que los habitantes de Ciudad de México sean expertos en la fuga pero también en la solidaridad.

Con la contaminación todo fue distinto y más lento. Me costó lidiar con esa nueva experiencia y con su nuevo lenguaje. Sentirme de pronto en un territorio lleno de partículas suspendidas, donde es indispensable medir diariamente los puntos del Índice Metropolitano de la Calidad del Aire (IMECA), me hacía sentir por momentos en un espacio algo irreal, cercano a la ciencia ficción. Cuando viví mi primer día de contingencia ambiental, le pregunté a un vecino en qué momento se decretaba la alerta más alta. “Cuando los pajaritos se caen de los árboles”, me respondió.

Es curioso constatar que ante la contaminación existe una aquiescencia parecida a la que se da ante el carácter sísmico de la ciudad. Como si ambos fenómenos ocuparan el mismo rango de naturalidad, la misma dimensión de catástrofe inevitable. Probablemente, este proceso de normalización es uno de los elementos fundamentales del problema. La contaminación ya no es vista ni vivida como una emergencia sino que, por el contrario, ha sido incorporada a la lógica urbana. Sus consecuencias letales en la salud parecen olvidarse fácilmente: según reportes médicos aumenta la incidencia de cáncer de pulmón, aumentan los riesgos de infartos al miocardio y reduce las expectativas de vida. La invisibilidad les regala a las partículas suspendidas una inocencia que no tienen. De esta forma, el exceso de ozono y los rayos ultravioleta parecen ser entonces simples rasgos de nuestra nueva identidad, las consecuencias naturales de ser tantos.

Es cierto que, en este mes, más de veinte incendios alrededor de la ciudad han impulsado la crisis de esta semana. Pero también es cierto que ya había pronósticos que advertían que todo esto podía ocurrir. En marzo, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda) les propusoa las autoridades activar un plan preventivo, con el que alertaba sobre una probable emergencia para este mes de mayo. Pero, al igual que en el pasado, las acciones oficiales solo parecen ser eficaces cuando juegan a la defensiva y ya no ha más remedio. Es como si la única posibilidad del Estado ante la polución fuera el fracaso: la huida hacia el interior, la suspensión de clases y de actividades, el control vehicular… Se recomienda no tener actividad física y no usar lentes de contacto.

Vivir del humo
La jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en una conferencia de prensa del 16 de mayo de 2019; el mismo día, un grupo de jóvenes se manifestaba en el Centro Histórico de la ciudad. CreditCarlos Jasso/Reuters

Esta vez, sin embargo, Claudia Sheinbaum, la nueva jefa de gobierno, ha señalado además que estos planes no son ni siquiera una salida medianamente eficiente para salir de la crisis. “No pasa nada si decretas contingencia ambiental”, declaró, y dejó en el aire preguntas que queman tanto como el azufre o el monóxido de carbono: ¿y entonces qué se puede hacer? ¿No hay manera de luchar contra la contaminación?

Son muchos los estudios sobre las consecuencias que produce la falta de calidad de aire. El lunes 13 de mayo un titular del periódico El Sol de México retrataba, tal vez de manera involuntaria, esta absurda tragedia: “Respirar en la CDMX tiene efectos nocivos para salud”. Es un contrasentido que refuerza la idea de que habitar esta ciudad diversa y maravillosa implica, como contraparte, ser un suicida.

Paradójicamente, la mayor ciudad de habla hispana no tiene una palabra propia para designar aquello que la asfixia: el smog. La nata oscura que todos atravesamos al descender en avión sobre el valle aún no tiene nombre. Tal vez eso también es un síntoma, una muestra de cómo, durante tantos años, hemos banalizado nuestra propia suciedad. Sin duda, es necesario revisar todos los planes y replantearse una nueva estrategia oficial frente a la contaminación. Por supuesto que se requiere de nuevas legislaciones y diferentes acciones de control en todos los sentidos. Pero cualquier salida que exista pasa por crear una nueva conciencia ciudadana, por desnormalizar la contaminación. Por devolverle su estridente sentido de urgencia.

Se puede vivir del humo, sí. Pero por poco tiempo. Cada vez menos.

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Juego de osos

David Torres

En sus Tesis sobre Feuerbach, Karl Marx concluía que los filósofos no habían hecho más que intentos de interpretar el mundo, cuando la cuestión esencial era transformarlo. Por desgracia, a mediados del siglo XIX no existía change.org, la plataforma de petición de firmas online, un invento que habría ahorrado al marxismo muchos problemas de logística. Sin embargo, es muy probable que, de haber existido, la gente de entonces, en lugar de levantar barricadas y hacer revoluciones, habría organizado firmas para evitar el suicidio de Werther, alterar el final de Los miserables y prohibir a Wagner dedicarse a la ópera.

Juego de osos

Casi medio millón de personas se han movilizado contra la temporada final de Juego de tronos reclamando que la rehagan entera, una tentativa quizá no tan ridícula como parece. Puesto que, como señalaba García Márquez todas las cosas que amueblan el mundo empezaron primero por habitar la imaginación (los transplantes de corazón, los aviones a reacción, los derechos humanos), a lo mejor cambiar la ficción significa el primer paso para producir una realidad alternativa. Por ejemplo, en el género apocalíptico hemos sido capaces de imaginar el fin del mundo con diversas y llamativas catástrofes, desde invasiones alienígenas a meteoritos desconsiderados, pasando por plagas letales o guerras atómicas; sin embargo, como apunta Slavoj Zizek, ninguna novela, película, utopía o distopía ha sido capaz de plantear el final del capitalismo.

Siglo y medio después de Marx, las cosas tampoco andan como para tirar cohetes, seguramente porque, como dice otro filósofo mucho menos conocido, mi amigo Alvaro Muñoz Robledano, la gente no está descontenta con el mundo sino con el lugar que ocupa en él. No nos importa gran cosa que buena parte de la humanidad se esté muriendo de hambre o malviva en la miseria más absoluta mientras sigamos teniendo acceso a internet. La paradoja consiste en que los milagros médicos que permiten salvar la vida a la mitad de la población se compensa con la invención de artilugios bélicos capaces de cargarse de un plumazo a la otra media. En lugar de cambiar la sociedad, la mayoría de la gente prefiere cambiarse de cara o cambiarse de piso.

Tampoco resulta muy alentador que enormes contingentes de personas con estudios hayan decidido atrincherarse en la Edad Media, resolviendo que sus hijos no se vacunen o sacándose de la manga complicadas argumentaciones para intentar demostrar que la Tierra es plana. Hay gente que busca la tranquilidad del campo en una casa rural y luego se queja del ruido que hacen las gallinas y de que los gallos canten a las seis de la mañana. Lo peor es que llega un juez y les da la razón, dando inicio a la transformación profetizada por Marx mediante una mudanza de gallinas. En esa misma dirección señala la cumbre entre España y Francia provocada por una osa procedente de Eslovenia que está empeñada en seguir sus instintos sólo por fastidiar a los ganaderos. Una lástima que Wagner se dedicara a la ópera en lugar de seguir repartiendo octavillas a favor de la revolución en Dresde.

https://blogs.publico.es/davidtorres/