James Holden – The Animal Spirits

Una horterada

Una horterada

EL PENE ESTÁ sobrerrepresentado, especialmente en el ámbito militar. Kim Jong-un no hace otra cosa que mostrarnos el suyo (quizá el que le gustaría poseer) cada vez que lanza un misil con el aparato mediático que se estila en Corea del Norte. Nos recuerda al bebé que se exhibe desnudo ante las visitas en medio de la cena. Quienes hicimos la mili nos pasábamos el día sacando brillo al cañón del tanque, que venía a ser el pene del coronel o del teniente general. Cada mando tenía el suyo, al que atendíamos de manera obsesiva. Y al terminar la guardia nos revisaban el cetme, que era un pene de soldado raso al que había que mantener también impoluto por el bien de la patria.

El de la fotografía, que a fuer de realista subraya obscenamente el glande, es un cohete espacial porque hemos decidido que a Marte solo se llega por cojones. Ya está bien, ¿no?, de tanto pene erecto. Relajémonos un poco, demos un respiro a la hombría, concedámonos una pausa, abracemos la flacidez. ¿No hay otros modos de asustar al enemigo o de llegar a Venus? Debería haber cundido el modelo del platillo volante, de formas suaves, apenas hormonado. Aquellos platillos, al decir de los ufólogos, procedían de dimensiones alejadísimas de nuestra realidad, pero nos tocaron el alma con su dulce forma de plato sopero invertido. He ahí un modelo carente de agresividad, agradable al tacto y a la vista y por el que nos dejaríamos abducir con mucho gusto. Pero lo que ya clama al cielo del pene de la fotografía es que aparezca tatuado en toda su longitud, como el de un marinero. ¿Cabe imaginar horterada mayor? 

Juan José Millás

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Irma Haselberger (Photographer)

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Pero ¿alguna vez fuimos realmente libres?

Toda evolución tecnológica tiene siempre una consecuencia social. Algunas sutiles, otras demoledoras. Pero en cualquier caso, cada avance hacia el futuro suele generar casi siempre una pérdida del pasado.

Y en este asunto también hay tamaños. Hay pérdidas insignificantes, pérdidas notorias y pérdidas descomunales.

La mayor de todas ellas, en la actualidad, es la pérdida de libertad. Un concepto poco aprehensible, pero bajo cuya bandera la humanidad ha mostrado su rostro más noble y a la vez más despiadado a lo largo de la historia.

La libertad es una palabra sagrada. Por eso todos los poderosos de la Tierra se han servido de ella, esgrimiéndola con fervor, aunque su intención fuera, en la mayoría de los casos, cercenarla.

Ha sido, junto con las de «Dios, Patria y Rey», la palabra más repetida en las arengas previas a la batalla.  Arengas que casi siempre eran absolutamente válidas e intercambiables para cualquiera de los dos bandos.

Pero ahora ya no se trata de exaltar la libertad para convencer a las jóvenes generaciones de que salten de la trinchera. Se trata de minimizar su importancia en aras del nuevo valor emergente que pretende sustituirla: la liberación. Liberación del trabajo, de las enfermedades, del aburrimiento.

Ya no hace falta recurrir al cinismo de Voltaire cuando escribía: «Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo».

Tampoco es necesario matar a nadie, pues ahora al que «no piensa como yo» se le puede hacer cambiar de opinión. Basta con dos cosas: saber quién es y saber lo que piensa. Y ahí es donde entra en juego la evolución tecnológica: el big data, la hipersegmentación, los modelos sicométricos…

Pero han sido demasiados siglos y demasiada sangre la vertida bajo el nombre de la libertad como para que cualquier poder actual pueda prescindir descaradamente de ella. Por eso la ideología tecnológica dominante ha creado ese nuevo concepto para mostrar su llegada como un paso adelante en la emancipación del hombre. Ya no se trata de ser libre. Se trata de liberarse.

Liberarse de tener que realizar trabajos mecánicos, físicos o intelectuales. Liberarse de conducir coches, sacar entradas, buscar vuelos, hacer la compra… Pero también liberarse de tener que saber, que pensar, que decir.

Ser libre era un derecho, pero también una responsabilidad. Liberarse es solo una dejación. Con la tecnología actual no pierdes la libertad, la transfieres. Y los nuevos dueños de esa libertad ya no son el faraón, el gran kan, o el sha de turno. Son entidades que cotizan en bolsa manifestando su poder mediante la ocupación de los primeros puestos del Dow Jones bajo el alegato de que dicha tecnología nos ha liberado.

Un sucedáneo de libertad para los tiempos que corren. Pero tampoco añoremos demasiado la libertad pretérita. La humanidad ha pagado un precio demasiado alto por ella sin llegar nunca a alcanzarla. Y eso tal vez se deba a que los poderosos la utilizaron siempre a sabiendas de su inexistencia real.

Napoleón, uno de los grandes manipuladores de la historia, lo confesó en un instante de sinceridad, quizás debida al excesivo consumo de ese vino de Burdeos que tanto apreciaba: «Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados».

Una fábula que a él le permitió enviar a la muerte a una generación entera de jóvenes europeos bajo el canto mágico de esa palabra, Liberté, a la que luego le añadieron la  égalité y la  fraternité para darle ritmo a la cosa.

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La viñeta de Malagón

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El aciago demiurno (Fragmento)

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“Con excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien: ¿qué dios le impulsaría a ello? Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el menor acto no manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo o cálculo, sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de lo alto: se sitúa fuera del orden universal, no está previsto en ningún plan divino. No hay modo de ver qué lugar ocupa entre los seres, ni siquiera si es uno de ellos.
¿Será acaso un fantasma?
El bien es lo que fue o será, pero lo que nunca es. Parásito del
recuerdo o del presentimiento, periclitado o posible, no podría ser actual ni subsistir por sí mismo: en tanto que es, la conciencia le ignora y no lo capta más que cuando desaparece. Todo prueba su insustancialidad; es una gran fuerza irreal, es el principio que ha abortado desde un comienzo: desfallecimiento, quiebra inmemorial, cuyos efectos se acusan a medida que la historia transcurre. En los comienzos, en esa promiscuidad en que se opera el deslizamiento hacia la vida, algo innombrable debió pasar, que se prolonga en nuestros malestares, si no en nuestros razonamientos. Que la existencia haya sido viciada en su origen, ella y los elementos mismos, es algo que no se puede impedir uno suponer. Quien no haya sido llevado a afrontar esta hipótesis al menos una vez por día habrá
vivido como un sonámbulo”.

Own prison

La imagen puede contener: una o varias personas

Pawel Kuczynski

Ruido Blanco

Los científicos han inventado un sonido, que imita al silencio, para engañar a nuestro agotado cerebro

Sonómetro en la Plaza del Sol de Barcelona
Sonómetro en la Plaza del Sol de Barcelona ALBERT GARCÍA

 

Vivimos en sociedades vertiginosas donde los ruidos se adueñan de nuestra tranquilidad. En las ciudades las calles exhalan un murmullo constante de motores, frenazos y bocinas. Hay siempre sonidos de obras en la distancia: taladros, martillos neumáticos abriéndole las tripas al asfalto o grúas cargando grandes barras de acero mientras emiten pitidos intermitentes. Todo suena. Las fiestas populares y las verbenas ocasionales, alargan su existencia gracias a los espíritus zánganos que se apoderan de los parques y las calles y reivindican con botellones su alegría de vivir a partir de los jueves por la tarde.

En las zonas céntricas, de portales históricos con portones de madera, conviven los bares de moda cantarines con las viviendas de los pacíficos ciudadanos madrugadores. Los jóvenes, que se resisten a una vida ordenada, suelen emitir gritos o charlar en voz muy alta en los amaneceres, mientras dejan su rastro de vómitos y charcos de orina como si fueran las migas de Pulgarcito.

El ruido convive con nosotros de día y de noche. Roncamos, roncan a nuestro lado, también roncan nuestros vecinos a los que escuchamos en cada desvelo. Los finos tabiques de las casas dejan pasar las melodías de los últimos juerguistas y los primeros coches. Las neveras, los electrodomésticos, también emiten su siseo, su hilo de voz eléctrica. Hay tantos ruidos rodeándonos con su sintonía desacompasada de voces, que cuando llega la hora del descanso, nuestra cabeza es un nudo denso de ondas sonoras.

Hemos perdido el sentido del silencio. Te dirán que si lo quieres encontrar deberás hacerte ermitaño y alejarte del mundanal ruido. En las farmacias te ofrecerán tapones de cera o espuma, o incluso de silicona a medida para tu orificio auditivo. Añoramos la tranquilidad serena del campo con sus particulares sonidos. Las alegres chicharras en los días de verano, los grillos felices en las noches. Los suspiros de las olas del mar, el tintineo de los arroyos o el canto de los pájaros en los amaneceres. Todo eso se ha perdido, ahora solo escuchamos las conversaciones de los móviles, los hilos musicales de los negocios, o el bullicio desatado del tráfico.

Al parecer los científicos han inventado el ruido blanco para engañar a nuestro agotado cerebro. Un sonido que bloquea los otros ruidos. Un sonido brumoso, parecido al de las viejas televisiones al perder la emisión. Han desarrollado una máquina de ruido sintético que imita el silencio. Un ruido que es la esencia secreta de todos los ruidos que detestamos. Lo curioso es que logra que te duermas.

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El Roto

El Roto

Woody Allen desenfocado

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A Woody Allen ha terminado por alcanzarlo la maldición que lanzó sobre Robin Williams en Deconstructing Harry: haga lo que haga, a partir de ahora, siempre aparecerá desenfocado. Una acusación de pederastia repetida una y otra vez por su hija Dylan Farrow se lo ha llevado por delante en medio de la campaña contra abusos sexuales desatada por el caso Weinstein. Poco importa que en su día esa acusación fuese desestimada por un juez tras una investigación que duró más de seis meses. Varios especialistas del hospital de Yale-New Haven concluyeron que no había pruebas de abusos físicos y que la conducta perturbada de Dylan, que entonces contaba siete años, podía ser producto de una fantasía o de una sugestión inducida por su madre, aunque lo más probable es que fuese una combinación de ambas hipótesis.

La denuncia contra Allen, quien jamás antes -ni después- ha sido acusado de pedofilia o pederastia, tuvo lugar tras un tormentoso divorcio en donde jugó un papel esencial Soon-Yi, la hija que adoptó Mia Farrow junto a su anterior esposo, André Previn, y que, según testimonio previo, inició la relación con su padrastro cuando ya era mayor de edad. Entre las resonancias extrañas de este lío -dignas de una comedia del propio Woody Allen- están, primero, el hecho de que la propia Mia Farrow se casó por primera vez a los 21 años con un Frank Sinatra de 50 -una diferencia de edad bastante similar a la del matrimonio entre Allen y Soon-Yi-; y segundo, mucho más inquietante, la casualidad de que el hermano de Mia Farrow, John Charles Villiers-Farrow, ha sido sentenciado a diez años de prisión tras numerosas denuncias de abuso sexual a menores.

Después de veintitantos años, después de que Dylan volviera a reactivar su acusación varias veces, finalmente la indignación ha alcanzado al mundillo de Hollywood, conmocionado por su silencio y su indiferencia de décadas ante un depredador sexual tan notorio como Harvey Weinstein. Han decidido creer en la memoria de una niña de siete años en lugar de confiar en las conclusiones de una investigación oficial que se decantó por una explicación más plausible: que esa niña fuese controlada y manipulada por una madre celosa y traumatizada tras un doloroso divorcio. Moses, hijo de Allen y de Farrow, que por aquel entonces contaba 15 años, es el único de la familia que se ha puesto de parte de su padre. Decía Allen, repitiendo un viejo tópico, que la comedia es tragedia más tiempo. Pero en su caso el tiempo no ha quitado un ápice de horror a la tragedia, a lo mejor porque nunca hubo ninguna.

La historia recuerda enormemente no a una película de Allen sino a La caza, aquel aterrador drama de Thomas Vintenberg donde en una pequeña localidad danesa comienza un linchamiento público contra el profesor de una guardería al que supone culpable de haber violado a una de sus alumnas. Sin la menor evidencia, sin la menor prueba, contando nada más que con el testimonio de una niña teledirigida por unos cuantos adultos. Lo más ridículo de esta historia es la reacción furibunda de unos cuantos actores escandalizados a toro pasado, no sólo cuando el crimen de Allen -si es que realmente hubo crimen- sucedió ventitantos años atrás, sino cuando Dylan lo publicó con todo lujo de detalles en 2014 en una carta abierta en The New York Times.

“Nunca volveré a trabajar con Woody Allen” dicen. O peor todavía: “Si lo hubiera sabido”, cuando las acusaciones contra Allen eran el pan nuestro de cada día en Hollywood. La oleada de este puritanismo desenfocado y con retraso ha alcanzado también a buena parte de la audiencia, que asegura que nunca volverá a ver una película del genio neoyorquino. Allá ellos y su estricta moralidad, pero habrá que recordarles que, mientras que a Allen le protege cuando menos el beneficio de la duda, Caravaggio mató a un hombre, Villon a varios, Neruda violó a una criada y abandonó a una hija enferma, Cervantes fue encarcelado por robo y Wilde por sodomía. Por citar sólo cinco ejemplos de artistas fuera de la ley. El término “fariseísmo” se queda muy corto para describir este hipócrita rasgado de vestiduras, tan oportuno como para meter a Allen en el mismo saco donde han acabado Harvey Weinstein, Kevin Spacey y otros canallas. Pero el saco sigue abierto y, claro está, hay que aprovecharlo.

DAVID TORRES

http://blogs.publico.es/davidtorres