Thomas Mann

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El último medio siglo ha visto una regresión de lo humano, una devastación de la cultura del tipo más siniestro; una pérdida de educación, decencia, sentido de la justicia, fidelidad y fe, de toda sencilla confianza, que espanta. Dos guerras mundiales, sostenidas por una bestialidad y una codicia sin precedentes, han hundido el nivel intelectual y moral (los dos van unidos) provocando una debacle tal que mala garantía ofrece contra la caída en una tercera guerra que acabaría con todo. Ira, miedo, odio supersticioso, terror pánico y una salvaje manía persecutoria dominan a una humanidad que ya dispone del espacio cósmico para instalar en él sus bases estratégicas, y que copia como un mono la forma en que el sol produce su energía para fabricar de manera sacrílega armas de exterminio. 

Ensayo sobre Schiller (1955)

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GERARD MANLEY HOPKINS, UNO DE LOS MÁS GRANDES POETAS, SOBRE VER POR PRIMERA VEZ UNA AURORA BOREAL

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HOPKINS, EL GRAN POETA QUE CELEBRÓ LA BELLEZA INCANDESCENTE DEL MUNDO, DESCRIBE LAS LUCES DEL NORTE


The world is charged with the grandeur of God.
    It will flame out, like shining from shook foil;
    It gathers to a greatness, like the ooze of oil
Crushed. Why do men then now not reck his rod?

Gerard Manley Hopkins

Gerard Manley Hopkins, uno de los más grandes poetas en lengua inglesa, fue uno de los espíritus más sensibles a la belleza del mundo. El también jesuita consideró el mundo creado como una teofanía, como la vibrante sinfonía de una inteligencia divina, y la labor del hombre y la naturaleza, la celebración en alabanza de esa belleza. 

Sin duda, uno de los fenómenos naturales que generan más asombro son las auroras. En una entrada de su diario, Hopkins describe este maravilloso encuentro:

Septiembre 24, 1870

Vi por primera vez las auroras boreales. Mi ojo fue arrobado por los haces de luz y oscuridad como la corona de rayos córneos que hace el Sol detrás de una nube. Primero pensé en una nube plateada hasta que vi que éstos eran más luminosos y no apagaban la claridad de las estrellas de la Osa. Se alzaron irradiando levemente desde la línea de la tierra. Luego vi suaves pulsos de luz uno tras otro surgir y desaparecer por encima en un arco, pero parpadeantes y con el arco roto. Parecían flotar, y no seguir la curvatura de la esfera como las estrellas fugaces aparentan, sino libres aunque concéntricas con ella. Esta labor frenética de la naturaleza completamente independiente de la tierra, y que parece acaecer en unos instantes que no pueden ser medidos por nuestras medidas de días y años, sino que son un tiempo más simple, como si corrigiera la preocupación del mundo al solo preocuparse con y apelar al Día del Juicio, fue como un nuevo testigo de Dios y me llenó de un delicioso terror.

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Los azules de Fra Angélico

Los azules de Fra Angélico

El otro día mi chica se empeñó en que fuéramos a visitar la exposición que el Museo del Prado ha inaugurado en torno a la restauración de La Anunciación de Fra Angélico, una de las grandes joyas de la pinacoteca. No tengo nada contra las exposiciones ni contra los museos, sólo que me pongo algo nervioso delante de algunos cuadros, como si fuesen un fotograma de una película detenida por alguna razón, o de un cómic con una sola viñeta y todas las páginas arrancadas. Por eso prefiero la novela, el cine o la música sinfónica, porque necesito que me cuenten una historia. Sospecho que mucha gente en la Edad Media también lo necesitaba y de ahí esos frescos que son como tebeos de vidas de santos en las que todas las acciones van sucediendo a la vez en diversos rincones de la pintura.

Me pongo aún más nervioso en cuanto empiezo a mirar vírgenes renacentistas, sobre todo si son esas vírgenes rubias y suavísimas que tienen al lado un niño Jesús con toda la pinta de un enano enfurruñado. De inmediato recuerdo una frase de mi tía Carmen un día que echaban por la tele La Pasión según San Mateo de Pasolini: “Qué mujer más fea, por Dios. La Virgen María era mucho más guapa, dónde va a parar”. Mi tía hablaba de la Virgen María como si hubiera ido al colegio con ella. No te digo nada de la que le cayó al Jesucristo que había escogido Pasolini, que tenía una sola ceja y sólo le faltaba una boina.

En el Prado, mi nerviosismo iba en aumento a medida que iba oyendo los comentarios del público que había acudido en masa a la exposición. Parecía que todos tuvieran un doctorado en Historia del Arte y anduvieran refrescando sus conocimientos, mientras que yo únicamente entendía las explicaciones que una señora iba dando a sus nietos y el comentario de un tipo con gafas que le dijo a su novia: “Pues hay un licor que se llama Frangélico“. Tuve que consultar en Wikipedia para ver si tenía algo que ver con el gran pintor florentino, pero por lo visto no, el nombre del licor proviene de un monje eremita del Piamonte aficionado a los combinados silvestres.

En cualquier caso, lo primero que me voló los ojos en la exposición fue un San Miguel arcángel con un azul que no era de este mundo. Vete a saber dónde conseguía los pigmentos Fra Angélico, pero los azules, los dorados y los verdes todavía brillan cinco siglos y pico después como si se los hubiera prestado Dios ayer mismo, como si los acabara de pintar hace un momento. Resulta asombroso cómo un artista tan antiguo resulta tan absolutamente moderno, aunque a lo mejor la cuestión está mal formulada y lo que habría que preguntarse es cómo tantos artistas pretendidamente novedosos se convierten en caspa apenas pasan dos décadas. Hay un cuadro llamado 18 beatos dominicos que no sólo es actual hasta en el título (parece el nombre de un grupo de la Movida madrileña) sino que, si te fijas bien, uno de los beatos es un retrato de Andy Warhol. Quizá por la misma razón, un San Juan Evangelista, con larga melena rubia y cara de pocos amigos, sale clavado a Ozzy Osbourne.

Ya les digo que no tengo mucha idea de pintura pero en la obra maestra de Fra Angélico, La Anunciación, yo descubrí al menos cinco pinturas de cinco estilos diferentes yuxtapuestos. Está la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, que en la exuberancia plana de la selva preludia la mirada primitiva y naif de Henri Rosseau, el Aduanero. Está el toque impresionista en el remolino de colores del mármol del suelo. Está la Anunciación propiamente dicha, de una delicadeza sobrehumana, en la que los ojos hablan y las manos miran. Está la habitación del centro, huérfana y viuda, extraña como ella sola, que augura la desolación de un interior de Hopper. Está el rayo de luz descendiendo del cielo con una paloma prisionera, sólido y líquido a la vez, como recién aterrizado de una época de la pintura que no ha llegado todavía.

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Y, de nuevo, el prejuicio

Rosa Montero

El animalismo no trata de poner a los animales en el centro, ni de forzar a elegir entre estos o los humanos, sino de construir un mundo más ético

TRAS LAS PASADAS elecciones, en el agitado remolino de comentarios de Twitter, un periodista joven e inteligente que en general me encanta escribió un comentario tópico y tontísimo: dijo que los animalistas ponían a los animales en el centro mientras que él era “más de poner en el centro al ser humano”. Me deprimió porque demuestra hasta qué punto los prejuicios pueden fundir hasta a las mentes brillantes.

Verán, no es una cuestión de poner a los animales en el centro, ni de elegir a los animales por encima de las personas. No hay que elegir, de hecho. Hay que luchar por todos los valores a la vez, porque no se puede defender una sociedad avanzada y civilizada que no contemple el respeto a todas las criaturas. Es una cuestión de ética elemental. Estos reparos me recuerdan las demoras que siempre han sufrido los derechos de la mujer. Cuando en 1789 se declararon los Derechos Universales del Hombre, casi nadie, salvo algunos genios como el gran Condorcet, se dieron cuenta de que no podían ser verdaderamente universales si no incluían a la mujer. Y cuando Clara Campoamor pedía el voto para nosotras, la izquierda sostenía que eran mucho más importantes los resultados políticos supuestamente progresistas (¡las mujeres votarán a las derechas!, bufaban) que esa elemental, urgente dignidad. Lo he vivido yo misma en la izquierda antifranquista: las reclamaciones de las mujeres eran postergadas en pro de las reivindicaciones, al parecer siempre mucho más importantes, de los trabajadores (de los trabajadores varones). Con todo esto quiero decir que discriminar exigencias éticas esenciales no sólo es innecesario, sino reaccionario, y que tiene además un coste bárbaro, el de cargarse el supuesto sistema progresista que dices defender.

Es una ceguera producida por un prejuicio antropocéntrico milenario. Claro, yo comprendo que escuece perder la tonta ilusión de ser el centro del universo, pero la ciencia está siendo implacable con nuestras pretensiones. La secuenciación genómica nos ha demostrado que compartimos el 99% de los genes con los chimpancés, el 90% con las ratas, el 50% con la mosca de la fruta e incluso un 20% con las plantas (hasta el 50% en el caso del plátano). Para ser los únicos emperadores de la galaxia, somos demasiado parecidos a todo lo demás. Quiero decir que hay una clara continuidad orgánica. Con chimpancés y bonobos nos parecemos tanto que hasta podemos hacernos transfusiones de sangre. Los animales, en fin, están mucho más cerca de nosotros de lo que jamás hemos creído. Tomemos la famosa lista de 15 atributos para definir la personalidad humana que redactó Joseph Fletcher, uno de los fundadores de la bioética: inteligencia mínima, autoconciencia, autocontrol, sentido del tiempo, sentido del futuro, sentido del pasado, capacidad para relacionarse con otros, preocupación y cuidado por los otros, comunicación, control de la existencia, curiosidad, cambio y capacidad para el cambio, equilibrio de razón y sentimientos, idiosincrasia y actividad del neocórtex. Pues bien, resulta que los grandes simios cumplen todos los apartados. Según el conocido sociólogo Jeremy Rifkin, la gorila Koko, a la que se le enseñó el lenguaje de signos, puntuaba entre 70 y 95 en nuestros test de inteligencia, lo que la catalogaba como una persona de aprendizaje lento, no retrasada. Y no se trata sólo de los grandes simios. En 2012, los más importantes neurocientíficos del mundo, reunidos en la Universidad de Cambridge, Reino Unido, firmaron la Declaración de Cambridge manifestando que los animales no humanos tienen conciencia. Por supuesto que hay una gradación: no es lo mismo una medusa que un perro. Pero hay una continuidad, y, de manera progresiva, todos estamos dentro del milagro de la vida, y también dentro del dolor y de la indefensión. Por otra parte, numerosos estudios demuestran que hay una relación clara y directa entre el maltrato animal y la violencia ejercida contra las demás personas. Aunque sólo fuera por conveniencia, deberíamos proteger a los otros animales porque así nos protegemos a nosotros mismos. Pero no es por eso por lo que soy animalista. Lo soy porque aspiro a un mundo más ético. Porque lucho, precisamente, por la existencia de un ser humano mejor.

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La sonrisa

Ese informe médico convertía en pura idiotez todo cuanto había leído en la sala de espera

MANUEL VICENT

Sala de espera en un hospital de Granada.
Sala de espera en un hospital de Granada. JUNTA DE ANDALUCÍA EUROPA PRESS

En la antesala del oncólogo está sentado el paciente a la espera del resultado de la biopsia. Para mitigar su angustia el paciente se ha puesto a hojear las revistas manoseadas y algún diario que había en una mesa. En el National Geographicpudo leer cómo se las gastan las criaturas del reino animal. Ante sus ojos se sucedieron imágenes de serpientes e insectos venenosos, de guepardos descuartizando gacelas, de las hazañas casi humanas que ya realizan algunos monos. A continuación, en una revista del corazón contempló princesas en sus mansiones y a unos niños rubios retozando en praderas de esmeralda y también fiestas en popas de fastuosos yates, bodas y divorcios de famosos, funerales de lujo en los que apetecía ser el muerto. Los titulares de la primera página del periódico traían el nauseabundo mercadeo que se llevan los políticos con sus pactos. Se negó a que semejante obscenidad le añadiera más angustia a la que ya sentía y para ello escogió una revista de divulgación científica donde el paciente leyó que en el año 2045 la inteligencia artificial habrá sobrepasado a la de nuestro cerebro y a partir de entonces el ser humano podrá ser inmortal, pero ahora todavía era junio de 2019 y, llegado el momento, la enfermera pronunció en voz alta su nombre y el paciente se vio sentado ante el doctor, quien tenía el resultado de la biopsia sobre la mesa. En el silencio neumático que se produjo entre los dos el paciente pensó que ese informe convertía en pura idiotez todo cuanto había leído en la sala de espera. El doctor abrió el sobre y antes de pronunciar el veredicto miró fijamente al paciente a los ojos y sonrió de forma ambigua, equívoca, enigmática. Dentro del silencio esa sonrisa contenía el pasado y el futuro, el bien y el mal, la vida y la muerte. Formaba parte de la materia oscura con la que está construida el alma humana

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