LA SORPRENDENTE CAPACIDAD DEL AZÚCAR PARA AYUDAR A CURAR HERIDAS

Por BBC MUNDO

LA SORPRENDENTE CAPACIDAD DEL AZÚCAR PARA AYUDAR A CURAR HERIDASLA SORPRENDENTE CAPACIDAD DEL AZÚCAR PARA AYUDAR A CURAR HERIDAS
 Como un niño que creció en la pobreza en la zona rural de las Tierras Orientales de Zimbabue, Moses Marandu estaba acostumbrado a, literalmente, frotarse sal en las heridas cuando se caía y se cortaba.

En días de suerte, su padre tenía el dinero suficiente para comprar algo que al niño le picara menos que la sal: azúcar.

Murandu siempre notó que el azúcar parecía ayudar a sanar las heridas más rápido que no usando ningún tratamiento.

Por lo que, tras ser reclutado para trabajar como enfermero en el sistema de salud británico (NHS, por su sigla en inglés), en 1997, quedó sorprendido cuando descubrió que el azúcar no se utilizaba en ninguna instalación oficial. Decidió tratar de cambiar esto.

Su idea finalmente está siendo tomada en serio. Como conferenciante sobre el cuidado de adultos en la Universidad de Wolverhampton, Murandu concluyó un estudio piloto inicial enfocado en los usos del azúcar para la curación de heridas, y en marzo de 2018 ganó un premio de la Revista del Cuidado de las Heridas (Journal of Wound Care) por su trabajo.

En algunas partes del mundo, este procedimiento podría ser clave para la gente que no puede pagar antibióticos. Pero también hay interés en el Reino Unido, dado que una vez que una herida se infecta, algunas veces no responde a los antibióticos.

Batalla cuesta arriba

Para tratar una herida de esta forma, todo lo que hay que hacer, dice Marandu, es poner azúcar en ella y aplicar una venda por encima. Los gránulos absorben la humedad que permite el desarrollo de bacterias. Sin las bacterias, la herida sana más rápido.

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Las preocupaciones sobre los antibióticos han aumentado el interés en tratamientos alternativos.

La evidencia de todo esto fue descubierta gracias a las pruebas de Murandu en el laboratorio. Y una creciente colección de casos de estudio alrededor del mundo respaldan sus hallazgos, incluyendo ejemplos de exitosos tratamientos con azúcar sobre heridas resistentes a los antibióticos.

El financiamiento para futuras investigaciones podría ayudar a Murandu a alcanzar su objetivo final: convencer al NHS de utilizar el azúcar como una alternativa a los antibióticos.

Pero una gran parte de la investigación médica es financiada por las farmacéuticas. Y estas compañías, señala él, tienen poco que ganar al pagar por una investigación sobre algo que no pueden patentar.

El azúcar que utiliza Murandu es del tipo simple y granulado que podrías usar para endulzar tu café o té. En las mismas pruebas in vitro, halló que no había diferencias al utilizar azúcar de caña o de remolacha. El azúcar moreno sin refinar, en cambio, no fue tan efectiva.

Pruebas piloto

La prueba piloto mostró que algunas cepas de bacterias crecieron en bajas concentraciones de azúcar, pero estas fueron completamente inhibidas en altas concentraciones. Murandu empezó a registrar casos de estudio en Zimbabue, Botsuana y Lesotho (donde se entrenó por primera vez como enfermero). Entre estos casos está el de una mujer de Harare.

“El pie de la mujer había sido medido, estaba listo para ser amputado, cuando mi sobrino me llamó”, dijo Murandu. “Ella había tenido una herida terrible durante cinco años y el doctor quería amputar. Le dije a ella que lavara la herida, que aplicara azúcar, que la dejara y repitiera”.

“La mujer todavía tiene su pierna”.

Esto, cuenta, es un ejemplo de por qué hay tanto interés en sus métodos, particularmente en partes del mundo donde la gente no puede pagar antibióticos.

Murandu ha realizado hasta ahora estudios clínicos en 41 pacientes en Reino Unido. Aún no ha publicado los resultados de las pruebas, pero sí los ha presentado en conferencias nacionales e internacionales.

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El azúcar moreno sin refinar, en cambio, no resultó tan efectiva en los estudios piloto.

Una pregunta que ha debido responder durante su investigación fue si el azúcar podría ser utilizado en pacientes diabéticos, quienes comúnmente padecen úlceras en las piernas y los pies. Los diabéticos necesitan controlar el nivel de glucosa en su sangre por lo que este no es un método obvio de curación para ellos.

Pero descubrió que funcionaba para los diabéticos sin disparar sus niveles de glucosa: “El azúcar es sacarosa y necesitas la enzima sacarasa para convertirla en glucosa”.

Como la sacarosa se encuentra en el cuerpo, solo cuando se absorbe el azúcar se convierte. Aplicarla en el exterior de la herida no va a afectar de la misma forma.

Tratamiento para animales

Mientras Murandu continúa su investigación en pacientes, al otro lado del Atlántico, la veterinaria estadounidense Maureen McMichael ha usado este método de curación en animales durante años.

McMichael, del Hospital de Enseñanza Veterinaria en la Universidad de Illinois, primero empezó a utilizar azúcar y miel para tratar mascotas en 2002.

Lo que le atrajo fue una combinación de la simpleza del método y el bajo costo, especialmente para dueños de mascotas que no podían pagar el método habitual de llevar al animal al hospital y utilizar sedantes.

McMichael dice que siguen teniendo azúcar y miel en el consultorio y que muchas veces los utilizan en perros y gatos (y ocasionalmente en animales de granja). La miel tiene propiedades de curación similares a las del azúcar (un estudio incluso halló que es más efectiva para inhibir el crecimiento de bacterias), aunque es más cara.

“Hemos tenido algunos éxitos realmente grandes con esto”, afirmó McMichael. Puso como ejemplo el caso de una perra callejera que llegó a ellos después de haber sido utilizado como “cebo”, colgado de un arnés y siendo atacado por pitbulls entrenados para pelear. El perro llegó con más de 40 mordidas en cada extremidad y se curó en ocho semanas.

“Era de la calle, así que no había dinero para ella. La tratamos con miel y azúcar y reaccionó estupendamente”, dijo McMichael. “Ahora está totalmente curada”.

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El azúcar ya se utiliza en tratamientos para animales.

Además de ser más barato, el azúcar tiene otro punto a favor: entre más antibióticos utilizamos, nos volvemos más resistentes a ellos.

El plan de Murandu es abrir una clínica privada utilizando su método de azúcar. Él espera que algún día el azúcar sea utilizado comúnmente, no solo por el NHS, sino por hospitales públicos en otros países donde ha trabajado.

Él sigue recibiendo regularmente correos de todo el mundo pidiendo su consejo y guía a los pacientes de forma remota. Sus clientes más lejanos le envían fotos de sus resultados junto con un agradecimiento cuando se han curado.

Se trata de un método antiguo, utilizado de forma no oficial por la gente pobre en países en desarrollo, pero fue hasta que llegó a Reino Unido que Murandu se dio cuenta de la importancia que el azúcar podría tener en el mundo médico.

Lo ve como una mezcla de su conocimiento local con las modernas instalaciones de investigación británicas.

“Como el azúcar, el conocimiento vino puro desde Zimbabue, fue refinado aquí, y ahora va de vuelta para ayudar a la gente en África”.

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No te calles, chachalaca

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Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su “perrada”, lánzate de nuevo contra sus huestes de “léperos.” Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, “sacarlo a patadas de Los Pinos”. Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

Jesús Silva-Herzog Márquez

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‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

La eterna disputa entre realidad y ficción es un combate de escaso interés, como lo son todos aquellos decididos de antemano. A la ficción no solo se le exige que sea buena, también ha de parecerlo. Real. Verosímil. No basta que los hechos sean entretenidos, tienen que guardar cierta lógica y resultar creíbles. La realidad, obviamente, no se enfrenta a ese problema. Vale todo. Un día puedes salir de tu casa rumbo a la oportunidad de tu vida y llega un autobús, te atropella y te quita del tabaco. Esas cosas pasan, pero prueba a escribirlo en una película, verás dónde te mandan.

Por eso, por más que un experimentado guionista quiera exprimir hasta la última gota de su imaginación para parir una obra magnífica, nunca podrá competir con algo como Wild Wild Country. A lo largo de sus seis capítulos (de una hora de duración), el espectador tendrá que pellizcarse en repetidas ocasiones para creerse la narración. De hecho, si fuera ficción, el primer impulso sería desconectar. Sin embargo, como sabemos que es real, toda la atención se centra en saber cómo fue posible. Por eso la realidad siempre gana.

Cuanto menos se sepa a la hora de enfrentarse a esta nueva producción de Netflix, mejor. Aunque valga como mínima sinopsis que la serie documental recoge las aventuras y desventuras de una secta liderada por un gurú indio llamado Bhagwan. Del apellido tomarían el nombre sus seguidores, los rajneeshes. La congregación se inicia en su país natal, pero tras algunos problemas legales deciden mudarse para construir desde cero una ciudad. Así, como suena.

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El resultado es que miles de excéntricos desembarcan en medio de ninguna parte. Concretamente, en un minúsculo pueblo de Oregón. En el Oregón de 1981, si es que aquello ha cambiado mucho desde entonces.

Los documentales, al igual que cualquier obra audiovisual, basan su éxito en la pericia para transmitir la historia. En cómo se presenta y se dosifica la información. Y Wild Wild Country lo hace de manera magistral. El arranque utiliza las declaraciones actuales de algunos vecinos de Antelope, el pueblo en mitad de la nada. Ellos rememoran cómo vivieron la llegada de unos invasores con prendas rojas de pies a cabeza.

El espectador, que también se enfrenta a lo desconocido, queda inmediatamente identificado con ellos. Para mayor impacto, las entrevistas se entremezclan con imágenes de archivo de la llegada de los rajneeshes.

Ya desde la misma presentación se apunta la comisión de delitos. Como esos sucesos tardarían mucho en llegar, aquí se adelantan en forma de píldoras. Sin desvelar nada concreto que arruine la sorpresa, pero insinuando el impresionante lío que se formaría con aquellos tipos.

A continuación se introduce a Ma Anand Sheela. Aún no lo sabemos, pero será la gran protagonista de la historia, ya que la secretaria y portavoz del gurú participará en escándalos mayúsculos. De nuevo, otra píldora informativa con imágenes de los 80 para ponernos en antecedentes. Y llega el primer bombazo: el tiempo ha pasado y esa señora que camina de espaldas por el bosque, con aire apacible y pinta de pasar las tardes colaborando con una ONG, es ella. El documental ha conseguido su testimonio. Y va a contarnos paso a paso todo lo que sucedió con su secta.

La narración la completan varios rajneeshes, ahora convertidos en personas de aspecto respetable que peinan canas. Como la comuna estaba repleta de cámaras de vídeo y la televisión alimentó el escándalo durante años, todo cuanto desvelan se confronta y completa con las imágenes de lo que afirmaban hace más de tres décadas.

Estos personajes también son impagables: un abogado de éxito que lo deja todo para seguir al líder, una mujer que parece no haber roto nunca un plato, pero termina reconociendo ante la cámara un intento de asesinato. También la encargada de la comunicación. En aquella época, todos idolatraban al gurú, que acumulaba más lujo del que podía disfrutar. Algunos de ellos, incluso, lo siguen haciendo hoy. Y hasta se aferran a su legado.

Por más momentos inverosímiles que ofrezcan, que hay varios, ninguno de ellos aguanta la comparación con Ma Anand Sheela. Ella es el documental. Es un personaje imposible, que esconde bajo su quietud una fiera capaz de pasearse por los platós norteamericanos exhibiendo un carisma y un modo de expresarse que ya querría para sí la estrella de rock más transgresora. Y no titubea a la hora de amenazar, de forma no siempre velada, a cualquiera que osara interponerse en su camino.

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¿Y por qué este documental de Netflix supera a cualquier serie de ficción? Porque abundan cosas que, si leemos en un guion, tildaríamos de locura y tacharíamos con rotulador rojo. Como muestra, ni al villano más arquetípico de una historia de superhéroes se le ocurriría el plan que lleva a cabo la portavoz de la secta para ganar las elecciones del condado de Wasco. Es tan retorcido y desprovisto de toda ética que, de no estar viéndolo con tus propios ojos, jamás pensarías que sucedió. Te lo cuenta un amigo y vas corriendo a Google a desmentirlo.

Algunas locuras son desveladas en los inicios, como la manera en la que se levanta la ciudad. De un campo yermo terminan sacando agricultura sostenible. De la nada absoluta, del polvo, construyen multitud de casas, instalan un sistema de tuberías y una estación eléctrica. Si hasta terminan con su propio aeropuerto… Todo lo necesario y más, listos para albergar una comunidad de diez mil personas.

Los directores juegan continuamente con el espectador gracias a la forma de desgranar los hechos. Si al principio lograron la identificación con los vecinos, en cuanto les dejan hablar un poco más comprendemos que sus argumentos son ridículos. Se convierten en caricaturas, esgrimiendo razonamientos absurdos y escandalizados por las prácticas sexuales que tenían lugar en la comuna. En un abrir y cerrar de ojos pasan de apacibles lugareños a rancios que rechazan al extraño con un crucifijo en una mano y un arma en la otra.

Aunque el documental presenta los claroscuros de todos. Ni deja a títere con cabeza ni apunta con el dedo a nadie. Hablan los hechos. Así, los seguidores de la secta, el gurú y sus secuaces, los vecinos de Antelope y las autoridades tienen trapos sucios que la serie se encarga de sacar a la luz sin pudor alguno.

Y todo ello con un ritmo narrativo impecable que se mantiene de principio a fin. Entre la sorpresa de los capítulos iniciales y el interés de cómo se cerró aquella locura hay episodios intermedios que siempre reservan un giro final. La bola se hace más y más grande y, cuando parece que va a detenerse, sigue aumentando.

Normalmente, las obras de ficción versan sobre temas universales que se repiten a lo largo de los tiempos. Los relatos se sirven de algunos de ellos para articularse. Sin embargo, aquí da la sensación de que están todos. Amor, dinero, muerte. Tribunales, fe, mentira, sensacionalismo, traición, crimen, patriotismo, sexo, espionaje, racismo, matrimonio, política. Todo eso y mucho más. Cualquier cosa imaginable. Por increíble que parezca, Wild Wild Country ha llegado para que el espectador alucine comprobando que sí, que todo aquello sucedió de verdad.

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La cuarta dimensión, por primera vez en un laboratorio

l periodista José Manuel Nieves explica cómo unos investigadores han observado la «sombra» tridimensional de un suceso que teóricamente tiene lugar en una cuarta dimensión

El mundo en el que vivimos solo tiene tres dimensiones, pero podría haber más

Izquierda y derecha, delante y atrás y arriba y abajo. Esas son, más el tiempo, las dimensiones en las que se enmarca nuestra existencia, al igual que la de todo el Universo en que vivimos. Pero cada vez son más los científicos que piensan que el nuestro no es un mundo con solo tres dimensiones.

 Las matemáticas, en efecto, abren la puerta a una realidad con muchas más dimensiones de las que nos son habituales. Hasta once diferentes, si hacemos caso de la teoría de Cuerdas…
 Sin necesidad de llegar tan lejos, toda una corriente de la física se inclina decididamente por la existencia de una cuarta dimensión espacial. Una que, por supuesto, nuestros sentidos no pueden percibir, pero cuyos efectos podrían ser detectados incluso en nuestro universo tridimensional.
 ¿Como conseguir una proeza semejante? Dos equipos independientes de investigadores, uno en Suiza y otro en Estados Unidos, han hallado una solución al problema. Y han conseguido, cada uno por su lado, tener un atisbo de esa cuarta dimensión.

Imaginemos por un momento que somos criaturas planas, y que solo podemos percibir dos dimensiones. Sin el concepto «arriba y abajo» no podríamos ver, por ejemplo, un cubo. Sin embargo sí que podríamos ver la proyección, o sombra, bidimensional de ese objeto 3D, que sería un cuadrado. Un cuadrado en una superficie plana, como una hoja de papel, podría darnos alguna (aunque no toda) información sobre el cubo que la está proyectando.

Imaginemos ahora que también el propio cubo no es más que una proyección, o una sombra, tridimensional de un objeto de cuatro dimensiones. Un hipercubo que no podemos percibir en nuestro universo 3D, pero del que podemos atisbar algunas características.

 Eso es, precisamente, lo que han hecho los investigadores en sus laboratorios a ambas orillas del Atlantico, observar la «sombra» tridimensional de un suceso que tiene lugar en la cuarta dimensión. Y lo han conseguido observando la manifestación de un efecto cuántico, el efecto Hall cuántico, del que las ecuaciones dicen que se manifiesta en la cuarta dimensión.
 
¿Complicado? Puede. Pero es lo más cerca que hemos llegado a estar, hasta ahora, de una dimensión superior a la nuestra.

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Baudelaire en el siglo XXI

Es muy extraña la pervivencia de la gran poesía: tiene mayor capacidad de resistencia y de visión que cualquier otra disciplina. Mantiene el lenguaje en alerta y es siempre uno de los últimos refugios del pensamiento

Baudelaire en el siglo XXI
EDUARDO ESTRADA

 

El 31 de agosto de 1867, hace ciento cincuenta años, murió en París Charles Baudelaire. Desde que se había caído en la iglesia de Saint-Loup de Namur, en la Bélgica que tanto detestó, no había recuperado el habla y tan sólo acertaba a decir “¡Non, crénom!”, una contracción de “Sacré nom de Dieu” (“sagrado nombre de Dios”). No era casual, en quien había vivido su catolicismo con tanta seriedad, que su última vinculación con el lenguaje fuera una blasfemia, un residuo de lo sagrado escupido a la muerte como última negación. En el hospital religioso de Bruselas donde se le habían tratado los primeros síntomas de afasia y hemiplejia, las monjas agustinas, cuando el poeta por fin se marchó, exorcizaron la habitación que había ocupado, escandalizadas por su comportamiento. Su madre se lo llevó entonces a París, donde lo ingresó en la clínica hidroterapéutica del doctor Émile Duval. Allí le visitaron unos pocos amigos como Sainte-Beuve o el fotógrafo Nadar y las esposas del novelista Paul Meurice y del pintor Manet acudieron a tocarle al piano fragmentos de Tannhäuser. Cuando murió estaba en brazos de su madre, que contó cómo había sonreído a sus caricias. La imagen es una pietà moderna, casi inverosímil de tan perfecta.

En sus escasos cuarenta y seis años de vida, Baudelaire se expuso a todos los males de su tiempo, se dejó llevar por el alcohol y las drogas, contrajo la sífilis, experimentó toda la sordidez imaginable en su relación con Jeanne Duval –la actriz mulata y probablemente lesbiana, reverso de la Beatriz de Dante– y bordeó la indigencia, pero a todo ello le opuso siempre una terrible lucidez, tanto en verso como en prosa, observándose a sí mismo, diseccionando cada una de sus emociones y sin dejarse llevar nunca por el desvarío, hasta que en enero de 1862 anotó en su diario que por primera vez había sentido pasar a su lado “el aleteo de la locura”. Apenas setenta años antes, Hölderlin había podido escribir todavía que los poetas, con la cabeza descubierta, recibían el rayo del dios como niños, con corazones puros y manos inocentes. El Baudelaire que murió en brazos de su madre era todavía ese niño, pero el rayo que le había fulminado ya no venía de lo alto. Como observó Walter Benjamin, el crítico que en las primeras décadas del siglo XX sacó a Baudelaire del panteón de los clásicos y lo puso a trabajar para entender las claves de la vanguardia y del mundo contemporáneo, en Las flores del mal el cielo está vacío, apagado por el resplandor de la ciudad.

Es muy extraña la pervivencia de la gran poesía. A casi nadie parece importarle y casi nunca produce actualidad literaria, pero en cambio tiene mayor capacidad de resistencia y de visión que cualquier otra disciplina. Mantiene el lenguaje en alerta y es siempre, sobre todo en tiempos de penuria, uno de los últimos refugios del pensamiento. Baudelaire es ya un tópico de la cultura europea y, como tal, ha vivido cientos de vidas, desde su consagración póstuma hasta su metamorfosis en distintas lenguas a lo largo del siglo pasado. T. S. Eliot dijo que la inmensa deuda que había contraído con él podía resumirse en dos versos: “fourmillante cité, cité pleine de rêves / Ou le spectre en plein jour raccroche le passant” (“hormigueante ciudad, ciudad llena de sueños / donde a pleno día el espectro agarra al transeúnte”), con lo que venía a decir que Baudelaire había sido el primero en cartografiar poéticamente esa nueva naturaleza que es la ciudad. Toda la literatura urbana es inevitablemente baudeleriana, hasta tal punto que nuestra lectura de muchos poemas de Las flores del mal está distorsionada por el influjo que ejercieron, convirtiendo en copia al original. Pero volver a su obra, ahora que ya estamos en el siglo XXI y podemos vislumbrar cuál va a ser nuestro horror, es un ejercicio de preparación imprescindible. Del mismo modo que Shakespeare desapareció tras su muerte para volver en el siglo XVIII y entrenarnos para la crisis del romanticismo, Baudelaire, cerrado el paréntesis ilusorio que se abrió tras la segunda guerra mundial, regresa para abrirnos los ojos al abismo de nuestro tiempo.

Todo lo que vio constituye para nosotros un origen, puesto que desde su muerte no ha dejado de crecer y extenderse. Internet ha transformado a todo el orbe en una urbe, en un inmenso pasaje, unos grandes almacenes cuyo flâneur –convertido, como profetizó Benjamin, en hombre anuncio– es hoy el internauta, mercancía de sí mismo en los mares de la publicidad. Las ciudades son ahora nuestras verdaderas naciones y la multitud que describió Baudelaire es el precedente de las masas que fluyen entre ellas para ser vendidas o masacradas. Cuando ensalzó a un pintor menor como Constantin Guys –en detrimento de Manet– estaba en realidad detectando la nueva velocidad de la calle, presagio de la actual metástasis de la imagen y de la progresiva ceguera que conlleva. Aun más que en sus versos, en la prosa desnuda de El Spleen de París puso en tela de juicio los nuevos mitos surgidos de la revolución de 1789, como la igualdad, modelo de la dictadura de lo políticamente correcto. Y seguramente fue uno de los primeros en darse cuenta de que la ley moderna sólo puede ser apariencia de ley y por tanto inevitablemente arbitraria y lábil.

Como poeta, Baudelaire se atrevió a violar la melodía del alejandrino francés con todo el ruido del París del Segundo Imperio, preparando a la poesía para su destierro agónico en el ámbito de la prostitución, la publicidad y el periodismo. En uno de sus mejores poemas en prosa, identificó a un viejo saltimbanqui, solo a las puertas de su barraca, contemplando con mirada profunda e inolvidable a la multitud que a su alrededor se divierte, con “el viejo poeta sin amigos, sin familia, sin hijos, degradado por la miseria y por la ingratitud pública”. Y en un párrafo estremecedor de sus diarios se preguntó: “¿Qué tiene que hacer el mundo de aquí en adelante bajo el cielo? La mecánica nos habrá americanizado de tal modo, el progreso habrá atrofiado tanto en nosotros toda la parte espiritual, que nada, entre las fantasías sanguinarias, sacrílegas o antinaturales de los utopistas, podrá compararse a sus resultados positivos”. Un siglo y medio después de su muerte ya sabemos cuáles fueron esos resultados, algo que de ningún modo debe impedirnos mantener viva la petición que hizo a continuación: “pido a todo hombre que piensa que me muestre lo que subsiste de la vida”. Ese sigue siendo, hoy incluso más que ayer, el cometido de la literatura arriesgada.

Andreu Jaume es editor y crítico literario.

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