Este fue el arrecife más grande del mundo y tuvo 7.000 km de longitud

Este fue el arrecife más grande del mundo y tuvo 7.000 km de longitud

La Gran Barrera de Coral, situada en el Mar del Coral, frente a la costa de Queensland al noreste de Australia, puede contemplarse desde el espacio porque tiene unos 2 600 kilómetros de longitud. No en vano, es mencionada a veces como el ser animal vivo más grande del mundo.

Sin embargo, este arrecife se queda corto si lo comparamos con el sistema arrecifal más grande de todos los tiempos, que existió hace unos 160 millones de años.

Arrecife Jurásico

Durante el Jurásico superior, período de la era Mesozoica, el mar de Tetis albergaba un sistema discontinuo de arrecifes de esponjas vítreas de unos 7 000 kilómetros de longitud. Es decir, que había gigantescos arrecifes de esponja de cristal que se extendían por todo el prehistórico Mar de Tetis, en lo que en la actualidad es Europa, desde el Cáucaso en Rusia, hacia el este de España y el Algarve.

Las esponjas vítreas o de cristal es la forma vulgar de designar los hexactinélidos, de los que se concen unas 500 especies y básicamente son esponjas cuyo esqueleto mineral está compuesto por espículas silíceas de seis radios que se cruzan en ángulo recto. Son tan frágiles como su nombre indica, pues tienen la consistencia del merengue o el pan de gamba y pueden resultar dañadas con suma facilidad.

Scolymastra joubini y otras especies similares, propias de aguas antárticas, crecen a un ritmo extraordinariamente lento a causa de las bajas temperaturas del agua, lo que permite que sean criaturas particularmente longevas: un ejemplar de dicha especie, de 2 m de altura, hallado a 50 m de profundidad en el Mar de Ross tenía algo más de 6.000 años, siendo así uno de los animales más longevos de la Tierra.

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El océano de Tetis se encontraba entre los continentes de Laurasia y Gondwana, antes de la formación de los océanos Atlántico e Índico. Los geólogos han encontrado los fósiles de las criaturas de este océano en las rocas del Himalaya. Por lo tanto, sabemos que estas rocas estaban sumergidas antes de que el continente indio las empujara hacia el interior de Asia.

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Juan Cueto, el intérprete del progresismo

El fallecido periodista descifraba el significado de los mitos sociales del momento y los mensajes subliminales del consumo

El periodista y escritor Juan Cueto, en 2011.
El periodista y escritor Juan Cueto, en 2011. SAMUEL SÁNCHEZ

 

Allá por los años ochenta del siglo pasado, cuando la historia de España trepidaba junto a las barras de los bares de Malasaña, escribí de Juan Cueto como puedo hacerlo ahora que ha muerto. Fue el intérprete más verídico de la neurosis de una generación que dijo llamarse progresista, la que en este país estrenó la modernidad. He aquí la clave: lo mejor era estar loco, pero sobre todo ser íntimo del farmacéutico. Cueto descifraba el significado de los mitos sociales del momento, los mensajes subliminales del consumo, el susurro de los dioses detergentes con el bisturí frío, con el mismo que machacaba los hielos del gin tonic. Se abría paso entre el calmante y el estimulante hacia los últimos hilos del cerebro, que ya lindaban con su cogote cubierto con una melena que se peinaba con los dedos, y de allí sacaba una respuesta rápida, imaginativa, sorprendente para todo. Lo que escribí de Juan Cueto entonces, podría rubricarlo ahora que se ha ido a ocupar un sillón preferente en la historia del periodismo. Entre toda aquella camada era el que tenía el revólver más presto para disparar siempre que la bala fuera de plata y valiera la pena usarla, pero nunca para herir de forma ingenua, frívola y gratuita. Pasaba una cosa rara: decías una frase ocurrente y a partir de ella Cueto comenzaba a navegar, la sobrepasaba por la izquierda, la recreaba, la reordenaba, la rompía, le sacaba el excipiente y finalmente la despeñaba en el absurdo. Como vaquero de la modernidad era, sin duda, el más rápido en desenfundar, con un pie en el estribo en la barra de Boccaccio, el caballo atado en la puerta relinchando por las ganas de compartir el gin tonic de la hora séptima. Ese caballo era una moto de gran cilindrada, en cuyos plateados tubos de escape se pintaban los labios negros las punkis de rodillas en el asfalto.

Fue un intelectual fino sin ahorrarse cierto salvajismo del norte, entre la seducción y el sarcasmo, de vuelta de todos los universos. He aquí la cuestión, dijo Hamlet: no sé si suicidarme o tomarme una coca-cola. Este es para mí Juan Cueto, con su bigote a lo Nietzsche, el de las antiguas carcajadas ante el esperpento español, el que todo lo vio venir el primero, el que enseñó a una generación a chascar los dedos para burlarse de Kant o llamar al camarero.

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Entre ‘Narcos’ y el Chapo: la saga del México moderno

Entre ‘Narcos’ y el Chapo: la saga del México moderno

A la izquierda, una escena de la serie de Netflix “Narcos: México”, en donde el actor Diego Luna interpreta al narcotraficante Miguel Ángel Félix Gallardo. A la derecha, una ilustración de Joaquín Guzmán Loera durante su juicio en Estados Unidos. CreditCarlos Somonte/Netflix; Jane Rosenberg/Reuters

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CIUDAD DE MÉXICO — En noviembre, unos días después de que comenzara en Nueva York el juicio al narcotraficante más famoso de la actualidad, Joaquín “el Chapo” Guzmán, Netflix estrenaba la cuarta temporada de Narcos, que llegaba a México después de pasar por la Colombia de los carteles de Medellín y Cali. Por su poder mediático, es inevitable que estos dos eventos, aunque de naturaleza y objetivos tan diferentes, marquen en gran medida el imaginario del mundo sobre el poder del narcotráfico mexicano en nuestra época.

La narrativa dominante dice que el narco es la causa de todos los males del México moderno: su destino a través de una guerra particular, marcada por la sangre y el dinero. En ese discurso, las drogas y el cuerno de chivo (AK-47) son el equivalente mexicano al vino y el bistecsobre los que ensayaba Roland Barthes en Mitologías al hablar de la identidad de los franceses. Pero el narco no es el principio y fin de México, sino el catalizador que acelera el funcionamiento del sistema corrupto e impune de un país profundamente desigual. Y una ventana para asomarse a él.

Entre ‘Narcos’ y el Chapo: la saga del México moderno

Cadenas de Jesús Malverde a la venta en su capilla, en Culiacán, en el estado de SinaloaCreditRashide Frías/Agence France-Presse — Getty Images

Narcos: México se sitúa entre las décadas de los setenta y ochenta para contar la historia de Miguel Ángel Félix Gallardo, un expolicía que acaba fundando el Cártel de Guadalajara, la primera gran organización de tráfico de drogas en México. Por el camino, además, hay una célebre reunión en la que un grupo de amigos y familiares, la mayoría sinaloenses, crean una corporación para repartirse el país en plazas para la distribución de droga hacia Estados Unidos.

En esta ficción sobre los orígenes de los cárteles, Guzmán Loera todavía es el Chapito, un campesino que con los años pasará de subalterno a ser la cara más visible del negocio. Unos años después, en la vida real, el Chapo será acusado de traficar drogas en cuatro continentes, protagonizará dos fugas espectaculares de cárceles de máxima seguridad en México —una en un carrito de lavandería; otra por un túnel—, aparecerá en la lista de Forbes de las personas más ricas del mundo y tendrá su propia serie en Netflix. Capturado por tercera vez en 2016 y extraditado a Estados Unidos, Guzmán Loera se encuentra ahora sentado en el banquillo en un juicio capaz de paralizar de vez en cuando las calles de la capital neurálgica del mundo.

Es entendible que la biografía de estos hombres de origen humilde se haya convertido en un gran producto de exportación. El crimen se las lleva bien con la ficción porque las vidas de los fuera-de-la-ley son fascinantes y porque la ficción nos muestra algo que la realidad solo nos ofrece a cuentagotas: ver los oscuros engranajes del poder.

En este segundo aspecto, tanto en Narcos como en el juicio a “El Gran Narco” hay un silencio que incomoda.

En los primeros capítulos de la serie de Netflix su habitual ritmo trepidante decae porque, en contraste con Colombia —donde los gobiernos se devanaban los sesos para entender las estrategias del narcotráfico—, en México el poder estatal (representado por el Partido Revolucionario Institucional,PRI) absorbe la corrupción generada por el narco con una naturalidad pasmosa. En Narcos: México, ese poder estatal permanece casi completamente escondido tras la sombra, el anonimato y hasta unos bips que ocultan el nombre de un alto funcionario del gobierno en la escena en la que torturan a Enrique “Kiki” Camarena, el agente de la DEA —la agencia antinarcóticos de Estados Unidos— que se convertirá en el primer mártir del narco mexicano.

Entre ‘Narcos’ y el Chapo: la saga del México moderno

El actor Michael Peña interpreta a Kiki Camarena, agente de la DEA, en una escena de “Narcos: México”.CreditCarlos Somonte/Netflix

Los espectadores percibimos una simbiosis entre lo ilegal y lo legal, pero no alcanzamos a entender el cómo ni el por qué. Ni se sabe si es que nadie escapa al poder de compra de Félix Gallardo o si este narco es solo una pieza de un sistema mucho más grande que su audacia, carisma y ambición.

Lo que se sabe del narcotráfico en México tampoco permite explicar esta simbiosis por completo. El relato periodístico que conocemos es que los narcotraficantes han creado una industria, al margen de las circunstancias sociales y económicas de los lugares donde opera; como si la conquista del territorio y sus riquezas, el control social sobre las personas que habitan en él y los intereses políticos y económicos —que constituyen el modus operandi del narco— no hubiesen sido siempre el motivo principal de las guerras a lo largo de la historia.

Con el juicio del Chapo, los mexicanos tienen la esperanza de entender por qué muchas partes de su país están desgarradas. Hasta el martes lo que se habían encontrado es la misma historia de unos criminales extremadamente violentos que se amigan, se enemistan y trafican droga por tierra, mar y aire del punto A al B, esta vez con detalles asombrosos contados por algunos de sus protagonistas: las latas de jalapeños usadas por el Chapo para esconder cocaína, sus vínculos con las Farc, las desorbitantes ganancias de un kilo de cocaína que viaja de Sudamérica a Nueva York, los asesinatos, los equilibrios de poder en el Cártel de Sinaloa. Un nombre surgió por encima de todos: Ismael “el Mayo” Zambada, alguien poco conocido fuera de México, pero que desde la sombra ha extendido el legado de Félix Gallardo.

El juez del caso, Brian M. Cogan, con el argumento de que el objetivo es solo procesar al Chapo, había frenado la exposición pública de otras líneas argumentales que podrían arrojar luz a la parte más oculta del narcotráfico: las acusaciones sobre sobornos a altos funcionarios mexicanos y hasta a los dos últimos presidentes o el papel de la DEA, del tráfico de armas y de Estados Unidos en operaciones como Rápido y Furioso. El 15 de enero, sin embargo, un testigo, Álex Cifuentes Villa, afirmó que Enrique Peña Nieto había recibido un soborno de 100 millones de dólares del Chapo.

Si es cierta, la acusación de Cifuentes Villa, traficante colombiano que trabajó con Guzmán Loera, significaría que la corrupción ha llegado hasta el máximo escalafón. Podría convertirse en la primera línea de un nuevo relato para el país. La corrupción no solo sería una compra de voluntades de un poder legal rendido por la plata y el plomo de los delincuentes que han puesto en jaque al segundo país más poblado de América Latina; si se investigara y se probara el soborno al expresidente sería más bien una cuota que unos aspirantes pagan en un exclusivo club para ser admitidos.

El personaje que ni el periodismo ni la ficción ni la justicia acaban de perfilar y que solo aparece como un actor pasivo que se corrompe es el Estado —representado por políticos y funcionarios de todos los niveles, corrompidos hasta el tuétano—. Ese mismo Estado que inició una guerra que solo ha traído más violencia y sobre el que pesan denuncias de violaciones de derechos humanos y ejecuciones extrajudiciales. Y, también, al que se le escapó dos veces el único preso que nunca se le debería haber escapado.

Entre ‘Narcos’ y el Chapo: la saga del México moderno

Un grupo de forenses trabaja una escena del crimen en donde tres hombres fueron asesinados en septiembre de 2018 en Ciudad de México. CreditHenry Romero/Reuters

El problema con la saga del narcotráfico en México es que, a pesar de los más de 200.000 muertos en poco más de una década, aún no sabemos cuál es su extensión real ni tampoco qué lección nos enseña. Siempre que he entrevistado a víctimas y victimarios (muchas veces a personas que son las dos cosas) su última preocupación es si manda el grupo X o el Y. O si Joaquín Guzmán está preso o libre. Es una existencia carente de épica.

La libertad de la ficción en una serie como Narcos: México ayuda a poner el foco sobre la íntima relación entre el poder legal y el ilegal, aunque ese aporte suela quedar reducido a un lugar común fácil de digerir para sus audiencias masivas. En esta bruma, a medio camino entre la realidad y la ficción, lo único concreto es la violencia: amenazas, extorsiones, secuestros, desplazamientos forzados, asesinatos, desapariciones.

Hay una corriente en el periodismo que piensa que abordar el tema alimenta el mito y ensalza a los criminales y que es mejor dejar de hacerlo. Y es que el reto de investigar y contar el narcotráfico y la corrupción a su alrededor es muy complicado. Si esta historia solo se tratara de traficantes de droga audaces, carismáticos y temerarios, ese riesgo de idealizar al criminal quizás no valdría la pena. Pero en un país donde se mata con tanta impunidad, incluyendo a los periodistas, la violencia obliga.

Lo que deberíamos hacer desde el periodismo, la academia y la sociedad civil es investigar para desentrañar esta saga mexicana, como hacen los arqueólogos con los mitos de la antigüedad. Solo así sabremos qué hay de verdad y qué de leyenda moralizante que el poder nos cuenta para defender sus intereses. Esa es la diferencia entre dejarnos asombrar por el mito o cumplir con nuestra función: contarle a la gente la compleja y sangrienta historia del presente.

Apellidos gallegos del mundo: ¡extinguíos! Dejad que continúe la evolución

Apellidos gallegos en peligro de extinción. / ADUANEIROS SEM FRONTEIRAS

Láncara, Sanfíns, Miñor, Santradán o Manselle son algunos apellidos gallegos en peligro de extinción, pero no los únicos. Hasta 21.000 personas gallegas, valga la redundancia, cuentan con un apellido singular, o sea, que sólo ellas se apellidan así. ¡Salvad las ballenas, pero también a los Becerreá, Noalla o Lidor!

El llamamiento ha partido de Ana Isabel Boullón, coordinadora del libro Antroponimia e lexicografía (Consello da Cultura Galega), quien ha explicado que el 97% de la población se reparte 5.800 apellidos. El más común [cof, cof] es Rodríguez, con 237.000 premiados.

El estudio, realizado a partir de unas conferencias organizadas por el Instituto da Lingua Galega, también dará lugar a un diccionario que recogerá los apellidos de la región, donde, como en botica, hay de todo: asturianos, catalanes, vascos, portugueses, españoles y, claro, gallegos.

Apellidos gallegos

 

Advertencia: el titular es un humilde homenaje a Siniestro Total y su fraseología popular. No somos gallegófobos y le deseamos una larga vida a los inventores del pulpo á feira y del licor café; a una tierra que ha alumbrado a gente como Pablo Iglesias (el genuino), Francisco Franco, Manuel Fraga, Mariano Rajoy, Juan Pardo, Cañita Brava o, ejem, mejor vamos parando…

En fin, los frikis de la onomástica y la antroponimia pueden consultar todos los apellidos 100% Galicia Calidade aquí (ojo, es un archivo pdf: ¡el perro muerde!). ¿Estará tu apellido, el de tu madre o abuelo en peligro de extinción? Los Pérez o González pueden respirar tranquilos.

Tremending – Recopilando la tremenda actualidad

Origen de la palabra ´huachicolero´

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No somos dos, ni tres los que estamos al pendiente de lo que escribe Juan Villoro. Su magnética pluma atrae a miles. Por eso se levantaron olas de curiosidad en las redes sociales cuando, en su reciente artículo “Prohibido pastar”, contó que viajando con un amigo rumbo a Xalapa, se le atravesó en la carretera la palabra “huachicolero”. Así lo escribió:

“En el trayecto nos topamos con una novedad de la vida mexicana. Cerca de Puebla nos desviaron porque la carretera había sido tomada para protestar contra los huachicoleros. Al Doc no le sorprendió que hubiera ladrones de combustible; lo que le llamó la atención fue la palabra “huachicolero” y quiso conocer su etimología. No supe qué decirle. Su respuesta me redujo al silencio durante los siguientes cincuenta kilómetros: ´Tú te dedicas al lenguaje, ¿no?´”.

Ni hablar, ese silencio “villoriano” de cincuenta kilómetros, se convirtió en tarea para mí cuando algunos tuiteros me endosaron el enigma… bien que conocen mi debilidad.

La historia me llevó muy lejos, hasta la época en que en Europa reinaba el latín y, en esa lengua, “aquati” significaba “aguado”.

En italiano, la palabra se fue descomponiendo (aquatio>quatio>guatio>guazzo) hasta dar la voz “guazzo” que significa lo mismo: “aguado”.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, hay registros de la expresión “a guazzo” para referirse a cierta técnica en la pintura. A Francia llegaría a mediados del siglo XVIII y ahí la fonética gala la convertiría en “gouache”, sin dejar de guardar el concepto de “aguado” y es que esta técnica de pintura se caracteriza por eso, por manejar colores diluidos en agua, pero de apariencia sólida y no transparente como en la acuarela.

En el siglo XIX, muchos galicismos (palabras del francés) se colaron al español y entre estos, llegó “gouache”. En México ya lo encontramos en un texto de El Universal del 6 de diciembre de 1896: “Hay semanas tan pobladas de asuntos, tan llenas de variedad y de color, que se representan en la mente como el vasto salón de un museo de pinturas, de cuyos muros penden desde el cuadro mural de la pintura histórica hasta el frágil país de abanico pintado a la ´gouache´ por un frívolo decorador”.

Y para demostrar que la palabra se conocía y se usaba en el occidente de México, sirve un párrafo de la edición del 21 de junio de 1926 de El Informador, periódico tapatío: “…se han sujetado los alumnos al siguiente programa: dibujo a mano libre, preparación de colores, decoración con ´gouache´”.

Del concepto de preparar pinturas “a la gouache” (pronúnciese “a la guach”), es decir, diluidas en agua, el “populus” hizo metáfora y se inventó una jocosa palabra: “guachicol” (alcohol aguado) para referirse al tequila, aguardiente o cualquier bebida espirituosa que los vivaces diluían en agua para aumentar las ganancias. Así que los primeros “guachicoleros” fueron los que adulteraban las bebidas alcohólicas.

En El Informador del 21 de febrero de 1994, un artículo que diserta sobre la calidad del tequila, cita a Francisco González García: “Mientras yo estuve de alcalde en Atotonilco, no se vendió ni un litro de ´huachicol´”.

Pasó después que, algunos que comerciaban con combustibles, también vieron que era redituable  diluir en agua sus productos y empezaron a vender gasolina y petróleo “guachicoleados” o “huachicoleados”, la ortografía es lo de menos, lo de más es que estaban adulterados. Así, la palabra se relacionó con estos hidrocarburos y los modos ilegales de tratar con ellos. Suficiente para que, en un siguiente brinco, la palabra olvidara su origen “aguado” y adoptara los atributos de “hidrocarburos ilegales”, pasando así “huachicolero” a nombrar a los criminales que, impunemente, ordeñan los ductos de PEMEX y están dispuestos a matar a quien trate de impedirlo.

Así es la historia de una palabra que inició su viaje en la antigua Roma, pasó por Italia, luego Francia y de ahí a este México lindo donde, la inocencia de lo aguado, mutó al significado perverso del robo artero de combustible. Hay palabras que cruzan el pantano y no se manchan… Esta sí.

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