Cronicas urbanas

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Las otras Alejandras atrofiadas

Ellas, e incluso ellos, andan con el sueño de la eterna juventud, de amacizar sus cuerpos y borrar los surcos del tiempo, de resaltar glúteos y bíceps, y entonces visitan una “estética” o “clínica”, de ésas que proliferan en la ciudad, donde aplican sustancias sin aval científico, y algunos logran obtener una figura cincelada, pero no por mucho tiempo, pues horas después, un día o una semana, un mes, depende, o uno o dos años, aparecen dolencias y sienten los músculos agarrotados, y son presa de hormigueos o se les cuaja la sonrisa, y se resisten a denunciar el fraude, a veces por vergüenza, hasta que el malestar se agudiza y se obsesionan con el espejo, espejito, y observan que la crisis progresa, y entonces cunde el desasosiego, el espanto, y hasta piensan en el suicidio.

Muchas de ellas o ellos aparecen en revistas de espectáculos y en las secciones rosas de periódicos, o en programas televisivos de chismes donde se derrama escarnio, melaza y hiel: que aquella se quitó dos o tres costillas y se jacta de tener cintura de avispa, que una más se afiló la nariz, que otra se vuelve adicta a la mutación.

Y algo, un rasgo, aunque deforme, queda de lo que fueron ellas y ellos. Y salen de las clínicas bien pertrechadas, tapadas de la cara, inflamadas de los cachetes, abotagadas, con rastros de sanguaza, como cuando te machucas un dedo y se transparentan lunares con matices de rojo amoratado y síntomas de gangrena.

Hay gente que se mueve en la industria del espectáculo, digo, y se resanan partes del cuerpo en forma periódica, para luego aparecer en público, y también están las de acá abajo, a ras de tierra, con ciertas posibilidades económicas, que visitan clínicas de supuesto prestigio, recomendadas o promocionadas por personajes de la farándula, y se inyectan extraños líquidos y se dejan pinchar las nalgas y el rostro. Y salen reconstruidas, macizas de sus carnes, narices y traseros respingones. Llegan a sus trabajos y las miran, reciben halagos o las ven de reojo.

Y llega el mal día, y atrás quedarán expresiones de lisonjas. Y la tragedia se refugiará en el seno familiar, como le sucedió a una madre de familia de Azcapotzalco, quien fue a un hospital privado y se sometió a un tratamiento de bótox, y luego de una semana se horrorizó cuando sintió que le brotaba pus del mentón, de los pómulos, la frente y sienes.

—Es una reacción alérgica —argumentó el galeno.

—Pero doctor…

El cirujano le dijo que sus clientes cuentan con un seguro médico en caso de que las cosas le salgan mal, y de inmediato la envió a un hospital. Le abrieron la parte afectada, hasta llegar a los huesos, y rasparon y le insertaron tubos para drenar el líquido podrido, la espesa purulencia que se había acumulado en poco tiempo.

***

El proceder de ciertos personajes, muchos de ellos inmersos en la farándula, en cambio, se hace público y pronto forma parte del comadreo impreso, radial, televisivo, así como entre corrillos o al calor de la sala. La hiel y la miel derramadas desde distintos bandos.

—Pero qué necesidad… —dice una señora a otra frente a un puesto de periódicos, donde aparece la foto de la cantante Alejandra Guzmán.

—Tan bonita que era —juzga su amiga.

Su lozanía, en efecto, quedó atrofiada… y no por la edad, sino por “tantas cosas que se hizo”, comenta un señor frente a un puesto de revistas ubicado sobre avenida Juárez.

En los foros de internet, mientras tanto, los internautas discuten: critican, se burlan, la compadecen o salen en su defensa. Nunca falta el que habla del “payasito de crucero”.

El centro de la polémica es la roquera, intérprete de una popular canción denominada Eternamente bella, quien hace unos días fue hospitalizada debido a problemas de salud como consecuencia de una cirugía —“infección de glúteos y espalda” —realizada en una de las clínicas de la cosmetóloga Valentina de Albornoz, misma que ya había sido denunciada por otras presuntas víctimas.

extraido del periodico Milenio de hoy.

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