Dialogo con la muerte

muerte

Esta novelucha –por pequeña, no por vulgar que también puede ser– está basada en hechos reales aunque hayan sido un poco o bastante exagerados hasta el punto de que cualquier parecido con ella es pura casualidad.

Daniel estaba harto de su vida, harto de vivir en una mugrienta pensión, de que su familia nunca le llamara para cenar en Nochebuena, de trabajar de mozo de carga en el supermercado, de no haber estado con ninguna mujer, pero sobre todo estaba harto de tener la cara desfigurada. En efecto, veintiocho años antes –cuando sólo tenía cinco–, su madre le dejó al cuidado de la sartén, con tan mala suerte que todo el aceite le saltó a la cara. Desde entonces, jamás nadie le volvió a ver sonreír, incluso se rumoreaba que decía: “me encantaría tener el cutis de Miguel Ángel Rodríguez”.

Hasta ese día lo llevaba con resignación, pero ese lunes, un uno de junio mientras descargaba los envases de membrillos del camión del súper tropezó con un mocoso, que le gritó a la cara: “A ver si miras por donde andas Freddy Krueger “. En ese momento Daniel exteriorizó todos su sufrimientos, todo lo que se había callado durante veintiocho años, todo lo que le habían hecho sufrir los insultos que oía a sus espaldas y exclamó sollozando: “Quiero morirme, prefiero la muerte a seguir con este rostro”.

Al llegar al hostal, se tiró sobre la vieja y chirriante cama de muelles y mientras enjuagaba sus lágrimas, miró su imagen en el espejo –hacía unos cinco años que no lo hacía, el mismo tiempo que llevaba sin bañarse (lo que podía explicar que nadie se le acercara)-, y pudo comprobar que la destrucción de su rostro aumentaba progresivamente. En ese momento, la señora Matilde –la dueña de la pensión- entró en la habitación y le dijo:

“Tú, piltrafa humana, la comida está en la mesa; hoy hay pastel de sobras”.

Entonces Daniel volvió a pensar en lo que antes había gritado en la calle. “Ojalá tuviera valor para matarme” pensaba.

Al instante, una nube de humo apareció detrás de él. Tras toser abundantemente, giró la cabeza y encontró una extraña figura, con un rostro arrugado y una capa negra.

“¿Quién eres?” gritó atemorizado.

” Soy la muerte, pero no te asustes. No vas a morir, vengo a hacer un pacto contigo”.

” ¡Y vendrás a que te venda mi alma!, vete por ahí con ese cuento” contestó Daniel.

“El que compra almas es mi amigo Satanás, pero si quieres pruebas de mi identidad te las mostraré. Sólo tres, pues tengo que contarte muchas cosas. Observa la ventana”.

Daniel obedeció y pudo ver como de repente empezó a nevar. “Pura casualidad” exclamó tranquilamente.

“Eres realmente incrédulo, y eso me encanta. ¿Ves esa docena de cucarachas que desfila ante tus zapatos?”.

“Claro que las veo, ¡cómo que me tienen harto!”.

” Pues comprueba cómo empiezan a morir”.

Una tras otra todas las cucarachas adoptaron la absoluta quietud que sólo otorga la muerte.

“No me creo que las hayas matado. He sido yo, que hace un rato eché

Cucal, que las mata bien muertas” replicó el escéptico Daniel.

“Jamás había tenido que llegar a utilizar la tercera prueba, pero no importa. Cierra los ojos y piensa en alguien famoso a quien odies” afirmó la muerte con autosuficiencia.

“Ya lo estoy haciendo”

“Pues abre los ojos”

En ese momento, Daniel vio ante sí un horroroso rostro, algo que le causó auténtica impresión, que no pudo soportar.

“Sorpresa, sorpresa. Surprai, surprai Danielito”.

“Está bien, me lo creo. Pero por favor, no quiero volver a ver a Isabel Gemio”.

“Ahora que me has creído al fin puedo contarte el motivo de mi visita” dijo la muerte antes de ser interrumpida.

“¿Y dónde tienes la guadaña?”

“Eso ya está muy desfasado. Ahora tengo una segadora con turbo y ABS”.

“¿Pero la usabas para cortar el césped?”

“Pues claro, no te puedes imaginar la mala hierba que crece delante de mi casa. ¿Para qué creías que la usaba?”.

“Para nada, cosas mías. Cuéntame que te trae por mi humilde morada”.

“Y tan humilde, nauseabunda diría yo”.

“Oye, sin faltar, que mis veinte mil pesetas me cobran al mes”.

“No me lo tengas en cuenta y atiende a mi propuesta. Te podría quitar

todas las llagas y quemaduras si quisieras. Te costaría muy poco”.

“Ya lo sé, me lo pueden quitar con láser por unos cincuenta millones de pesetas, pero eso para mí es mucho dinero”.

“Y para mí, no te fastidia, a ver si crees que el dinero llueve del cielo, válgame la expresión. Te lo haría gratis, bueno a cambio de un pequeño pacto. Sólo firma este contrato de ciento catorce claúsulas”.

“Es como pedir un crédito pero con mucho menos papeleo. Acepto, ¿tengo que firmar con sangre?”.

“Tú ves mucha televisión; mira aquí me pones tu DNI y NIF, tu número de la seguridad social, tu última nómina, edad, peso, aficiones, y sobre todo especifica bien si tienes algún seguro de vida, es sólo a título estadístico. Por último echas una firmita y me pones la huella digital”.

Mientras Daniel completaba todos los datos preguntó: “¿Por qué tengo que poner todo esto?”.

“Es que estoy informatizando mi base de datos, aunque todavía no domino bien el interfaz de Access en Windows”.

Para Daniel fue como si estuviera hablando chino. “Ya está” dijo.

“Bien, pues esta copia es para ti, y esta para mí”. En ese momento apareció en la habitación un notario, que la abandonó tan pronto como dijo: “Doy fe”.

“Ya veo que tienes bien montado el negocio, ahora lo justo sería que

cumplieras tu parte del trato y devolvieras la suavidad a mi piel”.

“Seguro que no quieres probar la nueva crema con Q- enzimas con efectos demostrados”.

“Muy bromista, estoy esperando”.

“Te estás olvidando con quien estás hablando. En fin, vamos allá” dijo la muerte mientras deslizaba sus manos cual curandero por la cara de Daniel. “Mírate al espejo” le dijo cuando pareció acabar su ritual.

En ese momento Daniel sintió auténtico miedo, su indiferencia ante la existencia hacía que no temiera a la muerte, pero sí temía su rostro, ese quemado semblante que había marcado trágicamente toda su vida. Tras unos instantes de duda, levantó la cabeza y miró tímidamente al espejo.

Lo primero que observó fue el rostro de la muerte a su izquierda, con la mano apoyada en la barbilla contemplando su creación. Segundos después miró el reflejo de su propia cara y no pudo creer lo que vio.

“¿Qué te parece?. Cada día me sorprendo más a mí mismo” exclamó la muerte muy orgullosa.

“Estupendo, quizás se te ha ido la mano. Me parezco a Jaime Bores”.

“Eso es lo que me has pedido”

“¿Y por qué me has cambiado el corte de pelo?”

“Mera cuestión estética, te favorece. Te das un aire al Miguel Bosé de los 80”.

“No sé como tomarme eso. En fin, voy a salir a comerme el mundo”.

“Pero no es oro todo lo que reluce, recuerda que tienes que cumplir las cláusulas del contrato”.

“Por supuesto, ¿no te fías de mi palabra?”.

“Más te vale, si no la cumples hará efecto la cláusula ciento ocho que estipula que tienes veinticuatro horas para empezar a cumplir el resto de las condiciones o morirás” dijo la muerte justo antes de esfumarse.

“Haré cualquier cosa para mantener esta imagen” pensó.

En ese instante la señora Matilde volvió a entrar en la habitación gritando con insistencia: “A cenar cara quemada, a cenar”.

Al ver el nuevo semblante de Daniel se desmayó, lo cual –aunque no esté del todo bien- alegró a éste.

Tras haber comprobado que su cambio de imagen no pasaba inadvertido, Daniel se fue a la cama, y tuvo dulces sueños; soñó que todo cambiaría para él, que iba a triunfar, que en este mundo sólo importa el aspecto exterior y él tenía una piel, que ni el mejor lifting podría lograr. Tan bien durmió, que se levantó un cuarto de hora tarde y fue el trabajo sin desayunar.

Al llegar al supermercado, su estado de ánimo se vino abajo. Nadie le dijo nada.

“Compañeros, no me notáis nada distinto”.

“Pues no lo sé, ah, te has cambiado la raya de sitio, pero muévete que hay que descargar el camión de las latas de anchoas” (dijo aun observando su nuevo rostro, por la innata maldad humana teorizada por Hobbes).

En ese momento comprobó la lista con las cláusulas del contrato. La primera era: ‘por este supremo contrato me comprometo a acabar con la sociedad que me ha marginado. Para ello mataré a quince personas, para liberarlas de su error, una cada día de luna llena’. Continuó leyendo, y pudo comprobar que todas se referían al tipo de asesinato a efectuar en cada caso: palizas, puñaladas, descuartizamientos con posterior colocación de las partes amputadas en el congelador. Tras leer esto último, temeroso, salió corriendo.

Nadie le echó en falta, fundamentalmente porque el camión de las anchoas se salió en una curva, y se cayó barranco abajo dando quince vueltas de campana (para tranquilidad del lector he de decir que el conductor sólo sufrió daños leves: se rompió una uña y sangró por la nariz durante tres minutos) y se tomaron el día libre.

Esa tarde fue de bar en bar, y le dieron las cuatro, las cinco y las seis. . .

Pensó y pensó, no sabía si cumplir el contrato o no. Si lo cumplía sería una canallada, y muy condenable (no en el sentido literal, ya que con el sistema penal saldría en menos que un gallo dice dos veces kikiriki), pero tendría un cutis que envidiaría hasta la Preysler.

Si no lo cumplía sería una persona honrada, pero no podría comprobar qué le ofrecía la vida con un aspecto normal.

Miró nuevamente el contrato, y pudo comprobar que la primera persona en la lista era Matilde.

Daniel tomó una decisión, le quedaban quince minutos para cumplir el plazo. Comenzó a correr hacia la pensión, y llegó con el tiempo justo; al atravesar la puerta le quedaba un minuto, corrió hacia la cocina y allí estaba la dueña de la pensión troceando el conejo para la cena.

Era la hora, corrió hacia ella con los brazos extendidos y los puños apretados. Ella ya estaba esperando sentir la presión de ellos sobre su cuello, la asfixia que acabaría con su vida. Pero lo único que sintió fue un abrazo, que sería el último gesto de Daniel. El reloj de cuco del salón dio las diez de la noche, y el cuerpo del muchacho comenzó a convulsionarse; su rostro tomó un aspecto aún peor al de antes del cambio, sus arterias y venas explotaron y la sangre se deslizó por las juntas de los azulejos arrastrando kilos de mugre. Los ojos se le salieron de sus cuencas y comenzó a vomitar bilis y jugos pancreáticos hasta que por su boca salieron su hígado, estómago, intestinos y resto del aparato digestivo. No podía haber agonía final más dolorosa, y es que no se permite engañar a la propia muerte.

Matilde sufrió un infarto, con lo que el objetivo de Daniel de salvar a todas las personas de la lista no se pudo cumplir.

Por cierto, la autopsia determinó que Daniel murió de salmonela.

—Lo más importante de esta historia es que nuestro protagonista antepuso el bien ajeno y su propia ética al suyo propio (bueno, tal vez fuera porque vio que su vida no cambió mucho y porque no tenía valor para ser un asesino múltiple, pero quedémonos con que el sufrimiento de Daniel fue provocado por su gran corazón)—.

Ivan Boto

editorial:historias para dormir un poco

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