El oro


EL RUIDO DE LA CALLE| RAUL DEL POZO

delpozo

  • 23.10.2009

El oro, según los incas, era el símbolo de la superioridad de la voluntad celeste; Pizarro hizo lingotes con la superstición y cortó el pescuezo a los sacerdotes. Es lo que Carlos Marx describe con brillante greguería: España de las cascadas de oro y las luminarias de los autos de fe. Cuando, un poco antes, en Ávila hubo una conjura contra Enrique IV, los arzobispos, los condes y los marqueses rebeldes levantaron un cadalso, pusieron en él una silla y una estatua con la forma del rey; para destronarlo, le arrancaron la corona y el cetro de oro y pronunciaron a coro la siguiente frase: «A tierra, puto».

El oro es el símbolo real; si se lo quitan, el rey se convierte en un puto villano. A las reinas de la Antigüedad las adornaban de oro y plata y les hacían estar a régimen comiendo flor de harina y aceite.

El oro es sagrado y real, por eso vuelve su sed a California y a la Puerta del Sol. A California la gente regresa como cuando salían pepitas entre la harina de los molinos del río; compran harneros para cernir y encontrar migas doradas, tan deslumbrantes como los tigres de Bengala.

El oro sube, sube y sube: ya está a 1.004 dólares la onza. Entre la ruina y la codicia, es un valor seguro. «Compro tu oro», dicen hombres-anuncio. Nadie se fía de los banqueros membrillos que tuvimos que rescatar ni tampoco del FMI, que pide más obreros a la calle para acabar con el paro. Nos vendían viviendas que al final ellos se quedaron como los prestamistas. En el mundo del juego la peor palabra es presta, también llamado chupasangre o sanguijuela. Esperemos que el Gobierno impida que las nuevas casas de empeño, que han surgido de la crisis, abusen de la gente.

A pesar de que lo había destituido como moneda patrón, el instinto vuelve al oro; no quiere que pase lo de siempre, que naufraguemos en el piélago de vellón. Le gente teme que una mañana nos encontremos burlados con el banco convertido en juzgado.

Madrid sabe muy bien lo que es la ruina porque no hubo perro muerto o feto que no hallase posada en los pasteles. Sin embargo, en la última hambruna no se ven los pálidos de la galiposa, ni tampoco aquellos vagabundos que hacían cola al otro lado del mar en Las uvas de la ira.

La crisis no se refleja en la calle. No se notaría la insolvencia si no hubieran vuelto las casas de empeño para hacerse con las cuberterías de plata y los dijes de oro de la abuela. La gente se empeña, no como antes para comprar perico, sino para pagar la luz y los libros de la escuela.

Aliona Ivanova, la usurera de Crimen y castigo, ha puesto un portal de perista en Preciados.

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