Ismael Serrano / Los torpes

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Hacinados en sus coches, con el alma muerta de hambre,
buscan pan para su sexo con whisky yanqui en su sangre.
Abrevan de lo indicado en el Kronen particular,
para buscar hembras muertas. Muertas de sed, muertas ya
de estar quietas en las barras perdidas de cualquier bar.
La noche tirita, en los coches sólo acaba de empezar.
Sólo acaba de empezar.
Los más afortunados pronto consiguen salvar sus vidas,
antes de la hora de los torpes, antes de la hora maldita.
Y se aferran a una cintura o a una mano perdida,
que se encontró con su mano antes de la hora maldita.
Mientras, los torpes esperan, pacientes coleccionistas
de miradas y posturas que sabiamente archivan,
para cuando el verdugo sol golpée por fin los tejados
y cierren las discotecas, cuando los últimos torpes
hayan abandonado.
Pero, aunque parezca mentira, la historia aún no ha terminado.
Pasada la hora de los torpes, quizás algún afortunado
encuentre por casualidad, en los restos de un naufragio,
la analgesia final, otro torpe abandonado,
al que aferrarse sin ganas, huyendo del sol jodido
del amanecer que los torpes tenemos como enemigo,
tenemos como enemigo.

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