¿A qué vuelve el PRI?

¿A qué vuelve el PRI?

El retorno del Partido Revolucionario Institucional está cantado, anunciado, avisado y pronosticado. Las alianzas entre espurios y legítimos a lo mejor logran cosechar algunos votos de más —por ahí, en Puebla o en Guajaca— pero el “carro completo” tricolor parece ser la realidad electoral que habremos de atestiguar, hoy por la noche, los ciudadanos de este país.

Hasta aquí llegó el fenómeno de la alternancia democrática a la mexicana: en estos momentos vivimos un masivo movimiento de restauración del antiguo orden natural de las cosas. Es cierto que esto significa, a su vez, una nueva conmutación del partido político en el poder pero hay, en la reinstalación de los tricolores, un fuerte aroma de déjà vu: llevan diez años de feroz y machacón oposicionismo exhibiendo, en todo momento, sus mismos principios de doctrina y su discurso de siempre. Y, sobre todo, no les ha sido necesario cambiar ni mucho menos reinventarse para conquistar de nuevo a los ciudadanos: la gente, para mayores señas, admite, entre otras cosas, que “por lo menos sabían gobernar”. Con eso basta para asegurar su alegre arribo a los doce gobiernos estatales en disputa y preparar, de paso, la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la República.

Los aficionados a las teorías de la conspiración advierten que, así como Vicente Fox utilizó todos los recursos a su alcance para impedir el triunfo de López Obrador, la prioridad absoluta de Felipe Calderón sería también cerrarle el paso al PRI para que no retorne a Los Pinos. No quiere ser el presidente, justamente, que le abrió la puerta a un priista para que se apoltrone otra vez en La Silla. Esta pretensión, en sí misma —y de ser del calibre que suponen estos analistas— no es sostenible en ningún régimen democrático. Entendemos, desde luego, que el deseo de mantenerse en el poder es consustancial al quehacer político. Pero ningún partido pude aspirar, legítimamente, a perpetuarse en un Gobierno. Es decir, el actual primer mandatario a lo mejor no quiere pasar a la historia como el encargado directo de trasmitirle el mando el PRI pero nadie, en sus cinco sentidos, puede imaginar una realidad nacional en la que, tarde o temprano, el presidente panista no tenga que cederle el cargo, por disposición directa de los votantes, a un sucesor del PRI, del PRD o del color que sea. De cualquier manera, ¿cuántos años pensaba conservar el PAN la presidencia de la República? ¿Dieciocho, veinticuatro, treinta y seis? ¿Qué tal doce, por lo pronto, y luego hablamos?

El retorno del PRI, encima, es perfectamente explicable: los mexicanos están cansados, ni más ni menos, de los gobiernos panistas. En otros países se hartan de los socialdemócratas o de los socialistas o de los democratacristianos o de los ecologistas o de los liberales, etcétera. Bueno, pues aquí le ha tocado el turno al PAN de la misma manera como, por ejemplo, en Zacatecas ya no quieren que los gobierne el PRD. Tan simple y tan sencillo como eso. O sea, que no hay que buscar razones truculentas ni escenarios tremebundos para explicar la nueva alternancia por más que el país se encuentre, de todas formas, en una situación difícil.

En este sentido, será muy interesante observar el desempeño de los que vuelven para gobernar “como siempre lo han hecho”: la situación se puede comparar, digamos, a la de un avión que intenta realizar un aterrizaje de emergencia durante una tormenta; los pasajeros, aterrorizados, escuchan las voces de unos tipos, en la fila de atrás, que arremeten contra los pilotos: “inútiles, inexpertos, incapaces: nosotros sí sabemos cómo maniobrar el aparato”; los viajeros, entonces, obligan a la tripulación a que ceda el mando a los vociferantes; y sí, en efecto, ahí están los controles, el bastón, las cartas de navegación y los pedales, listos para que los tomen. Todos suyos, señores. De pronto, ya no es asunto de cacareos ni alborotos: es asunto de hacer las cosas. De hacerlas bien y de verdad.

México tiene unos problemas colosales. Pues, ahí tienen el mando los priistas, por cortesía de los electores. El tiempo dirá si pudieron llegar a buen puerto. Esperemos, por el bien de todos, que sí.

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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