Algunos sueños para el país del no

Algunos sueños para el país del no

Miro, en el mapa, el istmo de Tehuantepec: 200 kilómetros, apenas, separan los dos grandes océanos de la tierra. Y, por si fuera poco, la zona es llana, surcada por algunas lomas y colinas que no sobrepasan los 250 metros sobre el nivel del mar. Nada que ver con las colosales cordilleras que dividen el resto del territorio nacional. Se podría, entonces, construir allí una vía doble de ferrocarril para trasportar mercancías a gran velocidad y desarrollar portentosamente la actividad económica de una región que no se distingue particularmente por su pujanza industrial. ¿Por qué no se ha hecho? Pues, supongo que es un proyecto demasiado ambicioso para una sociedad, como la nuestra, que tiene las miras cortas y que prefiere solazarse en las remembranzas de un pasado tan glorioso como inexistente. Podemos imaginar desde ya, precisamente por ello, la avalancha de objeciones que provocaría la mera insinuación de llevar a cabo una empresa de ese calibre: significaría, para empezar, una “catástrofe ecológica” (los fundamentalistas verdes nunca quieren reconocer que la principalísima amenaza para el medio ambiente es el subdesarrollo y que la brutal deforestación del país no se debe a la construcción de carreteras —y de vías de ferrocarril que, por si fuera poco, ni siquiera se han trazado—, sino a la imparable expansión de una agricultura de mera subsistencia); representaría, desde luego, una amenaza para la “soberanía nacional” porque, a falta de capitales propios, los inversionistas vendrían del exterior o se asociarían irremediablemente con capitalistas autóctonos; ah, y podría entrañar, finalmente, un peligro todavía mayor, a saber, la división territorial de la nación mexicana y, como siempre, una auténtica tentación —por la suprema importancia geopolítica de la obra— para los imperialistas del Norte (el hecho de que los canales de Suez y Panamá sean administrados por egipcios y panameños no apacigua nuestros delirios paranoicos).

Podríamos, también, edificar un gran aeropuerto para una ciudad que alardea de ser la “más grande del mundo” (no es cierto: no es ni la de más extensión territorial ni tampoco la de mayor población) pero que no posee más que dos pistas estrechas, mal pavimentadas y demasiado próximas la una de la otra. En Google Earth se puede mirar la diferencia entre este vetusto aeródromo y, digamos, los de Atlanta, Dallas, París o Ámsterdam (ah, y Barajas, en Madrid). De paso, retomaríamos el proyecto —maravilloso— de rescatar el lago de Texcoco y de construir un puerto para la navegación de placer (la feroz oposición a todo esto no necesita ser consignada de nuevo).

Y, esos trenes de gran velocidad que va tener España en 2020, luego de gastarse 20 mil millones de dólares ¿no podrían también circular aquí, entre Pachuca y Ciudad de México, de Saltillo a Monterrey o de Querétaro a León (por no hablar que de ciudades sin grandes obstáculos montañosos)? ¿No? ¿Nada de esto es posible?

Roman Revueltas Retes

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