Aspas de oro

Aspas de oro

¿A qué se le llama perder la cabeza? ¿Cómo se le saca punta a un lápiz? De qué color es el caballo blanco ¿de quién? No me acuerdo. Pero escribo. ¿Qué escribo? Había una vez un pato. Era muy limpio el pato. Y limpia era el agua en que nadaba, porque tenue y hermosa era la dueña de la fuente y del pato. Escribo: hubo también otro pato. Pero era un pato sucio. Negro de lodo y pijos y esperpentos. Su dueña se llamaba Araceli y fue siempre la mejor amiga de esa mujer cuya alma de lujo adivinaron sus padres al llamarla Emérita. ¿Escribo? Difícil nombre para llevarlo a todas partes. Emérita, la dichosa dueña del pato limpio. Escribo: un día estaban en el jardín platicando del claro azul del cielo que durante años fue el vivo ejemplo de lo que debe ser un cielo.

Estaban platicando en el jardín de Emérita, mientras el pato airoso pensaba que no había aire digno de andar en su aire. No se sabe si el pato las miraba con sus ojos incapaces de imaginar las líneas paralelas, se sabe que alzaba el pico mientras sostenía la cabeza como si fuera un cisne y que sus patas se movían bajo el agua como dos aspas de oro. Araceli lo vio nadando en esa fuente y pensó que, tal vez, su pato podría aprender modales elegantes si un tiempo lo pasara en compañía de aquel príncipe al que tan bien había educado Emérita. Escribo. Doña Emérita tenía los ojos azules, pero mucho más azules que el cielo de Puebla, y azules los tendría siempre, no como el cielo de Puebla que ahora se ha vuelto gris como el pato de doña Araceli. Escribo. Entonces el cielo sí era azul como limpio era un pato y sucio el otro. ¿Me cuidas a mi pato?, pidió Araceli. Y Emérita dijo que sí por dos razones: porque no tenía inconveniente y porque nunca en su vida supo decir que no. Escribo Emérita, y evoco la voz ligera y el haz de bondad que cabía en sus palabras. Hay gente así, buena porque sí, porque todo, por nada y a pesar de que la especie humana tenga fama de dar pocas así. Escribo que Araceli llevó a su pato puerco a conocer al pato albeando de su amiga. Entró al jardín el pato, lo imagino: cuac,cuac, soltando piojos, aleteando letargo. No las vi entonces, pero recuerdo a las amigas, riendo porque eran un par de risas. Araceli trabajaba todo el santo día. Si quiero recordar un ir y venir digno de serlo, pienso en doña Araceli caminando. Tenía mucho qué hacer y todo lo que hacía era digno de hacerse. Trabajaba para bien de otros. Eso hacía. Y yo escribo. ¿Qué escribo? Cayó la tarde, las amigas se dijeron hasta otro día. Y al otro día, la fuente amaneció chorreando mugre. Y el pato limpio sucio y el sucio aún más sucio, porque se había paseado con su mugre por entre las azaleas de Doña Eme y fue dejando charcos sobre las piedras secas por las que lo seguía, -indigno de su nombre-, el pato limpio. ¡Qué barbaridad! Escribo. Se lavó la fuente. Bañaron a los patos hasta que las plumas se les volvieron plumajes. Se habló otra vez del cielo. Y cuando, otra vez, cayó la tarde, se despidieron ellas en la puerta y quedaron los patos en mutua compañía. Dos patos limpios para una sola fuente y dos amigas. Amaneció temprano: Emérita fue al jardín a ver si el pato sucio seguía limpio. Y escribo: sucedió que los dos patos amanecieron sucios. De quién era cuál pato ya no podía saberse, porque uno y otro eran causa perdida para ambas. Escribo. Ninguna tuvo la culpa de aquella conjunción de males. Bien dijo doña Emérita: “Mi chula, lo malo se pega más fácil que lo bueno. Si no lo crees, ahí está la historia de nuestros patos. Nunca volvimos a saber cuál de los dos había tenido, un día, las patas limpias, como dos aspas de oro”.

Punto: Esta historia de los patos se la he pirateado a la Revista Nexos. Ahí la publiqué este mes y la ponga aquí para que el benemérito nonagenario Don José María y la benemérita y bien querida dama de Lanzarote, puedan verla sin bucear en internet. Sin duda para ustedes, los que ya no tienen tiempo de más. Va con mis disculpas para quienes ya la leyeron y para la revista que tan generosamente me deja ponerla aquí. Total, en esta democracia, todo es de todos.

Angeles Mastretta

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