Bocanadas sangrientas

Bocanadas sangrientas

Es irónico que una parte importante de la población estadounidense haya comprendido el sistema métrico decimal fuera de las aulas y debido a su consumo de sustancias tóxicas, adictivas e ilegales.

Diversos productos y su forma de manufactura han sido motivo de debate, sanciones comerciales y hasta la prohibición de su importación y consumo en el territorio de los Estados Unidos. Los habanos que son producidos en Cuba, bajo un régimen político inaceptable a los ojos del gobierno estadounidense, son productos prohibidos en su importación y tenerlos se considera un delito.

En África, la explotación de minas de diamantes en algunas regiones, se da en condiciones inhumanas, además, en muchos casos estos diamantes son utilizados por las guerrillas para adquirir armas de fuego y derrocar gobiernos, o por los gobiernos para preservar regímenes totalitarios y sanguinarios. En 2001, Estados Unidos prohibió la importación de diamantes de Sierra Leona y de Liberia. En 2003 se creó el Kimberley Process, que tiene como objetivo no comercializar diamantes que sean utilizados para financiar guerras.

Apenas en marzo de este año, el gobierno de EU prohibió la importación del camarón mexicano bajo el argumento de que las embarcaciones mexicanas no tienen el suficiente cuidado para evitar la muerte de tortugas marinas.

En otras ocasiones, el comercio de atún aleta amarilla proveniente de México, ha quedado prohibido por parte de Estados Unidos, ya que argumentan que no se garantizaban las condiciones para evitar la muerte incidental de delfines. Incluso se pensó en continuar con un embargo secundario aplicable a países que consumieran el atún mexicano.

De todos es conocida la prohibición que sufrió el aguacate mexicano para entrar a Estados Unidos cuando autoridades sanitarias de este país determinaron que era potencialmente dañino.

Estados Unidos ha estado involucrado en sanciones hacia Rusia por el proceso que se tiene en la captura del esturión para producir caviar; o a Francia por el maltrato que a los patos les costaba la producción del paté de hígado; a Canadá por los procesos con los que capturan y matan focas para obtener su piel; Chile por los agentes tóxicos que los plaguicidas (hechos en Estados Unidos) dejaban en las uvas que exportaban, etcétera.

Se han llevado a cabo embargos y bloqueos comerciales por cuestiones humanitarias, ideológicas, por la defensa a los derechos humanos, protección a ciertas especies animales, incluso para evitar larvas de mosca. Sin embargo, la muerte de miles de mexicanos enfrascados en una lucha fratricida no detona ninguno de estos esfuerzos.

En México, desde diciembre de 2006 a junio de 2010 se han decomisado cerca de 75 mil armas de fuego. La gran mayoría provenientes de Estados Unidos. De los 107 mil establecimientos autorizados para vender armas dentro del territorio estadounidense, 12 mil se encuentran muy cercanos a la frontera con México. Droga, armas y dinero se intercambian en un clima de aparente impunidad.

En los últimos años, México ha emprendido una guerra contra el crimen organizado que ha dejado más de 24,800 muertos desde finales de 2006. Estas vidas se han perdido para poder satisfacer la demanda y el consumo de estas sustancias tóxicas, adictivas e ilegales en nuestro vecino país del norte. Sustancias que son producidas y manejadas con los más bajos niveles de higiene y cuidado sanitario y cuyo daño a la salud es evidente e irreversible.

La lucha al narcotráfico que libra el gobierno mexicano, así como la problemática social que la acompaña, demanda una estrategia multilateral. En esta lucha, México ha estado solo, ¿cuál será la acción que deba emprender nuestro país para que del otro lado de la frontera, el gobierno y las organizaciones que defienden la vida de ciertas especies animales o los derechos humanos de algunos pueblos, tomen consciencia que cada bocanada de droga está manchada de la sangre de muchos mexicanos?

Miguel AlemanV./eluniversal.com.mx

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