Con Héctor Abad, la lluvia y los volcanes

Con Héctor Abad, la lluvia y los volcanes

Es verano y llueve en México. En este valle sobre el que imperan dos volcanes, en estos llanos, bajo estas nubes.

Aquí llueve en julio y agosto. Sobre todo en las tardes. Casi siempre amanece el cielo claro, luego se pone gris y tiembla con relámpagos anunciando tormentas que se cumplen y nos inundan. La enorme ciudad se llena de pantanos y de las alcantarillas brotan manantiales negros.

Suceden cosas así desde el tiempo de los dioses aztecas. La ciudad estaba hecha de lagos y ríos que en verano crecían sobre las casas y los templos. Por eso muchos de sus huertos eran flotantes. Y año con años se inundaban como se inundó la ciudad durante el Virreinato y como aún se inunda en estas fechas.

Quién sabe cuántos siglos de inundaciones ha contado la especie humana en estos rumbos, pero sus actuales representantes en el valle volvemos a sorprendernos cada verano. Tropezarse con la misma piedra es propio de los mexicanos como de cualesquiera otros, así que las generaciones del siglo veinte decidieron entubar, sellar y pavimentar los ríos y las barrancas cuyas aguas habían ido ensuciándose. De modo que las inundaciones siguen ilustrando las noticias en este siglo.

Sobre nosotros, desde la altura de su grandeza, los dos volcanes amanecen arrogantes y llenos de nieve. Aunque desde aquí casi nunca se ven. Ni en el verano ni en ningún otro tiempo, porque aquí el horizonte se angostó hace cuarenta años. Por eso quise llevar a Héctor Abad Faciolince, a su hija Daniela y a su editor alemán, a verlos desde el campo en Puebla. Pero la neblina también allá estaba necia y no los dejó aparecer. De todos modos vimos el campo y conversamos. Ir a ver los volcanes era el pretexto para vernos. Estuvimos contentos. Hablamos de escribir y de escritores, de nuestros padres y nuestros hijos. ¿Qué más puede importarnos más? Heredamos más alegría que espanto. ¿Verdad Héctor?

Angeles Mastreta/Puerto Libre/elpais.es

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