El bicentenario en su laberinto

No deja de ser aleccionador el camino que han seguido los festejos del bicentenario y el centenario. El trayecto ha dibujado un laberinto burocrático de ineptitudes mayores y una tara del panismo oficial para mirar de frente nuestra historia. Primero fue Vicente Fox nombrando a Cuauhtémoc Cárdenas al frente de la coordinación de los trabajos de un país que cumpliría doscienteos años de Independencia y cien de Revolución. El nombramiento parecía un éxito.

El bicentenario en su laberinto

Cuatro meses después Cárdenas renunció. Faltaban cuatro años para la efeméride. El presidente Calderón decidió en 2007 trasladar la organización de los festejos al Conaculta, Sergio Vela se convirtió en el nuevo coordinador. Vela no hizo nada de nada.  Unos meses después, Bernardo de la Garza se hizo cargo desde la Presidencia de la República de lo que ya se había convertido en una papa caliente.

De la Garza, que no leyó ni el libro de historia de González Blacayer de segundo de secundaria, reventó en tres meses. Faltaban tres años para la gran fecha. Calderón miró a Rafael Tovar y de Teresa como el hombre que sacaría adelante los festejos. Tovar fue nombrado en septiembre de 2007. Renunció en octubre. El Presidente decidió entonces traspasar el desastre al Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución y a su director José Manuel Villalpando.

Faltaban dos años para las magnas celebraciones. No hay plazo que, etcétera. En 2010, Calderón cambió de opinión ante los empellones de la prensa que reclamaban claridad en los gastos y le entregó el hierro ardiente a la SEP y al secretario Lujambio la organización de los festejos. Faltan cincuenta días para la gran celebración.

Según informó Alonso Lujambio, se han comprometido 2 mil 900 millones de pesos y se espera un aumento en los gastos. Supongo que una parte de ese dinero se gastó en la exposición México en tus sentidos, un fiambre vergonzoso que nada tiene que ver con la historia y mucho con una idea folclórica, inútil y demagógica de México; algo se habrá gastado en el programa Ópera Prima del Canal 22, una aburrición cara y mala; el desfile de los huesos de los próceres exhumados de la base de El Ángel de la Independencia, a los funcionarios nadie les explico que a los huesos hay que dejarlos en santa paz, su memoria es otra cosa; el portal del Bicentenario tiene más sentido como un esfuerzo  de  difusión histórica; se han grabado documentales a granel que ciertamente  no he visto y no sé si debería referirme aquí al Torneo Apertura Bicentenario de nuestro modesto futbol, la verdad me hago bolas, para qué más que la verdad.

Todo se llama bicentenario: ¿regatas? Sí, pero del bicentenario. Carreras, igual, que todo sea del bicentenario y así cumplimos nuestro deber patriótico.

Parece mentira que los organizadores de los festejos tengan frente a sus narices una guía de acción y no la vean. Me refiero al libro Viaje por la historia de México de Luis González y González editado por Conaculta y la SEP. Se tiraron 27 millones de ejemplares y se reparte a mansalva de modo gratuito. A mí me parece una gran cosa lo desmesurado de la distribución, sin duda el acierto mayor de estos festejos, pues se trata de  algunas de las brevedades de uno de nuestros historiadores mayores, de los chispazos históricos de una mente extraordinaria y de un estilista impar del idioma. Me permito un dogma: incluyendo a los funcionarios de los festejos, todos debemos leerlo, empezando, desde luego, por el Presidente de la República.

La presentación del libro de Luis González debió ser sin demasiados aspavientos un plan de acción puesto en manos de funcionarios menos torpes y más ejecutivos. Dice así: “A pesar de las modernas teorías y leyes generales del desarrollo histórico puestas en boga por los científicos sociales, es innegable que la historia la hacen los individuos, y es innegable también que estos individuos no son inmunes a las pasiones del común de los mortales”.

Otro gran historiador, Edmundo O’Gorman, escribió esto: “el reto de un historiador es hacer inteligibles con la imaginación las zonas irracionales del pasado”. Sé que es mucho pedir una visión desprendida de este aforismo, pero puedo asegurar que no hay que gastarse más de 2 mil 900 millones para impregnar a los proyectos con dos o tres grandes ideas. Le toca a Lujambio hacer inteligible dentro de 50 días algo, un poco al menos, de nuestro pasado irracional.

Rafael Perez Gay/eluniversal.com.mx

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