El líder sensato

Del Bosque encarna unos valores arrinconados en la vida española, llena de personajes engreídos

El líder sensato
IGNACIO CAMACHO/abc.es
SENSATEZ es la palabra. La que define el liderazgo prudente, juicioso, discreto y fiable del hombre que ha dirigido la conquista de esa Copa del Mundo capaz de sacudir la médula emotiva de este país atribulado. En un tiempo de entrenadores estridentes, envanecidos por la arrogancia o poseídos por un autocomplaciente narcisismo, Vicente del Bosque se ha convertido en un ejemplo de mesura, delicadeza, sosiego y madurez. Un paradigma de moderación que no sólo representa un modelo distinto en ese fútbol agrandado por su propio poder hipnótico de catalizador de emociones, sino que envía un mensaje de utilidad general a toda nuestra dirigencia pública, caracterizada por su tendencia a crear problemas artificiales, generar discordias y provocar tensiones.
Con ese rostro ceñudo e inmutable que recuerda los de ciertos retratos velazqueños del Prado, Del Bosque encarna hoy la vigencia de unos valores arrinconados en la vida española, cuyo primer plano aparece ocupado por personajes engreídos de una fatuidad altisonante. El valor de las cosas bien hechas, del trabajo escrupuloso, de la modestia silenciosa y fiable del esfuerzo. El valor de la moderación, del respeto, del recato, del comedimiento. Frente a la volubilidad aparatosa y la ligereza campanuda de ciertos liderazgos dentro y fuera del fútbol, obsesionados por la supremacía de la imagen y de las apariencias, el seleccionador ha mostrado el camino recto del verdadero éxito: un objetivo, un plan, una estrategia y un estilo. La cohesión interna y la unión en un mismo empeño. Formas correctas, trato suave, atención a los detalles y una autoridad moral sin alharacas ni estrépitos, la que emana del profesional competente que conoce su oficio y administra el poder con imparcialidad y tacto. Un liderazgo serio, íntegro, ajeno a prioridades superficiales, refractario a la coba, la demagogia y la impostura. Un valor seguro.
Desde un puesto sugestivo para la tentación del ruido y la retórica, Del Bosque ha serenado debates, ha rehuido controversias y se ha aplicado a su misión con determinación, profesionalidad, confianza y tiento. Ha protegido al grupo de interferencias, lo ha aislado del jaleo externo y lo ha dirigido hacia el objetivo final sin apartarse de sus convicciones esenciales. Con coherencia, decisión y aguante. Si hubiese perdido lo habrían hecho trizas en la máquina de picar carne de la opinión pública, pero en la victoria no ha pasado una sola factura y ha entregado el protagonismo a su equipo, a los héroes que la gente aclama en las calles como elegidos para la gloria. En todo el épico alboroto del éxito no se le ha escapado un gesto que altere una elegancia moral mucho más importante que la apostura física.
La suya es una lección para la política, pero este hombre no podría ser político: es demasiado buena persona.

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