Goles bajo sospecha

En España queda impune hasta ahora el amaño de partidos de fútbol, un fraude clamoroso y una estafa moral

IGNACIO CAMACHO/abc.es
Goles bajo sospecha
EN la España en que es casi delito fumar en público o atropellar un lince resulta que queda impune el amaño de partidos de fútbol, que no sólo adultera una competición profesional sino que constituye un fraude clamoroso con perjuicio económico a terceros y una estafa moral para decenas de miles de aficionados. Hasta diciembre no entra en vigor la tipificación de esta figura que nuestros celosos legisladores han dejado en el limbo de la justicia deportiva, que es a la justicia lo que la música militar a la música, por lo que la ignominiosa sospecha que pesa sobre el Hércules de Alicante —hasta cinco partidos supuestamente arreglados para propiciar el ascenso a Primera— carece de relevancia penal por muchas grabaciones telefónicas que impliquen a sus directivos, a su vez relacionados con una maloliente trama de corrupción política. Como las autoridades deportivas se caracterizan en España por mirar para otro lado ante cualquier barrunto irregular, el asunto tiene pocos visos de sustanciarse en escarmiento, habida cuenta de que además el principal perjudicado, el Betis de Lopera, anda en los juzgados bajo importantes indicios de venta simulada y otros delitos societarios que sí aparecen perfectamente reflejados en la legislación vigente.
En Francia fue a la cárcel por comprar un partido un ministro de Mitterrand, a la sazón presidente de aquel Marsella que llegó a campeón de Europa. En Italia descendieron a Segunda a la mismísima Juve, trasunto transalpino del Madrid o del Barça, y empapelaron a su cúpula directiva por manejar a los árbitros como a una cuadrilla de desatascadores. Aquí la Federación y la Liga están temblando ante la posibilidad de tener que pronunciarse donde el juez instructor se ha inhibido por falta de código con el que meter mano a un individuo tan acostumbrado, al parecer, a comprar voluntades políticas que pudo decidir aventurarse en el terreno de las deportivas. El único alivio de esta indecencia colateral del ya muy turbio sumario Brugal aparece en la resistencia de algunos clubes y/o jugadores a avenirse al amaño que les proponían, pero otros se dejaron golear en la presunción de que va a resultar difícil demostrarlo. Eso es una estafa como una catedral, y su simple sospecha ensucia nuestro deporte en el momento en que mejor funciona y más nos enorgullece. No se puede blasonar de éxitos internacionales con los pies manchados de barro.
La higiene moral de la competición importa más que el previsible alboroto ciudadano de una afición que no se merece esos directivos. El presunto fraude exige una actuación contundente para limpiar una esfera social, la del deporte, cada vez más influyente y más apreciada. No la habrá, y no se admiten apuestas al respecto porque ésa, la de las apuestas en el fútbol, va a ser pronto otra piedra de escándalo. Y gorda.

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