Jugando con España

Jugando con España

Seguiré con el territorio mítico porque ya me encarreré. Pero antes que otra cosa quiero agradecerle al equipo español la fiesta que nos regaló. ¡Qué alegría y qué diversión fue verlos jugar!

Punto mítico: Para mí, en Puebla puede ser siempre día de fútbol y siempre está mi abuelo materno sembrando flores, jugando ajedrez, amaneciendo como quien va de fiesta. Siempre mi abuela con los ojos clarísimos haciendo sumas al mismo tiempo en que repite un poema. Siempre el velero ineludible que construyó el tío Roberto, para irse por el lago en compañía de la niña que fui y de una botella de ron que se bebía mientras la proa tomaba cualquier deriva. Siempre la tía Nena caminando de prisa, inolvidable, entre lo inverosímil y catedral. Siempre la casa vacía del médico que fue mi bisabuelo y siempre adentro una tertulia del siglo diecinueve con una flauta y una mujer que empollaba elefantes cada vez que algo le dolía, y cuya heterogénea descendencia le ha dado al mundo desde matemáticos hasta bailarinas, pasando por toreros, cantantes, cirujanos, físicos, marineros, pintores, poetas y otros cientos de fanáticos aspirantes a la gloria diaria de seguir en el mundo.

En Puebla siempre está mi tía Alicia, vestida de blanco, volviendo de jugar frontón con la sonrisa premonitoria de quien se sabe eterna. Siempre la tía Maicha pintando, distraída de todo, incluso de sí misma, preguntando en desorden si me siento feliz. Siempre el tío Sergio construyendo una casa de dos pisos a la que se olvidó de ponerle una escalera, siempre el tío Alejandro tocando el piano como quien juega solitarios, siempre la memoria de un rincón del jardín, cercano al árbol de nísperos, en el que estuvo la tumba de su perra Diana, dándome desde entonces la certeza de que en toda lápida, hasta en las de los perros, hay un pasado que se busca eterno. Siempre la diminuta escuela que dirigía con espíritu de heroína, una mujer solitaria a quien entre más pasa el tiempo más admiro. Y siempre, basta sólo con detenerse en el barrio de Santiago, siempre hay una familia, hecha de varias familias, empeñada en salir a que los hijos conozcan el mar: mi larga e irrevocable familia de la infancia.

También, allí, en Puebla está el jardín de Marcela con una jacaranda y todas las certezas de quien duda de lo buena que es. Está Sergio mi hermano cavilando el futuro, memorizando los abismos de la sierra, despierto todas las madrugadas con el ansia de atestiguar un imposible tras las imposibles noticias diarias. Allí están los árboles que sembró mi abuelo paterno y que mi madre le defendió a una herencia como quien defiende un reino. Está el edén con sus hijos y sus nietos jugando un pertinaz fútbol de chicos contra grandes.

Angeles Mastreta/puertolibre

Deja un comentario