La epilepsia y el pianista solitario

La epilepsia y el pianista solitario
La guapisima Angeles Mastreta

Andando por la red en busca de una música, di con otra. El tema de Deborah, escrito por Ennio Moricone para una película que vi en una de esas funciones matutinas que nos organizábamos mi hija y yo, cuando ella amanecía con un catarro que se le quitaba por ahí de las once. El encuentro con “La leyenda de 1900” fue doblemente bueno porque no la íbamos buscando. Dimos con ella. Ya habíamos visto una película en los cines de arte y nos quedamos a otra más. Quien aún no haya tenido la alegría de verla, vaya y búsquela. Es una historia conmovedora, muy bien actuada y con una música emocionante. El actor que hace el pianista es Tim Roth. No tiene desperdicio.

Punto: Quise buscar en mi anecdotario cuándo fue que la vimos e imaginé que podía ser por ahí del dos mil uno. No sé de dónde habré sacado esa fecha, pero me ha servido para leer un poco lo que fue para mí el abril de ese año. Fue aleatorio, pero convoqué un mes crucial.

Punto y seguido: Advierto que voy a seguir hablando de mí, pero estoy segura de que ayudaré a alguien más. Ese abril tuve una crisis de epilepsia inolvidable. Volvía de Nueva York con mi amiga Dolores Lozano, habíamos tenido tres días muy ajetreados. Yo dormí muy poco y comí muy mal, eran las cuatro de la tarde y no había tomado sino un jugo de naranja. Oí acercarse la crisis, porque mis fantasmas se oían. Eran una música lejana y hermosa que nunca pude disfrutar porque sabía que tras ella vendría la pérdida de mi conciencia, los movimientos en desorden y la aflicción alrededor. Ese día puse a temblar a Lola, al avión, al aeropuerto y por fin a un horrible hospital en el Queens de Nueva York al que me llevaron de urgencia. Ahí unas enfermeras muy insolentes le preguntaron a Lola qué medicinas tomaba yo y la pobre sacó de mi bolsa un pastillero con seis distintas píldoras sin nombre, ni apellido. Eso sí, de colores. Creyeron que éramos un par de drogadictas llegadas a la madurez con el síndrome de los sesentas. Trataron muy mal a la pobre de mi amiga, -que según ella misma parecía loca-, a quien yo no le había explicado lo que me pasaba porque lo creía parte de un tiempo sin retorno. La pobre se pegó un susto espeluznante y llamó a Héctor que llegó desde México la mañana siguiente. Para colmo, al oírla, ni mi mamá, ni Héctor, ni Verónica, únicos testigos vivos de mis otras convulsiones, le creyeron que el incidente había sido tan terrible y largo como lo contaba. Ellos nunca habían visto algo así. Lo que habían visto era menos escandaloso. Ésa fue la primera crisis larga. Hubo otras dos. Una pena que por fortuna he saltado. Lo cuento por eso. Porque sé que hay quienes tienen amores cercanos que pasan por estos líos y están afligidos con este achaque que alguna vez se consideró asunto del demonio. No se lastimen. Tiene remedio. Cosa de medicinas y disciplina. No café, no alcohol, no poco sueño. Suerte que nos tocó vivir en estos tiempos. Hay remedio. No se aflijan. Y si quieren alguna ayuda dejen aquí abajo su correo.

Punto y aparte: Leer lo que escribí entonces me ha dado otra razón más para estar agradecida con la vida por el modo en que ahora me trata. Con la vida y con Dolores Lozano y, sin duda, con el viajero de la casa. También con el doctor Estañol, el doctor Goldberg, el doctor Laventman y la doctora Eliashev.

!Felicidades!: Para la querida Gioconda Belli, ganadora del Premio Hispanoamericano de novela “La otra orilla” 2010.

Música para hoy: Busquen “La leyenda del pianista solitario”.

Angeles Mastreta/puertolibre

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