Marisol, la emoción rubia

Marisol, la emoción rubia

En la castigada memoria de este cronista permanece con un brillo imborrable el día que recibió un beso de una Marisol adolescente, en una de las fiestas navideñas que organizaba el productor Cesáreo González para los niños de la industria cinematográfica de la época. ¿Quién no amaba a Marisol por entonces, incluso con una ciega pasión infantil? Era algo más que la novia de España, un rayo luminoso en un país cetrino, sombrío y velado en gris. La emoción rubia en un panorama renegrido e infecundo.
Una dorada alegría rebelde, una catarsis, un alboroto, la naturalidad de un talento pleno de frescura y fulgor. ¿En realidad era tan desgraciada a escondidas como luego ha contado? La vida es una tómbola llena de sorpresas, pero aquella criatura era algo más que un fenómeno resplandeciente y asombroso, superaba la etiqueta de prodigio que se encasquetaba a la niñez cantora de esos tiempos para alcanzar la categoría de mito. Mientras ella crecía, crecía a su vez el sueño de la libertad del público.
Su evolución, desde la chiquilla revoltosa mimada por el franquismo a la moza moderna pop y minifaldera abierta al amorío, hasta llegar a la joven subversiva de la voz profunda, la transición de Marisol a Pepa Flores corrió paralela a la historia de nuestro país hasta la llegada de la democracia. Su aparición desnuda en una revista provocó una conmoción nacional que sirvió de espejo y detonante de una sociedad en metamorfosis. Su posterior exilio voluntario de la farándula sólo ha engrandecido su leyenda y las ganas de ir a su restaurante italiano en Málaga para cruzarse en la noche con la canción honda de su mirada.

Jorge Garcia Berlanga/larazon.es
Me atrevo a afirmar que algunas de sus películas pueden considerarse clásicos imperecederos de nuestro cine. «Un rayo de sol», «Tómbola», «Las 7 bodas de Marisol» siguen produciendo un feliz efecto magnético en el espectador. Productos impecables con una estrella de radiantes facultades dentro. No envejecen, como permanecen vivos los componentes de un hechizo eterno. Porque el arte deslumbrante de Marisol no lo puede negar ni la mismísima Pepa revisitada. La querremos siempre.

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