Patrioterismo y negocio

Patrioterismo y negocio

Esta tarde se decide en Sudáfrica algo más que la identidad del equipo nacional que ostentará durante cuatro años el título de campeón del mundo de fútbol. En el caso de ser la selección de Holanda la vencedora, sería la primera vez que tal cosa les ocurriese a los futbolistas de «la naranja mecánica». Si gana España, además de ese bautismo histórico, es muy probable que se decida de una vez el auténtico valor de una bandera que entre ciertos sectores de la población lleva años proscrita o circula de una manera casi clandestina, clasificada casi como una enfermedad venérea. Y no serían los políticos o los intelectuales quienes la rehabilitarían, aunque ambos intentarían atribuirse el mérito. Será  un éxito inocente de los jóvenes, los cientos de miles de muchachos españoles que estos días han salido a las calles vestidos de rojo y amarillo, sin complejos, también sin pretensiones, libres de prejuicios ideológicos y a salvo de cargas morales. Siempre les hemos reprochado su desinterés por la cosa pública y la ausencia de conocimientos históricos, pero va a resultar que es gracias a esa indigencia cultural que los muchachos españoles pasean la bandera de España poseídos por una emoción sin militancia política, arrastrados al patriotismo por ese candor ideológico que les hace sentirse libres de las ataduras que privan de su espontaneidad moral a los mayores. A lo mejor estos muchachos, sin saberlo siquiera, nos han querido decir que para hacer justicia histórica a veces no hay cosa mejor que ignorar la Historia. Desconocen la identidad de quienes murieron por defender esa bandera o por culpa de no reconocerla, pero saben que representa el placer repentino, inesperado y colectivo del éxito de un país que está empeñado en la surrealista decisión de enterrar el pasado desenterrando sus muertos, algo tan absurdo como sin duda lo sería prevenirse contra la sed guardando el agua dulce en el agua salada.

Ni siquiera en el caso de que pierda España su partido de esta tarde habrá fracasado ese sorprendente y entusiasta derroche de banderas. Aunque es triste admitir que el patriotismo pueda resurgir como una conquista de la ignorancia cultural de los jóvenes, lo cierto es que la bandera española está a punto de salir de los cementerios, de los cuarteles y de la Historia, para entrar en un lugar en el que ya no habrá vuelta atrás: el bazar. No hay un solo símbolo que se malogre si alguien lo convierte a tiempo en un juego, en una prenda de vestir, o, lisa y llanamente, en un conveniencia. España no dejará de ser una gran nación mientras su bandera sea al menos un magnífico negocio. 

Jose Luis Alvite/larazon.es

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