Terrorismo de estado

Terrorismo de estado

El terrorismo tiene grados: no siempre es derrumbar las Torres Gemelas de NY con aviones cargados de gasolina y pasajeros. Comienza por terror contra el trabajador electricista que sigue haciendo su trabajo y, tras señalarlo como esquirol, dar permiso para golpizas, voltear camionetas de la CFE, realizar actos de sabotaje contra instalaciones eléctricas en el DF. Todo protegido por el manto de la Suprema Corte de Justicia, en cuanto se autodefinen como “protestas sociales”: terrorismo legal.

Estamos abriendo las puertas de un infierno: Si un policía golpea a un manifestante que no acata la orden de retirarse, es represión e interviene Derechos Humanos; si manifestantes en tumulto golpean a un policía por atreverse a solicitar que no afecten el derecho de libre tránsito, es un acto de civismo heroico: “Dad a los pinches chotas las patadas en los güevos que se merecen”.

Terrorismo también es lo que ejerce, contra un ciudadano indefenso, la turba que rodea su auto armada de palos y de caras congestionadas por la furia: destruyeron su empresa que revendía electricidad y quieren mamar de otra hasta secarla.

Ciudadanos que se dirigen a sus trabajos, periodistas de MILENIO TV: cualquiera puede ser objeto de asaltos, autos golpeados por pedir paso, gente agredida por responder de mala manera… Los perfectos idiotas de siempre señalan que los bloqueos afectan a “su majestad el auto”. Pero las calles, para bien y para mal, están diseñadas, proyectadas y construidas para los autos. Cuando se vuelven peatonales se recubren de mosaico o adoquín.

Pero el terrorismo se vuelve legal cuando es escoltado por la policía, como ocurre ya en el DF: no vaya a ser que un automovilista, enloquecido de furia, pierda el control y lance su auto contra un bloqueo, frene, regrese, vuelva a pasar… La policía está para evitar que eso ocurra, pero debería estar para liberar calles antes de que eso siquiera se imagine.

La violencia del Estado también tiene grados: 1) solicitar a los bloqueadores que se retiren: las marchas son legales, pero ninguna ley otorga derecho al bloqueo de vías públicas bajo ningún tipo de enojo.

2) Luego de los avisos, la ley debe imponerse y quien se ponga enfrente sabe que resultará cuando menos apaleado. La privatización de calles por bloqueos y de aceras por vendedores ambulantes es una forma de violencia social, la primera, si se quiere. Al final están los autos bomba y luego los aviones bomba.

¿Por qué es distinta una golpiza a o por policías? Porque la esencia del proceso civilizatorio es el pacto por el que los ciudadanos acordamos con el Estado deponer la espada, con la que nos defendíamos del asaltante en el callejón oscuro, a cambio de que la autoridad se haga cargo de iluminar el callejón y de poner una fuerza pública, armada, a nuestro servicio. Es el famoso “monopolio de la violencia legítima”, según expresión de Max Weber. Sencillo: al que se pone, lo quitan. O así debería ser.

Pero no es así. Estamos en manos de delincuentes, de los comunes, primero; luego de los policías que se exceden porque no han recibido instrucción sobre el cómo y el cuánto, y ahora hasta de los “movimientos sociales”.

Nuestros gobernantes deberían echar sus barbas a remojar en historia maya: el imperio cayó, hacia el siglo X d.C. cuando los reyes-sacerdotes dejaron de cumplir su parte: hacer de puente ante los dioses… y no llovió por decenios a pesar de que la población cumplía la suya: entrega de tributos y hasta de vidas para obtener lluvia. Cuando se cansaron de pagar mataron a sus reyes y se redujeron a poblados miserables de autosubsistencia en la selva. Eso encontraron los españoles. Nuestras autoridades no están haciendo su parte esencial: cuidar nuestras vidas y propiedades.

Luis Gonzalez de Alba/mileniodiario

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