Zacatecas. Ahora, a por la sintaxis

Zacatecas. Ahora, a por la sintaxis

Estoy en el corazón de México, en Zacatecas, donde hace algunos años Gabriel García Márquez pidió, ante académicos de la lengua española, la abolición de la ortografía. Ahora estoy aquí entre escritores de muchas partes del mundo, reunidos por el Hay Festival, que se celebra aquí por vez primera. Esta mañana he desayunado con Héctor Abad Faciolince, el extraordinario escritor colombiano, uno de los más importantes de su generación y acaso de las últimas generaciones de escritores en lengua española. Se lo preguntaré: ¿van a pedir ustedes, esta vez, la abolición de la sintaxis? Es colombiano, dueño por tanto, como Gabo, de una sintaxis envidiable, que ha hecho de su escritura una metáfora de la rapidez asociativa, de la memoria fértil de su propia vida relacionada con la vida (cruel, implacable tantas veces) de su propio país; símbolo de esa juntura de la literatura y la vida que representa su actitud literaria (o vital) es El olvido que seremos, un ejemplo máximo de dolor contado con las entrañas y también con las entrañas que la literatura le ha dado a los escritores para convertir en universales sus experiencias personales. No, no pedirán la abolición de la sintaxis, cómo va a ser. Empiezan esta tarde a hablar. Nada más abrirse la mañana entraron por la puerta del hotel donde se quedan casi todos, la también colombiana Laura Restrepo y el uruguayo Mauricio Rosencof, el Ruso, cuya memoria de la cárcel de la dictadura uruguaya es un monumento escrito a la resistencia de la que es capaz el hombre acosado por la tortura. Con ellos venía mi compañero Pablo Ordaz, corresponsal de EL PAÍS en México, que esta tarde abre un diálogo sobre la inmigración, que con tanta saña se ha convertido en el asunto del siglo XXI cuando creíamos que podía quedarse como el suceso del siglo XIX. Van a ser días muy intensos en la ciudad que se levantó con aquella sorpresa que Gabo les dio a los académicos: acaben ustedes con la ortografía. La ortografía ha resistido; claro, ni Gabo siguió su mandato.

Juan Cruz/elpais.es

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